
22.
El apartamento olía deliciosamente bien. El aroma le llegó nada más abrirse la puerta. Dentro se escuchaban voces. Voces y risas que otorgaban un toque genuino a aquel hogar. De repente se le quedaron los pies adheridos al suelo en mitad del pequeño recibidor.
—¡Ya estamos en casa! —anunció Pharrell. Fue suficiente para que los latidos de Samuel se precipitaran hacia el infarto.
En primer lugar se asomó una mujer de cabello rojizo, profundos ojos azules, tez blanquecina y afable sonrisa. Eso consiguió que su corazón se saltase unos cuantos latidos para seguir, al momento, infartando. Era la nueva esposa de su padre. Era hermosa. No se parecía ni tan bruja como la imaginó. Parecía mucho más cordial y adorable. Se abofeteó mentalmente. No debía de tomarse las primeras impresiones a la ligera. Debía seguir guardando las distancias por precaución.
—Hola, Samuel —lo saludó. Aquella sonrisa seguía derramando una dulzura agradable. Demasiado agradable. Ella movía sus manos sobre el regazo, mucho más nerviosa que él mismo. Su atrevimiento lo enfureció un poco. ¿Cómo podía actuar con tanta naturalidad después de imponerse en la estabilidad de su vida? Si es que podría llamarle estabilidad a tener que despedirse de un padre por despecho y soportar la dejadez hacia su madre. No. Tenía que mantenerse en la fina línea de lo aceptable.
—Ella es mi esposa. Alyssa —anunció Pharrell con orgullo, alargando una mano hacia ella, mostrándola.
A Samuel le apetecía mucho odiarla. Decirle libremente lo que pensaba. Su otra parte de él rogaba que se mostrase respetuoso porque tendría que soportarlos por tres días e iba a ser una cruz en el caso de estar peleados.
—Qué tal —respondió áspero y escueto sin mostrar ni un ápice de cordialidad. Neutral. En su lugar.
La más pequeña de la familia salió corriendo hacia ellos.
—¡Samuel! ¡Samuel! ¡Samuel! —gritaba al tiempo que corría hacia él para terminar agarrada a sus piernas. Samuel tragó saliva. No había experimentado nada así cuando no se habían juntado con el resto de la familia que tenían niños. Por lo que esto era una novedad. Y no es que los críos le agradasen demasiado. Le parecían molesto e insoportables. Además de ruidosos. Y todo ello, sin experimentar con antelación. Solo viéndolos como hermanos o familiares de sus amigos ya obtenía suficiente información como para que no le pareciera divertido ejercer de niñero.
Se sintió extraño cuando un repentino acto reflejo, e inusual, hizo que su mano se acercase hasta su espalda y la acariciara con cuidado.
—Ella es Harper —comunicó Pharrell.
—Hola —saludó a la pequeña. Unos enormes ojos azules lo investigaban con intriga. La niña se parecía mucho a su madre.
El más mayor se asomó, tímidamente, con recelo. Llevaba consigo la caja de una consola de juegos.
—Y este es Dylan.
Esta vez Samuel levantó la mano a modo de saludo. La pequeña todavía lo sujetaba de las piernas, por lo que no lo dejaba moverse de donde estaba.
—¿Qué tal? Dijo a la vez que levantaba la mano.
El chiquillo hizo una elevación de hombros. Samuel señaló hacia su consola.
—¿Jugamos? —inquirió con el chiquillo observándolo con la mirada entornada y bastante desconfianza. Un desconocido estaba invadiendo la tranquilidad de su hogar. Era comprensible que se comportase de aquella manera.
—¡Claro!
—No. Primero le llevaremos hasta la habitación donde se va a alojar. Una vez deje sus cosas y se organice, y descanse un poco, ya hacéis lo que os apetezca —propuso Alyssa respetando al pobre viajero que traía una cara de agotamiento extremo.
—¡Pues vaya rollo! —protestó enérgicamente Dylan.
Pharrell hizo una mueca de reprobación que lo hizo resoplar.
—Por aquí —le indicó Alyssa consiguiendo que la pequeña Harper lo soltara un poco.
La siguió. No era un apartamento muy espacioso que se dijera. Las habitaciones eran de un espacio reducido. Al menos, la que le habían ofrecido estaba ordenada y limpia. Como el resto de las estancias por donde había pasado.
—Cualquier cosa que necesites quiero que me lo hagas saber —insistió Alyssa con su tono de madraza. Sin borrar su inagotable sonrisa clara y abierta.
Por pedir, le hubiera pedido que se apartara del verdadero camino de sus padres. No obstante, ser grosero le saldría caro. Y tragar con todo lo que le lloviera podría producirle una úlcera. ¡Pero qué remedio!
—Gracias. —Asintió.
Pharrell estuvo a punto de preguntarle por Ginnifer. No lo hizo. Todo estaba marchando tan bien que prefería que no se alterase el espléndido momento. Parecían una familia unida. A pesar de la rabia que seguiría brotando del interior del joven, y que él temía que sacara en cualquier momento. Cruzaba los dedos para que se mantuviera sereno y tranquilo. Necesitaba agregarlo a la familia. A una familia a la que pertenecía, por mucho qué él renegase de ella.
—¿Vas a jugar conmigo o no? —insistió Dylan volviéndose a asomar por la puerta.
—Cariño, ¿qué te he dicho? —le recordó Alyssa con un tono de voz tranquilo.
—¡Por favor, Dylan, deja a tu hermano, no lo atosigues!
Escuchar la palabra «hermano» a Samuel le produjo un cosquilleo y un retorcijón extraño en la boca de su estómago. Su padre seguía insistiendo en inscribirlo en el nuevo núcleo familiar que había formado. No estaba de acuerdo. Aunque le costaba negarse. Lo estaban tratando con tanta amabilidad que su lado más cruel se resistía a aflorar y rebelarse.
—No... No pasa nada. —Samuel asintió mirando a Dylan. Él se parecía más a su padre: ojos verdes, cabellos claros y un mar de pecas cubriendo mejillas y parte de su naricilla. Digamos que se parecía incluso a él. Por algo descendían del mismo padre—. En cuanto me instale, te prestaré algo de mi tiempo —casi prometió. Porque lo que era prometer, con tantos planes como Pharrell tendría programados, no sabía si podría hacer cuanto dijera. Tampoco quería fallar a aquel chico que, a pesar de parecer cercano, seguía observándole como a un bicho raro.
—¡Samuel! ¡Samuel! ¡Samuel! —saltó Harper frente a él. Había ido detrás durante todo el recorrido—. También tienes que jugar conmigo.
—Sí. No te preocupes —sonrió—. Deja que antes deshaga mi equipaje y me acomode un poco —pidió, sin dejar de sonreírle. La pequeña se volvió a agarrar a él. Él tocó su cabecita con cuidado—. Aunque, si no me sueltas, tardaré mucho más.
Harper hizo pucheros.
—Peque... —rogó Alyssa—. Deja a Samuel tranquilo. Luego juega contigo.
Lo soltó, refunfuñando.
A Samuel le supo extraño. Mientras que su padre insistía en presentarlo a sus hijos como hermano, Alyssa hacía por respetar su fina línea personal llamándolo por su nombre para no agobiarlo. Esa acción inteligente fue de agradecer. ¿O quizá ella no estaría tan conforme en que entrase a su núcleo familiar? Tampoco es que lo tratara indiferente, ni con desprecio. Todo era de lo más raro a su parecer. Aunque era mejor así: manteniendo las distancias que él había pedido desde un principio.
—Bien. Nos vemos en un momento —dijo la mujer, poniendo la mano en la espalda de la pequeña para que saliera con ella.
—Claro —aceptó Samuel.
—Bienvenido de nuevo, hijo —entonó Pharrell, feliz.
Esta vez Samuel frunció el ceño demostrándole que, a pesar de no haberse vuelto contra él en presencia de la nueva familia, seguía en desacuerdo por su idea loca de llevarlo hasta allí para cumplir sus deseos.
Soltó el aire de golpe en cuanto se cerró la puerta. Se llevó las manos a sus cabellos peinándolos con ansiedad. ¿Pero en qué se había metido? ¡Fue un imbécil por aceptar! Recordó que estarían esperándole, y que no tardarían en entrar a por él si tardaba. Entonces, se puso con la tarea de colocar las cosas en el pequeño armario, la mesilla de noche, y la cómoda que había en la habitación.
Para cuando acabó escuchó que lo llamaban para comer. Ahora sí que estarían Dylan y Harper enfadados por no haberse salido con la suya de robarle ese ratito de él para sus juegos.
Samuel le había mandado mensajes con cuentagotas. Al menos sabía de él. Le había hecho un pequeño resumen sobre lo que le estaba sucediendo hasta el momento de contacto. Dakota se alegraba de que, al menos, le estuviera yendo mejor de lo imaginado. Él estaba demasiado aterrado. Le dijo que lo habían aceptado sin diferencias, ni desprecios. Aunque aclaró que, cuando se sentó a jugar al lado de Dylan y empezó a ganarle partidas, este le advirtió de que seguía siendo un molesto intruso para él. Que poco creía que fuera su hermano. Y de seguro, su padre se lo había inventado. Para ocho años que tenía, sabía con qué crueldad tratar a los demás, tal y como Samuel lo hacía con su padre. En eso se parecía. Se movían con desdén y desconfianza entre ellos. Así era como Dylan se comportaba con él. Solo apariencias para no recibir la regañina continua de sus padres.
Suspiró, molesta consigo misma por no poder estar en momentos tan difíciles con él y apoyarlo. Notó que tiraban de su manga.
—Tía Dakota, quiero de eso.
La niña señalaba hacia unos pastelillos que había sobre la encimera de la cocina.
—¡No! Ya te comerás alguno, luego —intervino su madre.
—¡Pero yo quiero uno! —berreó Naomi, rogándole a su madre, esperando que Dakota fuera más condescendiente.
Cristal señaló a su hermana.
—¡No la consientas, o estás perdida! Es una manipuladora de mucho cuidado.
La pequeña se cruzó de brazos refunfuñando.
—¡Naomi! —su padre la llamo desde el salón—. Deja que trabajen tranquilas en la cocina. Ven a jugar. Ya comerás luego. Ahora te doy yo un par de galletitas.
—¡Eso! ¡Quítale el hambre y verás! —lo regañó su esposa.
La chiquilla salió a toda prisa en busca de su recompensa. Cristal puso los ojos en blanco.
—Jordan la consiente demasiado. Luego no puedo con ella.
—¿Qué tal os va todo? —quiso saber Aubrey.
—Bien, mamá. Nos queremos mucho. El trabajo nos va bien. Y ya ves lo bonita que está Naomi. No podemos quejarnos.—Cristal se dirigió a su hermana—. ¿Y tú? ¿Cuándo será la audición? Tienes que estrenar las nuevas zapatillas que te he regalado para entonces.
—Antes tengo que personalizarlas. Ya sabes cómo funciona eso si quiero usarla cómodamente.
—Sí. Lo recuerdo —asintió—. Cómo me encantaría verte bailar algún día en el Teatro Licoln de Nueva York. Estaría bien si algún día pertenecieras a la compañía de danza de esta metrópoli.
—Sería un formidable sueño.
—Estoy segura. ¿Y qué hay de tu novio? Te veo más guapa que nunca. Eso significa que algo se cuece.
—No hay nada.
—Pequeña embustera. Eso no te lo crees ni tú.
—¿Por qué debería de mentirte? —Crista ladeó la cabeza observándola a la espera de que soltase su lengua—. ¡No hay nadie! Hablo en serio.
Ella negó dibujando una sonrisa astuta.
—Como no me lo cuentes antes de que me vaya te la vas a cargar. —Levantó una patata hacia ella sacudiéndola—. ¡Y esto es una amenaza! —confirmó, empezando a mondarla.
Dakota puso los ojos en blanco y resopló. Ella era demasiado inteligente. E insistente. Bastante molesta cuando se empeñaba.
—¿Y en el instituto?
—No me gusta nada ir allí. La gente es estúpida. Salvo Kayla, claro.
—Kayla, tu mejor amiga, es maja. Eso no te lo discuto.
—Si se meten contigo es porque vistes raro —la regañó Aubrey.
—¡Es mi estilo, mamá! Me gusta ese estilo.
—Por favor, mamá, no empecemos. Cada cual va como quiere.
—Claro. Y luego se forja lo que le cae por ir como va. ¿Por qué no puedes ir vestida al instituto igual que a danza?
—Paso de hablar de esto —gruñó Dakota.
—Sabes que la señora Kozlov no te aceptaría con esas pintas.
—¿Y tú qué sabes, mamá? ¡No sabes cómo le fue a ella durante su adolescencia!
Aubrey suspiró cansada.
—Si vuestro padre viviera, ya le habría echado la bronca a tu hermana.
—O la habría apoyado.
—Eso, jamás.
—No lo sabes, mamá. Acepta a tu niña tal y como es. Si ella es feliz así, que sea como quiera ser. No hay más.
—Claro. Aliéntala para que siga mostrándose al mundo de un modo en el que no van a cogerla en ningún trabajo. En ninguna compañía de danza.
—¿Por qué? Quizá e incluso estés equivocada.
—¿Irías a la oficina en chándal? —inquirió Aubrey clavando sus ojos almendrados en ella.
—¡Por supuesto que no! Qué tonterías. —Bufó—. Dakota va a la escuela como le place. Y nadie la tiene por qué juzgar. Es una escuela, y no una oficina. Ni siquiera es la oficina de empleo.
—Lo sé. Pero ir adecuadamente...
—¡Mamá! Por favor. Cocinemos y no discutamos. —Señaló hacia Dakota—. Estudia mucho y llega alto. Y, ¡ah!, búscate a un tío guapo para darme sobrinos en un futuro. Quiero consentirlos.
—No le metas prisa a tu hermana. Habrá tiempo para todo.
Cristal le dedicó una mirada de ruego a su madre. Dakota necesitaba un poco de espacio para volar libremente. Experimentar antes de buscar algo serio. Aunque, claro, su madre se regía por las normas de antaño. ¿Cómo convencerla?
—Cocinemos —insistió Cristal rotando una conversación que estaba acabando en regañina.
El teléfono de Dakota dio un aviso de mensaje. Lo consultó para ver de quién se trataba. Hubiera deseado que fuera Samuel. No era él. Era Kayla quien se lo mandaba.
KAYLA
•«¿Todo sigue bien por ahí?».
DAKOTA
•«Mi madre está discutiendo sobre mi vestimenta».
KAYLA
•«Ya estamos».
DAKOTA
•«Mi hermana trata de sonsacarme sobre mis amoríos».
KAYLA
•«¿Le has contado sobre Samuel?».
Agregó un emoticono indicativo del susto.
DAKOTA
•«¡Por supuesto que no!».
KAYLA
•«Hablando de Samuel. ¿Sabes algo?».
DAKOTA
•«No. Cuando me has mandado el mensaje pensaba que era él».
KAYLA
•«Vaya. Qué nervios. Supongo que pronto contactará contigo».
DAKOTA
•«Eso espero...».
KAYLA
•«Vaya. Me reclaman por aquí. Bajo amenaza que, si no hago caso, me quitarán el móvil. ¡Es que de verdad!».
DAKOTA
•«No te preocupes. Luego hablamos».
Samuel... El nombre de Samuel siempre estaba presente. ¿Qué estaría haciendo él? ¿Cuánto tardaría en contactarle? Esperaba que pronto, porque empezaba a preocuparse.
Fue menos arriesgado el juego con Harper, que con Dylan. Ella no lo juzgaba. Lo veía como un gran potencial para divertirse y hacerle buena compañía. Samuel no habría imaginado nunca que Dylan le hiciera aquella clase de reproches recordándole que seguía siendo un molesto oponente. No era capaz de verlo como a un hermano. Mucho menos, como a un amigo o compañero adecuado de juegos. Él sobraba. Eso estaba tan claro como el agua. Era ese intruso del que deberían de deshacerse cuanto antes.
—¡Dylan! Sé más considerado con Samuel —le llamó la atención Alyssa.
—¿Por qué? ¡Míralo! Juega más con Harper que conmigo —puso como excusa para su enfado. Pretendía hacerlo sentir culpable.
—Harper es una niña pequeña. Tú eres mucho más mayor, maduro y comprensivo. No discutas.
—Claro. Siempre tengo que ser el pringado —siseó crispado, marchándose a toda prisa hacia su cuarto.
Alyssa se sintió mal por la reacción de su hijo con Samuel.
—No se lo tengas en cuenta. Haremos esto poco a poco.
—¡No! Pienso hablar con él y meterlo en vereda. Le dije muy claro que este comportamiento no lo quería. Samuel es su hermano. Y tiene que comportarse con él como tal. Además, no hemos terminado de comer y ya se ha levantado de la mesa, otro motivo más para regañarlo.
Su esposa estuvo a punto de discutir con él. Se mantuvo en calma.
—De acuerdo. Ve.
—¡Hombre que si voy!
—No era necesario —murmuró Samuel una vez su padre ya se había metido en la habitación de Dylan—. No quiero ser una molestia en esta casa.
—Alyssa lo observó con seriedad. Se acercó. Puso una mano en su hombro lentamente para darle a tiempo de reaccionar si retrocedía. No lo hizo.
—Eres su hijo, nuestro hijo. Pues yo ya te considero como mi hijo. A pesar de que, imagino que estarás en mi contra por meterme en tu vida sin aviso. Entre hermanos, deberíais de llevaros de un modo cercano. Sin desprecios.
—Yo no quería venir —le aclaró sin rodeos—. No sé si ya te lo dijo mi padre.
Exhaló con preocupación.
—Sé que soy la madrastra del cuento. Quién te ha arrebatado a tu padre, apartando a un lado a tu madre. No lo hice con mala intención. Conocía las dificultades de tu padre en su matrimonio. Este ya se estaba disipando.
—Eso no lo sabías con certeza. Terminaste por desvanecerlo.
Ella negó, con los ojos húmedos.
—Quiero amarte como a un hijo. Quiero que formes parte de mi mundo; nuestro mundo. Porque eres el hijo de mi esposo, la persona a la que amo y con la que he aceptado vivir mi vida. Para mí, eres como mi hijo —reiteró—. Acéptame. Acéptanos. Te lo ruego.
Él negó.
—Olvídalo. Libérate de esa necesidad. Yo no pertenezco a este mundo —le habló el joven con claridad—. Creo que no hay nada más que decir.
—Yo sí. Le insistí a tu padre que te buscase. Que no se alejase de ti. Por miedo, estaba ausente. Te tenía descuidado. Como madre, sentí la necesidad de hacerle ver que yo también te aceptaría y te ayudaría en lo que necesitases.
—¡Pero no eres mi madre! —siseó—. No tienes por qué obligarte a hacerlo.
—Yo quiero hacerlo —asintió, con convencimiento.
Él negó.
—No es necesario —pidió, arrugando el ceño, marchándose hasta su habitación.
Cerró de un portazo. Se tiró sobre la cama bocabajo. Estaba cansado. Cabreado. Necesitado de huir de aquella casa de locos. En serio, ¿quién le mandaba meterse en semejante infierno?
Escuchó el llamar sobre la puerta de unos nudillos.
—¡Quiero estar solo!
Pharrell no hizo caso. Irrumpió dentro, sin permiso. Eso hizo que Samuel se diera la vuelta y se sentase sobre la cama, blanqueando la mirada.
—¿No entiendes el concepto de privacidad? —espetó en un murmullo.
—Había planeado pasar un fin de semana festivo en familia feliz y tranquilo. ¿En verdad no puedes concedérmelo?
—¿En serio me lo estás preguntando?
—¡Desde luego!
—Pues no.
Pharrell inspiró angustiado.
—¿Qué tengo que hacer para que esta pesadilla se convierta en un sueño bonito?
—Nada. Porque yo no pertenezco a esta familia.
El hombre cerró los ojos con fuerza durante unos cuantos segundos. Los abrió.
—He hablado con Dylan. Me ha costado convencerle. Pero he conseguido que me asegure que se va a comportar.
—Y confías en él...
—Tanto como contigo —ironizó—. Si él hace el esfuerzo, ¿por qué tú no?
—¿Porque definitivamente no nos soportamos?
Pharrell rodó los ojos.
—Alyssa se siente angustiada. Ha hecho un gran esfuerzo para que todo funcione. Estaba mucho más ilusionada que yo aun sabiendo que podría pasar esto. Quiere aceptarte. Te aprecia. ¡Mucho! ¿No puedes ser bueno con ella?
—¿Y con mi madre? ¿Quién puede acordarse del respeto hacia mi madre? La tenéis comida la cabeza. ¡Menudo lavado de cerebro le habéis hecho para conseguirme!
—Eso no es verdad. No la he obligado a nada.
—No. Claro que no...
Pharrell volvió a inspirar con fuerza sintiendo que se le terminaban las fuerzas.
—Al menos hazlo por Harper. La cría te adora.
Samuel entornó la mirada.
—¡Qué juego más sucio! Meter a la pequeña como excusa. Ella solo ve en mí con quien jugar, ya que nadie juega con ella.
—Sam...
—Samuel... Si no es mucho pedir.
—Samuel, por favor. Intentémoslo de nuevo. Quiero que funcione. Necesito que esto funcione.
Harper apareció en la habitación sin llamar, gritando su nombre.
—Mamá dice que te vas a ir. ¡No te vayas! ¡Porfa! —rogó, anclándose a sus piernas. Tenía una facilidad increíble para engancharse a quien fuera como una fuerte enredadera.
Miró a la adorable criatura. Aquellos ojillos azules se le achicaba y se ponían húmedos de tristeza. ¿Era necesario decepcionarla para ganar la contienda? ¡Pobre chiquilla! Y pobre de él, que le quedaban dos días más para soportar semejante casa de locos. Cerró los ojos y tragó saliva.
—De acuerdo. Me quedo. Regresemos a la mesa.
—¡Bien! —gritó la niña dando saltitos como una liebre. Lo cogió de la mano—. Yo te llevo —se ofreció, tirando de él sin miramiento. Eso lo hizo sonreír. Le había salido una fan muy bonita. Y resulta que, además, era su hermana. Una hermana que sabía manejar a quien fuera con sus astutas artimañas. ¡En eso se le parecía a él! ¿Por qué no reconocerlo? Podría aprender bastante de ella, pensó con ironía.
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