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Capítulo 9: Campanas Submarinas

Capítulo 9: Campanas Submarinas

—¿Puedes imaginarlo? —dijo el conductor del programa moviendo las manos —. El humano biónico se toma la molestia de hacerte una maniobra de Heimlich... ¡pero te truena una costilla!
El estudio estalló en risas junto con los dos presentadores.
—Quizás no está preparada para relacionarse con humanos comunes —argumentó la mujer junto al conductor mientras recargaba ambos codos en la mesa.
—Es ahí cuando el gobierno se da cuenta de sus errores, no deben alterar la naturaleza humana por sus tontos fines bélicos...

Ed prefirió apagar la televisión, lo único que las noticias conseguían era asustar a Lena. Su oficina se sumió en un pesado silencio. La chica estaba sentada en un sillón individual, con los codos en sus rodillas y la mirada perdida. Vista desde es punto, no podía entender por qué tres muchachos la había rechazado. No era fea, como había dicho el segundo traidor; su marcada mandíbula era digna de admirar, y esos pequeños ojos tenían un encanto atrayente. Quizás los cánones de belleza para los chicos eran diferentes a los de Ed.

—Oye, no te preocupes —susurró al acercase a ella.
Lena parpadeó y dejó de morderse las uñas.
—Le hice daño a un civil, Ed. No pidas que no me altere.
El científico se hincó para quedar a su altura. A su costado se extendía un paraíso tropical ocupado por altos edificios. Serían al rededor de las seis, de modo que todavía algunos rayos de luz iluminaban el paisaje.
—Recuerda que no hay publicidad mala.
—No es eso... Me refiero a que no pude salvar a Tony correctamente, ¿qué pasará cuando me enfrente a un problema más grande?
—Vele el lado positivo... puedes romperle las costillas a los malosos.

Lena no pudo contener la sonrisa de sus labios, aún así le dio un leve empujón en el hombro.
—Anda, tenemos que ir a las plantaciones submarinas a planear las fechas para la junta con los otros biónicos.
Ed se puso de pie, le revolvió el cabello y caminó de vuelta a su escritorio.

(...)

Según su calendario, ese día tendría que tener la visita de su periodo. Aunque siendo sincera, se alegraba de no tener que recibir ese sufrimiento, y todo gracias a su descontrol hormonal. Ed le había advertido que no se confiara, pues en cualquier momento su cuerpo podía volver a funcionar en ese aspecto.
Ajustó los botones de su saco, el cual le habían dado para la cita que tenía. Debía admitir que estaba nerviosa por lo que podría pasar, después de haber roto dos costillas... las posibilidades eran infinitas. Por lo menos la noticia no había causado gran impacto, pero sí burlas y tema de conversación.
De repente una notificación llegó a su celular, era una alerta de elevado ritmo cardiaco. Lena se llevó la mano a su sostén y oprimió un suave botón con el fin de desactivar tales alertas. La ropa interior femenina que revisaba el corazón era un invento de una compañía dedicada a inventar cosas extrañas pero útiles, como los centros de agricultura submarina a donde se dirigían en ese momento.

Desde la ventana del coche veía pasar los edificios, apenas una mancha borrosa tan infinita como el mar que se extendía frente a ellos. El chofer hablaba con Ed, quien iba de copiloto. Los temas que trataban traían sin cuidado a Lena; sin embargo, una que otra palabra le llagaba a la parte trasera del auto.
—Estoy exhausta, ¿de verdad tenemos que hacer esto? —se quejó
—No tardaremos.
Se apearon del vehículo unos minutos después. Luego el coche se fue y quedaron solos en la orilla del mar. Esa era la zona menos humanizada de la isla, pero había uno que otro hotel bajo el agua, además de palapas flotantes de madera para pasar el rato. La arena blanca era suave al tacto, tanto que Lena tuvo la tentación de retirarse los zapatos, lástima que tenía una junta pendiente. Se limitó a mirar el mar de un azul verdoso y hacer una nota mental para volver apenas tuviera tiempo.
Se dirigieron al único edifico que estorbaba en el natural escenario, se trataba de una estructura de concreto con una alargada ventana apuntado al linde del mar.
—Conocido como el centro de control, desde ahí supervisan las campanas bajo el agua.

Ella se alzó de hombros, supuso que después se enteraría de los detalles. Ed tecleó unas cuentas cosas y la puerta de acero se elevó.
Por dentro era más pequeño de lo que aparentaba, estaba lleno de escritorios computarizados y paredes cubiertas con información del estado de cada campana submarina. Gracias a las proyecciones de las cámaras de seguridad pudo ver que un buzo estaba removiendo jitomates, las campanas eran una especie de globo de dos metros de diámetro, una base circular, la cual sostenía las plantaciones, daba espacio para que el buzo se trasladara de cultivo a cultivo.
—¡Ed! —exclamó un viejito vestido todo de negro —. Pasen por favor.
Los dos científicos se estrecharon con júbilo y volvieron a su lugar sonriendo.
—Él es Sergio Gamberini, colaborador de la creación de esta maravilla.
Se saludaron de mano.
—Milena Prezi
—¿Prezi? ¿Cómo la vieja plataforma de presentaciones?
Lena asintió fingiendo una sonrisa; llevaba toda la vida oyendo la misma pregunta.
Sergio tenía una tupida y canosa barba, su dientes eran algo amarillentos y su cabello, también grisáceo, parecía que no había sido cepillado en un mes. Sin duda tenía el aspecto de científico loco de la viejas películas de su mamá. Sólo le faltaba la bata y gritar "¡Está vivo!"

En ese momento una compuerta en el suelo dio paso a una figura, colocó los contenedores de jitomates y los saludó batiendo la mano. No se le veía el rostro.
—Él es el buzo del jitomate —informó Sergio con cierta burla.
La silueta chorreaba agua por todas partes, su traje estaba hecho de una fibra elástica que retenía el calor corporal, de modo que no abultaba mucho. El desconocido se retiró un ligero casco oscuro.
—Él es Lutecio...
Esta vez fue Ed quien contuvo a duras penas una risotada.
—¿Cómo el elemento de la tabla periódica?
—Mi mamá es ingeniera química...
Justo entonces Ed estalló en carcajadas, Lena le dio un leve codazo para calmarla al tiempo que el muchacho sonría de la misma forma que lo había hecho Lena. Sus rubios cabello le caían húmedos poco abajo de las orejas. Poseía ojos verdes con decoloraciones azules y su sonrisa era muy amplia como para llamarse Lutecio.
—Lut para los amigos —dijo antes de tender la mano a Ed.
A pesar de todo, Lut no era guapo... más bien extraño físicamente. Había algo en su rostro que no sintonizaba, quizás eran sus grandes cachetes... o tal vez las marcadas arrugas que se formaban junto a sus ojos cuando sonreía, cabía mencionar que daba la impresión de ser muy distraído. Le calculó unos veinte años cuando mucho, ¿no era muy joven para esos surcos?
—Ella es Lena, el humano biónico de la isla.
Lut inclinó su cabeza ante ella en un signo de respeto.
—Los representantes de los otros biónicos llegarán pronto —hizo saber Sergio.
Acto seguido, los científicos se fueron a revisar los parámetros de las cúpulas, como dos niños jugando con sus carritos.
—¿Cómo se encuentra? —Tenía una voz áspera.
Tardó unos segundos en captar que la pregunta iba dirigida a ella. Mientras tanto, Lut se quitaba el resto del traje. Llevaba una camisa de surf y bermudas.
—Para ser sincera... he tenido mejores días.
—Debe ser cansado... ser biónico.
El muchacho miraba a todas partes menos a Lena, incluso quiso menear la mano frente a él para indicarle que estaba allí.
—Háblame de tú. Y estás en lo cierto, estoy agotada...
Lut rebuscó con su mirada una silla, pero no encontró ninguna. Lena se quedó rígida al ver que el chico se ponía sobre sus cuatro extremidades, manos y rodillas dispuesta a soportar peso.
—Siéntate en mi espalda.
—¿Cómo? —inquirió con los ojos cual platos.
—Estás muy cansada. Sería grosero que me dejaras aquí... —dijo alzando la cabeza para mirarla.
Ella dudó unos segundos antes de colocarse suavemente en su espalda. No quería romperle una costilla o algo por el estilo.
Debía admitir que de tantas posibilidades, jamás se habría imaginado que terminaría usando a un chico como silla.

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