Capítulo 26: Tus Prioridades
En los tiempos gloriosos de Myrna, allá por el año 2020, a las mujeres que gustaban de tener relaciones sexuales se les denominaba de una manera: putas, urgidas... necesitadas; fáciles.
Sólo el paso de los años pudo borrar esa marca, cosa que no consiguieron las marchas pacíficas ni las leyes en los tribunales. Ahora las mujeres que se dedicaban a brindar servicios sexuales tenían un suelo firme donde pisar... y su trabajo no era relacionado con algo denigrante e inmundo.
A veces Lena se negaba a escuchar las quejas del pasado que hacía su madre, aunque esta vez se agradecía a sí misma por haber accedido a oírla, en especial sobre ese tema. Gracias al cielo no había nacido en aquella época... porque, no vamos a negarlo, a ella le gustaba tener sexo. No le cabía en la cabeza por qué alguien juzgaría gustos tan naturales... era como juzgar la afición a un deporte o tachar de inhumano al hecho de ser vegano. ¿Por qué?
Pero no, de ahí no había nacido la decisión de apartar a Jude. Ni siquiera las palabras de Ann resonando en su cabeza, aunque en parte había desencadeno otros pensamientos, como la primera chispa antes de iniciar el fuego, pero no más.
Lut. Debía seguir buscándola en la planta baja. Algo le decía que las cosas no marchaban del todo bien; podía sentirlo en su piel.
Las aleaciones retráctiles de su espalda volvieron de golpe a su sitio y la nano computadora detectó el rostro encima de ella antes de proporcionarle la información usual.
—¿Qué... —musitó Jude.
El crujido del colchón al rasgarse hizo saltar al muchacho. Lena hizo una mueca disgustada al sentir el relleno de éste bajo ella.
Maldita sea.
Jude se apartó de ella, de modo que Lena se incorporó tan rápido como pudo y bajó de la cama gateando. Tras de sí dejó una hilera de desgarres en la superficie de la cama que Jude miró perplejo, luego miró a la chica y de vuelta al colchón.
—Lena... ¿qué es eso que sobresale de tu espalda? ¿Y qué te sucede? ¿Adónde vas? —inquirió al de incorporarse del lecho, desnudo.
Ella estaba a gatas en el suelo, buscando su ropa, así que de paso le lanzó al muchacho la ropa que había llevado antes de enrollarse con ella. Él la atrapó, todavía con expresión de confusión y una latente molestia.
—¿Pasó algo malo? —indagó, buscando encontrar la mirada de ambos — ¿Te lastimé?
—No es personal —susurró al tiempo que se colocaba el sostén. Podía sentir los ojos del muchacho puestos en ella —No me mires, ¿quieres? —pidió mientras se enfundaba los pantalones.
Jude extendió los brazos a sus costados, aún más extrañado. ¿Así eran todas las mujeres biónicas?
—Tengo que atender unos asuntos. Lo siento, no debí subir aquí... —añadió con la blusa ya abotonada.
—¿Es una broma? —formuló, arrugando el entrecejo y sosteniendo su ropa a duras penas.
Lena sacudió los pies y de sus tobillos nació una capa translucía que se convirtió en zapatillas comunes y corrientes.
—Quizás.
Solo esperaba que una cosa fuera broma: la sensación de que algo iba mal.
(...)
No se dio cuenta de su propio aspecto; cabello enmarañado, lápiz labial corrido y una marca rojiza en el cuello, justo donde Jude había besado. Abajo la fiesta seguía en su apogeo, como si jamás la hubiera abandonado. La gente seguía entrando y saliendo, además las bebidas todavía circulaban en bandejas, por no mencionar que la música hacía vibrar su cuerpo. Los primeros segundos tuvo que taparse los oídos hasta que éstos se acostumbraron y modularon el volumen a conveniencia.
Lo más probable es que Ann ya se hubiera marchado.
Una vez más, necesitaba aire fresco. Esquivó a la gente de manera apresurada, mientras su nano computadora realizaba un sondeo en busca de Ann y Lutecio. Lo cierto es que no quería toparse con Jude, ni con ninguno de sus hermanos; aún seguía algo sofocada por los hechos, quizás más de lo que quería admitir, porque si lo analizaba con ojo crítico... se daba cuenta que había expuesto la integridad de muchas personas con el simple hecho de dejarse llevar.
¿Por qué? Había ignorado por completo las cámaras localizada en Rumbek, Sudan. ¿Y si había sucedido algo con la célula terrorista cuando ella estaba distraída? Lo dudaba, de otra forma ya estaría enterada, aunque... por algún motivo Lut había estado buscándola.
Lena, tengo que decirte algo de parte de Edmundo, él quiere que...
Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza; debía darse prisa. Luego de confirmar que ninguno de sus amigos seguía en la exuberante casa, se dispuso a salir. La buena noticia era que la calle estaba poco concurrida, de tal forma que podría correr con más libertad.
¿Y si mi cuerpo no está listo para un acto sexual?, pensó antes de echarse a trotar. Poco a poco iría subiendo el ritmo en dirección al laboratorio de Edmundo. Un embarazo me destruiría por dentro, literalmente; se recordó mordiéndose el labio superior. Las capas que protegían sus órganos no estaban hechas para permitir el desplazamiento de los mismos en caso de un bebé. Edmundo lo había dejado bien claro: no hay espacio para descendencia en tu nuevo estado.
Ni siquiera sabía por qué se planteaba esos pensamientos si los condones eran infalibles gracias al grafeno.
Trató de calmar sus nervios con una carrera más intensa. A medio camino divisó una mata de cabello rubio que habría reconocido en cualquier parte de la isla. Pero cuando aminoró la marcha buscando establecer contacto... no se trataba de Lutecio. El muchacho adoptó una expresión entre divertida y confundida. ¿Por qué la miraba tanto?
—Lo siento —susurró Lena antes de retomar su marcha.
A decir verdad, era reconfortante recorrer la isla de esa forma. Algunos edificios eran tan altos como ridículos, con sus formas irregulares y toda esa vegetación que colgaba de ellos. Así es, vegetación. La mayoría de las construcciones en Zanzíbar gozaban de infinitas enredaderas bien cuidadas. Era un toque característico de la isla.
Se detuvo a recobrar aliento en plena acera. A su lado derecho estaba un centro de convenciones en forma de cúpula donde la gente se reunía fuera en esos momentos. Del otro lado se encontraba la playa; había hileras de antorchas iluminando su entorno, y algunas fogatas desperdigadas por la zona.
Unos metros adentrado el mar, estaba las famosas bases playeras, que consistía de territorios circulares donde la gente podía ir a pasar el rato. También contaban con fogatas, además de sillones rodeando el perímetro de las bases. Para acceder a ella se alzaba un camino de vidrio que nacía en playa y poco a poco completaba su trayecto hasta la base. Lena había pasado tiempo ahí con su familia; era como estar dentro de un sueño en vida, donde el mar susurraba muy cerca de ella.
Era una noche tranquila, tanto que le hubiera gustado quedarse un rato con los pies hundidos en la arena; lástima que la sensación de incumplimiento no la dejaba. Así pues, volvió a correr.
(...)
El laboratorio personal de Ed estaba situado cerca de un hospital cualquiera, que a su vez estaba detrás de un invernadero donde cultivaban moras para exportación a toda la costa africana. La única manera de poder entrar al laboratorio era con una receta médica, permiso escolar o bien... siendo cercano a Ed. Cuando Lena llegó, Lutecio ya estaba ahí, sentado con posición encorvada sobre una silla alta.
El interior estaba iluminada por luz blancuzca. No importaba a dónde voltearas, habría tubos de ensayo, gradillas, cristalizadores y matraces. Algunos refrigeradores tamaño industrial y varias pantallas en cristales monitoreando los procesos. Ed no quería admitirlo, pero su laboratorio –de tamaño mediano- era el favorito de alumnos adolescentes, quienes recurrían al lugar para realizar sus prácticas.
Lutecio alzó la mano para saludarla y ella correspondió con un dejo de incertidumbre. Lena notó que entrecerraba los ojos, como si le doliera algo con el simple hecho de verla. Parecía... ¿culpable?
—¿Te la pasaste bien? —la voz detrás de ella la sorprendió.
Ed estaba de pie cuando se giró, entrelazando sus brazos sobre el pecho; las cejas inclinadas daban un aire molesto a su cara. En esta ocasión, se retiró los lentes con aire cansado.
—Lutecio me dijo que me necesitabas... —respondió en un tono inseguro.
Jamás había visto molestia en Edmundo, ni siquiera cuando sus experimentos resultaban en desastre. Lena recapituló qué podría estar sucediendo, y lo que su mente sugirió le heló la sangre.
—Sí, hace tres horas requería de ti—le reprochó.
Lena bajó la mirada al piso y el silencio se coló en la estancia. Hubiera querido que la luz fuera menos intensa para que ellos no notaran la pesadumbre de su cara; el tono de Ed era evidente regaño.
—¿Por lo menos te la pasaste bien?
Ed no despegaba la mirada de ella, al igual que el chico que había confundido con Lut; de modo que se miró en un reflejo a su costado.
Madre mía.
De inmediato se arregló la blusa para esconder las marcas de su cuello, también se acomodó el cabello en una trenza dispareja y limpió con un poco de saliva el lápiz labial corrido. Luego contrajo el rostro entero en una mueca apenada.
—Mira, sé lo que estás pensando, pero... eso no sucedió.
—Ahórrate tus mentiras, Milena.
Tuvo que parpadear con tal de asimilar las palabras, las cuales tragó amargamente. Él... había sido el único de su lado cuando todo parecía inclinarse en su contra. Edmundo había representado un poco de estabilidad, una figura para ella. ¿Por qué actuaba así ahora?
—Lutecio me dijo que te fuiste con un muchacho —añadió él —. Pero éso no es lo importante, sino que dejaste de lado tus obligaciones.
Para ese entonces, Lut estaba entumecido en su asiento, buscando desaparecer o mimetizarse en él. Lena casi pudo imaginar la escena: Ed pidió explicaciones, así que Lut solo mencionó lo que había visto. No podía culparlo.
—Todo estaba en calma, no descuidé nada —se apresuró a explicar.
Ed cambió de postura antes de dirigirse a una pantalla colocada en la pared. Presionó un botón y ésta se encendió; después se situó a la altura de la imagen mientras miraba la reacción de Lena. No habían transcurrido ni treinta segundos cuando ella ya tenía la mandíbula caída y los ojos acuosos. Se tapó la boca con una mano al escuchar los audios grabados en la cabina donde iba su equipo, poco antes del aterrizaje.
Su equipo. Oyó la voz de Sora dando una orden, y uno que otro comentario espontáneo de Gabriela. ¿Dónde se encontraban? ¿Qué estaba sucediendo? Se negaba a procesar la información de localización, coordenadas y tiempo climático.
La verdad tras los hechos la aplastó peor que aquella columna de mármol en un casino. De pronto sus oídos se taponearon y su lengua se secó; las sienes le palpitaban.
—Están en Sudán —sentenció Ed.
Lena tuvo la necesidad de asirse a un pasamanos psicológico. Su equipo estaba en un operativo. Sin ella. En Rumbek, con la célula terrorista que creyó inofensiva.
Miró hacia Ed en busca de... no, consuelo no era una opción; no tenía idea de por qué lo miraba, si él se esforzaba en mostrarse serio y molesto, aunque por dentro su fibra sensible estuviese sufriendo también.
—No pudimos dar contigo a tiempo; ellos tuvieron que proceder.
Lena sufrió una especie de espasmo que la sacó de su trance.
—¡Sudán está cerca de aquí! Puedo ir en tren bala y...
—Lena —intervino Ed.
En ese instante Lut se escabulló por la puerta trasera.
—Solo tengo que prepararme.
—Ya es demasiado, tarde —le recordó alzando la voz.
—No tardaré nada —insistió.
—¡Lena!
Ella se detuvo de golpe con la respiración entrecortada. Ed nunca antes le había gritado, y al parecer no había terminado.
—Aquí se nota cuáles son tus prioridades. ¡Sabía que no debía apostar todo a una niña! Y peor aún, la manera en que te desapareciste... con un muchacho. ¿Acaso no eres consciente que las relaciones sexuales afectan tu organismo? Por si no lo tenías presente: la última vez que te metiste con un hombre fue para cancelar tu boda.
El científico estaba rojo por falta de aire. Y Lena estaba deshecha; podían echarle en cara su temor por dirigir el equipo, incluso maldecirla de mil maneras posibles, pero el tema... el tema de su boda no se tocaba.
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