Capítulo 3: Silencio en la Mesa
Capítulo 3: Silencio en la Mesa
El olor a carne inundaba su habitación mientras tecleaba a toda prisa en la computadora de su escritorio. Se trataba de un equipo hecho en dos partes: la primera era una pantalla vertical de vidrio y la segunda, también de vidrio, se desempeñaba en la superficie del escritorio. Podía traer información de la pantalla al escritorio con un solo movimiento de dedo y viceversa.
Antes de comenzar su investigación, agregó una moneda a su tarjeta desde la computadora.
—Algún día serás mío —musitó pensando en su futuro auto.
Procedió a teclear "humano biónico" en el buscador; el vidrio se llenó de artículos e imágenes, además de algunos vídeos al respecto. Lena buscó sus lentes de armazón oscuro entre el desorden de su mesa y se los colocó torpemente.
Abrió uno de los artículos y comenzó a leerlo a conciencia.
Parecía ser que la propuesta era global. Habiendo tantas personas en el mundo, ¿por qué habrían de escogerla a ella? Su esperanza se recuperó cuando leyó que escogerían un voluntario de cada continente, seis personas en total según la última división mundial. Considerando que era de Zanzíbar, podría representar a África.
Deslizó su dedo hacia abajo para leer un poco más. Las consecuencias sociales no era tan graves: sería trabajadora del gobierno, una figura pública... tendría que asistir a todos los eventos oficiales del gobierno. La buena noticia era que no interfería con sus estudios.
Lena se rascó la barbilla, eso significaba que recibiría un sueldo del gobierno. La imagen de un auto nuevo en su mente le iluminó los ojos.
Eran las consecuencias físicas las que hacían retroceder a miles de personas. Si la aceptaban, sería capaz de alimentar aparatos electrónicos con su propia energía, su cuerpo tendría una fina capa de grafeno... sus funciones reproductivas podría ser alteradas, por no mencionar que reforzarían su espina dorsal con aleaciones metálicas, lo que la haría notoria sobre la piel. Y ahí estaba, como último efecto: Posible pérdida de sentimientos
Se obligó a recordar por qué estaba ahí.
—Tú ya no me gustas —resonó en su cabeza.
—Y eres fea —argumentó otra voz.
Memoró el momento en que había lanzado su anillo de compromiso al mar. Sin darse cuenta, un nudo se había formado en su garganta.
Fue en ese instante, frente a su computadora, que tomó una decisión que marcaría el resto de vida: ella sería el humano biónico.
(...)
El silencio de la mesa era abrumador, lo único que sonaba de vez en cuando era el accidental choque de los cubiertos con platos. Para la mala suerte de Lena, Elijah se había sentado frente a ella, de modo que se negaba a levantar la vista más allá de su plato.
Él también se veía decido a ignorarla, por el bien de todos.
—Tengo que regresar a la universidad, vuelvo para la cena —dijo Myrna poniéndose de pie.
Su robusta madre se marchó de la casa al cabo de unos minutos.
—¿Vo-volverás al tra-trabajo? —formuló Gustavo dirigiéndose a su propia madre.
Lena enfocó su mirada en él. Era rubio, igual que Amaia, y sus mejillas siempre sonrosadas le atraían halagos en cualquier parte.
—Sí, tengo algunos pacientes pendientes. Es mejor que me vaya ahora.
Su segunda mamá recogió sus platos y salió de la casa igual que lo había hecho Myrna.
La falta de plática en la mesa se hizo más notoria. De reojo, Lena notó los inanimados ojos de su hermano. Algunos veces sentía pena por él, sobre todo cuando sus madres tenían muestras de afecto en público. Elijah era incapaz de verlo natural, pues la imagen de su padre seguía grabada en su mente.
Pero hoy no era uno de esos días, su hermano no le causaba la mínima pena.
—Conque... humano biónico, ¿eh? —soltó de repente al tiempo que alzaba la cabeza.
Lena le sostuvo la mirada desafiante. El pequeño Gus observaba sin decir una sola palabra.
—No te metas en mis asuntos —espetó.
—Le diré a mamá tus intenciones; no puedes ir por la vida huyendo de los problemas.
La mandíbula de Lena se tensó tanto que le dolió y sus puños se crisparon entorno a los cubiertos.
—No te atrevas...
Él se echó hacia el respaldo de la silla, cruzándose de brazos. Su cabello oscuro, igual que el de Lena, le cubría cierta parte de su cuadrado rostro. Se encaprichaba seguido a pesar de sus veinticinco años, incluso era capaz de amenazar con marcharse la casa si Myrna no le concedía lo que quería.
—Ellas jamás te dejarían hacerlo.
—Deja de arruinarlo todo, Elijah —escupió —. Si no fuera por ti ya estaría en mi luna de miel.
La burlona carcajada de su hermano la enfureció aún más. Cada que lo veía, no podía evitar recordar aquello que... Lena se obligó a cambiar de pensamientos al sentir, de nuevo, esa punzada dolorosa.
—Puede que ya estuvieras embarazada. Con eso de que siempre tomas malas decisiones...
Las últimas palabras le provocaron pararse de golpe, causando que un pedazo de lechuga saliera volando por su repentina acción. Sus orificios nasales se expandían cada poco y la vena de su frente estaba muy a la vista.
En ese momento, el pequeño Gus se deslizó en su asiento. ¿Por qué nunca entendía las peleas de sus hermanos? ¿Qué acto tan grave podría haber hecho Elijah que tuvieran tan de malas a su hermana?
Esta vez prefirió no mirar cómo los ojos de hermana se cristalizaban.
—No le hagas caso, está loca —comentó cuando Lena se hubo marchado.
Gus ni siquiera miró a su hermano. Frecuentemente Elijah lo trataba como si no fuera de la familia y más de una vez había olvidado pasar por él a la escuela.
—¿Qué-qué le pa-sa a Mi-le-na?
—Mujeres —se limitó a decir.
Gus bajó la cabeza. Lena era quien lo cargaba en brazos y le compraba sus dulces favoritos. También le contaba cuentos y en ocasiones especiales dormían juntos. Pero desde hacía más de dos meses que no le prestaba tanta atención como antes, desde que la tensión entre Lena y su hermano había crecido, ella ya no lo correteaba entre risas ni le ayudaba a progresar con su tartamudez.
Sus seis años no le impedía darse cuenta que Elijah le había hecho daño a su hermana. Tanto que ella ya no sonría de la misma manera, mucho menos reía. ¿Dónde había quedado su extrovertida compañera de juegos?
Gus aguantó las ganas de hacer otra pregunta porque sabía que Elijah no le haría caso, igual que siempre.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro