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Capítulo 24: Señora Desorden

Quizás en misiones y laberintos su agudo oído era una bendición, pero en el mundo real podía resultar un martirio. En realidad no le importaban las trabas intestinales de sus vecinos, aunque no podía evitar reírse de ello cada que la estela de sonido llegaba.

Para su mala suerte, dichos vecinos habían decido tener un maratón sexual (bastante ruidoso, por cierto) que la había mantenido despierta durante la madrugada. ¿Acaso nunca se cansaban? Tal vez eran las consecuencias que ganaba por burlarse de problemas ajenos para evacuar.

Lo más escalofriante de los hechos, fue que guiaron sus pensamientos a una incógnita: ¿cuándo había sido la última vez que había tenido sexo? Seis... siete meses. ¿Debía deprimirse con eso? Para ser sincera, desde el cambio su cuerpo no parecía muy interesado en el contacto físico.

Lena se cubrió la cara con la almohada cuando escuchó que sus madres discutían sobre un tema similar en la cocina. Todo indicaba que todos tenían sexo menos ella. Preparó sus cosas para la universidad con tal de distraerse, también aseó su cuerpo y se aseguró de tener la energía necesaria.

—Me estás malinterpretando, Myrna; no estoy diciendo que dures poco... sólo que te cansas más rápido que antes —El diálogo se coló en su oído.

No le incomodaba hablar sobre el tema, pero habría agradecido a sus madres que trataran la situación en otro lado, puesto que el pequeño Gus siempre formulaba preguntas a Lena al respecto.

—¿Me estás diciendo vieja?

Lena resopló procurando mantener sus comisuras en una línea recta. Minutos más tarde bajó a trote las escaleras translucidas de caracol y entró a la cocina con su mochila al hombro. Ese día había decido vestirse como... una persona normal, o algo similar. Una ligera blusa blanca de lino, de esas que si un líquido caía encima, éste se resbalaba sin dejar mancha. No podían faltar sus zapatillas descubiertas y la primera mezclilla que había sacado del guardarropa.

—... que si visitáramos una sexóloga podríamos...

Amaia acalló a Myrna con un gesto furtivo apenas apareció su hija. La vieron pasar de largo en silencio hasta la alacena, donde sacó una barrita de proteína y tomó algunas manzanas encapsuladas para vaciarlas en agua más tarde.

—O podrían pedirle consejos a los vecinos —comentó Lena ocultando una mueca divertida.

—¿Qué? —soltó Myrna de ceño fruncido.

—Nada —añadió, sonriente —. Buenos días.

Besó a ambas en la mejilla y salió en dirección a la puerta. Ambas mujeres cruzaron miradas extrañadas. Por lo menos se notaba que el humor de Lena era otro desde la charla por la paz con Marcus.

Amaia se alzó de hombros y volvió a sus asuntos, al igual que Myrna. Fue cuestión de tiempo para que la mayor de ellas rompiera el silencio.

—¿De verdad ya no te complazco?

Amaia echó hacia atrás la cabeza en un gesto divertido antes de acercase a su esposa y pasarle los brazos por el cuello.

(...)

Le sorprendió que la secretaria de la Universidad fuera tan amable con ella. Decían que la paciencia de esa mujer cabía escrita en la cabeza de un alfiler... y muchas veces se le había visto en los jardines del exterior contando del uno al diez en busca de tranquilidad.

—Perdiste todo un semestre —informó explorando algunos datos en la computadora que era el mismo escritorio.

La buena noticia era que su caso tenía solución; le asignarían una docente personal con quien repondría las materias en la mitad del tiempo durante las vacaciones. Sonaba prometedor, de hecho le entusiasmó la idea los primeros diez minutos... hasta que se topó cara a cara con la mentora.

Se encontraban en una recepción tan amplia como iluminada, puesto que sus cuatro paredes eran de vidrio. En los costados, pasando un marco de metal, nacían puentes que conectaban la estancia al resto del edificio. Algunas aulas y laboratorios.

La secretaria, detrás del escritorio en forma de dona, le indicó que tomara asiento mientras llegaba su nueva docente. Por alguna extraña razón, Lena supo que el estruendo ocasionado en un puente lateral era un mal augurio. Se incorporó cual resorte del sitio y dio algunos pasos hacia esa dirección; ahí se hallaba una mujer luchando por mantener el equilibrio entre carpetas y papeles sueltos. Desorden, esa persona gritaba desorden.

Lena asomó la cabeza a un costado para ver más allá de la mujer; con algo de suerte su mentora aparecería al final del puente. Pero sólo halló a un intendente peleando contra la basura desperdigada de un contenedor que, juzgando las miradas rápidas resentidas del empleado, la Señora Desorden había tirado.

Un análisis veloz de su nano computadora le bastó para saber el perfil profesional de la recién llegada; Licenciatura en Diseño Digital. Despedida dos veces de agencias de publicidad... un matrimonio fallido y dos hijos esperando por ella en casa.

—Disculpe, ¿ella es Eva Abelsen? —formuló casi en susurros cerca del escritorio.

La secretaria se acomodó los lentes con el dedo medio y entrecerró los ojos. Se apartó un poco de la pantalla usando sus brazos

—Así es; usted está bajo su cargo ahora.

Lena podría haber jurado que la mujer había musitado "Suerte" antes de concentrase en la computadora.

Eva Abelsen, eh.

Volvió la cabeza hacia su mentora y decidió aproximarse a ella para echarle una mano con los rebeldes documentos. Conforme lo hacía, vio que Eva iba vestida de blanco... a excepción de su falda oscura corte tubo, que se ajustaba a sus anchas (en serio, anchas) caderas y terminaba justo debajo de los pechos más grandes que jamás había visto, de esos que embobaban miradas. Lena evitó mirar el botón que amenazaba con explotar en cualquier momento.

—Déjeme ayudarle.

—Ay, gracias. Excelente —exhaló.

Eva ni siquiera la miró, solo dejó caer todas sus pertenencias en los brazos de Lena, de modo que ella se vio obligada a doblarse para mantener las cosas en su lugar.

—Uf, necesito un descanso —agregó acomodando el fleco oscuro que cubría parte de su frente. Su rostro era redondo y jovial, casi juvenil. La verdad era que estaba a punto de cumplir los cuarenta.

Lena buscó su mirada y saludó como pudo.

—Me dijeron que usted me ayudaría a reponer un semestre.

Eva miró en varias direcciones, después se apuntó a sí misma y dejó escapar una carcajada. Lena ladeó la cabeza y contrajo la cara; esa mujer sí que reía fuerte. Cuando su oído se recuperó del constante pitido, Eva ya no estaba.

—¿Qué... cómo? —dijo para sí misma girándose.

No la vio por ninguna parte. La Señora Desorden se había esfumado en un parpadeo, llevándose las esperanzas de Lena por salvar esos seis meses. Aunque una cosa había dejado: sus documentos.

(...)

Iba patentado algunos cantos rodados que encontraba en el camino sin soltar el papeleo de Eva, el cual devolvería si ella hacía su trabajo. Sí, señor. Aunque lo más probable es que terminara entregándolos a la Universidad... Volvería al día siguiente en busca de su mentora.

—¿Lena?

Alzó la vista y se llevó una auténtica sorpresa. RCP, una costilla fisurada y dos rotas.

—¡Tony!

El muchacho se veía como nuevo, o por lo menos ya no estaba paralizado en un hospital. Él le dio un breve abrazo con todo y libros, luego soltó una risilla nerviosa que hacía referencia al incidente de hacía uno meses. Lena también rio al tiempo que alzaba un poco los brazos.

—No esperaba verte aquí por todo esto de... —señaló su cuerpo.

Lena asintió esbozando una media sonrisa. Tony, a pesar del accidente, seguía siendo el mismo. Su mirada suspicaz y ese peinado al estilo Elvis. Ah, y por supuesto... lentes de sol y dos botones desabrochados. El aire coqueto lo tenía desde siempre.

—¿Y ya no piensas irte? —preguntó.

—Por decisión mía no, pero...

No hicieron falta palabras, Tony entendía que en cualquier momento podría mandarla llamar. De modo que... ¡debían aprovecha su presencia!

—¿Recuerdas a los hermanos Leal?

Era imposible olvidar a ese trio. Se trataba de unos pecosos trillizos pelirrojos de dientes perfectos y cabello alborotado. Lo curioso es que eran como agua y aceite entre ellos. El primero trillizo era conocido por sus habilidades deportivas, incluso estaba becado por su universidad gracias a ello... aunque, Lena había llegado a pensar que tanta testosterona le había dañado el cerebro. El segundo de la manada, por llamarlo de alguna manera, había terminado la universidad a los quince años debido a su dotes intelectuales, de modo que ahora trabajaba desarrollando video juegos. Y el último de los hermanos... era el típico fiestero salvaje que sacaban de lugares por ataques de vomito.

—Claro —musito sin saber a dónde quería llegar Tony.

—Organizarán una reunión esta noche en su casa. Van a ir muchos de la facultad.

Lena se mordió el labio interior unos segundos; tenía mucho que no asistía a un evento así. Seguramente el último trillizo lo había organizado. Siendo una familia adinerada, podía imaginarse el tipo de fiesta que sería.

¿Por qué no? Merezco un descanso.

—Trae a tus amigos. A Fick y Anneris; Irmina también está invitada.

—¿Habrá alcohol?

Tony alzó las cejas de manera cómplice, se situó a su altura y le pasó el brazo por el hombro.

—Eso y más.

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