
Capítulo 19
Carter había ido por mí en el auto de su padre. Solo conducía cuando era necesario. Ahora nos encontrábamos caminando por el centro comercial en busca del vestido perfecto. Ya habíamos entrado a tres tiendas y aún no encontraba nada que me gustara. Buscaba algo sencillo y casual sin que dejara de ser elegante.
Pero entonces, ¿qué es peor que no hablarte con tu mejor amigo? Encontrarlo en la misma tienda a la que acabas de entrar, y para colmo con su odiosa novia.
Carter me detuvo, pero no dejaría de entrar solo por ellos. Ya había superado esto. Ya no me afectaba igual —eso creo—. Fui al área de los vestidos y los observé sin prestar atención a la pareja. Ellos no me habían visto, pero solo era cuestión de tiempo para que lo hicieran. Carter se movía a los lados para no ser vista, suponía que no quería estar atrapada en una situación incómoda.
Miraba entre las diferentes piezas, hasta que por fin lo hallé. Era un hermoso vestido de dos colores, blanco y negro. El cuello era ovalado con mangas cortas, blanco en el pecho con detalles de encaje blanco. La falda era negra y llegaba mis muslos. La tela era suave, parecía algodón. Le mostré a Carter, y esta me dio un pulgar hacia arriba. Sin duda alguna debía probarme el vestido.
La dependienta me llevó a uno de los probadores para que me midiera el vestido. Carter me acompañó y sostuvo mi bolso. Me cambié de ropa muy rápido y me coloqué el vestido. La verdad era que se ajustaba a mí perfectamente. El pecho me quedaba bien, levantaba mis senos un poco y eso ayudaba a mi postura. La falda me caía hasta los muslos, era suelta y suave, la cual me daba gran movilidad. Además, se ceñía a mi cintura. ¿Qué más podía pedir? Me miré al espejo y realmente me veía bien. Ya me veía usando este vestido con unos tacones cerrados. Haría que a Graham le diera un infarto.
—Oye, sal de ahí —dijo Carter con apuro—. Quiero ver cómo te queda.
—Dame un segundo. —Me acomodé el cabello y salí para que Carter me diera su opinión.
—Sin palabras —declaró Carter con su sonrisa de aprobación. Me di la vuelta para que viera como me quedaba, pero me detuve cuando unos ojos cafés me miraron con sorpresa.
—Bien. —Desvié la mirada—. Vamos a pagar.
Entré en el vestidor y me cambié de inmediato. Tomé a Carter del brazo y nos dirigimos a la caja. Por ningún motivo miré a Jamie. Sin embargo, sentía como su mirada me traspasaba. Le entregué la tarjeta a la cajera y le di mis datos.
—Viene hacia acá —me susurró Carter.
—Ignóralo.
Continué con mi compra, con los nervios a mil, pero intentando no mostrarlos. Luego de que la muchacha me entregara el recibo con mi compra, halé a Carter para irnos.
—¡Evy, espera! —¡Demonios! Exclamé internamente. Seguí caminando a la puerta—. Por favor, detente. —Llegó a mí tomando mi mano. La solté enseguida.
Me detuve, y Carter me miró. Ella lo entendía, así que me dejó a solas con Jamie.
—Te espero en el auto. —Fue lo único que dijo. Luego se fue.
Jamie me miraba, y en sus ojos veía pena y dolor. No lograba entenderlo, sus acciones hacían que todo fuera más difícil. Seguía con Sarah, y aunque sabía que no debía afectarme, aún dolía.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Solo quería saber cómo estabas.— balbuceó con voz pausada.
—Estoy bien —respondí escuetamente.
—Ya... —Se rascó la nuca y bajó la mirada—. Ese vestido...
Entonces la vi. Venía hacia nosotros y tenía una falsa sonrisa en el rostro.
—¡Evelyn! —dijo con aquella voz irritante.
—Sarah —dije sin emoción—. Solo estaba saludando a Jamie, pero ya me tengo que ir. Carter me está esperando en el auto.
—Es una pena. —Pude oír el sarcasmo en su estúpida voz.
—Lo sé —dije, miré a Jamie y se veía triste—. Adiós, Jamie.
—Adiós, Evelyn —murmuró sin más. Sarah lo tomó del brazo y lo llevó de nuevo al interior de la tienda.
Volví al auto de inmediato, sin volver la mirada, sin preocuparme siquiera. Debía avanzar, tenía que hacerlo por mi bien. Era imposible que siguiera considerándolo mi amigo, no podía hacerlo cuando él actuaba de esa manera. Si al menos intentara superarlo. De eliminar esos sentimientos y enfocarse en Sarah y solo en Sarah, entonces las cosas podrían funcionar. Pero era todo lo contrario.
Subí al auto, casi hiperventilando. Me senté al lado de Carter, pero ella solo miraba al frente. Sabía que me estaba dando tiempo a que me recuperara. Inhalé y exhalé una y otra vez. Intentando recobrar la calma.
—Entonces... —dijo Carter, rompiendo el silencio.
—No lo ha superado. —Inhalé otra vez.
—Ya tendrá que hacerlo.
—Ya. ¿Cuándo? —pregunté, pero era una pregunta retórica.
—Pronto estarás lejos de todo este drama. —Intentó reconfortarme.
—Eso espero —murmuré, casi en silencio.
Carter puso el coche en marcha y condujo en silencio. Yo miraba por la ventana, los árboles verdes y la neblina que empezaba a caer. Todo sería muy diferente en Georgetown. Ya no tendría que preocuparme por cosas estúpidas, ni tendría que escuchar esa ruidosa voz de ratón. No vería esos ojos cafés, ni aquella sonrisa encantadora. Sin embargo, tendría algo mejor, aquella sonrisa ladeada que tanto me gustaba y esos profundos ojos negros. Sonreí ante la idea.
—Lucas compró un auto —dijo Carter de repente.
—¿Un auto? —Eso sí que me sorprendió— ¿Cómo consiguió el dinero?
—Me dijo que era parte que había ahorrado, y su abuelo le dio una parte por la graduación. —Sonrió aún con la vista en la carretera.
—¡Eso es maravilloso! —exclamé.
—Dijo que tenía que conseguir un auto, ya que pronto se mudaría a Seattle. Además, dijo que así podría ir a verme más seguido. —Sus ojos brillaban.
—¡Aww! Es tan lindo —dije.
—Ya basta —dijo sonrojándose—. Tú tampoco estarás tan sola —continuó, volteando a verme.
—Anoche se quedó a dormir. —Aún no le contaba a Carter.
—¿Qué? —Sus ojos achinados se abrieron con sorpresa, pero no quitó la vista de la carretera—. ¿Qué paso?
—No paso nada —respondí y sentí que la sangre se me acumulaba en el rostro—. Bueno, solo nos besamos —mentí.
—¿Aún no le has dicho? —preguntó Carter.
—Me da un poco de vergüenza. —Miré al exterior.
—¿Vergüenza? —Carter se rio—. No hay vergüenza en ser virgen, Evy.
—¿Ah, sí? Entonces, ¿sabe Lucas que eres virgen? —Cerró la boca y no respondió—. Lo sabía. Eres tan cobarde como yo. —Solté una carcajada.
—De acuerdo —dijo—, tienes razón.
Siguió conduciendo tranquila y no pudo no reírse ante nuestra conversación. Era fácil hablar de estas cosas con Carter, solo que a veces la realidad sobrepasaba las conversaciones. Yo seguía pensando que debía decirle a Graham, no quería ocultarle algo tan importante. Se lo diría muy pronto.
*****
Cuando mamá vio mi vestido, algo me dijo que le había gustado. No había ninguna expresión que indicara con contrario. De hecho, salió de mi habitación y fue a la suya, me dijo que tenía algo para mí. Regresó con un cofre en su mano y se sentó en la cama, dándole una palmada para que la acompañara. Abrió el cofre, y me enseñó parte de sus joyas. Todas se las había regalado papá. Y luego de su separación, ella ya no las usó más.
Me mostró un par de pendientes, estos eran al estilo de unas perlas redonditas y hermosas. Las puso en la cama y luego sacó una cadena de plata con una pequeña estrella en oro blanco. Lo último que sacó fue una pulsera, que al igual que la cadena, era de plata con pequeñas estrellas colgando.
—Creo que esto irá perfecto con tu vestido —dijo con una pequeña sonrisa en el rostro.
—Gracias, mamá —dije con ganas de llorar—. Te las devolveré.
—No. —Ella negó con la cabeza tomando las piezas y colocándolas en mis manos mientras las cerraba con las de ella—. Quiero que conserves cada pieza. Es parte de mi regalo para ti.
—Yo... no sé qué decir. —Estaba a punto de llorar. Esta era la mamá que extrañaba.
—Evelyn —dijo aclarándose la garganta—, quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti. Que siempre seré tu mamá, y aunque a veces parezca fría o amargada, yo te amo.
Me dio un fuerte abrazo y con ese gesto me rompí. Lloré en su hombro, diciéndole que yo también la amaba y que siempre vendría a visitarla. Ella siguió abrazándome por unos segundos más, hasta que se separó diciendo:
—Bueno, dejemos de llorar. No queremos que te hinches antes del baile de graduación, ¿verdad?
Yo asentí, limpiándome las lágrimas.
—Arréglate, vamos al salón para que te peinen —dijo con una sonrisa.
Mamá me dejó para que me cambiara. Me puse una sudadera que Graham me había regalado y un par de jeans ajustados. Me limpié la cara y me puse algo de maquillaje para ocultar que había llorado.
Mamá ya me esperaba en el auto cuando bajé. Me senté a su lado y por el retrovisor pude ver a Sammy quien estaba frunciendo el ceño. Miré a mi madre y está solo se encogió de hombros. Volví la vista al frente y mamá condujo al centro de la ciudad. Mientras ella conducía, no pude evitar pensar en lo que me había dicho. Estaba orgullosa de mí. No la había decepcionado para nada. Eso hacía las cosas peor, porque ahora me sentía mal por dejarla aquí sola, con Sam.
Nos detuvimos en una casa de dos plantas, que estaba bordeada por pequeñas palmeras y daba la ilusión de una casa de playa. Lo cual estaría bien, si viviéramos en Florida y no en Washington. Mamá sonó el claxon y la puerta se abrió dejando ver a un sonriente Rick y a quien creí era su mamá.
—Vendré por ti luego —dijo mirando a Sam—. Pórtate bien, de acuerdo.
Él solo asintió y bajó del auto.
Por la ventana del auto mi mamá les dedicó una sonrisa al pequeño Rick y a su madre.
Volvimos a la carretera y encendí el reproductor de música. Empecé a tararear una canción, pero luego mamá bajó el volumen.
—Tenemos que hablar de otra cosa. —Ella habló aún con los ojos en el camino.
—Claro —dije—. ¿Qué pasa?
—Sé que Graham se quedó a dormir la otra noche —pronunció sin detenimiento. Quedé aturdida, no sabía cómo reaccionar ante su afirmación.
—¿Sam te lo dijo? —pregunté mirando a otro lado.
—No hizo falta. Los escuché hablar y así fue que lo supe —dijo sin preocupación alguna.
—Y... yo... lo siento mucho. —Estaba avergonzada.
—Yo tuve tu edad, Evelyn —habló con calma—. Sé que a veces las cosas se pueden poner muy intensas entre novios. —¡Qué vergüenza! Pensé.
—No pasó nada. —Me apresuré a decir.
—Te creo —dijo ella con una sonrisa en el rostro—. Pero creo que debemos hablar de anticonceptivos. Ya sabes, tienes que cuidarte, no tienes que arruinar tu futuro.
—¿Podemos dejar esta charla para luego? —Supliqué.
—De acuerdo. Cuando regresemos a casa retomaremos el tema. —Por dentro rogaba que olvidara el tema. Esto era muy vergonzoso.
Cuando llegamos al salón, ya me sentía menos abochornada por la plática con mi madre. Esto era algo que tenía que pasar tarde o temprano, solo que esperaba que fuera más tarde.
Una de las estilistas me atendió muy bien. De hecho me pareció que era muy linda. Su nombre era Alexis, alta y delgada, con hermosos ojos verdes y cabello castaño. Parecía una modelo; sin embargo, trabajaba como estilista. Alexis lavó mi cabello y lo acondicionó para que quedara manejable. Luego, una de las chicas se encargó de hacerme un perfecto manicura y pedicura. Lo único que faltaba era mi peinado, y Alexis se encargaría de eso. Me pregunto cómo era mi vestido y yo le mostré una foto de este. Después de decirme lo acertada de mi decisión, me dijo que tenía un peinado para mí.
Luego de alisar mi cabello, cortó mi flequillo dejándolo recto. Recogió el resto de mi cabello en un moño alto, dejando pequeños mechones afuera. Lo ajustó con una suave cinta blanca e hizo un pequeño lazo. Cuando terminó, me dio vuelta para que me mirara en el espejo y me sorprendí. Me veía diferente, parecía mucho más adulta. Podía notar el cambio.
Mamá me veía con orgullo, y cuando Alexis se ofreció a maquillarme, ella le dijo que no se preocupara. Ella pagó por todo y antes de irnos le dimos las gracias por todo lo que habían hecho por mí. Alexis se despidió con una amplia sonrisa y me deseó suerte en mi baile.
En el auto, ninguna de las dos dijo nada. A veces estábamos mejor en silencio. Mamá condujo a casa de Rick, y cuando este abrió la puerta de su casa y me vio, sus ojos se iluminaron y me dio un pulgar arriba. Esperaba que mi hermano reaccionara de esa manera. Pero no, él seguía renuente a mí. Seguía molesto. Subió al auto y no dijo nada.
En el camino a casa, su ceño fruncido no se relajó para nada. Mamá lo miró por el retrovisor y le dijo:
—Tu hermana se ve hermosa, ¿verdad?
—Se ve bien —dijo con sequedad.
—Oye, ya estoy harta de tu actitud —profirió mamá—. No es culpa de Evelyn, ni mía que tu padre nos dejara.
—¿Sabías que su novio durmió en casa la otra noche? —Listo, lo había dicho. Nos miraba con odio a las dos.
—Lo que tu hermana haga no es de tu incumbencia. Y sí, lo sabía —dijo mamá mientras conducía y miraba a Sammy desde el retrovisor.
—Pensé que no estaba permitido —respondió mirándome. Para tener siete años, era muy maduro.
—Evelyn se irá en unos días, creo que merece más confianza de la que le he dado —declaró mamá apretando mi mano.
—Bien. —Sam se cruzó de brazos con amargura.
—Ahora discúlpate con Evelyn por ser un grosero. —Exigió mi madre.
—Está bien. —Intervine. Si en algo se parecían Sam y papá era en su orgullo. Él no se disculparía—. No es necesario, mamá.
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