Capítulo 3
Nathan, sujetando firme el teléfono inalámbrico, se sentó rígido a la mesa de la cocina. Mientras el ensordecedor silencio se convertía en dolor, esperaba respuesta de Edith. Durante las últimas horas, sus pensamientos pasaron de la ira al disgusto y a la vulnerabilidad. ¿Podía Edith querer decir lo que escribió en la carta, o estaría dispuesta a hablar de sus sentimiento?
Seguía esperando; esperando en silencio.
Finalmente ella habló.
—Intente hablarte de nuestro problemas carias veces en los últimos meses, y tú no me escuchaste—dijo ella con voz gruesa y forzada—. ¿Ahora quieres hablar?
Él, metódicamente, plegó un mantel individual color azul e intento mantener la calma.
— ¿Cuándo? No sé de qué hablas.
— ¡Ese es el punto! —ella se alteró.
—Mira, Edith...
—No comiences con ese tono.
— ¿Qué tono?
—El tono que implica "tú tienes un problema y no tiene nada que ver conmigo". Lo he escuchado por dos años. ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que tienes responsabilidades en nuestro matrimonio?
— ¿De qué hablas? —Nathan elevó su tono de voz a pesar de hacer esfuerzo por mantener la calma—, hasta hace un par de semana pensé que estabas contenta con nuestro matrimonio.
Ella emitió un sonido de exasperación el cual parecía una mezcla entre un gruñido y un grito.
— ¿Por qué eres tan ignorante?
— ¿Ignorante? —el subió sus decibeles al mismo nivel que los de ella—. ¿Por qué eres tú tan egoísta?
— ¿Egoísta?
— ¡Sí! ¡No me gusta para nada la manera en que te marchaste, dejando nada más que una cobarde nota!
Hubo silencio.
No era la intención de José que la conversación se tornara tan caliente. Él pretendía mantener la calma. Recapacito sobre esa posibilidad. Parecía haber un manto de explosivos sentimientos bajo la superficie de lo que parecía ser un matrimonio feliz. Sentimientos que Nathan jamás supo que existían. ¿Qué intentaba decirle Edith? ¿Cuándo había intentado decirle?
Como si esas preguntas activaran su memoria, de otro modo, muerta. Nathan recordó una escena de unas semanas atrás. Él estaba cómodamente sentado en el sillón reclinable, compenetrado en un documental deportivo en televisión.
—Nathan, hay algo importante que me parece tenemos que conversar—le dijo Edith, acercándose desde el dormitorio.
Nathan vagamente escucho las palabras, pero no las registro.
—Nathan, necesitamos hablar—dijo ella, esta vez más insistentes que antes.
Él la miró, ella estaba vestida con su camiseta para dormir, luego volvió a mirar la televisión.
— ¿Puede esperar a que termine el programa? He esperado toda la semana para verlo.
Él sentía que ella lo miraba. Ella se quedó cerca durante varios minutos como tratando de decir que hacer. Finalmente dio media vuelta, fue a su habitación, cerró la puerta, y se fue a dormir. Nathan la siguió una media hora más tarde, pensando en encontrarla despierta. Él tenía algunas necesidades que ella parecía ignorar últimamente. Nathan encendió la luz del velador y descubrió que ella ya dormía. Su necesidad masculina de tener contacto físico le pedía que la despertara, pero no lo hizo. La dejó dormir.
Aparentemente, Nathan no se dio cuenta de que su matrimonio también se estaba yendo a dormir.
Los sollozos de Edith interrumpieron su reflexión. Ella estaba llorando, lo que le dio tanto ira como ternura. A pesar de que José no entendía todo, sufría por no tenerla. Al mismo tiempo, se tomó a mal que ella hiciera una escena al ponerse a llorar. ¿Sería solo un intento de ablandarlo, así se salía con la suya?
—Sabes, Edith—dijo él cuidando sus palabras—, no eres la única en nuestro matrimonio que no está satisfecha.
— ¿De qué hablas?
Nathan preguntó si Edith se había dado cuenta de que había repetido sus palabras.
—Quiero decir que yo también tengo necesidades—Nathan intento recordar cuanto tiempo hacía desde la última vez que habían hecho e amor, pero no pudo recordar el número exacto de semanas.
—Bueno, Nathan, hay mucho más en un matrimonio que sexo. En realidad, es lo último en mi lista de necesidades.
—Bueno, ya que nos estamos contando todo—dijo él sarcástico—, es una de la primera en mi lista, y has hecho muy poco al respecto. ¡Ha habido más de una ocasión últimamente en la que te lo he querido decir! —inquieto, Nathan comenzó a caminar por la sala de estar.
—Gracias por el informe—sus sarcásticas palabras equiparon las de Nathan—. Ahora tengo que hacerte una pregunta.
— ¿Cuál?
— ¿Sabes siquiera cuando es nuestro aniversario?
—Sí, lo sé. Es el Día de los Enamorados.
— ¿Y mi cumpleaños?
—El 13 de junio. ¿Cuál es el objetivo de todo esto?
—el punto es... ¿Recuerdas qué me regalaste para los dos últimos aniversarios y mis dos últimos cumpleaños?
Nathan intento desesperadamente recordar los regalos.
—Te diré lo que me regalaste. ¡Nada! ¡N-A-D-A! ¡Los pasaste por alto!
Él dejó de caminar al escuchar el imponente silencio.
—También tengo novedades para ti, señor. ¡Si esperar que me ocupe de tus necesidades físicas cuando tú ignoras por completo mis necesidades emociones, entonces, estás loco!
— ¿Edith, de esto se trata? ¿De qué olvide tu cumpleaños y nuestro aniversario? ¿No creer que pudiste haber tomado medidas menos drásticas?
Ella dio otro de esos medio gruñido, medio grito. Esta vez tenía un tono condescendiente.
— ¡Sin duda, eres el hombre más cabeza dura que he conocido! ¡Esto es acerca de mucho más que cumpleaños y aniversarios! No puedo... Simplemente no puedo... Eres tan... No puedo creer...—finalmente dejó de hablar y colgó el teléfono.
Nathan sintió renovada ira. Volvió a marcarle. A mitad del marcado, colgó la llamada. Su primer instinto había sido llamarla nuevamente y explicarle en detalle por qué no le gustaba que le colgaran el teléfono.
Pero algo lo detuvo.
¿De que serviría? Lo único que haría sería agregar algo a sus listas de acusaciones.
Nathan se llevó la mano a la nuca y levantó la mirada, observando fijamente el cuadro de él y Edith colgado encima de la repisa de la chimenea. Las encantadoras expresiones parecían incitarlo, desafiarlo, burlarse de lo que se había transformado su matrimonio. Sin pensar más, Nathan dejó caer el celular en el sofá y tomó el cuadro. Impulsivamente lo levantó por encima de su cabeza, listo para romperlo contra la mesa negra de pierda.
Pero se detuvo a medio camino.
Con manos temblorosas, Nathan respiró profundo varias veces dejando caer el cuadro a la mullida alfombra. Cayó boca arriba con un golpe ensordecedor. Se desplomo en su sillón favorito y miro fijamente la pintura con las imágenes de él y de Edith. ¿Su matrimonio había sido una farsa? ¿Nada más que una imagen pintada? ¿Un espejismo que desaparecía... y desaparecía rápidamente?
Las acusaciones de ella con relación a los aniversarios y los cumpleaños comenzaron a penetrar en sus pensamientos. Nathan estaba anonadado. ¿Cómo pudo haber caído en el hábito de olvidarse de Edith en esas fechas tan importantes? Sinceramente, a él no le importaba si Edith recordaba su cumpleaños o su aniversario. ¿Había él supuesto que ella pensaba lo mismo?
Ella le había dicho que su ida era por mucho más que su mala memoria. ¿Tenía Edith necesidades que Nathan jamás supo que existían? De alguna manera, él pensó que si mantenían una saludable vida sexual y si él se ocupaba de ella económicamente, entonces ella estaría feliz. Pero Edith dijo que Nathan pasaba por algo ciertas cosas. ¿Era cierto? ¿Había siquiera comenzando a entender a su esposa?
Edith, temblaba incontrolablemente, apoyó la cara entre sus manos e intentó calmar los sollozos provenientes de lo más profundo de su alma. En el fondo de su mente, ella sabía que tenía que controlar sus emociones, pero no sabía cómo hacerlo. Escuchar el desprecio y la ira de Nathan solo hizo que se acrecentara su decisión de separarse. La grieta en su matrimonio no tenía cura. Era tan grande que Edith no veía como cualquiera de los dos podría superarla.
Igualmente, a un nivel muy profundo, Edith ansiaba tener el afecto de Nathan. Incluso ahora, en su interior anhelaba que Nathan la abrazara y calmara sus tensas emociones. Pero eso no ocurría nunca. Era el motivo de la separación. Nathan Bloom se preocupaba solamente por satisfaces sus propias necesidad. Le importaban poco las necesidades de Edith.
Edith, con hipo, buscó un pañuelo desechable en el escritorio. Finalmente, lo encontró en el último cajón. Tomo varios, se secó las lágrimas, se puso de pie y pensó en la manera de pasar inadvertida hasta llegar a su habitación.
Su estómago se revolvía por las náuseas.
Su corazón daba vueltas por la pena.
Su mente daba vuelta debido a la confusión.
No tenía ganas de sentarse y charlar; con nadie. De camino a la puerta, Edith tomó la Biblia. Abrió la puerta del despacho y vio que Jennie estaba junto a su familia en la sala de estudio. Charles y ella estaban sentados juntos en el sofá, tomados de la mano. Verlos así, la dejó aún más perturbada. El matrimonio de su hermana parecía florecer mientras el de ella moría: o ya había muerto.
Charles y Jennie miraron a Edith.
—Me voy a dormir—levantó la Biblia—. ¿Te molesta si la tomo prestada? —preguntó con voz quebrada.
—No, para nada.
Charles era tan considerado que, a veces, se preguntaba si su gentileza no era desperdiciada en ese negocio de computación del cual era dueño. Debía haber sido consejero de familia, pastor o médico pediatra.
Yendo hacia el pasillo, Edith sintió que Jennie y Charles la miraban. Ella no dudaba que la hubiesen escuchado levantar la voz al hablar por teléfono. Era obvio que se daban cuenta de que había estado llorando. Edith sintió que debía darles una explicación, pero no se sentía con ganas de hablar. Probablemente, estallaría en un ataque de llanto al pronunciar la primera palabra.
No sé esforzó en ponerse la camisa de noche, cepillarse los dientes y lavarse la cara. Eran apenas las ocho en punto cuando se asentó en la espaciosa habitación de huéspedes. A pesar de haber dormido toda la tarde, se sentía como que no hubiese dormido hacía semanas. El embarazo debe cansarme, pensó mientras se metió en las frías sabanas y apoyo la cabeza en la pila de almohadas. Acaricio tiernamente su abdomen. Por primera vez se maravilló de la vida que llevaba dentro. ¿Cómo sería este niño? ¿Vendría al mundo con padres que no se toleran el uno al otro?
Al tomar la biblia, apretó sus labios para tratas de parar las amenazadoras lágrimas. Abrió la biblia en los Salmos, intentando distraerse de su propio dolor. No había leído mucho la Biblia desde que se había ido de casa de sus padres para ir a la universidad. Pero cuando ella y Jennie eran niñas, su mamá les leía los Salmos en voz baja mientras se dormían. Quizá esos versículos le traerían calma y consuelo.
Nathan, enredado en las sabanas, miraba la oscuridad deseando que de alguna manera se fuese el aroma del perfume de Edith de su almohada. Le había quitado la funda, pero seguía en las garras del suave aroma floral.
Lo embargó una violeta embestida de sentimientos, cada uno más fuerte que el anterior. Al igual que una solitaria rama en el mar, golpeada ola tras ola, su corazón era víctima de sus propios sentimientos encontrados.
Orgullo, ira, vacío, confusión, deseo, soledad, desesperación. Nathan se sentó, se frotó los ojos y miró el reloj digital. Eran las dos de mañana. Era la noche más larga de su vida.
Edith se había ido.
¿Volvería algún día?
Impaciente, se desenredo de las sabanas y camino a la cocina. Se sirvió un vaso de leche y se apoyó en la mesada. Como si su mente lo estuviese atormentando, se encontró, involuntariamente, recordando la primera noche de ambos en la casa.
Hacía un año que estaban casados. Prepararon emparedados en medio de cajas. Edith encontró la bolsa de papas fritas y una vela. Con la pulida imagen de una soberbia mesera, cubrió una caja con una toalla, colocó encima la vela y los emparedados, y encendió la vela. Nathan encontró su equipo de música y puso música con saxofones. Luego de comer el emparedado, bailaron por la habitación al compás de la música. Finalmente, se tropezaron con una caja en la sala de estar y ambos cayeron al piso en medio de risas. Sus risas los llevaron a una pasión genuina y profunda.
Por más que intento, no pudo recordar potra ocasión en la que hubiesen sido tan espontáneos. En los años venideros, poco a poco sucumbieron al hábito al que llegan muchos "matrimonios de años". Era un pensamiento perturbador. Nathan tragó apresuradamente lo que quedaba de leche como si eso fuese a borrar sus angustiantes pensamientos. Arrojó el vaso de plástico al fregadero de la cocina y fue a buscar la alianza de Edith a la mesada del desayuno. La deslizó hasta el final de su dedo meñique y se preguntó una vez más si conocía, si verdaderamente conocía a su esposa de cinco años.
Finalmente, tomó una determinación. Manejar de Dallas a Pittsburg tomaba poco más de dos horas. Si Nathan partía a las siete, llegaría a casa de Jennie y Charles poco después de las nueve.
Su vida sin Edith no era vida alguna. El haríaque regresara. Con un poco de razonamiento y un poco de amor Edith estaría devuelta en casa ese mismo día.
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