En algún lugar, o en otra vida
Joshua se encoge en su asiento después de la ola de escalofríos que lo recorre de manera repentina.
Juguetea con el anillo en su meñique de manera casi frenética, hábito adquirido hace pocos meses. Examina con su mirada el aula entera, encontrando a su profesor finalizando la exposición al frente, a Seungcheol tonteando con Jeonghan en la esquina, y termina observando las ventanas a su lado izquierdo.
Entrecierra los ojos y alzan una ceja con curiosidad cuando logra observar a través del jardín una cabellera castaña escondiéndose detrás de un árbol.
Como si la misteriosa presencia se hubiera convertido en el polo opuesto de su propio imán, su mano se alza hacia la ventana sin siquiera notarlo, añorando algo que no parece desconocido en su totalidad.
—¿Qué haces? —interrumpe de pronto Jeonghan en su burbuja.
La mano del azabache cae como peso muerto a su costado y Joshua suelta un quejido cuando termina golpeándose su palma contra la silla.
—Creo que hay alguien ahí —responde, ignorando un poco la pregunta.
Jeonghan lo toma de los hombros y se inclina sobre él para no encontrar nada más allá de las hojas cayendo y un par de insectos deambulando en el área verde detrás de la ventana.
—Quizá es alguien de primero —dice Seungcheol abriéndose paso en la conversación de sus amigos y tratando de aligerar el ambiente.
Joshua niega antes de deshacerse del agarre del chico rubio y levantarse de su asiento. Había pasado tanto tiempo ensimismado con nada más que una sombra que no se dio cuenta del momento en el que el profesor terminó de exponer el tema y sus demás compañeros abandonaron el aula.
—Quizá es un fantasma —bromea Jeonghan —. Yo que tú me empezaba a preocupar. Eso de ver fantasmas no puede ser normal.
Joshua rueda los ojos cuando Seungcheol le da un codazo nada disimulado a Jeonghan en las costillas pensando que aquel comentario puede resultar imprudente.
—No es un fantasma —asegura —. Quizá se trata de alguien de primero, como dijo Cheol, o algo así —supone el menor de los tres haciendo una mueca.
El rubio termina alzándose de hombros y se aferra al brazo de Seungcheol en un descuido del mayor.
—Bueno, como sea. Saldremos esta noche con los chicos, ¿vendrás? —invita, esperando que el azabache acepte.
Joshua suspira. A pesar de tener ganas de olvidarse un rato de sus responsabilidades sabe que no puede deslindarse de sus deberes así de fácil y, de cualquier manera, no tiene ganas de hacer nada.
—No puedo. Debo cuidar la florería esta tarde —se excusa.
Seungcheol se da por vencido en sus intentos por deshacerse del agarre de Jeonghan antes de volver a hablar.
—¿Estás seguro? —pregunta, y Joshua asiente. —Está bien. Entonces nos vemos después —dice arrastrando al rubio hasta llegar fuera del aula —. ¡Si cambias de opinión o te dejan libre el turno solamente llámanos! —exclama por última vez, agitando su mano libre sobre su oreja como si se tratara de un teléfono, y después desaparece junto a Jeonghan.
Joshua inhala fuerte, esperando llenar sus pulmones de oxígeno y calmar su frecuencia cardiaca. Regresa su atención a la ventana, sumergiéndose en una de sensación de vacío al no encontrar nada más que la compañía de las flores.
—Esto es tan aburrido.
Joshua desvía su mirada hasta el chico a su costado. Seungkwan, que ha llegado hace apenas quince minutos a la florería, mantiene su cabeza recargada sobre su antebrazo y el azabache intuye que el chico seguramente apenas y pudo pegar ojo en la noche pasada debido a los exámenes.
—¿Por qué no te vas temprano hoy? Puedo cubrir tu turno —ofrece con una sonrisa amable.
Seungkwan se muerde el labio, tentado por la oferta, sin embargo, termina rechazando el ofrecimiento con la misma amabilidad. Porque después de todo lo que ha pasado Joshua, el mayor no merece seguir desgastándose tanto.
—Eres demasiado bueno —admite el menor —, pero tendré que declinar la oferta. Seguramente tú has tenido un día aún más cansado que el mío.
—¡Para nada! —asegura a pesar de que lo único que desea es terminar el viernes debajo de sus cobijas mientras cuenta las estrellas pegadas al techo de su habitación. —Puedo encargarme de esto.
Seungkwan vuelve a negar, agitando su cabeza, pero Joshua no lo escucha hablar a pesar de que el chico mueve los labios. La atención del azabache se concentra detrás de Seungkwan, en uno de los ventanales del local, donde una vez más una cabellera castaña se esconde fuera, en en aquel punto donde el cristal y la pared se funden.
—¿Joshua?
El chico regresa de inmediato su vista a la cabeza ladeada de su menor, sintiéndose apenado de haberlo estado ignorando.
—Perdona, ¿qué decías?
—Uh... nada, no era importante —admite Seungkwan con las mejillas abultadas, después de todo su tema había acabado desviándose una vez más. —Ya deberías irte, tu turno terminó hace —mira el reloj en su muñeca —15 minutos.
—¿Seguro que estarás bien? —pregunta por última vez, deshaciendo el nudo de su delantal.
—Jamás he estado más seguro de algo.
Apenas Joshua pone un pie fuera del local, camina involuntariamente hasta donde la sombra se ha escondido, encontrándose con nada más ni nada menos que los basureros.
Hace una mueca. Quizá Jeonghan tenía razón y había comenzado a ver fantasmas en su vesania.
Comienza a caminar al lado contrario, directo a su hogar. Consideraba la cercanía de las estructuras uno de los pocos beneficios que le veía a vivir en un pequeño lugar.
Escucha lejos los cantos agudos de las cigarras y sonríe sin motivo. Desafortunadamente, aquella sonrisa desaparece tan pronto como se ha formado.
Joshua gira sobre sus talones. La calle sigue desierta y a pesar de eso comienza a sentirse abrumado. Examina el entorno lo más rápido que puede, jugueteando de manera nerviosa con el anillo que lleva, y acelera el paso cuando no encuentra nada más que sus propios delirios.
Le resulta absurdo pensar que, de los 17 años que ha vivido, apenas haya comenzado a desarrollar alguna clase de afinidad por presencias extraña.
Culpa a su paranoia por tropezar cuando sus propios pies se terminan enredando y pronto golpea el asfalto con brusquedad, logrando sostenerse con sus palmas que ahora arden un poco.
Entonces las escucha.
Pisadas suaves, al borde de ser imperceptibles, resuenan en sus oídos y se permite sonreír, porque a pesar de tener que estar aterrorizado ahora sabe que su psicólogo no lo terminará por derivar al psiquiatra por alucinaciones.
Incluso antes de que las pisadas cesen, Joshua habla, seguro de sí.
—¿Por qué me sigues? —pregunta mientras se incorpora y plancha las arrugas de su camisa, ignorando el ardor, sin voltear hacia el desconocido. —Sé que lo has estado haciendo todo el día. Es aterrador.
—Uh...
Joshua junta sus cejas, creyendo que su mente le juega una mala pasada al escuchar esa voz.
Termina de voltear, encarando por fin a quien lo lleva espiando todo el día.
El cabello castaño de Seokmin no ondea ni ante el roce de la brisa y, a pesar de eso, el anillo en su meñique refleja la luna en su esplendor. Joshua detalla su nariz recta, los lunares sobre su mejilla, se concentra en la piel dorada de Seokmin y no puede evitar suspirar en anhelo cuando sus ojos encuentran los suyos.
—Y yo pensaba que no necesitaba el psiquiatra —murmura para sí mismo, y ese es el primer momento en el que Seokmin sonríe.
—Lo lamento —dice Seokmin ladeando su cabeza, lo suficientemente alto como para que el azabache lo escuche claro.
Joshua cierra sus ojos y llena sus pulmones de oxígeno. Se soba el puente de su nariz, aguantándose las repentinas ganas de soltarse a llorar.
Cuando por fin se cree capaz de continuar con su vida normal, sin tener que esconderse en su habitación todo el día mientras lamenta el último día que compartió con Seokmin, la figura de aquel mismo chico aparece frente a él como si de un vago recuerdo se tratara.
—Debo estar loco.
—¡Qué dices! Lo siento mucho, fue mi culpa —admite Seokmin, dando un paso hacia delante mientras mantiene una sonrisa culpable —. Se supone que no tendría que haber dejado que me descubrieras.
Joshua sonríe, dejando de lado las ganas de llorar, porque incluso en sus sueños Seokmin sigue diciendo cosas extrañas en el momento menos oportuno.
—¿Así que ahora puedo ver fantasmas?
El castaño abre su boca, sorprendido. —Por supuesto que no. Bueno, no lo creo. Si has visto alguno otro yo me empezaría a inquietar.
Joshua se mueve de nuevo siguiendo el camino que señalan las estrellas. Seokmin, naturalmente, le sigue el paso, situándose a su costado y dando saltitos cada par de pasos, como cuando regresaban juntos de la escuela y compartían helados bajo el sol.
Y es extraño, porque a pesar de que Joshua sabe que algo tiene que estar mal con su cabeza, decide disfrutar aquel momento que quizá no sea nada más que un delirio.
—¿Te asusté? —indaga Seokmin, así como quien no quiere la cosa.
—Me sorprendiste —corrige Joshua, aunque lo dice en un tono dudoso.
—Oh, con que era eso. Realmente no era mi intención, pero cuando te encontré esta mañana...
—¿Eras tú? —cuestiona Joshua. —Detrás del árbol.
—Si —confirma mostrando sus blancos dientes —. También vi a Jeonghan y Seungcheol a través de la ventana. Ellos... se veían bien. Felices.
El azabache alza sus hombros. —Supongo que no se quisieron quedar estancados en... un recuerdo. De cualquier manera hoy saldrían con los demás chicos. Estaban muy animados esta mañana.
Seokmin abulta sus labios y las comisuras de los labios de Joshua se alzan. El menor sigue siendo tan precioso como el último día que lo vio.
—¿Y qué hay de ti?
A pesar de que sigue en medio de la nada, a Joshua de pronto le entran ganas de dejarse caer, entre las florecitas coloridas en los pastizales al borde del asfalto.
—¿Qué hay de mi?
Seokmin lo sigue, sentándose a un lado del azabache. —¿Eres feliz?
—¿Justo ahora? —pregunta, y Seokmin asiente. —Me alegra estar soñando contigo, si es a lo que te refieres.
—No estás soñando.
Joshua recarga su lengua en su mejilla interna, pensando. Seokmin, a su lado, mantiene una mirada tranquila y Joshua cree que nunca ha visto un retrato más etéreo.
Por fin se anima y alza su mano, aquella donde su anillo tintinea cada golpea una superficie. Acerca su palma al dorso de la mano de Seokmin con cautela, como si temiera que en cualquier momento el chico se fuera a alejar y esperando, en su corazón, que sus anillos a juego tintineen al encontrarse.
Pese a que Joshua es capaz de percibir el calor de la piel ajena, cuando trata de tocar a Seokmin, su mano simplemente termina golpeándose contra el pasto húmedo, atravesando a su paso lo que concibió como real por un segundo.
—Sí estoy soñando —se repite entonces, desilusionado de habérselo creído por un momento.
Y por fin se permite llorar.
La lagrimas saladas recorren sus mejillas una tras otra, en un ritmo constante.
Joshua se cubre la cara con sus manos, esperando que nadie lo encuentre en una situación tan vergonzosa. Al borde del delirio y sintiéndose tan roto como un cristal que ha caído.
—Shua —escucha que lo llama Seokmin, ¿pero cómo contestarle a alguien que no es real? —Por favor, no llores. No ahora.
Cuando logra calmarse un poco, Joshua limpia su cara con ayuda de las mangas de su sudadera y Seokmin lo mira, impotente.
—Esto no tiene sentido —logra articular sin que su voz suene cortada, aunque si percibe lo cansado que ahora suena —. Yo te vi la mañana después de dejarte ir. Hace seis meses tú... apareciste en la portada del periódico local.
—Un poco excesivo, ¿no crees? —trata de bromear el castaño, ignorando que su piel va perdiéndose con el paisaje cada segundo que gasta.
—Lo siento tanto —musita —. De verdad lo siento tanto. Si aquel día te hubiera acompañado a casa, o si yo...
—No fue tu culpa —consuela Seokmin, deseando poder tocar a Joshua y acariciar las finas hebras de su obscuro cabello —. Quiero que recuerdes que no fue tu culpa, Joshua. Tienes que dejarme ir. No puedes vivir por siempre aferrado a un recuerdo. No puedes ser feliz si sigues apegado a un pasado trágico.
El azabache se limita a negar con fuerza, oponiéndose a escuchar. Sus rodillas ahora están pegadas a su pecho y su rostro escondido en el hueco que hacen sus brazos abrazando a sus piernas.
—El amor a los 17 es algo pasajero —le recuerda Seokmin, tratando de hacer al mayor entrar en razón.
Joshua por fin sale de su escondite. Su nariz rosada aún moquea y sus ojos arden con al aire frío.
—El amor a tu lado nunca sería pasajero —contradice.
Seokmin se ríe desde su pecho y se deja caer en el pasto. Con su mano extendida da golpecitos a su lado y Joshua, obediente, se recuesta a su costado.
—Mira. Aún tengo el anillo —dice Seokmin risueño mientras trata de desviar un poco el tema que se ha vuelto tan serio, estirando su mano hasta el cielo, como si deseara rozar las estrellas.
Joshua observa el anillo que comparten desde los 15, ese mismo que él también conserva y que resguarda la promesa que hicieron alguna vez. El único objeto que lo hace sentir a Seokmin cerca.
—Yo aún veo las estrellas —menciona Joshua, tratando de fingir que no ha notado la manera en la que la luz de la luna atraviesa espectralmente la piel dorada de Seokmin —, esas que pegamos a mi techo cuando estábamos aburridos un día de verano. Las observo cada noche mientras pienso en ti.
Seokmin suelta una risa tímida y voltea sobre su costado, encarando a Joshua.
—Las estrellas son hermosas, pero siempre creí que tú lo eras más.
La cara del mayor arde entonces, porque Seokmin siempre ha sido un romántico empedernido.
—Oh, cállate.
Después se forma un prolongado silencio, algo tan agradable que permite a la calma apoderarse de Joshua, como si no estuviera hablando con el fantasma (o algo así) del mismísimo Lee Seokmin, a quien solía besar todos los cambios de clase a escondidas de los prefectos.
—Quería asegurarme de que estuvieras bien y fueras feliz —dice Seokmin de pronto —. Pero fui tan egoísta que cuando me hablaste simplemente no me pude esconder de ti, porque hace tanto no escuchaba tu voz dirigida hacia mí...
El mayor decide conservar su silencio, limitándose a admirar el rostro de Seokmin, deseando grabarlo una vez más en su memoria y en su corazón aunque se convierta en un recuerdo efímero.
—¿Eres feliz?
Joshua parpadea lento ante la pregunta, y se piensa lo que dirá a pesar de que ya sabe la respuesta.
—¿Cómo se supone que puedo ser feliz sin ti a mi lado?
—Tu felicidad no puede depender de una persona —dice Seokmin, tratando de no sonar brusco y Joshua hace un puchero —. Sé que es complicado, pero debes comenzar a vivir por ti mismo, ¿sabes?
—Ya no quiero vivir sin ti —admite Joshua, sintiendo sus ojos escocer una vez más.
Seokmin suelta un suspiro pesado y cuando vuelve a hablar su voz suena rasposa. —Tienes que prometerme que vivirás por ti, y que serás feliz —pide —; que aunque conserves mi recuerdo no te aferrarás a mi. Promételo, Joshua.
Las palabras escapan de la boca del azabache antes de que siquiera piense en contestar. —No puedo.
—Shua...
—No quiero que te vayas. No me dejes —ruega entonces, sentándose, porque siente que si continúa recostado se ahogará en su propio llanto.
—No puedo quedarme —dice Seokmin, y por primera vez su voz suena entrecortada al notar como de a poco se desvanece en el aire.
—Prometiste que siempre estaríamos juntos. ¡Compramos anillos de promesa y todo! —Joshua dice, y sostiene el dedo que tiene su anillo tan fuerte que se empieza a poner rojo.
—Y ahora, con el mismo anillo, te prometo que volveremos a estar juntos pronto. Sé que me encontrarás. —Y, aunque la mano de Seokmin no pueda sentir la piel de Joshua, recarga su palma en la mejilla ajena, fingiendo que, como cualquier persona, lo puede reconfortar con su toque.
—¿Y si no te encuentro nunca más?
Joshua se limpia los rastros de lágrimas y mira al frente. Seokmin, frente a él, se mantiene sonriente.
—Lo harás —asegura, tan firme que Joshua se lo cree —. En algún lugar, o en otra vida.
—¡Dios mío! ¡Joshua! —Seungkwan sostiene los hombros del azabache y lo zarandea con fuerza esperando lo mejor, sintiéndose aliviado cuando su mayor comienza a despertar. —¡¿Qué haces aquí?!
—¿Eh? —Joshua se termina de incorporar, tallándose un ojo y reprimiendo un bostezo. —¿Dormí aquí? —pregunta entonces, consiente de su ropa húmeda por haber estado recostado en el pasto frío hasta media noche.
—Sí. Acababa de terminar mi turno en la florería y caminaba a casa cuando te encontré de camino. Me diste un susto tremendo. ¿Estás bien?
Antes de que pueda contestar, mira la mano que aún mantiene recargada entre las flores. Se siente pesada y no puede evitar abrir su puño.
Un anillo, igual al suyo. El anillo de Seokmin destella a la par de las estrellas.
Joshua hace un puchero y cierra sus ojos con fuerza. Regula su respiración y, cuando vuelve a abrir los ojos, sonríe.
—Creo que estoy bien.
heyyy, gracias por leer ¡! ☆
para ser sincera me desvié muchísimo de la historia original que quería escribir pero, ¿me importa?
en lo absoluto ☆⌒(ゝ。∂)
y bueno, imaginemos que aquí todos tienen la misma edad: 17
evidentemente seokmin se murió (perdón seokmin, t amo), pero se quedará como un misterio el cómo sucedió
espero q les hayas gustado ♡
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