Capítulo 19: El Laberinto
—Tu mamá es muy guapa —comentó Gabriela cuando la llamada por video finalizó
Lena se incorporó de su escritorio y se acercó a la ovalada cama donde su amiga estaba sentada. Myrna y Amaia la habían llamado en un mal momento, apenas unas horas después de que había negado el liderazgo de los biónicos. Como era de esperarse, ellas notaron su semblante apagado y de inmediato la interrogaron.
—¿Cuál de las dos?
—La rubia.
No podía negar la opinión de Gabriela. Amaia siempre había sido más atractiva que Myrna ante los ojos de muchos, mujeres y hombres por igual. Hacía algunos meses una chica de su universidad había tratado de pasar la línea de la amistad con su segunda madre.
—Ella no es mi madre... mi madre biológica.
—Entiendo.
Bajó la mirada a su brazalete de identificación y la giró en torno a su muñeca en silencio.
—¿Y cómo se siente?
—¿Tener dos mamás?
Gabi asintió mirándola fijamente.
—¿Qué sientes al tener un padre y una madre?
Ella se alzó de hombros.
—Nada.
—Lo mismo sucede con dos madres. Si hubieras crecido con ellas te habrías acostumbrado.
—¿Y tú tienes la misma orientación sexual que ellas?
Lena recordó aquel día en que su madre le había aconsejado probar una relación con otra mujer, luego de que un chico la lastimara.
—No.
—¿Y qué hay de tus hermanos?
—Mi hermano menor es muy pequeño todavía. Y el mayor...
La imagen de Marcus y su hermano le perforó la cabeza. La razón de su ruptura con su prometido yacía ahí.
—Elijah se mete con quien le dé la gana.
Gabi notó que estaba pisando territorio prohibido y por precaución llevó la conversación a otro tema, por mucha curiosidad que tuviera. Lena le agradaba por encima del resto, de ahí que quisiera brindarle un poco de apoyo moral en su situación. Le parecía una chica gris que en antaño había sido muy brillante, de hecho... presentía que la razón estaba en su hermano y ese tal Marcus del que habían hablado.
Quería conocerla como de verdad era, buscaba disipar la niebla que la cubría. Su sexto sentido (el cual casi nunca fallaba) le decía que si Lena hablaba del tema, parte de la carga se esfumaría.
—¿Marcus y tu hermano hicieron algo?
Lena dudó unos segundos, pero finalmente alzó la mirada.
—Si con hacer algo te refieres a acostarse juntos, entonces sí —soltó ella con una media sonrisa cansada —. Pocos días antes de nuestra boda.
Ambas mantuvieron el silencio unos segundos.
—Te diría que lo siento, aunque no serviría de mucho. Pero si no hubiera sucedido eso, no te habríamos conocido, tampoco estarías aquí, con la posibilidad de conseguir un mundo más seguro.
Lena esbozó otro gesto conmovido antes de darle un golpe con la almohada.
—No es tiempo de lamentaciones.
(...)
El ejercicio del Laberinto sonaba más sencillo de lo que en realidad era. Se trataba de una zona subterránea de concreto, iluminada por altas bases de control desde donde se monitoreaba el funcionamiento de la estructura.
En algunos puntos las paredes alcanzaban los quince metros, mientras que las partes más bajas median nueve metros. Para su mala suerte, no había señales de ningún tipo que pudieran guiarlos a la salida. Ni ramas colgantes, mucho menos daños en la superficie.
Lo único que tenían a su favor eran los trajes negros de protección que se adherían al cuerpo, además de sus propias habilidades y el buen humor de Gabriela cada que alguno era atacado por las diversas trampas. Todos estaban conectados a la nano computadora de Sora, de modo que ella podía revisar los signos vitales de los otros por muy lejos que estuvieran.
—Nos quedan dos horas para salir de aquí —les recordó Jane.
En ese momento avanzaban por una de las venas del Laberinto. A la cabeza iba Sora, que se detenía cada dos por tres a toquetear el suelo; al parecer podía llevar su visión en la dirección de las paredes, siempre y cuando éstas tuvieran algún tipo de electricidad en su interior. Su peculiar habilidad alcanzaba a cubrir distancias de un kilómetro, a veces un poco más dependiendo del material del medio.
La chica se hincó y cerró los ojos mientras tocaba el frío concreto. El resto permaneció en silencio. Lena pudo ver cómo sus globos oculares se movían detrás de sus parpados.
—Por aquí no llegaremos a ningún lado —dijo al salir de su trance.
Cambiaron de pasillo en cuestión de segundos. Su principal problema era lo similar que resultaba todo, sin importar cuánto avanzaran. Tenían prohibido dejar marcas o saltar por encima de los muros
—¿Qué opinan de salir a cenar después de ésto?
—Concéntrate, Gabriela —susurró Nerida.
—Podemos probar esos famosos caracoles... o salir a un bistro.
De pronto Niklas la mandó callar alzando la mano, Sora también notó la perturbación en el suelo y les indicó que retrocedieran con sumo cuidado.
—¿Qué es eso?
Nerida parpadeó para enfocar la mancha que se acercaba a ellos a una considerable velocidad. Del equipo ella era la que tenía mejor visión y olfato.
—¿Perros?
Un coro de potentes ladridos no tardaron en llegar, sus dueños daban largas zancadas en cuatro patas, agitando sus alargados cráneos y arrojando saliva por la boca. Eran un poco más corpulentos que un pastor alemán promedio, pero no por eso menos ágiles; sus ojos despedían un siniestro brillo rojizo que se encendía cada que ladraban, por no mencionar que de su columna salían aleaciones como las de Lena. Jane soltó un gemido ahogado cuando uno de ellos corrió embrutecido por la pared.
—¡Divídanse, ya, ya, ya! —gritó Lena al ver que eran cuatro caninos.
Sora la fulminó con sus rasgados ojos antes de salir despedida por otro pasillo. Los perros fueron detrás de su objetivo sin dejar de gruñir, incluso sus patas se movían a la misma velocidad y en un solo ritmo.
Lena ya no se extrañaba de su cuerpo al entrar en acción. En ese instante ni siquiera notó que las aleaciones de su columna se irguieron para crearle una mayor estabilidad al maniobrar. No se sintió tranquila al comprobar que nadie la seguía; sus amigos seguían bajo amenaza.
Torció en un recodo y se topó con una fosa tan oscura como el corazón de su hermano. Lena sacudió la cabeza retrocediendo, no era momento para pensar en Elijah.
La depresión la separaba cuatro metros del resto del Laberinto. Era saltar o saltar. De tal manera que preparó sus piernas para la carrera; luego salió despedida del reposo y saltó con un empuje final que nació desde sus pies. Manoteó al darse cuenta que la fuerza no había sido suficiente.
Entonces se dio cuenta de su primer error. El suelo estaba teñido de negro, nada de fosas maquiavélicas tragahombres; lo comprobó al caer rodando sobre piso firme.
Qué estúpida
No se dio tiempo de pensar en ello, pues unos metros adelante su camino divergía con otro donde se encontraba Sora. Observó la escena completa corriendo, ahí fue que aceleró la marcha. Las paredes pasaron a sus lados cual corrientes difusas a las que sólo se les distinguió el color; el viento soltó varios de sus cabellos y le secó los ojos. Los gruñidos al frente aumentaron su intensidad.
Más rápido, más rápido.
El can saltó al mismo tiempo que ella. Lena consiguió interceptarlo por el costado poco antes de que impactara contra la líder, quien estaba mal herida en el suelo; según su informe, debido a un tobillo torcido en un ángulo desagradable.
Lena contuvo las fauces del perro en el aire y rodó con él por el piso entre gritos y varios zarpazos. La fiera lanzó mordidas, tratando de alcanzar su cabeza, o cualquier pedazo de piel. Ella respondió con un puñetazo en su quijada que lo alejó unos metros.
Se volcó encima de él e incrustó sus dedos en las cuencas del animal. El can sufrió un espasmo y quedó tumbado a la vez que su lomo se elevaba al ritmo de una respiración agitada. Ahora, en vez de verse como una maquina dientuda, parecía un cachorro indefenso.
Lena tragó saliva como pudo y se obligó a respirar con normalidad, posteriormente deshizo sus pasos hasta Sora y se hincó junto a ella. Pero cuando le apartó la elástica tela del tobillo para revisarlo, su compañera le propinó una patada en pleno rostro con la suela de sus botas militares.
Cayó de espaldas, llevándose ambas manos al rostro. De inmediato lo sintió caliente y mojado. Sangre.
—Vamos isleña, ¿acaso no habías recibidos golpes de la vida?
Lena viró hacia un lado en el suelo, conteniendo su dolor detrás de las palmas. Sabía que Sora estaba de pie, puesto que una sombra la cubría de la blanquecina luz.
—Aquí cada quien se cuida la espalda. ¿Oíste?
—Somos un equipo —musitó apoyándose en un codo, todavía con la cabeza caída.
Al inicio del camino por donde había llegado Lena, los rugidos de otro animal las alertaron; el can se fue acercando en posición de asecho.
—Pero eso no significa que debamos de ser dependientes —escupió Sora, después se alejó corriendo.
Lena se limpió la sangre que le corría por la cara y clavó sus ojos en la mirada del perro.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro