Maru apareció a las diez de la mañana en la casa de mi abuela. Aparentemente estuvo tratando de llamarme y no le respondí. Cuando miré el celular, corroboré sus llamadas perdidas.
Me levanté ante el golpe estridente en la puerta de mi habitación. Marisol entró como locomotora y me abrazó fuerte.
―Perdonáme amiga, soy una tonta. ―Sentada en mi cama desordenada, pidió disculpas.
―Hey, hey...¡está todo bien! ―No era su primer llanto del día, lo supe.
―Es que...me sentí aturdida...y me porté re mal con mi hermano...yo sé que no inventaría algo así.
―Desde luego que no. Esteban te ama.
Ella moqueó, le alcancé la caja de carilinas que guardaba en mi cajón y sacó un par.
―Perdoná que te pregunte, pero ¿hay o no hay boda?
Que diga que no, que diga que no.
―Sí, hay boda.
Mierda.
―¿Estás...segura?
―Sí, mucho más después de lo que pasó ayer.
Parpadeé y busqué una respuesta en el sonrojo de sus mejillas.
―Ayer...¿hablaste con él?¿Aclararon las cosas?
―No, no voy a hablar con él.
―¿Entonces? No entiendo.
―No importa, pero me voy a casar igual. Voy a comer torta, chupar todo el champagne caro que la turra de la madre compró y voy a putear como marinero en mi casamiento.
―Maru...vos no sos así...no podés...
―¿Vengarme? Oh, sí. Pienso hacerlo.
―No te sigo.
―Es obvio que no nos casamos por amor, Candela. Jamás lo amé. Él fue un consuelo, alguien que me ayudaría a olvidar a...
Esta chica me desorientó, de hecho, no le había conocido un novio real. Sí, sabía que salía con algún que otro chico de la universidad, pero jamás confesó estar loca de amor por alguien.
―¿Olvidar a quién?
―Fue hace mucho, es prehistórico.
―No querida, ¡ahora me contás! ―Me puse terca. No me ganaría.
―Es una historia que se terminó antes de empezar. Nunca te conté cómo fueron las cosas porque creí que era una buena estrategia para sacarlo de mi cabeza.
―¿Anular al sujeto era tu plan?
―¿Acaso no fue el tuyo?
Touché.
―Sos una perra.
―Gracias, lo mismo digo. ―Reímos, pero no iba a permitir que se distrajera.
―Maru, a ver, si no estás preparada para contarme lo entiendo, pero me gustaría que tengamos esta charla. Evidentemente, aun siendo algo que prescribió, te importa. ¿Este chico, el susodicho, tuvo algo que ver con tu cambio de actitud?
―Mmm...
―¿Lo viste?
―Sí, lo llamé después de mucho tiempo y quedamos en tomar un café.
―Oh...
Llevó las manos a su cara, negando con el movimiento de su cabeza.
―Está bien...¿y que te pasó con él?
―Todo, todo volvió todo a mi como un maldito boomerang. Todo lo que me hizo sentir. Lo bueno y lo malo ―¿Cómo decirle que me pasó lo mismo cuando vi a su hermano en Ezeiza? ―. Pero fue liberador. Hablamos mucho de lo que pasó.
―Y...¿qué fue lo que pasó?
―Cande, él era uno de mis jefes en el estudio de abogados, un jugador de la primera hora. Empezamos como amigos y todo llevó a mantener un romance clandestino.
Fruncí el ceño, hacía más de tres años que ella no trabajaba ahí.
―Esperá...o sea que...no me digas que conocí a su esposa el sábado pasado.
―¡No! No es Sebastián, ni Valentín. Tampoco Luis ―Apoyé mi mano sobre mi pecho, aliviada ―. Es Leandro, el otro socio. Es el primo de Sebastián.
Sus ojos comenzaron a titilar, el llanto gestándose en ellos. Extendí mis manos y atraje su cabeza a mi pecho, donde comenzó a derramar lágrima tras lágrima.
―¿Por qué el amor no basta para que las cosas salgan bien?¿Por qué siempre hay un obstáculo que nos separa de la felicidad? ―Eran preguntas que muchas veces me hice, sin respuestas. No era igual de romántica que ella, ni tan intensa con mis sentimientos, pero cuando me fui a Londres, enojada con mis padres porque no me dejaron quedarme con mi abuela en Buenos Aires, una parte de mí se apagó.
Desde entonces, sospeché que la felicidad era como el flash de una cámara fotográfica: repentina, brillante y a veces, imperceptible. Comencé a aceptar las cosas tal como venían, conformándome con que era lo que yo necesitaba para alcanzar ese punto de alegría que me motivara a seguir adelante.
Cuando me di cuenta realmente que nada de lo que acepté como normal me hacía feliz, renuncié a mi trabajo y a mi pareja.
¿Estaba ahora en busca de la felicidad o también tomaba las cosas como venían, sin sobre analizarlas?¿Era posible que esa felicidad estuviera aquí y junto a Esteban?
Estuvimos abrazadas por un buen tiempo, gimoteando por las cosas que no pudimos tener.
―¿En serio vas a casarte, Maru? Estás condenándote a una vida de infelicidad.
―Pedro me hizo firmar un contrato prenupcial.
―¿Qué?¿Está permitido eso en Argentina?
―Sí, lo hicimos frente a un escribano y dos de los abogados de su familia.
―¿Vos fuiste con uno?
―Luis me acompañó. ―mencionó a uno de los socios del estudio ―. Firmé que renunciaba a cualquier cosa material si pedía el divorcio antes del año de casamiento y si quedaba embarazada durante ese lapso.
―¿Me estás jodiendo?
―No.
―¿Te casás por guita?
―Cuando lo firmé ni siquiera imaginé llegar a una instancia semejante, pero su familia nunca me quiso y entendí que era el precio que tenía que pagar por estar a su lado. Creen que soy una trepadora. Supusieron que un año era tiempo suficiente para ver mi verdadera esencia. Con cada año de matrimonio, el porcentaje de dinero al que puedo acceder aumenta.
―Maru...es...horrible lo que me decís.
―Pedro no es el monstruo que Vanina pinta o que mi hermano cree. Es un buen tipo, un poco obsesivo con el tema de la estética y hace chistes pelotudos y descolocados, pero no es dañino.
―Un tipo que se obsesiona con tu cuerpo, no está bien de la cabeza.
―En serio, amiga. Yo tuve altibajos con mi cuerpo, conocés de mi difícil relación con la comida. Él...él no vivió mi lucha, por lo que no sabe cómo manejarse.
―¡No lo amás!
―Lo sé...acepté casarme con él pensando que podría aprender a hacerlo.
Acaricié su cabello lacio, corto hasta la cima de sus hombros. Sus ojos verdes me miraron sin una pizca de culpa.
―Mi objetivo cambió. Estuve pensando mucho. Mucho.
―¿Y qué conclusión sacaste? ―¿Por qué estos hermanos eran tan intrigantes al momento de confesar algo? Era cuestión de sangre, evidentemente.
―Me voy a casar con él. Voy a soportar un año a su lado, siendo la mujer ideal que tanto sus padres y su hermana creyeron que no sería. Haré lo que esté a mi alcance para no embarazarme y un día después de nuestro primer aniversario, voy a separarme de él.
―No entiendo la lógica de esta tortura.
―No será una tortura. Creo saber con quién anduvo de aventuras...no...no es la primera vez que lo hace y si sigue el mismo patrón, no será difícil obtener pruebas de su infidelidad.
―Ay, Maru...¿vas a sacrificarte un año por un puñado de billetes?
―La guita no va a ser para mí, Cande. No lo hago por eso. Lo hago por mi orgullo y porque esa plata quiero devolvérsela a mi hermano.
―¿A tu hermano?
―Sí, por Esteban. Mi papá no murió de un día para el otro ―sus riñones fueron fallando en una lenta agonía ―, y obviamente, dejó de ser el sostén de la casa. Esteban se recibió en tiempo récord y comenzó a trabajar como doctor apenas concluyó su carrera. Ganó buena plata y en lugar de ahorrar para tener su casa o gastarla en sus cosas, nos mantuvo a mi papá y a mí. Yo estuve a punto de abandonar veterinaria, pero él me impulsó a seguir.
Su amor por Esteban no conocía de techo; su actitud lo engrandecía más y más, y ahora, su hermana, buscaba el modo de congraciarse con un sacrificio que supe, él no estaría de acuerdo en aceptar.
―Sé lo que pasa por esa cabeza Cande, pero no quiero que le digas a mi hermano cómo pienso hacer las cosas. Se va a negar de plano y ya lo tengo decidido.
―Bu...bueno...no...supongo que no puedo ir en contra de eso...solo puedo aconsejarte, decirte que no quiero que salgas lastimada en este proceso.
―Nada se va a comparar con la alegría de devolverle un poco de todo lo que me dio. La vida se trata de eso, de hacer sacrificios por la gente que amás.
Sin que lo supiera, sus palabras fueron como una torre de ladrillos cayendo sobre mi cabeza, una gran realidad revolviendo mi conciencia como el tambor de un lavarropas.
Finalmente, me alegré de que Maru estuviera más repuesta y a pesar de mi desacuerdo con la postura que adoptaría, hicimos un pacto de silencio, como los que hacíamos de chicas.
Yéndose a toda velocidad de mi cuarto, nos saludamos con la promesa de vernos más tarde.
Hoy sería una gran y extraño día.
***
Por suerte en Argentina, no era tradición tener damas de honor, ni hacer pruebas de casamiento anticipadas y a pesar de la insistencia de la hermana de Pedro y la madre de esta clase de fantochadas, Maru se mantuvo firme y dejó que cada una de las invitadas nos pusiéramos lo que se nos cantaba.
Sentada en una de las filas destinadas a las amistades de la novia, agradecí encontrar rápidamente a Dani Alcorta. Lucía hermosa en un vestido color berenjena y con el cabello recogido de lado en una delicada trenza. Junto a ella se encontraba el que supuse era su esposo, un morocho enorme y que fácilmente encajaba en la descripción de macho alfa de la que nos habíamos reído en la despedida de solteras.
―Cande, te presento a mi esposo Sebastián. Fue jefe de Maru y conocemos a Esteban porque es el pediatra de las chicas. ―Señaló a dos hermosas niñas vestidas de igual forma: un vestidito con falda de tul blanco y lazo en su cintura, peinadas con trenzas amarradas con un moño del mismo color.
―Hola, mucho gusto. Soy Candela, amiga de Maru desde nuestros quince.
―Ah...vos sos...Candela. ―preguntó Sebastián, estudiándome con demasiada atención.
―Sí, hasta ahora sí ―Bromeé y eso pareció sacarlo de su exhaustivo análisis. Daniela lo miró sorprendida.
―Acabo de presentártela con ese nombre. ―dijo, obvia, con tono irónico.
―Sí, lo sé. No estoy analizando el nombre, sino tan solo quién es.
―Bueno, mi marido no es así de raro siempre ―Daniela apuntó entre sonrisas. Al instante apareció Trinidad, la preciosa mujer policía envuelta en un vestido azul que le quedaba perfecto. ¿Quién dijo que ser madre te quitaba lo sexy? Estas mujeres eran dos fuegos.
―¡Maru! ¿Cómo estás? ―Su hijo de año y medio lucía una camisa blanca y un moñito azul con lunares a juego con sus pantalones. Era un muchachito de grandes ojos azules y rulos oscuros desordenados. Detrás de ellos apareció un hombre alto, delgado pero atlético: Valentín, su esposo.
Presentaciones mediante, me quedé con ellos. Minutos más tarde aparecieron Luis e Irene, a quien ya conocía, y por último, un hombre con el que se saludaron con gran familiaridad.
Decir que era un tipo enorme, más grande que Sebastián, era quedarme corta.
Con la contextura típica de un leñador o quizás como luchador de Artes Marciales Mixtas - esos que se cagaban a golpes en una jaula hasta que no daban más - , rubio como el sol, de espesa barba, pero prolija y postura imponente, era un vikingo con todas las de la ley.
―Candela, él es Leandro, primo de Sebas y exjefe de Maru ―El rubio gigante, de traje azul apretado y camisa blanca crujiente, extendió su mano.
―Hola―De inmediato, mi mente se localizó en el relato matutino de Maru. Todo encajaba para que este fuera ese Leandro del que me habló con tono de enamorada.
―Hola, ¿qué tal? ―Él arrastró su mirada por mí, no tan analíticamente como su primo.
―Bien. ―¿En serio él iba a presenciar el casamiento de la mujer con la que había tenido una historia de amor? Que se presentara solo me indicaba una cosa: no estaba en pareja. ¿O su mujer no había sido invitada?
Acomodándonos en las bancas de madera lustrada, me puse del lado del pasillo, donde tendría una privilegiada vista de la novia y claro estaba, del padrino.
Antes de irse a su casa, Maru me prometió hablar con su hermano; cumplió su palabra, puesto que Esteban me escribió, horas después, explicándome que habían una larga sentida y breve conversación. Todo se acomodaba, aunque no de la mejor manera.
Pedro apareció en la fastuosa iglesia junto a su madre, una mujer mayor extremadamente coqueta y con cara de vinagre. No dejaba a su hijo ni a sol ni a sombra; le acomodaba la rosa blanca en el bolsillo, le tocaba el cuello, le alisaba el pelo. Era insoportable y metida.
Cuando el murmullo comenzó a subir de nivel, las puertas de la iglesia se abrieron y el silencio fue inmediato. Los niños regresaron a sus asientos, los adultos se ajustaron las corbatas, acomodaron sus cabellos y la ceremonia comenzó.
Dos niñas rubicundas comenzaron a arrojar pétalos desde sus canastas, marcando el camino. El Avemaría, cantado por una elegante mujer en un rincón del altar y frente a un micrófono, sonaba angelical.
No era fanática de los casamientos, al menos no de las ceremonias religiosas. Marisol y Pedro se casarían frente a una jueza de paz apenas comenzara la fiesta; sabía que habían pagado una buena fortuna por sacarla del registro civil y de ese modo, toda la familia – sobre todo la de él – sería partícipe de la unión legal.
Vanina fue designada como la testigo de parte de ella y un primo de Pedro, del lado suyo.
Cuando las niñas se apostaron frente al altar, todos giramos orquestadamente hacia la puerta: Maru y Esteban estaban allí, de pie.
Mi amiga sonreía.
Cualquiera que no conociera sus planes futuros, podría decir que su rostro lucía con el nervio del compromiso mas no de la preocupación. Por su parte, Esteban no estaba feliz, pero era su deber acompañar a su hermana y cumplir con su obligación de padrino.
Se había recortado el cabello, pero no mucho. Mis dedos aun podrían rastrillárselo. Vestido con un impecable smoking, tuve una nueva fantasía. Tragué esperando que los kilos de polvo de maquillaje cubriesen mi sonrojo.
Cuando ambos pasaron a mi lado, la fragancia de Esteban me mareó. No solo lucía perfecto, sino que se olía genial. Me casaría con él solo para verlo vestido así de bien.
¿Me casaría con él?¿Qué clase de locura estaba pensando?
Esteban entregó a su hermana a Pedro, una sonrisa engreída desplegada en todo su rostro. Quise romperle la cara y a juzgar por el tic nervioso en la mandíbula de Esteban, estaba delante de mí en la fila para boxearlo.
Volteé suavemente mi cabeza. Leandro, a mi lado, miraba hacia abajo, en un gesto abatido. Inesperadamente subió su mirada azul, triste y meditabunda y se encontró con la mía, fisgoneando sus reacciones.
El rubio me sonrió sin ganas, sus hombros caídos, su espalda encorvada.
No hizo falta decir nada; ese hombre estaba sufriendo horrores y ambos sabíamos los motivos. Aun desconocía el trasfondo de las cosas, cómo es que se habían enamorado y por qué su romance no salió a la luz y, sobre todo, en qué momento todo se fue al diablo.
El sacerdote era un tipo simpático, tradicional y nos quitó unas cuantas sonrisas. No era de los típicos curas que solo predicaba a sus fieles lo mismo de siempre.
La parte aburrida estuvo a cargo de la hermana del novio, una rubia estirada vestida con un imponente vestido dorado. Leyó un texto larguísimo y en un tono lento y agobiante. Monótono hasta los dientes. La odié por el solo hecho de saber que estaba involucrada en cada uno de los detalles del matrimonio, imponiendo su gusto por sobre el de mi amiga.
Sí, la defendería de esta familia de mierda.
La imagen de mi mamá vino a mi cabeza, como si la palabra mierda estuviera asociada con ella. La imaginé con la misma postura que Dora, la madre de Pedro: controladora, invalidando cualquiera de mis opiniones y dándosela de gran anfitriona.
Romper mi compromiso no sonaba tan mal después de todo.
Cuando terminó su largo discurso la ceremonia continuó, los novios expresaron sus votos estudiados y rígidos, y se besaron. Un beso frío capaz de congelar el Sahara durante el día.
Los nuevos esposos se retiraron de la iglesia con su séquito de familiares por detrás. Busqué a Esteban sin encontrarlo en la fila de seguidores. Todos salieron a saludar al flamante matrimonio en tanto que yo me esmeré por encontrar al padrino.
En una de mis tantas miradas lo vi sentado en la primera fila, con la cabeza inclinada hacia abajo y las manos unidas en un rezo.
Vulnerable.
Me acerqué tímidamente y cuando se persignó, abrió los ojos, descubriéndome a su lado.
―Hola, padrino. ―Lo saludé con un beso en la mejilla.
―Hola, Candela.
―Maru se veía...
―... decidida ―completó por mí, ambos resignados por su actitud ―. Como dijiste vos, yo no la puedo obligar a que termine con esta farsa. Hablamos esta tarde y firmamos la paz.
―Me alegra oír eso ―le froté la espalda. Como el titán Atlas, sostenía el peso del mundo sobre sus hombros. Me dio una sonrisa de lado y me agarró la otra mano, la cual besó.
Subí al auto y viajé con Esteban rumbo a la fiesta. Prácticamente me obligó a hacerlo. Sin embargo, me sorprendí al notar que no estábamos siguiendo la ruta que el GPS indicaba.
La fiesta estaba prevista en Cañuelas, en la estancia de la familia de Pedro.
―Teté, te equivocaste, teníamos que tomar la Ruta 6. ―No sé a quién se le había ocurrido que se casaran en la basílica de Luján, una de las más reconocidas por los feligreses. Ese no era el problema, sino que estaba a una hora -mínimo- del lugar del evento.
―Lo sé.
―¿Entonces?―Lo miré sin salir de mi asombro. El sol se estaba poniendo, decorando el cielo con bellas pinceladas doradas y naranjas sobre el azul profundo.
―Entonces, estoy tomando una ruta alternativa.
―No me figura ninguna.
―¿Confiás en mí? ―Su mirada chispeante me estremeció.
―Sé que tengo que decir que sí, pero hay un no sé qué que me hace dudar. ―Fruncí la nariz.
Sin decir ni una palabra más, se adentró a un descampado, en mitad de la nada, solo salpicado con algunos árboles de gran tronco y copa profusa. Estacionó debajo de uno de ellos. Para entonces, la noche nos rodeaba y apenas podía ver el reflejo de su hermoso rostro.
―Ahora ¿me podés decir qué significa esto? Odio las bodas, pero la fiesta no me la pierdo por nada del mundo. La familia de tu cuñado es culo con rosca así que seguro que hay vino y champagne del bueno.
Esteban se quitó la parte superior de su esmoquin azul oscuro; acto seguido, lo siguió su chaleco. Desabotonó los broches de su camisa y guardó prolijamente su moño en el bolsillo de su blazer.
―¿Estás loco?
―¿Por qué? ¿No dijiste que nunca lo hiciste en un auto? ―Un Esteban decidido era temerario.
―Oh, sí...bueno...pero...
―No me mandaste la lista así que estoy improvisando y ahora mismo te quiero arriba mío.
Bajó la cremallera de su pantalón y se lo colocó a la altura de las rodillas. Sus bóxer revelaban una gloriosa erección.
―No puedo montarte, este vestido se me ajusta como una calza.
―¿Tan rápido bajás los brazos?
―¿Me estás desafiando? ―Apretó los botones justos, sabía que yo no me dejaba vencer rápidamente.
―¿Vos qué pensás? ―Entrecerré los ojos y a la mierda las arrugas de su camisa y mi vestido.
Efectivamente, la tela era difícil de arrastrar por lo que le pedí que me bajara la cremallera ubicada en la espalda. Con habilidad, dejé caer el vestido a mis pies y lo extendí en la parte trasera del auto. Cuando me incliné sobre el asiento para colocarlo, Esteban me dio una bofetada caliente en el cachete de mi culo.
―¡Auch!
―Eso, por protestar. ―dijo y mordisqueó mi nalga. Cerré los ojos, esto empezaba muy bien.
Manteniendo esa postura, clavé las rodillas en mi asiento. Esteban giró la perilla de lado, regulando la distancia de la butaca al tablero y la llevó lo más atrás que pudo.
―No estás usando corpiño.
―¿Para qué? No tengo muchas tetas y el vestido tiene corpiño preformado ―dije mirando la tela azul grisácea que descasaba sobre los asientos desocupados.
De repente, una lengua buscona se filtró entre mi tanga sin costuras. Nada debía notarse bajo mi vestido.
―Hmmm ―Empecé a retorcerme, clavando mis uñas en el cabezal de mi lado.
Su boca era codiciosa y su lengua, lo era aún más.
―Me gusta...―Tarareé, sus dedos invadiendo mis partes privadas, su respiración caliente estrellándose cerca de mi ano.
―A mí también. ―Su aliento envió cosquillas perversas a mi núcleo.
Abrí mis piernas, mis tacos de doce centímetros de punta en dirección al tablero, dándole mayor acceso. Sus manos ancladas a mis caderas, su rostro pegado a mi culo y mis pezones desnudos frotándose contra el áspero acolchado del asiento me estaban llevando a la ruina.
―Por favor, Esteban...
―Por favor ¿qué?
―Ya sabés...
―No, no sé...―Su tortura era deliciosa.
―Cogéme...te lo pido por amor de Dios.
―Vos no creés en Dios ―se rio de mí y se alejó de mis entradas sagradas para apoyar el peso de su cuerpo contra mi espalda. Giró mi cuello y un beso húmedo aniquiló mis entrañas, cualquier atisbo de cordura.
Frotó su miembro mojado y listo contra la línea media de mi culo y comenzó a ejercer presión contra mis labios inferiores, listos e hinchados a causa de su inquieta boca.
―Estás tan lista ―afirmó. Yo era un charco de hormonas y de otras cosas también.
―Por tu culpa.
Su gruñido sexy se estancó en mi oreja preparándome para lo que venía: su dureza penetró mis fortaleza. Entrando y saliendo despacio y luego más fuerte, marcó el ritmo.
Estábamos incómodos, hechos un desastre y al costado de la ruta. Las luces de los autos eran pequeños puntos brillantes que desconocían el calor que estaba abrasándonos aquí dentro.
Gritona, como nunca, descargué mi placer. Esteban me llenaba, se apropiaba de cada célula de mi ser. Siendo un maremoto de manos, jadeos y fluidos, finalmente me arrastró hacia su asiento, sentándome a horcajadas.
Lo monté como la mejor de las llaneras; mis tetas rebotando contra su rostro, brillos de mi crema humectante raspaban su piel de bebé, perfectamente rasurada.
―Sí, dame, dame todo.―Le exigía mientras sus dientes raspaban mis pezones y sus manos se clavaban en mi espalda.
Sus respuestas no eran palabrería; se hundía más y más buscando el punto más profundo de mi interior.
La puta madre, se sentía exquisito, voraz.
Mi reprimido espíritu aventurero encontraba la horma de su zapato en el hombre menos pensado, pero más esperado. Él sacaba mi lado salvaje, cumplía mis fantasías aun a expensas de su propio riesgo.
Quería demostrarme que el sexo era así de bueno porque existía una conexión cósmica, un hilo indestructible que nos unía.
Mi peinado seguramente era un nido de ratas, tendría que retocarlo sin saber cómo, al igual que mi maquillaje. Por suerte y gracias a la insistencia de mi madre, había hecho algunos cursos y sabía cómo arreglarme en un minuto y con pocos productos. En mi mini clutch llevaba lo necesario para adecentarme.
―Esteban...―mi gemido era una súplica, mi cuerpo comenzó a temblar ― ¡Esteban! ―grité desesperadamente, los ojos cerrados y mis músculos tensos explotando en un sinfín de estrellas y respiraciones alteradas.
Él bombeó más fuerte, cubrió con su boca mis gemidos y descargó su apasionado líquido dentro de mí.
Recostó su cabeza contra el respaldo, se sopló el mechón de cabello que cayó sobre su frente, el cual corrí de lado cuando vi que perdía la lucha.
―Sabés que cuando entremos a la fiesta todos van a estar imaginando lo que hicimos.
―No me importa.
―¿No?
―No, en absoluto. No le debo explicaciones a nadie.
Le besé la punta de la nariz y lentamente me retiré de él. De inmediato, tomó el paquete de pañuelos de la guantera y me limpió. Parecía su rutina, su modo de cuidarme. Lo miré, sus ojos vagando por mi entrepierna sucia y la puntilla de mi ligero rota y mojada.
Despojándome de los zapatos, me saqué las medias y las hice un bollo. Mi carterita era muy chica así que las guardé en la guantera de su automóvil.
―Lindo souvenir ―apuntó y comenzamos a reírnos mientras hacía peripecias para ponerme el vestido.
―Claramente no puedo presentarme en la boda así. ¿Hay alguna estación de servicio cerca?
―Sí, hay una a cinco minutos. ―Parecía todo fríamente calculado y me gustó que fuera precavido.
Mirándose en el espejo de su lado, arregló su moño y su chaleco cuando terminó de abrocharse los botones.
―No es justo, no parece que hubieras tenido sexo en un espacio de dos por uno. Yo tengo que arreglar mi maquillaje, mi pelo, mi vestido. Menos mal que me hice la depilación definitiva y no tengo que preocuparme de que me saque las medias y me queden los cardos a la vista. ―Agregué fingiendo estar ofuscada.
―No seas tontuela. No me importaría que me pinches.
―Salame.
Tonteamos unos minutos más hasta que dio marcha su Focus y tal como prometió, estuvimos en una estación de servicio en la que agradecí, no hubiera nadie. En el baño tuve la posibilidad de limpiarme mejor, ajustar el moño imperfecto que quedó en mi cabeza y corregir el rubor extra de mis mejillas y mi labial desparramado por toda mi cara.
¿Así sería la vida con él o era solo una estrategia para que yo mordiera el anzuelo?
No lo sabía, pero disfrutar el camino hacia el descubrimiento, nunca había sido tan estimulante.
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Re: remarcar con énfasis lo que le sigue. Equivalente al "muy".
Turra: mala persona.
Pelotudos: tontos.
Fantochadas: Ridiculeces/ Cosas ridículamente fastuosas.
Culo con rosca: Que se cree superior al resto.
Calza: malla de spandex o lycra ceñida a las piernas.
Estación de servicio: Gasolinera.
Cardos: pelos duros.
Salame: tonto.
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