Capítulo 25: No Saber Decir No
Mina era... muy animada para ese tipo de situaciones, ella estaría donde fuera que hubiera alcohol y música alta. Con sus veintitrés años de edad ya había pasado por las playas de Ibiza de camino a un festival musical en Ámsterdam, pero se había quedado ahí por culpa de una congestión alcohólica.
Su amiga usaba el cabello multicolor, desde verde hasta rosa, también azul eléctrico y anaranjado. En ese tiempo llevaba una mitad azul marino y la otra violeta. No le avergonzaba en lo más mínimo hablar de ella como bisexual. Por si fuera poco, la mirada de Mina sugería una especie de locura juvenil que ni la misma Gabriela tenía, incluso su manera de expresarse estaba cargada de energía. Hablaba tan rápido que quienes la conocían debían acostumbrase a ello para entender una de sus oraciones.
—Te veré allá —dijo al celular —. ¿Puedes llevar una botella de vodka?
—Odio el vodka, Mina —le recordó en tono quejumbroso —; sabe a perfume.
—¡Tequila entonces!
Lena se rindió a la petición de su amiga con una risotada. Procuró hacerlo en voz baja, porque si su madre se enteraba...
—¿Vas a llevar condones? —añadió Mina.
—Pues... no tenía nada planeado. Además, no conozco a nadie como para...
—¡Mejor así! —la interrumpió —. Te llevaré algunos, de esos que son de hidrogel.
Su amiga terminó la llamada. Lena se estrelló la palma en la frente y negó con la cabeza, luego torció los labios y de ellos se escapó una sonrisa. Quizás no era mala idea llevar condones.
(...)
La casa de los trillizos Leal estaba localizada en una exuberante colina de Zanzíbar que daba directo al mar. Para llegar a ella tuvieron que recorrer camino arriba un pulcro sendero el cual estaba cercado por finas antorchas artificiales. De vez en cuando otros muchachos pasaban de largo.
La puerta principal estaba abierta de par en par cuando llegaron. Encima de ella se alzaba una estancia cuadrada cubierta por un techo de palma; desde abajo Lena e Irmina alcanzaron a ver la fogata reluciente justo en medio del lugar.
El aroma de comida recién hecha y alcohol desperdigado inundó las fosas de Lena apenas entraron; tuvo que sacudir la cabeza un par de veces para acostumbrarse al volumen de la música, acompañada de maldiciones juveniles y carcajadas. No había pasado ni diez minutos cuando sorprendió a Mina con una cerveza en mano.
—¿Y el tequila que te traje? —preguntó alzando la voz.
Mina le guiñó el ojo antes de perderse entre el resto de los invitados. Genial; estaba sola. Una parte suya no podía evitar revisar las leyes de su isla en línea; según ésta, muchas de las cosas que ahí sucedían eran ilegales y se castigaban con servicio social. ¿Cocaína liquida? Podía olerla flotando en la gente. ¿Anticonceptivos impregnados de alucinógeno? No faltaban.
Se obligó a contenerse ante la idea de quitarles a un par de ellos sus bebidas humeantes. La primera hora, gente que no conocía se acercó a charlar, le hicieron preguntas de todo tipo y bromearon con algunos temas.
—¿Bajaste de peso desde el cambio?
—¿Sabes volar?
—¿Puedes hacer el amor?
Luego algunos amigos y varios compañeros de clase irrumpieron en escena; tomaron la iniciativa de bailar una que otra canción. Había olvidado lo que era reírse hasta que el abdomen doliera. Con ellos dio sus primeros tragos; nada pesado en caso de que algo sucediera... se aseguró de beber lo mismo en cada copa. Esa noche, Lena volvería a sentirse normal... o por lo menos muy apegada a su antigua realidad. Y eso no le molestaba en absoluto.
Fue cuestión de tiempo para que sintiera el bochorno subirle por el cuerpo; necesitaba aire fresco. Lena avanzó en compañía de Anneris por la sala de estar donde se hallaban. Más adelante estaban sillones colocados al azar en un área grande, además de otros rodeando el lugar desde donde las bebidas eran preparadas, el techo era una especie de volcán (hecho de madera clara) que crecía algunos metros al cielo y termina en una ventana a modo de moneda.
Pasando esa zona, Lena se perdió en el ventanal rectangular; le hubiera gustado contemplar el mar nocturno sin tanto alboroto a su alrededor. De pronto, ver el movimiento de las olas y percibir el sonido, le provocó el recuerdo de Lut en su mente.
—¿Estás bien? —preguntó Ann detrás de ella.
—Sí, sí.
Dejaron atrás el paisaje y llegaron a otra estancia que daba paso a un jardín donde la piscina se mantenía en calma; las personas dentro se recargaban en sus esquinas mientras bebían o fumaban.
Soltó un suspiro tranquilo cuando el aire le recorrió sus pulmones, podía sentirlos aferrándose al oxígeno. A su lado su amiga sostenía debajo del brazo un libro mientras que con la mano cargaba un vaso en forma de esfera. Anneris siempre llevaba un libro consigo.
—Pareces mareada.
Lena se pasó la mano por el cabello y le sonrió.
—No es nada, solo que... mis sentidos están más susceptibles; se saturan rápido.
Ann le devolvió el gesto, cargado ternura y algo de preocupación. En ese momento un muchacho pasó cargando bebidas burbujeantes, Lena le tomó una sin que se diera cuenta y la olisqueó. Miró a su amiga y le ofreció el diminuto vaso, pero ella se negó.
—Eres una heroína, ¿sabes? No vale la pena que arruines eso por alguna estupidez que hagas esta noche —admitió Ann cuando Lena se zampó el líquido fosforescente.
—¿A qué te refieres?
Ella evitó su mirada al principio.
—Te conozco, Lena. Aceptarás donde te ofrezcan alcohol —dijo apuntando su copa vacía —. Y tendrás sexo donde lo propongan. No sabes decir no.
Sabía que Anneris quería recordarle que aunque fuera biónica, debía cuidar de sí misma en todo momento. Todavía recordaba aquella noche en la que se había puesto ebria y había agredido la casa de Marcus, creyéndose inmortal o algo por el estilo. Pero Ann le había advertido... y Lena no había escuchado. Su amiga era muy sincera como para callar sus pensamientos.
—No te preocupes, Ann. Y gracias...
La hubiera abrazado de no ser por el cuerpo que se interpuso entre ambas; era uno de los trillizos.
—Lena, Lenita... ¡creí que seguías en París! —exclamó el pelirrojo.
Anneris le lanzó miradas de advertencia antes de marcharse de vuelta a la casa.
—Espera, no me digas —dijo entrecerrando los ojos y levantando el dedo índice —. Jude, ¿cierto?
Él sonrió de oreja a oreja, creando arrugas al costado de sus ojos. Era un muchacho de prominentes pómulos, mismos que estaban salpicados de pecas marrones, justo como el color de sus ojos. Calculó que sería algunos centímetros más alto que ella. Cabía mencionar que se trataba del trillizo intelectual.
El último recuerdo que tenía de él era en el laboratorio, un año antes de que lo avanzaran drásticamente de grado escolar. Jude le había dejado caer arsénico al trabajo comestible de Lena a propósito, ella a su vez le había lanzado el plasma oscuro de los contenedores de su unidad. Al final ninguno pudo presentar su proyecto, de modo que se vieron obligados a repetirlo, pero esta vez en equipo; sus resultados habían sido de los mejores.
Así que se podía decir que llevaban una relación superficial. Simples saludos y despedidas corteses. Por eso, cuando él continuó hablando, Lena tuvo la impresión de que Jude quería esquivar el mismo ritual tonto de siempre.
—¿Te hiciste algo, un corte de cabello quizá? Te ves diferente —comentó ladeando su delgada cabeza antes de tomar la mano de Lena.
Ella le clavó su dedo en el amplio pecho y le sonrió.
—¿A dónde quieres llegar, eh?
Jude retrocedió con las manos en alto mordiéndose el labio.
—A veces cuando te estaño, yodo —se atrevió a decir.
Lena rodó los ojos y se cruzó de brazos, sus chistes inteligentes no conseguirían mucho con ella. Sin embargo, no pudo contenerse a decir:
—Ni de bromo te seguiré el juego.
Ambos estallaron en risas ante tal tontería. De pronto Jude se vio proyectado hacia un lado por un impacto; su amigo fue a dar directo a la piscina entre salpicones y manoteos. La gente alrededor se río. Lena de inmediato buscó la causa.
—Se notaba la química entre ustedes, je... Lo siento—terció otra voz desde el suelo.
Al bajar la mirada sus ojos quedaron cual lunas. Lutecio yacía allí en una posición rendida, con las manos apoyándose en el concreto. Detrás de ellos Jude emergió del agua, chorreando.
—¿Tú lo...
Él se puso de pie de un brinco y sacudió sus pantalones cortos. Iba igual que siempre: camisa de neopreno y bermudas. No podía faltar su cabello alborotado. ¿Qué estaba haciendo allí? Lut no asistía a su Universidad, a ninguna universidad en realidad.
—Perdón —Lut alzó la voz y agitó su mano en dirección al pelirrojo —. Me tropecé... no quise empujarte.
Jude le dedicó una mirada amenazadora que se volvió cada vez más penetrante conforme avanzaba hacia ellos, dejando un rastro de agua en el suelo. Ella desvió la cabeza al lado contrario, no podía meterse en sus asuntos, ¿o sí?
—Lena, tengo que decirte algo de parte de Edmundo, él quiere que...
Por el rabillo del ojo vio la figura de Lut volar directo al igual con más brusquedad de lo que Jude lo había hecho. ¡Plash!
—Idiota —gruñó el trillizo, el agua todavía le bajaba por el cuerpo.
—Oye, ¿qué te sucede? —Escupió Lena confrontando a Jude frente a frente—. ¡Fue un accidente!
Lut apareció en la orilla de la piscina, se aferró a las escaleras iluminadas y salió del agua pesadamente.
—Tu amiguito me empujó —espetó —Lo juro, Lena; lo sentí. Vámonos de aquí.
La tomó por los hombros desde atrás y la guió al interior de la casa en cuestión de segundos. Del otro lado, Lutecio se quedó plantado allí, con la palabra en la boca y sin saber qué hacer. Debía avisarle a Lena aunque eso significara pasar por los gruesos brazos de ese tipo. No podía fallar, puesto que nunca nadie le confiaba cosas tan importes.
(...)
—Creo que no debería estar aquí...
Se habían encaminado a la planta alta de la casa. Par su sorpresa, la fiesta también seguía; pero parecía mucho más seria. Al no saber los espacios de la casa, había mirado por error dentro de una sala donde una mujer desnuda estaba tendida sobre una mesa baja, encima de ella había piezas de sushi, algunas en el abdomen... otros sobre sus pechos, también sobre sus finas piernas. La gente en su rededor tomaba directamente del cuerpo y servía en sus elegantes platos.
Lena tuvo un escalofrío; sólo había visto ese tipo de festín en películas. Jude había notado su angustia, de tal manera que había regresado por ella a indicarle el camino a seguir.
En ese instante Lena esperaba por su amigo junto a la puerta de su habitación. Era una recámara de tamaño medio, computadoras y televisiones pendiendo de las paredes. Las figuras de acción en las meses de noche a ambos lados la cama seguramente eran sacadas de vídeo juegos... considerando que Jude se dedicaba a eso.
—Tranquila, no tardaré —la voz le llegó desde el guardarropa del muchacho. La puerta estaba entreabierta.
Lena se removió, incómoda. De pronto su amigo salió con los brazos atorados en una camisa coral.
—Puedes sentarte ahí —apuntó con la barbilla un pequeño sillón individual.
Pero no pudo dirigir su mirada al sillón. La sola imagen del torso expuesto de Jude capturó varios de sus sentidos, a pesar de que había visto mejores chicos... según su punto de vista. Él no estaba mal, para nada mal... del uno al diez (considerando diez como hombre sensual, deseable; y uno como muchachito raquítico), le daba un ocho u ocho y medio. Se dio un golpe mental; no debía pensar en ese tipo de cosas por su propio corazón. Aunque... un vistazo no implicaba el nacimiento de sentimientos amoroso, eso seguro. Se desabotonó los primeros botones de su blusa.
Ambos escondieron sus sonrisas. Ella se dirigió al sillón sin comentar nada y tomó asiento. ¿Ese olor era tensión?
Minutos después el muchacho se plantó frente a ella e hincó su cuerpo, quedaron cara a cara; olía a menta. Lena tragó saliva cuando la mirada del muchacho echó un clavado dentro de su blusa.
—Fue tonto ponerme esta camisa, ¿no crees? —esbozó una sonrisa cargada de intenciones.
De todas las respuestas que pudo haber dado, optó por una igual de sugerente que la pregunta. Un poco de contacto no le haría mal a nadie... ¿Dónde había dejado los condones?
—De todas maneras te la voy a quitar —susurró y se inclinó hacia él.
Los labios de Jude no eran tan suaves como los de Marcus; bastó un poco de saliva corriendo para que se ablandaran a su gusto. Jude apoyó su mano en el respaldo de Lena, junto a su cabeza, y suspiró dentro de su boca.
Lena lo separó un poco, luego le retiró la camisa por la cabeza. Ella gimió al sentir la presión en su seno derecho, cosa que la llevó a morder con más fuerza el cuello de Jude.
—Eres algo ruda.
Ella no se detendría a explicar que su fuerza se la debía a un científico llamado Edmundo. Edmundo... ¡el mensaje de Ed! Por eso Lutecio había aparecido allí. Las caricias le nublaron la mente; en cuanto acabara con Jude... iría a buscar a Lut. Sí, eso haría. No, el deber era primero; debía ir ya.
Pero una cosa llevó a otra y terminaron en la orilla de la cama. La ropa de ambos ahora estaba olvidada en el suelo de la recámara, tan olvidada como su cordura.
Jude paseó sus manos por las caderas de Lena y exploró cada recoveco de su cuerpo; luego volvió a concentrase en sus labios.
—¿Aprendiste esto en tu viaje Nueva York? —musitó apretando el cuerpo entero.
—YouTube en realidad.
Lena volvió a dejar escapar un sonido ahogado ante las sensaciones que la avivaban desde dentro. Luego se reiría del comentario de Jude. Le rodeó la cintura con sus piernas desnudas. Suerte que se había depilado...
Cada beso le servía para convencerse que las cosas quedarían ahí. No tenía intenciones de llevar esa llama a la vida real, donde tenía que vigilar terroristas y demás. Era cierto que su cuerpo no había presentado deseo sexual ni mucho menos, pero ahora que se encontraba ahí... no podía entender cómo había resistido tanto tiempo sin siquiera un roce.
Y justo antes de que Jude se abriera paso en ella, las palabras de Ann asaltaron su extasiada mente.
No sabes decir no.
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