Capítulo 10
A una semana de Navidad, Edith se sentó en la oficina de su obstetra. Había aumentado de peso, hasta el punto de sentirse incómoda, cambiaba de una posición a otra. No se esperaba que el bebé naciera hasta marzo, pero Edith parecía estar embarazada de ocho meses. Naturalmente, su doctora pensó en mellizos, pero hasta su más reciente visita al médico, la doctora había detectado el latido de un solo corazón, y el sonograma original mostraba un solo bebé. Aunque la doctora había pensado que había detectado el latido de dos corazones en la última visita. Ella supuso que tal vez un bebé estaría detrás del otro. Hoy le harían un segundo sonograma. En su corazón, sin embargo, ella sabía lo que la doctora iba a encontrar.
Dos bebés. ¡Edith iba a tener mellizos!
El hecho le alegraba y la consternaba. ¿Cómo iba a cuidar a dos bebes?
Una vez más Edith se acomodó en la silla y miró el árbol de Navidad en el rincón de la habitación. El árbol se mezclaba con el empapelado color verde de la pared de atrás. En lo único que Edith podía pensar, era en su familia, en Nathan y estas dos preciadas vidas dentro de ella. Nathan iba a ser un excelente padre. Edith estaba segura de eso. Si tan solo ellos dos pudieran aprender a llevar adelante un buen matrimonio. Parecía que habían resuelto la mayoría de los problemas guardados bajo esa alfombra. Ahora deberían poder seguir adelante y crear nuevos recuerdos. Edith, todavía insegura, deseaba frenéticamente que no cayeran de nuevo en sus viejos hábitos.
Nathan había visitado a Edith dos veces últimamente. La última visita había finalizado con una tirante carta. Nathan había señalado ciertas dificultades de Edith que ella hubiese preferido dejar escondidas bajo la alfombra. Pero el sacar a relucir la pila de cosas entre ellos involucraba los errores de ambos.
La meditación de Edith se interrumpió cuando una pareja entró a la sala de espera. No había nada especialmente cautivante en ellos. Pantalones vaqueros y camisetas. Zapatos de lona. Contextura promedio. Parecía una pareja común y corriente, de las tantas que se ven en la calle; pero estaban tomados de la mano y se miraban con miradas de enamorados. La esposa, obviamente embarazada, parecía rebosar de felicidad y su afectuoso marido no cabía en sí para que ella estuviese cómoda.
A pesar de que Edith ya no sufría náuseas matinales, sintió que le venía un ataque repentino de náuseas. Su estómago se revolvió en una combinación de ansiedad y anhelo. Le dolía los ojos. Hubo un tiempo antes de casarse en el que Nathan le demostraba a Edith ese tipo de afecto. ¿Volvería a aprender ese comportamiento y entendería cuánto Edith lo necesitaba?
Continuó mirando a la joven mientras se preguntaba cómo sería estar acompañada por Nathan durante sus visitas al médico. Hasta ahora, ella había ido sola. LA presencia de un marido sustentador sería muy agradable.
Alguien se sentó al lado de ella y Edith, automáticamente, corrió su gran cartera para darle más espacio a esa persona.
—Disculpe—murmuró Edith. Al levantar la mirada, se encontró con la graciosa mirada de Nathan.
—Hola—dijo él, con regocijo en los ojos.
Edith pestañó confundida. ¿La había engañado su imaginación, o Nathan estaba realmente allí?
— ¿Cómo supiste que estaba aquí?
—Pasé por la casa; no estabas allí. Pasé por la escuela y le pregunté a Jennie si sabía dónde estabas. Ella me envió aquí. Parece que te encuentro antes de tu sonograma—se inclinó hacia adelante—. Cuando ayer recibí tu carta sobre la posibilidad de mellizos, no pude soportarlo. Tuve que venir—él titubeó el gesto en su boca reveló insegura—. ¿Está bien?
—Uh... sí. Está bien; bien.
Edith se esforzó para no quedar con la boca abierta. ¿Era este su marido? Parecía una versión del extremadamente cariñoso hombre al cual Edith había estado observando. Excepto que no había nada indescriptible acerca de Nathan. Nunca lo hubo. No era perfectamente atractivo, pero su altura, su cabello oscuro y ojos oscuros nunca dejaron de causar admiración en las mujeres. Varias mujeres decían que Nathan era un buen candidato.
—Señora Bloom—dijo la enfermera desde el pasillo.
Edith se puso de pie; Nathan a su lado. La joven enfermera los saludó con una sonrisa encantadora, la cual nunca antes le había mostrado a Edith. Ella sospechó que la razón de esa sonrisa era Nathan. Su alto y moreno marido. Edith sintió el abrumador deseo de borrar la sonrisa de la cara de la atractiva enfermera. Hacía años que Edith no se sentía como ahora.
Enseguida se acomodó en la mesa examinadora y esa misma enfermera atractiva la alistó para el sonograma.
— ¿Cuánto hace que ustedes dos viven en Pittsburg? —preguntó la enfermera alegremente.
—Este...—Edith buscó las palabras adecuadas y finalmente miró a Nathan sin saber qué decir.
—Edith está aquí... mmm... de visita. Nuestra casa, quiero decir, vivo en Dallas.
—Ah—dijo la enfermera, al tiempo que sus brillantes labios hicieron un gesto, avergonzada.
Mientras la enfermera le colocaba a Edith la jalea en su parte media, un incómodo silencio se asentó entre ellos. Edith, tratando de recordar el nombre de la enfermera, se fijó en la plaqueta de su uniforme: C. Anderson. Recordó a la doctora Brown llamarla Corina. Al mismo tiempo, Edith pensó que Corina era un nombre apropiado para la atractiva joven.
¿Qué pensaría Corina de ella y de Nathan? Edith no estaba usando su alianza. ¿Pensaría la enfermera que ni siquiera estaban casados? Luego ella recordó que la enfermera la llamó señora Bloom, por lo que debía saber que estaban casados. Edith echó una mirada a las manos de Nathan. La alianza de ella todavía permanecía en el dedo meñique de Nathan. Ver la alianza de Nathan en su lugar correcto la llenó de alegría.
Corina se movió para asir un instrumento cerca de Nathan.
—Permiso—dijo Corina con otra dulce sonrisa.
Nathan le sonrió. Luego él echó una mirada hacia Edith, quien de manera graciosa movió sus ojos. La sonrisa de Nathan se agrandó. Él estaba disfrutando cada minuto. ¡El tonto!
¿Por qué tenía que lucir tan apuesto?
En segundos, la enfermera comenzó a mover el instrumento por el abdomen de Edith. Nathan se mantenía cerca, esforzándose para ver las fotos en el monitor de la computadora.
— ¡Ajá! —Corina se dio vuelta hacia Nathan—. ¡Parece que son dos bebés! ¡Felicitaciones!
Nathan tomó la mano de Edith con sus ojos negros llenos de amor y adoración. A Edith la inundó el entusiasmo. Ella le había dicho a Nathan que la doctora especulaba con mellizos, por lo que la noticia, confirmándolo, no la sorprendía en lo más mínimo. Estaba más entusiasmada por su renovada atracción para con su marido y la reacción de él por la noticia.
— ¿Son varones o nenas? ¿Puedes darte cuenta? —preguntó Nathan, mientras se acercaba al monitor.
—Veamos...
Edith miró el monitor de reojo. Varios tonos de grises se movían por la pantalla. Al principio, las formas no tenían significado para Edith. Pero al mirar de cerca, Edith comenzó a ver pequeños dedos, pies y dos pequeñas cara. De golpe, sintió un gran deseo por sostener a los bebés en sus brazos. Edith sabía en lo más profundo de sus ser que nuca podría volver a trabajar cuando dos indefensos infantes la necesitaban desesperadamente. Aunque fuese solo por sus hijos, Edith regresaría a Dallas
Pero el regreso a Dallas sería por otros motivos además de los bebés. Ella amaba a Nathan. En ese momento, mientras él esperaba impaciente escuchar sobre los bebés. Edith lo amaba más de lo que lo había amado en su vida.
—Así es. Puedo ver que uno de ellos es varón. ¿Ven? —Corina señaló la parte delatadora, mientras miraba a Nathan por encima del hombro—. El de la derecha.
Edith, olvidándose de la enfermera, se esforzó para ver a su hijo.
—Es hermoso—murmuró Nathan, tomando una mano de Edith entre las suyas.
—El otro bebé justo está dando vuelta en este momento—continuó Corina—. Quédate quieto, queridito. Linda pose. Déjame ver. ¿Eres varón o nena?
Edith contuvo el aliento. No por preferir uno u otro, pero el suspenso era como una que terminaba de caer.
—Es una niña.
Al igual que con el varón, Corina señaló el monitor.
—Uno de cada uno—Nathan llevó los dedos de Edith a sus labios.
Edith, con trémula sonrisa que estiraba sus labios, miró fijamente a Nathan.
—Hiciste un buen trabajo, querida—susurró él.
—Hicimos—dijo ella.
—Sí, ambos lo hicimos.
Irónicamente, los peores días de su matrimonio habían concebido la fuente de su más grata alegría.
— ¿Quieren una foto? —preguntó corina, como toda una profesional, y Edith se preguntó si habría imaginado la atracción de la joven hacia Nathan.
—Sí—contestaron los dos juntos.
—Está bien—Corina volvió a sonreírle a Nathan—supongo que puedo sacar dos, así cada uno tiene una—Corina dejó de mencionar el significado implícito. Ya que, obviamente, no vivían juntos, cada uno necesitaría una foto.
Inmediatamente Edith supo que no había imaginado la atracción de Corina hacía Nathan. La joven no había hecho nada impropio, pero Edith sentía una fuere sensación de "¡Este hombre es adorable!" Su movimiento corporal era el mismo lenguaje que ella misma había usado con Nathan al poco tiempo de conocerlo...
Su segunda cita. Habían ido al parque de diversión Six Flags, en Texas, con su grupo de iglesia. El día entero estuvo colmado de oportunidades para conocerse mejor. Con cada hora que pasaba, cada vez que bajaban de uno de los juegos o comían algodón de azúcar o disfrutaba de los entretenimientos en vivo, Edith pensaba: ¡Este hombre es adorable!
A Edith le gustaba todo lo concerniente a Nathan: su contagiosa sonrisa, la manera en que inclinaba la oreja para escuchar cada palabra de ella, su claro respeto hacia ella como mujer. A Edith hasta le gustaba la pequeña cicatriz blanca que él tenía debajo de su ojo izquierdo.
—Una herida de la infancia—le había dicho él con burlón seriedad antes de subir al juego del tronco—. Me tropecé con un palo que llevaba. Casi me saco un ojo.
Ella necesitaba cada gramo de fuerza de voluntad para no darle un tierno beso en la cicatriz y decirle "me gusta".
Nathan abrió los ojos como si ella lo hubiese besado, en realidad. Los pensamientos de Edith deben haber sido más obvios de lo que pensaba. En la mitad del juego del tronco, Nathan puso su brazo alrededor de la cintura de ella. Edith sonrió, feliz de que él entendiera su insinuación.
¿Dónde había ido a parar esa magia de su matrimonio? ¿Cómo habían dejado que se escapase?
La expectativa. La chispa. La esperanza.
Los dos no habían cambiado demasiado. A lo mejor podían volver a encender lo que una vez compartieron. A lo mejor, ya lo estaban haciendo. De repente, Edith estaba más emocionada por su matrimonio de lo que había estado en años anteriores. Se daba cuenta de ello, sin lugar a duda, Dios había contestado sus oraciones. El romance había vuelto a su matrimonio. De algún modo, en medio de la humanidad inepta de ambos, Dios había dirigido sus viajes de regreso uno al otro.
Bien, Señor, pensó ella mientras le apretaba la mano a Nathan, todavía entre las manos de él, simplemente, eres maravilloso. ¡Tan simple como eso! ¡Un millón de gracias! Que bendición saber que Dios había creado el romance y luego extenderlo al gran regalo que es el matrimonio para expresar libremente ese romance.
—Aquí están sus fotos—dijo alegremente la joven enfermera, interrumpiendo los pensamientos de Edith.
—Ah, gracias—dijo Edith.
Edith tomó la foto y acarició l imagen de las dos pequeñas caras, una al lado de la otra.
—Parece que se están hablando—dijo Nathan.
—Puede que sea una buena señal—dijo Edith.
—Sí, los mellizos son así, señor Bloom—dijo Corina—. Vienen al mundo unidos.
En cuestión de minutos la enfermera arregló el desorden e invitó a Edith a sentarse. Nathan se disculpó para ir al baño. Edith todavía estaba perdida en admiración por sus bebés cuando Corina le dio una palmadita en el hombro, como una conspiración femenina.
—No lo dejes ir ahora—señaló en dirección a la puerta por la cual Nathan acababa de salir—. Es un buen candidato.
Edith se preguntó por un momento si Nathan le habría pagado a la enfermera para que conspirase en su nombre. Al dejar escapar ese raro pensamiento, se sintió inmediatamente inundada por un renovado aprecio hacia su marido.
—Estoy de acuerdo—dijo Edith—. Es un buen candidato.
Con Nathan a su lado, Edith canceló su cuenta con la secretaria y automáticamente sacó turno para su próxima visita. Luego, un nuevo pensamiento la golpeó.
— ¿Qué tengo que hacer para cambiar de médico?
La consternada secretaria miró a Edith y le preguntó:
— ¿Qué hemos hecho mal?
—Oh, no. Estoy muy contentan con la doctora Brown y con todo su grupo. Es que en realidad vivo en Dallas. Me estuve quedando con mi hermana temporalmente, y parece que regresaré a Dallas... pronto... Quizá hoy mismo.
Edith no pudo dejar de ver cómo Nathan, sorprendido, tomaba aire. Lentamente, colocó su brazo en la cintura de ella y Edith sintió como si se ahogase en las aguas de un mar de hormigueo. Era como una segunda cita; como el juego del tronco de nuevo. Una vez más, Edith estaba contenta de que Nathan entendiese su insinuación y la hubiese abrazado.
— ¿Le molestaría a la doctora Brown pasarle mi historial clínico a mi médico de cabecera en Dallas?
—Claro que no, de ninguna manera—dijo alegremente la secretaria—. No había notado que... mmm...—se puso a revisar los papeles en un intento por ocultar el embarazoso momento—. Lo único que tiene que hacer es decirle a su médico que llame a la doctora Brown y ella autorizará el traspaso de la información.
—Está bien. Bueno, si no vuelvo a verte...—y sé que no lo haré, se dijo Edith a sí misma—gracias por todo. Todos han sido maravillosos.
—Sí, y... gracias. Espero que todo siga marchando bien.
Un silencio electrizante los envolvió. Nathan y Edith se encaminaron hacia el Toyota rojo de Edith. Nathan la llevó del hombro hasta que llegaron cerca del auto y Edith estaba encantada de su presencia, como si fuesen recién casados. Ella se dio vuelta para mirarlo y se deleitó con una renovada libertad para expresar sus sentimientos. Por primera vez en su matrimonio, se dejó llevar por el deseo de actuar completamente desinhibida hacia él. Finalmente ella sucumbió al impulso que había suprimido años atrás en Six Flags. Ella tomó el cuello de la almidonada camisa de Nathan, se puso en punta de pies, y lo besó con pasión.
Después de la sorpresa inicial, Nathan no perdió tiempo para aprovechar el momento. La abrazó y la apretó contra él. El beso se tornó más intenso y largo. Edith se sintió envuelta en un océano de placer. ¡Cuánto extrañaba eso! ¿Cuánto hacía que no compartían tal explosión de pasión?
La bocina lejana de un auto les recordó que estaban a plena vista del público, y ambos interrumpieron el beso al mismo tiempo.
— ¡Guau! —Exclamó Nathan, respirando entrecortadamente, al igual que Edith—. No me has besado así desde... ¡Nunca me has besado así!
—Bueno—dijo ella con voz ronca—, nunca habías sido tan abierto conmigo como en estos últimos dos meses.
—En ese caso, considérame el "señor abierto" de ahora en adelante.
Separándose de su abrazo, Edith tomó la mano de Nathan y le quitó su alianza con dificulta del dedo meñique.
—Tú considérame la señora Bloom—ella se puso la alianza con dificultad en su dedo hinchado. ¡Y jamás lo olvides!
Nathan abrió sus ojos de par en par como entendiendo todo demasiado bien.
—Me parece que estás un poco celosa—dijo él alegremente.
—y a ti te gustó cada minuto, ¿no es así?
—Bueno...
— ¿Qué hiciste, le pagaste para que se comportara de ese modo? —dijo ella aleteando sus pestañas de manera exagerada.
—De hecho...
— ¿Sabes lo que me dijo cuándo te fuiste?
— ¿Qué? Dime. Me muero por saberlo —su cara resplandecía con una incrédula alegría que Edith sintió.
—Ella dijo: "no lo dejes ir. Es un buen candidato".
Nathan lanzó una carcajada.
—Es el mejor consejo que jamás haya escuchado.
Edith puso los ojos en blanco.
— ¡Hombres! —dijo ella burlonamente, con disgusto.
—Edith, ¿y tú crees lo que dijo? —de repente serio, Nathan acarició la mejilla de Edith.
—Lo sé—dijo Edith, las simples palabrasreflejaban la solemne promesa que ella y Nathan habían hecho seis años atrás.
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