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21.

     Había dado demasiadas vueltas a la cama. Su cabeza seguía luchando por comprender cómo demonios había aceptado. Entró en pánico. Era tarde. Ya iba metido en un avión de camino a ninguna parte, según él. Prácticamente, se había dejado arrastrar por su madre hasta el aeropuerto entre miles de protestas suyas, y despedido en la puerta de embarque para tomar rumbos distintos. Él se marchaba a Cleveland. Dakota lo había ayudado a reunir información sobre el lugar por si le surgiera una emergencia y tuviese que echar mano del plan B y deshacerse de alguna embarazosa situación, aunque fuese por unas breves horas. Había insistido a su madre que le diera dinero en efectivo por si surgiera esto. Al principio, discutieron cuando ella se negaba a que se llevara tanto dinero en metálico por si se lo robaron. Terminó por darle lo justo escondido en un bolsillo falso que abotonaría en el interior de sus vaqueros. Se llevó la mano hasta él. Seguía en su lugar. Respiró con alivio.

    Antes de que el avión se pusiera en marcha, mandó un mensaje a sus amigos y otro a Dakota advirtiéndoles de su salida. Luego lo puso en modo avión tal y como reza el protocolo de las líneas aéreas. Lo guardó en el bolsillo delantero de sus pantalones. La azafata empezó a hablar. Avisó de abrocharse los cinturones. Se fijó en ella. Era muy guapa. Parecía una de esas modelos sacadas de la pasarela de los ángeles de Victoria's Secret, aunque vestida. Por alguna rara razón se imaginó a Dakota vestida de aquella manera. Opinó que le quedaría fantástico. Lo que le fallaría sería su paciencia. Con su falta de tolerancia a la paciencia infinita acabaría dando una voz, asustando a los pasajeros. O incluso lanzándoles uno de sus zapatos para que la obedecieran. Se rio de la escena. Hubiera sido divertido que ella hubiera estado allí, ejerciendo ese papel. Al menos, lo habría hecho reír. Porque su mal humor lo estaba influyendo anímica y físicamente. Su estómago comenzaba a doler. No era posible el sentirse indispuesto. No era lugar para estarlo. Se lo frotó con delicadeza. Parece que los retorcijones iban cediendo. Lo agradeció enormemente. Y luego se aseguró de que su cinturón estaba correctamente abrochado, se puso goma de mascar en la boca para que no se le taponasen los oídos con el ascenso. Buscó los auriculares y se puso música. Al menos, hasta que el avión estuviera estabilizado. Luego, ya vería qué hacer. Le quedaban hasta Clevelan como dos horas y media largas con aquel vuelo directo.

    Apretó los brazos del asiento con fuerza. La mujer que iba a su lado le tocó el brazo. Se quitó los auriculares para atenderla.

    —¿Qué? —balbuceó el muchacho ladeando su rostro hacia ella.

    —¿Es tu primer vuelo?

    —No.

    —¿Tienes miedo a volar?

    —¡No! Bueno, un poco.

    Le sonrió. Era una mujer de unos sesenta y tantos, de gesto dulce y mirada clara.

    —No va a pasar nada. No te preocupes —trató de calmarlo.

    —Lo sé. Lo... sé.

    El avión se puso en marcha. Samuel dio un pequeño brinco. La mujer continuó tocándole el brazo sin dejar de sonreírle. Él cerró los ojos tratando de calmar los nervios que volvían a apoderarse de él. Mascó deprisa. Todo iría bien. Todo iría fantásticamente bien. En nada, el avión se encontraría estabilizado allá arriba, deseando que no hubiera turbulencias.

    Cuando todo se calmó, la mujer quitó la mano, todavía sonriendo con una dulzura inagotable.

    —¿Lo ves? Todo ha ido fantásticamente bien.

    —Gracias... por ayudarme.

    —Mi hija siente el mismo pánico que tú a los aviones. Te comprendo perfectamente.

    —¿Va a visitarla?

    —Sí. Pasaré el fin de semana con ella. Van a ser unos días muy especiales.

    —Estoy seguro de ello —asintió Samuel.

    Buscó el libro en la pequeña bolsa de mano que llevaba consigo. El dichoso libro que le costaba tanto leer. Ya quisiera tener a Dakota a su lado y que se lo leyera. Dakota... ¡Siempre Dakota! Siempre extrañándola. Estos días que no iba a verla, muchísimo más.

    Se sumergió en la lectura. Al poco de hacerlo, se quedó dormido. Se sentía demasiado cansado por la falta de sueño.


    Notó que alguien lo zarandeaba con suavidad.

    —Chico. Oye. Despierta. Hemos llegado.

    Abrió los ojos, todavía aturdido.

    —¿Qué? ¿Como...? Ah...

    Los pasajeros recogían sus cosas para bajarse del avión. La azafata lo observaba con una sonrisa cordial. Era guapa. Mucho más guapa cuando estaba tan cerca. Y olía divinamente a un perfume dulce y afrutado.

    —Ya hemos llegado a Cleveland.

    —Ah. ¡Gracias!

    —Bien —asintió ella.

    Se levantó torpemente cargando con su bolsa de mano. Recogería el equipaje que estaba guardado en la bodega. Tenía que llamar a su padre. Tenía que avisar a su madre que había llegado bien. Mandar un mensaje a Dakota para que no se preocupase. Que supiera que había llegado entero. Y a sus amigos.

    Al primero que llamó fue a su padre. No tenía ganas ninguna de ello. De hablar con él. Pero, ¿y qué debía hacer? ¿Deambular por allí perdido en busca de en dónde vivía?

    —Sam, ¿ya has llegado?

    ¡Qué poco le gustaba que le llamara así! No había tanta confianza, a su parecer. Seguía sintiendo un gran resentimiento contra él.

    —Soy Samuel. No lo olvides. Y ya estoy en el aeropuerto —gruñó.

    —¿Has llegado bien? —siguió preguntando con ese tono preocupado de padre que él no reconocía.

    —¿Vas a venir ya en vez de preguntar tanto? Todavía he de llamar a mamá.

    —Claro. Luego te llamo para encontrarte.

    —Lo que sea... Cuelgo.

    Gruñó por lo bajo en cuanto la llamada finalizó. Se sentía furioso. Con ganas de dar marcha atrás y salir huyendo.

    Llamó a su madre para decirle que estaba bien. Fue breve excusándose con alguna nimiedad para que no empezara a interrogarlo, o a indicarle qué debía de hacer y cómo comportase allí. Luego mandó un mensaje a su grupo de amigos. Avisó de estar ocupado. Que ya les explicaría más tarde. Luego mandó el mensaje a Dakota.


  SAMUEL

    •«He llegado. Sigo entero».


  DAKOTA

    •«¡Más te vale seguir entero! ¿Ya te has encontrado con tu padre?».


  SAMUEL

    •«Acabo de llamarle para que me recoja».


  DAKOTA

    •«Bien. Ya me vas contando».


  SAMUEL

    •«¿Qué haces tú?».


  DAKOTA

    •«Esperando a mi hermana. No tardará en llegar a casa. Se están instalando en el hotel».


  SAMUEL

   •«Deseo que sea bonito el encuentro».


  DAKOTA

    •«Ojalá pudiera desearte lo mismo. Pero entiendo la situación».


  SAMUEL

    •«Eso es. Ya te contaré. Mi padre estará al caer».


    Su padre no tardó en llamarlo. Había sido rápido en llegar a pesar de la distancia y el tráfico. Lo llamó para saber dónde estaba. Samuel se lo indicó y no tardó en tener el coche delante de él. Se detuvo delante. Bajó para ayudarle a cargar el equipaje en el maletero. Lo dejó ayudarle a pesar de que no le apetecía nada. Luego se subió esquivando la conversación que estuvo a punto de iniciarse. Y que luego se inició dentro del coche.

    —Hola, hijo. ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo!

    Él lo observó con sequedad.

    —¿Podemos ahorrarnos la conversación? Yo no me alegro de verte.

    Pharrell borró su sonrisa.

    —Claro. Vamos a casa.

    —Esa no es mi casa —gruñó entre dientes dirigiendo la mirada hacia el lado de su ventanilla para ignorarlo.

    A Pharrell le hubiera encantado informarle que los niños y su esposa estaban ansiosos por verlo. Ilusionados. Sobre todo la pequeña. Iban a tratarlo bien. Le hubiera encantado pedirle que no fuera duro con ellos. Sin embargo, y desde un principio, su hijo se veía con pocas ganas de colaborar. Este intento de conexión iba a ser mucho más difícil de lo esperado. A pesar de que estaba anunciado que podría ser un completo fracaso. Y aun así, no quería dejar de intentarlo.

    Llegaron a Gateway District. Estacionaron en las cocheras del edificio. Pharrell vivía allí con su familia, en un apartamento. Quiso ayudar a su hijo a cargar el equipaje. Samuel solo lo dejó sacarlo del maletero. Se lo quitó cargándolo él.

    —Déjame ayudarte.

    —No necesito tu ayuda.

    —Sam...

    —¡No soy Sam! Me llamo Samuel —insistió, furioso—. Tú y mi madre me pusisteis el nombre. ¿Recuerdas a mamá? Esa mujer que te amaba tanto y la traicionaste.

    —Hijo...

    Samuel bufó huyendo de su cercanía.

    —Déjame en paz —siseó a una distancia ya larga.

    Subieron al ascensor. El chico se arrinconó lejos del contacto de su progenitor. Continuaba con su tarea de ignorarlo. De incomodarlo tanto como le fuera posible y hacer que se sintiera culpable por lo que hizo.

    —Lo... siento, ¿vale? Nuestro matrimonio hacía aguas. Alyssa apareció. Es una mujer maravillosa. Mi matrimonio con tu madre se estaba agotando.

    —No me des explicaciones. Paso de escucharte. Renunciaste a nosotros.

    —Sentí inseguridad y renuncie a ti temporalmente cuando me entró el pánico. Mis recursos económicos fueron malos durante un tiempo. Pero mírame —se mostró—. Ya estoy aquí.

    La campanilla del ascensor anunciando que habían llegado al piso solicitado interrumpió la incómoda conversación.

    El corazón de Samuel palpitó con fuerza a medida que su padre rodaba la llave en el cerrojo para abrir. Había llegado el momento más espinoso. Al otro lado lo esperaba «su otra familia» a la que no tenía nada de ganas de pertenecer.


    Dakota había dejado sobre el sofá los regalos para la pequeña Naomi junto a los de su madre para ella y los padres de la niña. Habían dejado todo limpio y perfecto para recibir a los nuevos comensales. Habían dejado medio preparado el pavo y el resto de ingredientes a preparar. Cristal había insistido en que la esperasen para prepararlo. Porque Esa era su ilusión. Aunque llegara un poco tarde y comieran a qué hora. Si no, sería la cena perfecta, ¿por qué no? Estaban nerviosas, felices. El teléfono funcionaba acribillado de mensajes avisando de por dónde estaba salvo el tiempo que Cristal y su familia estuvo metida en un avión.

    Samuel había mandado un mensaje. Ella había respondido de inmediato. Se alegraba de que hubiera llegado bien allá. Lástima que no pudiera estar a su lado cuando se encontrara con su padre. Con su nueva familia. Sabía que iba a sufrir un montó. No iba a soltarlo de la mano, por ocupada que se encontrase. Le mandó una foto del atuendo que se había puesto hoy. Según él, uno que pertenecía más a la luz, que a las sombras. No obtuvo respuesta. Seguramente, ya estuviera metido en los momentos más incómodos de su vida. Seguramente, ya habría llegado a casa de su padre. Suspiró angustiada. Tan angustiada como si pudiera vivir el momento. Y le mandó un mensaje.


  DAKOTA

    •«Sé fuerte. Estoy a tu lado :) ».


    Tampoco fue respondido. Viera cuando lo viera, le serviría un poco de impulso. Quería creerlo.

    Sonó el telefonillo. Dakota fue corriendo para abrir.

    —¡Tíita! —gritó Naomi con su peculiar lengua de trapo infantil.

    La sonrisa de Dakota se ensanchó. Acababa de llegar la niña de sus ojos.


    Se abrazaron fuertemente. Había unas ganas inmensas de verse. A Naomi le encantaron los regalos. Hubo un intercambio de regalos. Cristal le regaló a su hermana unas zapatillas de ballet nuevas.

    —¿Ha habido suerte? ¿Hay alguna audición a la vista?

    —Probablemente.

    —Y participarás, ¿no es así? ¡No me defraudes! Vas a llegar alto, hermanita.

    «Tengo un problema. Hay un chico en mi vida que me quita la concentración y pierdo el equilibrio en mis piruetas».

    —Claro. La señora Kozlov está orgullosa de mí. Ari también participará.

    —¿Arianna sigue yendo a Ballet?

    —Sí. Ella sigue luchando por su futuro como yo.

    —¿Y las notas escolares?

    Dakota arrugó la nariz.

    —¡Preguntas demasiado!

    —¡Si acabo de empezar! ¿Y los chicos? ¿Hay algún chico?

    «¡Mierda!».

    —No agobies a tu hermana, mujer. La estás asfixiando —bromeó Jordan, el marido de Cristal.

    —¡No me cuenta nada cuando hablamos! Pienso sacárselo con un interrogatorio doloroso —amenazó, mostrando la acción de retorcerle el pescuezo.

    Dakota sacudió el dedo índice negando.

    —No será verdad —dijo a continuación con malicia.

    —Procura que no te pille. ¿Y tu ropa de macarra? ¿Sigues usándola?

    —Para ir a clase —se adelantó Aubrey—. Y mira que le digo que vaya a clase más aseada.

    —¡Pero mamá, tampoco la lleves tan recta! No le queda ni tan mal.

    —Espanta a cualquiera con esas pintas. Y no se muestra correcta ni formal vistiendo así.

    —Entiende que es la adolescencia. Trata de entenderla. Yo solo preguntaba. —Cristal se giró hacia Dakota—. Siento haber sacado el tema. Mamá te está flagelando con ello por mi culpa. —Sacó un paquete extra—. Voy a ir a tu favor.

   —¿Qué le has comprado a la niña? —gruñó Aubrey, imaginándolo.

Dakota abrió el obsequio. Era una camiseta negra, holgada, de estilo oversize, Grunch, con el dibujo de una mujer zombi tocando una guitarra eléctrica, con algún roto adrede en un hombro y bajo de esta. Aubrey se llevó la mano a la boca.

    —¿Qué es esa cosa horrenda? Parece sacada del cubo de basura con esos rotos. Y ese...

    —¡Mamá! Deja a la cría. Que se la ponga a gusto. Le encanta el estilo Metal Rock. Así que no la rayes con tus gustos arcaicos.

    —¿Me estás llamando antigua?

    —Algo así —bromeó—. Es una camiseta muy chula. Me ha sido difícil de encontrar. Así que no la critiques.

    Aubrey puso los ojos en blanco. Jordan soltó una carcajada. Naomi estaba jugando con lo que le había comprado Dakota y su abuela. Siquiera se daba cuenta de esta conversación de mayores donde estaban censurando a su tía favorita.

    Dakota abrazó a su hermana.

    —¡Gracias! ¡Me encanta!

    —Lo sé.

    —Yo solo te he podido comprar esto. —Le dio el detalle a su hermana. Cristal lo abrió. Era una botellita de agua de colonia—. Mis ahorros no me daban para más.

    Cristal la abrió. Inhaló su aroma.

    —Mmmmm. Me encanta. —Abrazó a Dakota—. ¡Gracias, hermanita!

Aubrey carraspeó.

    —A ver, mis mujercitas. Como no espabilemos, el pavo y el resto del menú no se hará solo. Aviso.

    —¡Ay! Sí. Que me apunté a participar. Siento haberme despistado —se disculpó Cristal, animada.

    De camino a la cocina, ella se detuvo frente a una foto de su padre.

    —Ey, papá, seguro que nos debes de estar observando desde allá arriba. Haz que mi hermanita pequeña llegue alto y se haga famosa. Tiene que pagar los estudios de mi niña —añadió bromeando, tratando de tragarse las lágrimas.

    —Con dinero de sobra en el bolsillo, te aseguro que estaría encantada —respondió Dakota abrazando a Naomi, llevándosela consigo mientras ella ponía sus menudos pies sobre los suyos. Era menuda. Pero ya pesaba.

    La casa olía a hogar, familia; celebración. A felicidad. Iban a preparar el menú todas juntas. Iban a conversar contándose un sinfín de cosas mientras Jordan entretenía a la pequeña Naomi en el salón. El corazón de Aubrey se ensanchó, pues volvía a tener la casa llena. A pesar de la ausencia de Darren, podía sentir su presencia en la alegría familiar que se vivía. Dentro de sus corazones. Podía imaginarlo sonriendo con dicha desde donde estuviera.

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