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Part I

En un beso sabrás de qué forma te he deseado...

El matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer, es la celebración del amor de una pareja que quiere formar una familia. El matrimonio es sagrado, significa eternidad.

Y para Kim HyeRi eso significaba todo

Pero a diferencia de todas esas creencias y de su manera de ver esa unión tan significativa, su matrimonio era una completa farsa.

Toda su vida había soñado con casarse, con enamorarse y entregarse en cuerpo y alma a ese hombre con el que compartiría sus penas y alegrías. Ese hombre de ensueño que le daría una familia, con el que compartiría su vida entera. Pero todos esos sueños de niña pequeña se fueron al demonio hace un año y medio, cuando la decisión fue tomada.

Una decisión que fue matando sus esperanzas de a poco, sus ilusiones.

Kim NamJoon era el chico perfecto, ese hombre de ensueño con el que siempre se había imaginado esa vida soñada. Ante los ojos de Kim HyeRi, lo era. Desde niños siempre había sido de ese modo.

Para HyeRi, NamJoon era ese Príncipe Azul del que su mamá siempre le hablaba en esos cuentos que le contaba antes de dormir cada noche.

Pero ese fue precisamente su error, pensar que NamJoon sería ese Príncipe para toda la vida, cuando fue él precisamente quien rompió todas sus ilusiones con tan solo palabras.

Se conocían desde pequeños, debido a la cercanía de sus familias y desde niños congeniaron perfectamente bien, tanto así que eran inseparables. Eran los mejores amigos; su amistad y la confianza que ambos se tenían era impenetrable, de tal modo, que se contaban cosas que nadie más, ni siquiera sus padres sabían. No podían ocultarse absolutamente nada, mucho menos la atracción que sentía ambos desde que comenzaron a entrar en la etapa adolescente.

HyeRi confió precisamente en esa atracción que sentía por él y en la atracción que pensó que Kim NamJoon sentía por ella, pero solo fueron unos rápidos segundos para que todo quedara destrozado.

—Choi HyeRi, ¡deja de pensar por un segundo en ese hombre por dios!

El pequeño grito que dió su amiga a su lado la hizo sobresaltarse y salir de la ensoñación que tenía con el hombre con el que convivía desde hace año y medio.

—Creo que te equivocas, YuNa. Es Kim HyeRi —respondió acomodándose mejor en el gran sofá de su recámara, haciendo énfasis en su apellido de casada— Además, ¿puedes dejar de gritar por un momento? Me duele la cabeza horrible.

—Pues déjame decirte Hye, que para mi seguirás siendo Choi HyeRi —recalcó— Porque para mi ese matrimonio no es válido y mucho menos después de saber la clase de poco hombre que es tu marido.

Y fue en ese momento cuando todos esos recuerdos comenzaron a golpear fuertemente en la mente de HyeRi, uno tras uno, mientras lágrimas traicioneras bajaban por sus ojos.

Cada palabra hiriente, cada insulto e incluso las palabras dichas por él hace año y medio, retumbaban en la cabeza de la peligris, encogiendo aún más su corazón herido.

¿Qué pasó, pequeña Hye? ¿Creías que cedería ante tus "encantos" y tendría una romántica historia de amor contigo, como lo sueñas en tu cabecita? No seas ilusa, princesita.

Aún recordaba la manera tan insensible en la que las palabras salían de la boca de aquel chico, sin importarle en lo más mínimo el hecho de que estaba destruyendo el corazón de la en aquel entonces pelinegra. Ella solo había sido sincera, tan solo quiso confesarle sus sentimientos a ese chico encantador por el que se sentía atraída, enamorada. Pero nada resultó como ella imaginaba, y el solo hecho de haberlo visto follarse a una de las porristas del equipo de fútbol americano en uno de los salones del instituto y haber escuchado las duras y crueles palabras del chico, bastó para caer en la realidad y darse cuenta de que ese amor que le pintaba su madre en esos tiempos no existía, era solo eso; un cuento de hadas.

—¡Bueno ya basta! —gritó HyeRi de repente— ¿Para esto viniste? ¡Porque si es así te puedes regresar a tu casa!

La cara de sorpresa de Park YuNa era evidente, jamás había visto a su amiga tan alterada y verla de ese modo ahora se le hacía algo insólito.

Por otro lado el arrepentimiento comenzaba a notarse en el rostro de HyeRi. YuNa y ella eran mejores amigas desde la preparatoria, eran confidentes en las cosas más importantes y cómplices en las más locas y absurdas ideas. Por su mente jamás pasó la tan sola idea de gritarle a su mejor amiga, pero era tanta la presión que sentía, tan enorme la batalla interna que tenía en su interior con sus sentimientos, que no pudo evitar explotar antes las palabras de su amiga aún sabiendo que tenía razón.

YuNa observó como HyeRi se colocaba de pie y se dirigía hacia el gran balcón con vista a la gran ciudad de Seúl que poseía la peligris en su habitación y no dudó en acercarse a ella, pensando en sus próximas palabras.

—Escucha Hye, se que no tienes idea de que hacer, que estás en una incómoda situación, y créeme que no es mi intención hacerte sentir peor, pero entiéndeme —la tomó de los brazos para dejarla frente a ella— Me preocupas. Llevamos años siendo amigas, y desde que estás casada no te he visto sonreír, ser feliz. Solo veo en tu rostro como vas marchitándote con cada día que pasas en este infierno.

Infierno.

La mente de HyeRi no hacía más que meditar esas palabras dichas por su amiga, y tenía que reconocer que tenía razón. Porque por más que lo negara una y otra vez, su vida no se podía describir como más que un infierno.

Era un infierno estar casada con un hombre para el que no significaba nada, un infierno tener que vivir una vida en el que no era más que una esclava para su propio marido, pero sobre todo, era un infierno tener que vivir en un matrimonio en el que no había amor.

Solo era un contrato.

—No puedo hacer nada YuNa y lo sabes. Es la vida que me tocó.

—¿No quieres o no puedes? —suspiró cansada de tocar el mismo tema y no lograr nada— HyeRi tú sabes cuál es la solución a tus problemas, tan solo no lo quieres aceptar.

El rostro de HyeRi palideció de la tan sola y remota idea de pensar en lo que decía la pelirroja frente a ella.

—No YuNa, sabes que no puedo hacer eso. No puedo divorciarme así como así.

—¡Por Dios HyeRi, recapacita! ¡Date cuenta de que le estas entregando tu vida a un hombre para el que no vales nada! —sus palabras eran fuertes, lo pudo ver en el rostro de su amiga, pero eran reales, eran hechos— ¡Por mas que te duela lo que estoy diciendo, es la verdad!  Solo eres su esclava, mientras el se revuelca con quien sabe cuánta prostituta. ¡Carajo HyeRi, por ese maldito capricho que tienes con él terminarás acabando con tu vida y tu felicidad!

Y solo esas palabras fueron suficientes para hacer que Kim HyeRi explotara en un fuerte llanto que le hizo doler el pecho a su amiga, de tan solo verla así. Verla en ese estado no era su intención, pero debía abrirle los ojos a como diera lugar.

A la hermosa peligris de ojos negros le dolía enormemente cada palabra dicha por ella, porque sabía que todo era cierto. Pero aún así no se abstuvo de responderle y de soltar esa maldita verdad que tenía enterrada en su pecho como un puto puñal.

—No es un capricho, YuNa. Yo lo amo, entiéndelo de una maldita vez. ¡Yo amo a Kim NamJoon!

Y esa era la verdadera razón de todo ese asunto. Esa verdad que cargaba Kim HyeRi.

Kim NamJoon, era ese hombre con el que se había casado.

Ese hombre que tanto odiaba por haber pisoteado su corazón de ese modo hacía tiempo atrás, pero que al mismo tiempo amaba con toda intensidad.

Kim NamJoon, era su marido.

───── »◦❀◦« ─────

Ya era muy entrada en la noche, el reloj marcaba las 23:33 y Kim NamJoon no hacía más que sumergirse en montones de papeles que debía firmar, y maldecía cada vez que su secretaria pasaba por las grandes puertas de madera blanca que daban acceso a su despacho porque sabía que eso significaba quedarse más tiempo encerrado en su oficina y es lo que menos quería.

Mucho mas porque sabía que eso conllevaba tener que pasar mas tiempo cerca de esa mujer rubia de curvas exageradas que no hacía más que lanzársele encima cada vez que tenía oportunidad.

Y eso le molestaba.

Demasiado.

En otras ocasiones se la hubiese follado sin inconveniente alguno, pero por más culo y tetas que tuviera, no le apetecía porque precisamente la mujer que lo tenía loco desde siempre, no tenía cabello rubio y cuerpo súper voluminoso. Sino que era de una belleza sencilla, inocente, angelical.

Era la mujer que lo hacía sentir en el paraíso aunque todo a su alrededor fuera una total mierda.

Dejando su bola de pensamientos de lado, se dispuso a seguir firmando los papeles que aún quedaban para poder marcharse de una buena vez, pero ver la puerta siendo abierta y a su secretaria atravesando esta por enésima vez, lo hizo bufar fuerte y notoriamente.

—Agatha, por favor no me digas que son más papeles que debo firmar —el moreno rezaba para sus adentros que no fuera eso o sino se volvería loco.

Sin embargo la rubia no respondió, sino que asomó una sonrisa más que brillante y seductora mientras dejaba los papeles sobre su escritorio, dejando más que confundido al moreno.

Sin entender nada aún tomó los papeles, sintiendo como un mal presentimiento lo recorría de momento. Trató de ignorarlo, concentrándose sólo en descubrir el contenido de los papeles y cuando lo fin lo hizo, que los tuvo en sus manos, sintió que todo el mundo se le estaba cayendo alrededor.

Tiene que ser una jodida broma.

No puede estar pasándome esto.

Fueron sus primeros pensamientos mientras volvía a releer los papeles, buscando algún indicio de que fuera un chiste de mal gusto, pero no fue así, los papeles lo decían claramente por más que tratara de negarlo

DEMANDA DE DIVORCIO.

Demandante: Kim HyeRi

Justo en ese momento levantó la mirada, para volver a encontrarse con el rostro lleno de satisfacción de Agatha, su secretaria, y fue ahí en ese instante cuando sintió como todas las piezas del rompecabezas de iban juntando en su cabeza.

Claro, ahora todo cuadra.

Pensó y su mirada se posó en la rubia frente a él, la cual fue borrando su sonrisa cuando observó la mirada tan dura que le estaba dando su jefe.

—Tú lo sabías, ¿cierto? —inquirió, tensando aún más su mandíbula. Claro que ella lo sabía, ella había leído los papeles. Se notaba en su rostro— Largo de aquí —ordenó, haciendo que la chica pasara saliva con dificultad— ¡He dicho que te largues! ¡Fuera!

Tras ese fuerte grito, la rubia no lo pensó más y se largó de la oficina, dejando atrás al moreno con una mezcla de rabia e impotencia en su interior. Todo esto era su culpa, él lo sabía perfectamente. Por causa de sus acciones estúpidas iba a perder a la única mujer que lo hacía sentir vivo, amado.

Pero el no podía permitirlo.

No lo permitiría.

—No te dejaré ir, Kim HyeRi.

───── »◦❀◦« ─────

—Gracias, HyoLin —agradeció a la mucama luego de haber acomodado toda su ropa—Es todo, ya te puedes retirar. Desde aquí me encargo yo.

—Como desee señora —se inclinó ante la peligris como muestra de respeto— Con permiso.

Shin HyoLin, era la mucama personal de Kim HyeRi desde que se había mudado con su marido al penthouse luego del casamiento. Era la persona más servicial y atenta que podía existir, y no solo por la diligencia, el cuidado y el respeto con el que realizaba sus deberes, sino porque más de una vez había presenciado como su señora lloraba en las penumbras de la noche luego de haber tenido una fuerte discusión con el señor y en todas esas situaciones no dudó en ser ese hombro amigo que la peligris necesitaba como consuelo.

Todos pensarían que era simple amabilidad o sensibilidad de una sirvienta ante la difícil situación de su señora, pero la verdad era que HyoLin tenía una muy fuerte razón para todo eso, que por más loco que fuera ese motivo, no era impedimento para sus acciones. Ella sabía que ese enamoramiento que sentía por Kim HyeRi podía meterla en graves problemas y mucho más si Kim NamJoon, el marido de la señora, lo descubría. Era bien sabido por todos que Kim NamJoon era un hombre celoso, posesivo, y que por nada del mundo dejaría que alguien siquiera mirara a su esposa, menos una mujer que por demás era su empleada doméstica.

Sería un escándalo.

HyoLin sabía eso, pero tampoco le importaba. En su mente, ella seguía segura de que el señor no quería a su esposa y que todo eso era una simple fachada.

—Oh, espera un momento HyoLin —la voz de la chica de cabellos grises la detuvo a medio camino y no dudó en girarse hacia ella— ¿Le dices a Kang YoHan que venga a bajar mi equipaje, por favor?

La sonrisa dulce de HyeRi hizo que el corazón de HyoLin latiera fuertemente dentro de su pecho.

—Enseguida, señora.

HyeRi asintió con una leve sonrisa en sus labios color fresa, para luego observar como la chica de cabellos chocolate, atravesaba la puerta de la recámara que ocupaba desde el inicio de su matrimonio, misma que ya no usaría más luego de la decisión que acababa de tomar.

Sus ojos negros se posaron en las maletas a un lado de la gran cama y mentiría si dijera que no le dolía en lo más profundo de su alma la decisión que estaba tomando, pero no había vuelta atrás. Kim HyeRi tardó mucho en comprender las palabras dichas por Park YuNa, pero se dio cuenta de que eran ciertas, ella tenía razón. No podía seguir sufriendo al lado de un hombre que la veía como una cosa, un objeto, pero más que eso, no quería seguir siendo infeliz como lo había sido durante todo ese tiempo. Por eso mismo, había tomado esa decisión irrevocable de pedirle el divorcio a su marido y por ende había optado por irse de la casa en lo que se tramitaban dichos papeles. No quería ni tenía la fuerza para lidiar con el moreno en lo que se solucionaba ese asunto.

La peligris de piel color caramelo se vio interrumpida cuando vio a un hombre alto, de piel pálida y cabellos azabache colocarse en la puerta que se había quedado abierta accidentalmente.

—Perdón por interrumpir, señora. La puerta estaba abierta.

El hombre se veía apenado de haber interrumpido a la dama. Sin embargo la peligris sólo le brindó una sonrisa.

—No te preocupes, YoHan. Pasa, te estaba esperando.

—¿Se encuentra bien señora? —preguntó el azabache, haciendo que HyeRi frunciera el ceño en señal de no entender— Está llorando, ¿todo está bien?

Sus manos fueron a sus mejillas comprobando lo que decía YoHan. No se había dado cuenta en que momento sus lágrimas habían comenzado a brotar.

—S-sí... todo está b-bien —limpió sus lágrimas rápidamente— N-necesito que me ayudes a bajar mi equipaje.

Por un momento, YoHan sintió curiosidad por la situación, como de seguro la sentiría cualquier empleado que viera a la señora HyeRi con su equipaje, pero simplemente se abstuvo de hacer cualquier pregunta o comentario. El sabía que no estaba en posición para eso, así que sólo se dispuso a cumplir con cualquier orden que le fuese dada.

HyeRi por su parte procuró tratar de controlar ese remolino de sentimientos que tenía en su interior, mientras que daba las últimas instrucciones a sus empleados para que todo estuviera en orden para su partida.

Ese sería su último día en esa casa.

Sería el último día de su matrimonio con Kim NamJoon.

───── »◦❀◦« ─────

Todo estaba listo.

El equipaje en la primera planta, los empleados todos formados en una fila en la sala de estar, entre ellos, Shin HyoLin, quien no procesaba aún lo que estaba sucediendo. Cuando ayudaba a la señora momentos atrás, pensaba que era un viaje para unas largas vacaciones o algo parecido, pero por su mente jamás pasó la idea de que su señora, esa mujer de la que había estado enamorada desde hace un año, estuviera partiendo de ese modo.

Y le dolía, le dolía demasiado el hecho de que la mujer frente a ella se estuviera yendo de ese modo y que ella no pudiera hacer nada para impedir eso.

Por otro lado, se encontraba una Kim HyeRi con ojos llorosos, pensando en sus palabras de despedida. No era fácil tener que despedirse del lugar al que había pertenecido durante ese tiempo, ni de las personas por las que sentía un cariño especial, porque aunque fueran empleados, ella los veía como unos seres de luz que hicieron su vida un poco más sencilla de llevar en ese tiempo en el que duró su matrimonio.

Pero sobre todo, aún no procesaba el tener que despedirse del hombre que era dueño de su corazón. Porque por mas insensible y desgraciado que pudiera ser Kim NamJoon, él era el hombre que ella amaba.

—Este lugar no será lo mismo sin usted, señora.

Se adelantó a hablar una de las empleadas antes de que HyeRi pudiera decir algo, sacándola de sus pensamientos.

Una sonrisa nostálgica se formó en los labios de la peligris.

—Gracias SeRa —limpió una pequeña lágrima que recorría su mejilla, mientras miraba a Yoon SeRa, la encargada de la cocina— Quiero que sepan que ustedes son una parte importante en mi corazón, sin ustedes mi vida hubiese sido el peor infierno solitario que podría tener una persona. Gracias por todo.

Todos los empleados mantenían su mirada fija en Kim HyeRi mientras ella seguía hablándoles con palabras amables y llenas de un cariño sincero. Para ellos, la señora era un ángel caído del cielo, y la tristeza abundaba en sus corazones al saber que ya no formaría parte de sus vidas diarias.

La chica de cabellos color chocolate la cual había servido a HyeRi se mantenía en silencio, pensando que palabras podía dedicarle a su señora, pero incluso cualquier intento de decir algo se cortó en el momento en el que sintieron el sonido de las puertas del ascensor abriéndose y unos fuertes pasos acercándose.

Todos quedaron helados al ver la presencia que se imponía en el recibidor, mucho más Kim HyeRi, quien sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al ver como esos ojos la miraban fuertemente.

Kim NamJoon acababa de hacer acto de presencia en el gran penthouse y sus ojos no hacían más que observar a su esposa.

—Lárguense de aquí —masculló hacia sus empleados, mientras sus ojos seguían fijos en HyeRi— ¡Fuera!

Todos se sobresaltaron ante su tono de voz, tan frío, que no dudaron en acatar la orden, dejando solos a la pareja de casados.

No quedaba nadie, solo ellos dos, y Kim HyeRi solo quería que se abriera un agujero en el suelo y se la tragara. Era eso precisamente lo que ella quería evitar, tener que ver a su marido precisamente en ese momento.

—¿Qué significa todo esto, HyeRi?

Fueron sus primeras palabras hacia su esposa, mientras le lanzaba una mirada al equipaje a unos pasos de ellos, para luego volver a centrarse en ella.

La de cabellos grises no sabía que responder en ese momento, se había paralizado tanto del miedo que las palabras simplemente no querían salir de sus labios. Pero aún con el poco valor que tenía dio una respuesta la cual su marido no esperaba.

—Significa lo que ves —incluso se sorprendió de no titubear en ninguna de sus palabras— Me voy de esta casa.

—Tu no te puedes ir, eres mi mujer HyeRi.

—No, NamJoon —replicó de vuelta— Yo fui tú mujer, pero fue hasta hoy. Sabes perfectamente que en una semana y media nuestro divorcio será oficial.

El moreno estaba enojado consigo mismo por haber provocado que las cosas llegaran hasta ese punto y podía ver en el rostro de su esposa, que la había cagado pero bien. HyeRi no pasaría su vida aguantándole todos sus desplantes hasta que él se decidiera a sincerarse con ella, porque la verdad era que todo tenía un límite y la peligris ya había llegado al suyo.

Pero a pesar de todo, él trataría de arreglar las cosas aunque fuera tarde para eso, porque no se permitiría perder a su mujer de ese modo.

Con suma calma —la que obviamente no tenía— sacó los papeles que determinaban la separación de ambos de dentro de su maletín de trabajo, mostrándolos ante los ojos de su esposa.

—¿Te refieres a estos papeles? —los agitó frente a ella, para luego rasgarlos a la mitad— Esto para mi no es válido, no voy a permitir que te separes de mi de esa manera.

HyeRi soltó una risita llena de ironía, mientras negaba ante lo que acababa de suceder.

—Sabía que harías eso, la verdad no me sorprende de alguien como tú. Pero quiero que sepas que esos no eran los únicos papeles, mi abogado tiene el acta original —tomó valor para acercarse a él unos pasos— Así que quieras o no, nos vamos a divorciar, porque lo que no valido para mi, es este matrimonio.

No dijo más, solo se separó de él y aseguró su bolso a su hombro para caminar hacia el ascensor. Por su lado, NamJoon no podía negar el dolor que causaban sus palabras en él. Ella tenía toda la razón en pensar que ese matrimonio no valía nada cuando el moreno no había hecho nada para demostrar lo contrario.

Kim NamJoon giró sobre sus talones, viendo cómo su esposa caminaba a pasos suaves hasta la salida del penthouse. Fue en ese instante cuando todos los recuerdos de los últimos acontecimientos de su vida llegaron a él como flash, el dolor que le había causado su propia familia, todos los malos tratos y humillaciones que le hizo pasar a HyeRi en varios de sus arrebatos  y solo bastó eso para que su cuerpo y su mente reaccionaran.

En solo segundos llegó a la chica, tomándola de la mano y haciendo que ésta girara bruscamente, chocando con su fuerte pecho. La forma tan penetrante en que miraba NamJoon a HyeRi hizo que ella temblara bajo sus manos.

—¿Q-qué estás hac–

Pero ni siquiera fue capaz de culminar su frase cuando sintió unos gruesos labios presionarse contra los suyos con fuerza. El cuerpo de la peligris no reaccionó en los primeros segundos, y es que no podía creer lo que estaba sucediendo. Jamás tuvo ese tipo de acercamiento con el moreno, la primera y única vez que tuvieron ese tipo de intimidad fue en la noche de bodas, y la chica juró que creyó poder tocar el cielo con tan solo sentir como era tomada por él. Pero el sueño se desmoronó en el momento en el que vio como su marido recogía sus ropas y salía de la recámara luego de haber llegado a su orgasmo, dejando a la peligris desnuda sobre su cama.

HyeRi soltó un jadeo que murió en la boca del chico cuando sintió como este succionaba sus labios para luego hacer chocar su lengua con la de ella. Los fuertes brazos del moreno sujetaban el cuerpo de ella mientras el beso no hacía más que intensificarse, pero este no duró mucho, cuando HyeRi usó la poca fuerza de sus extremidades para apartarlo de su cuerpo.

—¿Q-qué... por q-qué me besaste...?

¿Por qué me besaste?

La pregunta hecha por la fémina se reproducía una y otra vez en su mente.

¿Por qué la besó?

Porque ya no resistía ni un minuto más el simple hecho de tenerla tan cerca y no poder besarla, sentir su aroma, la suavidad de su piel.

NamJoon no respondió a su pregunta a pesar de todos los pensamientos de su mente, solo tomó un puñado del cabello gris de su esposa, haciendo que por ende se acercara mucho más a su cuerpo.

—No te irás, HyeRi —susurró sobre sus labios. Apretó su agarre en las caderas de la fémina, haciendo que jadeara bajito— No lo permitiré.

───── »◦❀◦« ─────

¡Hello my beauties!

¡Espero estén bien!

Bueno como ven, tenemos nueva obra, en ésta ocasión es un two shot que como siempre espero que les guste.

Déjenme saber en los comentarios que opinan.

Nos vemos pronto con la segunda parte de este two shot.

Love you all!💞

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