Capítulo 14: Llegó la Hora
Capítulo 14: Llegó la Hora
Unas semanas más tarde la piel de Lena estaba del todo recuperada. No había rastro de ampollas ni cortadas, mucho menos torceduras o contusiones musculares. Ya asistía a clases con normalidad, exceptuando las curiosas miradas de algunos compañeros. Era cierto que el agradecimiento de su gente seguía latente, aunque con el paso de los días había menguado.
A simple vista todo era miel sobre hojuelas, incluso sus madres se evitaban hacer irritados comentarios sobre el hecho de que fuera mitad máquina...
La única piedra en el zapato de Lena era que tanto Myrna como Amaia se negaban a dar el brazo a torcer en cuanto al viaje a París.
—Las consecuencias que pasaste aquí en la isla fueron devastadoras, ahora imagínate lo que podría suceder en otro continente —argumentaban.
—¿Quién me asegura que no te vas en una aventura con ese tal Johannes?
—Es Johari...
Lena se había visto obligada a emplear el poder de convencimiento de Ed y su representante. No es que esos dos fueran magos en el arte de la persuasión, pero de algo servían. El primero recurría a sus términos científicos, y el segundo hablaba con la voz de la experiencia representando figuras públicas. Luego de días de súplicas y promesas, ambas accedieron.
De paso, la causa del incendio también había sido descubierta: los dueños del casino se habían negado a cumplir con los impuestos que una banda de mafiosos cobraba. De modo que éstos habían buscado venganza. Las familias de personas involucradas en el caso, o mejor dicho... las familias que habían perdido miembros en el incendio, llevaban varios días haciendo protestas a las faldas de edificios de gobierno.
La policía de Zanzíbar ya estaba tras la pista.
(...)
—No olvides hacer tus cinco comidas diarias —dijo Myrna a través de la pantalla.
—Sabes que si no contestas tu celular recurriremos a medidas drásticas —añadió Amaia.
—Sí, sí... Lo sé —respondía Lena por octava vez.
Iban en un taxi automático propiedad de la aerociudad. Johari a su lado mantenía una animada conversación en su propia pantalla, la cual estaba adherida a la barrera que separaba la parte delantera y trasera del vehículo. La trayectoria sería de dos horas aproximadamente, puesto que tendría que salir de la isla por el puente Sadani, éste conectaba su ciudad con Tanzania. De ahí se dirigirían a Luanda para tomar el vuelo directo a París.
De solo pensarlo le sudaban las manos. Se preguntaba cómo serían los demás humanos biónicos y qué motivos los habían llevado a tomar la misma decisión que ella.
Lena volvió la mirada a la pequeña proyección; no le hacía falta estar presente físicamente con sus madres para saber la preocupación que se cargaban. Era de esperarse que se encontraran nerviosas.
Amaia se acomodaba el cabello cada dos que tres, mientras que Myrna se remojaba los labios.
—Tendré cuidado, lo prometo.
La nítida imagen se mantuvo cuando Amaia acercó en celular aún más a ellas.
—Hija, sabemos que el sida es una enfermedad controlada, pero... pusimos píldoras en tu maletín por si acaso.
Su madre biológica resopló a un costado de Amaia y dijo:
—Sabes que ese asunto de la discreción no se me da, mi amor. Lena, no tengas sexo. Contrólate por el amor de Dios. Más vale prevenir que bautizar.
Lena se cubrió la mitad del rostro riendo al mismo tiempo que Amaia reprimía a su esposa con un comentario sobre el pudor y otras cosas que Lena no alcanzó a escuchar.
—Las veo en dos semanas —se apresuró a decir agitando la mano frente a la pantalla.
—Te queremos.
La pantalla volvió al menú inicial, donde mostraba su localización en un mapa y lo que faltaba para llegar a Luanda.
Lena inhaló profundo y reclinó su asiento para recostarse. Ladeó su cuerpo de espaldas a Johari y cerró los ojos... muchas cosas la esperaban en los próximos días.
(...)
En sus diecinueve años de vida nunca había estado en una aerociudad. Es decir, sí, había viajado, pero en aeropuertos comunes. La macro estructura que tenía delante era incomparable con un aeropuerto común. La gente iba y venía cargando pequeñas maletas, atendiendo llamadas y charlando en tantos idiomas que no podía identificar uno solo. Los cuerpos de seguridad flanqueaban cada entrada, iban vestidos en su totalidad de blanco, a excepción de sus lentes oscuros.
Según Johari, el bullicio podía ser peor. Parecía que la suerte iba de su lado.
—Cierra la boca, Lena; se te meterá una mosca.
Ella parpadeó y sacudió la cabeza. Su campo de visión no alcanzaba a abarcar el complejo entero. Supuso que las pistas se encontraban pasando dicha estructura. Por fuera la aerociudad estaba hecha de un material blanco acomodado a manera de panal, subía y subía formando una especie de enredadera plástica, llegando a tener la dirección de una parábola matemática. A Lena le recordó la forma del ADN por la manera en que se torcía hasta terminar en pico.
Acercando la vista notó que una brisa emanaba desde atrás de la enredadera, de modo que debía haber cascadas o algo así del otro lado.
Justo eso comprobó cuando entraron. Aunque lo más impresionante de todo no fueron los coloridos jardines verticales, ni la gente que hacía yoga en esferas de realidad virtual, mucho menos los holograma guiando personas... sino el techo, tapizado de blancas mariposas. Era imposible calcular cuántas eran. Algunas se aglomeraban en puntos específicos y otras revoloteaban livianamente. Si mirabas de reojo en su dirección parecían ser delicadas nubes paseándose a tranquilas velocidades.
No entendía cómo la gente transitaba debajo de ellas como si no existieran; era imposible ignorarlas.
—Ni si te ocurra tocar a una; las penalizaciones son muy severas —informó Jo.
Lena tragó saliva mirando al techo, luego siguió a Johari por la basta explanada. En ambos costados había tiendas de todo tipo: desde ropa, pasando por secciones deportivas, hasta farmacias. El lugar entero emanaba un olor a nuevo combinado con... ¿café?
Se quedó unos segundos mirando cómo una mujer se paraba frente a un espejo de realidad virtual, ahí seleccionó ropa desde una pantalla táctil, y su reflejo apareció enfundado en el conjunto elegido. Era como magia.
—Vamos, Lena —animó Johari.
Caminó junto a él sin poder evitar torcer la cabeza poco más de doscientos treinta grados. Tantas sensaciones, olores y sonidos nuevos cosquilleaban su sistema. Prefirió desactivar la función que le daba acceso a los datos de cada civil, por no mencionar sus signos vitales y otras cosas inservibles en ese momento. Giró un poco más la cabeza con tal de contemplar el camino que llevaba a una puerta; pasándola estaba el comienzo de un bosque de coníferas.
—No hagas eso aquí, asustas a las personas —susurró su representante ocultando una risa.
Lena volvió su cabeza apenas él lo mencionó. Luego se puso a la altura de Johari.
—¿Qué no hay en este lugar?
Él torció sus gruesos labios y miró a todas partes.
—A diferencia de aquí, la Aerociudad del Cairo tiene una playa artificial...
En los próximos minutos se dedicaron a pasar varios puntos de control, como también dejar sus maletas en el check-in. Los identificadores de rostros no representaron problema; sólo bastó que ambos presentaran algunos documentos en sus respectivos celulares.
En cuestión de minutos tuvieron acceso a la amplia zona de espera. La nueva estancia era una circunferencia con paredes de vidrio, tirando a la forma de una dona, pues justo en medio se alzaba un emblemático árbol de la ciudad. Su tronco era tan grueso como para albergar cincuenta personas en su interior, poseía secas ramas que se alzaban hasta cierta altura y a partir de ahí se deslizaban horizontalmente.
De ningún ángulo era lindo, pero sí que impresionaba su tamaño. Había largas hileras de asientos a los pies del árbol, ahí la gente yacía atendiendo la pantalla de sus computadoras. Lena calculó alrededor de tres mil personas en la estancia, quizás poco más según su nano computadora.
Pasando los curvos vidrios se alcanzaban a ver las pistas; largos y oscuros caminos donde se posaban gigantes de aluminio, algunos de mayor tamaño que otro. Su forma se le recordó a una gaviota, quizás por sus alas puntiagudas y levemente arqueadas hacia arriba. El rugido que emitían era amortiguado por la circunferencia, pero Lena sí que los escuchaba, incluso las vibraciones que se transmitían por los suelos llegaban hasta su cuerpo. Volaban gracias a motores eléctricos impulsados por enormes baterías de biocombustible hecho a base de hidrogeno.
En la sala entera resonó una voz llamando a los pasajeros del vuelo de las quince treinta con distinto a París. De pronto un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.
Poco después una masa de persona formaba fila india frente otro puesto de control.
—Llegó la hora, Lena —dijo Johari con una sonrisa.
Se formaron en una corta fila paralela y abordaron en cuestión de minutos. Antes tuvieron que pasar por un largo pasillo que conducía directamente a la entrada del avión, de modo que no vieron el gran tamaño de su transporte. Una vez ahí un par de aeromozas los saludaron con una reverencia característica de Oriente. Lena notó que hablaban coreano... o algo similar.
—Bienvenida—añadió su representante cuando llegaron a la cabina principal del avión.
Cualquiera que hubiera visto aquella sala jamás habría pensado que estaba a bordo de un avión. El gigante de aluminio estaba dividido en cuatro secciones principales: la zona de ocio, que era una especie de bar bien equipado pensado para la convivencia de los pasajeros. La zona de relajación, donde se encontraban ergonómicos asientos y camas a disposición de todos. La zona de conferencias, hecha para llevar los negocios sobre el aire. Y por último, una biblioteca nada modesta.
Llegaron a sus asientos asignados después de dejar atrás el alboroto del bar. Era una hilera tras otra dividida en tercias de cómodos reclinadores que regulaban el más mínimo detalle del pasajero. Desde su temperatura hasta llamadas al personal encargado de los alimentos. Era un pequeño paraíso aéreo.
Lena y Johari se dejaron caer en su lugar con un suspiro aliviado. Su representante no tardó ni diez minutos en dormirse. Lena tenía la inquietud de echar un ojo por todo el lugar, pero eso implicaría tener que pasar por encima de él, cosa que sin duda lo despertaría. De tal manera que prefirió curiosear a su alrededor, le llamó la atención la ventana a su lado derecho, la cual tenía varios botones de tenues colores; al presionarlos se sorprendió de ver que la superficie de la pared del avión se volvía más clara. Entonces la ventana desapareció del todo, dando paso al paisaje exterior. Una sensación mareadora se apoderó de ella en un primer momento, su cuerpo entero estaba tensado ante la posibilidad de caer. Unos segundos más tarde se río de ella misma por haberse sentido así.
No podía creer que ya habían despegado, no había sentido nada en lo absoluto. Lena apoyó su mano en el vidrio y sonrió. Aviones transparentes... eso era nuevo. Acomodó su cabeza en un costado sin dejar de admirar las nubes, y en esa posición cayó rendida.
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