Capítulo 6: Manos a la Obra
Capítulo 6: Manos a la Obra
El proyecto "Humano Biónico" comenzó a difundirse por las redes a una velocidad alucinante. En cuestión de días las noticias relacionadas con el tema eran las más visitadas en todo el internet. La mercadotecnia no perdió la oportunidad y sacó a la venta playeras, prótesis falsas, videojuegos e incluso ropa interior al respecto. El club de fans era más grande de lo que Lena hubiera imaginado, por lo menos el de su continente, y eso que todavía no salía a la luz quién era el elegido. A veces se acobardaba al ver el apoyo de antemano de tanta gente, ¿y si los defraudaba?
¿Qué tal que no cubría las expectativas?
—Por eso te hemos dado tanta preparación durante estos dos meses—decía Edmundo cada que ella le expresaba su temor —. No tienes de qué preocuparte.
Por el momento, el gobierno no accedía a revelar la identidad de los dos candidatos para convertirse en iconos mundiales, pero prometían revelarlo pronto. En los demás continentes el ambiente era el mismo.
Lena sentía un nudo en el estomago cada vez que su madre sacaba el tema a colación.
—¿Por qué alguien querría hacerse biónico? No lo entiendo.
—Quizás quiere huir de sus problemas —explicaba Elijah dirigiendo una acusadora mirada a su hermana.
Era cierto que sus madres no le permitirían conceder su sueño, pero ahora que estaba tan cerca de lograrlo... no podía confesarles su plan, pues la obligarían a renunciar. Trataba de ser sigilosa cuando llegaba a casa luego de un estudio, ya que la mayoría de las veces terminaba exhausta o con la presión baja por el esfuerzo durante los entrenamientos.
Solo un poco más, una vez pase la cirugía, no podrán exigirme nada; pensaba a diario. Y sin embargo, un escalofrío la recorría al pensar en las posibles reacciones de Amaia y Myrna
(...)
Ya estaba en la recta final. La última prueba, según Ed, era por mucho la más complicada: insertarían los primeros recubrimientos sobre los órganos, y quien sobreviviera sería el elegido.
La noche de ese mismo día Lena no pudo pegar el ojo de sólo pensar en aquello.
Una de las condiciones que debía firmar para entrar a la cirugía era que si pasaba algo dentro de ésta, un familiar se haría cargo del cuerpo... De modo que necesita la firma de alguien de su familia. De inmediato pensó en Elijah; nadie fuera de él podía hacerlo. La buena noticia era que tenía suficientes excusas para convencerlo.
—Eres la razón por la que cancelé mi boda —dijo como último recurso.
—Mamá me matará si se entera, de por sí ya estoy castigado por lo que te hice.
Lena bajó la cabeza y al alzarla de nuevo, su rostro estaba teñido de súplica.
—Por los buenos tiempos, hermano —musitó.
Él se removió sobre sus pies y fijó los ojos en un punto, parecía mas pensativo que nunca...
—De acuerdo, supongo que es lo menos que puedo hacer.
Me conformo con que no me dejes olvidada en la fosa común, pensaba.
(...)
La cirugía se llevaría a cabo a primera hora de la mañana. Lena había presentado una carta de justificación de falta a la universidad, no podía evitar pensar que quizás era la última vez que se presentaba ahí.
En fin, la camilla de repulsión magnética la guió por pasillos que le parecieron eternos. Todo su cuerpo expedía un sudor frío complicado de controlar, también sus manos temblaban y sus dientes castañeteaban. Dos horas antes se había despedido de su familia como si fuera otro día de clases, mientras que por dentro rogaba al cielo volver a verlos, no soportaba la idea de quedarse en la cirugía, y también había abrazado con fuerza a sus amigos el día anterior; quizás porque ahora le parecía mas real que nunca.
Notó que entró a la sala de cirugía cuando el techo cambió de composición. Pronto se encontró sobre una base metálica que emitía sonidos de alta intensidad incapaces de ser escuchados por el oído humano, de modo que su cuerpo flotaba gracias a los pequeños altavoces. La espalda de Lena padecía un leve cosquilleo. Se trataba de una caja acústica que permitiría mover objetos suspendidos a donde el doctor lo deseara. Encima otro conjunto de bocinas funcionaba, al igual que a sus costado.
Detrás de ella se alzaba una especie de estructura en forma de dona a la mitad, en el interior bailaba el espectro de la luz. El resto de la estancia estaba pintada de un azul claro, con algunas encimeras llenas de instrumentos.
Lena tragó saliva y se aferró con ambas manos a la delgada sabana que le cubría el desnudo cuerpo, además, sus piernas temblaban. Por un breve instante apareció en su cabeza la idea de salir corriendo de allí... entonces Edmundo apareció en campo de visión y le dedico una sonrisa debajo de su tapabocas negro. Los nervios no le permitieron responder al cálido gesto.
—Todo estará bien —le susurró.
—Hola, Miela, soy tu anestesiólogo —se introdujo un hombre rubio que también llevaba tapabocas y bata—. Verás que en un parpadeo estás de nuevo en casa.
Ella ni siquiera pudo articular el gemido que añoraba salir de sus labios.
Ed se alejó de la base para preparar la capa transparente que habría de cubrir el corazón de la chica. En ese momento entró el resto del personal que ayudaría en la cirugía, visto desde ese punto, lucían como una majestuosa peregrinación. Los mejores cerebros de todo el continente estaban involucrados en el proceso.
—Tres, dos... uno —alcanzó a escuchar que decía el anestesiólogo al dormir a Lena.
Ed se acercó a la base cargando en una bandeja las primeros primeras capas que se aplicarían, la del corazón, estómago y pulmones. A simple vista parecían simples estructuras plástica, pero la dureza que se escondía en ellas sólo era conocida por su creador, o sea él. Cada una tenía conductos para permitir que las venas y otras conexiones siguieran su función.
Entregó las piezas en manos de los biomédicos e ingenieros de órganos, también algunos nanomédicos aportaron parte de sus conocimientos.
Estaba planeado que la cirugía durara cinco horas, pero si las cosas salían bien, se extenderían hasta quince horas para insertar las demás mejoras, como el grafeno en su piel y los finos cristales que cubrirían sus ojos para una mejor visión.
La paciente número uno ni siquiera había superado la colocación de la capa en su corazón, y evidentemente no le podían comentar la pérdida a la paciente número dos.
Ed nunca había sido un hombre religioso, pero cuando la estridente alarma cardíaca se desató en el quirófano, rogó a cualquier Dios que existiera por el bien de Lena.
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