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Capítulo 17: Heidelberg, 2038

Recostaron a Niklas en una base metálica justo en medio del laboratorio principal. Lo conectaron a la computadora de vigilancia y dejaron que reposara unas horas.

La estancia tenía un tono grisáceo pálido, como si se tratara de un libro para colorear incompleto. Los encimaras y estantes, repletos de instrumentos, daban un aire frío al lugar. Lo único que sonaba era el ocasional pitido de la computadora, la cual indicaba signos vitales estables.

Niklas no había perdido la sangre que se esperaba, pero desde su esternón hasta el ombligo estaban mal heridos. El chaleco antibalas había ayudado a mitigar un poco el daño, de otra forma su torso estaría perforado.

Edmundo, cabeza del Consejo Científico de África, sería el encargado de restablecer y reforzar los recubrimientos debajo de la piel de Niklas. Mismos que Lena llevaba en torno a sus órganos.

Hablando de Lena... apenas tuvo oportunidad se acercó al laboratorio con la intención de ver a su compañero. Como equipo que pretendían ser, debían apoyarse los unos a los otros; o por lo menos eso le había dicho Johari.

Le permitieron pasar hasta que comenzó a oscurecer. Por dentro la cabina tenía una temperatura muy baja comparada con la de su isla, además olía a cierto desinfectante y suministros medicinales.

Tomó un banco alto y se sentó a la altura del pecho de Niklas, que todavía seguía reposando de manera horizontal.
El hombre la saludó con una cansada sonrisa. De cerca Lena notó todas las arrugas y lunares de su rostro, como también una delgada papada debajo de su barbilla.
—Apostaría que de joven fuiste muy atractivo —se atrevió a decir para romper el hielo.
Niklas soltó una desafinada risa, al parecer la primera del día.
—Pues... voy a tener que contradecirte. Nunca fui guapo. Quizás con miopía y a mitad de la noche habría sido algo agradable a la vista.

Esta vez fue ella quien río. Era curioso como usando una cucharada de humor la gente se mostraba más abierta. El primer día Niklas había estado tan serio que Lena lo creyó amargado debido a su edad.
—¿Cómo te sientes? —formuló mirando la porosa tela verde sobre su pecho.
Él torció los labios.
—Me adormecieron del cuello hacia abajo... —el silencio se asentó en la conversación —. Has sido la primera que viene a verme en todo el día.

Lena le sonrió de lado. Se preguntaba qué otra cosa pasaría por la cabeza de Niklas... su familia quizás, tal vez el hecho de estar hablando con una completa desconocida. O quizás sólo tenía hambre y no pensaba en otra cosa que no fuera comida.

—Hoy no me sentí el héroe de la historia, ¿sabes? —sacudió la cabeza tanto como la base se lo permitió. Y Lena supo que si hubiera tenido las manos habilitadas, habría restregado su viejo rostro —. Vine aquí con un propósito, Lena. Imagino que igual tú.
Ella tragó saliva. Suponiendo que no volver a lastimarse el corazón era un propósito, entonces sí.
—¿A qué te refieres?
—¿Cómo voy a vencer al bando terrorista si el primer día termino herido?

No le digas a nadie que te lo conté, pero... ese hombre perdió a su familia en un ataque terrorista. Las palabras de Jo resonaron en su cabeza.

Conque era cierto. Niklas estaba ahí para vengar a su familia. Aunque le costaba creer que buscara venganza, puesto que no aparentaba ser ese tipo de hombre.

—Heidelberg, 2038. Una mochila explota dentro de la Holy Ghost Church. Trece muertes y treinta y dos heridos —musitó mirando al techo.
—Niklas, no tiene caso que...
—¿Por qué mi familia estuvo entre los trece muertos? —inevitablemente, su voz gruesa voz dio un traspié —. Durante años me he hecho la misma pregunta. Y la única respuesta vino a mí cuando el gobierno lanzó la convocatoria para convertirse en humano biónico.

En esa posición, diciendo tales cosas, daba la impresión de ser un difunto que había revivido sólo expresar su último pesar.
El pitido de la computadora rellenó el silencio.
—No voy a permitir que otra bomba se lleve a la familia de alguien más, Lena. Pero hoy, al estar frente a la explosión, me pregunté si de verdad tengo el valor de enfrentarme a algo tan grande. Nuestro problema mundial es el terrorismo, ya no el tráfico de drogas ni el crimen organizado.
—Tuviste miedo, eso es todo. Ellos —apuntó hacia donde se encontraba la base de control del campo minado — dijeron que era posible que perdiéramos la capacidad de enamorarnos, ¿recuerdas?
Niklas asintió cerrando los ojos.
—Pero no nos quitaron el miedo porque saben que lo necesitamos. Ese sentimiento, por feo que pueda ser, es necesario para sobrevivir. Lo requieres en el campo de batalla; ningún héroe triunfa sin una pizca de miedo.

Posó su mano en la de Niklas, y luego recordó que no tenía caso. Él también lo notó y sonrío a su pesar. Agradecía su apoyo.
—Gracias por escucharme. Aquí todos parecen vivir en su propio mundo.
—No es nada.
—No se te daría mal liderarnos, Lena.
Ella parpadeó varias veces. Recordaba a la perfección la descripción de su madre de un líder natural. Myrna decía que caminaban bien rectos, con el pecho un poco proyectado hacia adelante. Los demás callaban cuando éste hablaba, y le obedecían por admiración sin buscar nada a cambio. Eran personas que contagiaban al hablar, como Gabriela, tan temerarios como Sora, moderados cual Nerida... Justo lo que ella no era. O creía no serlo.

—Y bien, Lena... ¿por qué estás tú aquí?
Él ya había hablado de su pasado. Ahora le tocaba a ella; se removió en el banco, tragó saliva y se rascó detrás de la oreja. Luego una risilla nerviosa afloró de su garganta.

(...)

—Entre más tiempo les tome formarse como equipo, mayor será el peligro para cada nación —había escuchado decir a Johari.
—He ahí el problema. Tiempo, cosa que no tenemos —comentó otro representante.

Lena prefirió seguir caminando por los palillos del complejo cuando alcanzó a escuchar palabras que no le correspondían oír. Dichos pasillos eran anchas venas que se conectaban entre ellas cual laberinto, su techo estaría a unos quince metros... cosa que la hacía sentir extrañamente pequeña. El hormigón de las paredes se veía impecable, sin fisuras ni nada por el estilo.

En ese momento Edmundo estaba reparando a Niklas. Se regañó a sí misma por usar la palabra "reparando" con él, como si se tratara de una máquina, pero... a fin de cuentas eso eran ahora. Herramientas de gobierno con moral humana.
Tenía muchas dudas rondando en su cabeza, pero todavía no encontraba la persona indicada para expresarlas. Tenía que ser alguien biónico, eso sin duda.

¿Qué haría el gobierno con ellos cuando ya no fueran útiles? ¿Hasta qué punto la moral humana era útil para cumplir cometidos que fueran en contra de ésta?

Garanka, la representante europea, como anfitriona que era, les había asignado habitaciones contiguas en los pisos inferiores al complejo. De tal forma no tenían razón mayor para abandonar el lugar, aunque tampoco estaban restringidos de salir.

Siguió por el pasillo hasta llegar a una puerta translucidas. Pasándola se encontraban las habitaciones de los otros biónicos, como también la suya.
El lector aprobó su huella digital y la puerta se deslizó hacia arriba.

El pasillo se volvía más estrecho en ese punto, iluminado por una extraña y tenue luz azulada. Fue entonces que se dio cuenta que el equipo (o lo que sea que fueran) estaba conformado por cinco mujeres y un hombre.

Un segundo lector le dio paso a su habitación. Garanka les había dicho que cada recámara estaba ambientada para que se sintieran como en casa, de tal manera que las estancias estaban hechas a medida según la nacionalidad del biónico.

No había mucho que decir de su recámara. Era de tonos azules y verdes, algunas ventanas fotovoltaicas daban paso a luz natural. La ventaja de éstas era que podían ser cambiadas de lugar con un solo toque. Olía a una mezcla de vegetación regada con fruta recién cortada. Pero para ser sinceros... no era muy cómodo oler eso todo el día.

Una pared entera de la estancia estaba adornada con finas enredaderas que apenas comenzaban a dar flores típicas de su isla. Mientras que del techo colgaban lámparas circulares hechas a base de palma.

Su cama yacía en una esquina de la habitación, pulcramente tendida con sábanas beiges. Junto a ella tenía una mesa de noche acompañada de una lámpara de lectura. Del otro lado se encontraba un baño completo.

Lena se sentó en la ovalada silla del escritorio y soltó un suspiro. Se resignaría a esperar por Edmundo. 

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