
10
Ya no recibió ningún mensaje de Sharon. Puede que al fin comprendiese su mensaje. Uno donde rogaba encarecidamente que le devolviera su espacio de libertad, pues la falsa relación se había vuelto abrumadora y asfixiante.
Le costó dormirse. En su cabeza, Sharon aparecía como uno de aquellos problemas que le provocaban insomnio. Del otro lado, Dakota. Según ella, tenía que ganarse su confianza. Ganársela a pulso. ¿Ganársela? ¿Y por qué querría ganársela participando en un estúpido reto de sumisión? ¿Iba en serio? Realmente ¿Qué quería que hiciera? ¿Cómo quería que se comportara?
«¡Y un cuerno!».
Si la cosa iba de normas, no pensaba participar.
«¿La quieres sí, o no?».
Esa no era la cuestión. Hablar de cariño significaba tomar un nivel superior que todavía no había alcanzado. Sin embargo, ¿cuál era realmente la cuestión? ¿Tanto le gustaba para participar en este tipo de disparate? ¿Estaba dispuesto a asumir una clase de riesgos? Porque amar a Dakota sería pasarse al lado opuesto del resto. Al lado oscuro, como se decía en la saga de la Guerra de las Galaxias. A ser repudiado o aguantar burlas por parte del otro lado del alumnado. Porque la habían tomado con ella. Y si se decidía a aceptar, formaría parte de la burla.
«Siendo así. ¿Qué harás?»
Recordó al tipo de la clase inferior de secundaria. Una copia cutre del famoso Marilyn Manson. Entonces, ¿por qué no tomarla con él, en vez de con ella?
«El tipo tiene muy mala hostia. Dudo que alguien quiera verse las caras con él. A diferencia de Dakota, que es más bien tímida y asustadiza»
¡Claro! Era mejor repudiar a aquel que no sería capaz de provocar una guerra de sangre. De no dar un buen puñetazo y romperle la nariz a alguien. Aunque ella tampoco es que fuera una santa. Si se confiaba, tenía un genio de mil demonios. Samuel no entendía por qué no lo sacaba y mandaba a aquellos gilipollas a la mierda.
«No tendrá suficiente valentía o confianza. Son demasiados contra ella»
Sí. Sería por la puta ventaja. Desventaja, en su caso. Ella era la persona non grata.
«Si este es el caso. ¿Qué harás?».
«¡Y yo qué sé!».
Golpeó la almohada con rabia. ¿Por qué la maldita voz no se quería callar? ¿Cómo podría enmudecerla? Estaba agotando su paciencia. Se adelantaba a él, pues, ¿qué decisión podría tomar? ¿Ser odiado por el resto, o seguir donde estaba y soportar lo insoportable? Había un sinfín de interrogantes dentro de su cabeza.
Lanzó un gruñido seco a la nada.
—¿Qué coño hago? —masculló tratando de no gritar. Se negaba a que lo escuchase su madre.
Le llegó un mensaje de su padre.
PHARRELL
•«Acabo de hacerte un ingreso en tu cuenta bancaria. Pregúntale a tu madre si se ha hecho correctamente. Ella me facilitó el número de tu cuenta corriente»
—Mamá. ¡Siempre mamá! —espetó por lo bajo. En este caso sí le interesaba. Porque lo necesitaba. Porque, incluso si su madre se viera apurada, podría echarle un cable económicamente.
PHARRELL
•«Recuerda administrarlo bien. Guarda parte para tu futuro. Para tus estudios».
Como si no supiese administrárselo. Además, sería su madre quien lo hiciera.
PHARRELL
•«Acabo de mandarle un mensaje a tu madre. Está todo correcto».
¡Genial! Así él no tendría que preguntarle.
SAMUEL
•«Gracias, padre. Aunque era tu obligación desde hace. Desde que nos dejaste a dos velas».
PHARRELL
•«Tengo que dejarte. A hablamos. Nancy quiere que salgamos a tomar un poco el aire con los críos. Ojalá y vengas en Navidad a conocernos».
SAMUEL
•«Sabes que no iré. Que lo sepas por adelantado».
PHARRELL
•«Ya lo imaginé. Si hubieras aceptado, no lo hubiera creído. Bueno, hijo, cuídate. Y si me necesitas, aquí me tienes».
SAMUEL
•«No te necesitaré».
Salió de WhatsApp. ¿Porque le daba la parte que le pertenecía, se creía capaz de exigir? No estaba dispuesto a ceder. Le debía una buena cantidad de dinero por las pensiones no recibidas. No debería ni de haberle dado las gracias siquiera. Fue estúpido por su parte hacerlo, pensó.
Otro gruñido hacia la cargada atmósfera. Negó. Se estiró como un gato y se levantó. Lamentarse era de cobardes. El piso estaba frío. Tiritó.
—¡Joder, qué frío! —exclamó, abrazándose a sí mismo.
Por si no había suficiente desgracia, encima, frío invernal. ¿Nevaría este año? Pronto sería Acción de Gracias. No le gustaba nada la Navidad. No le gustaban las reuniones familiares. Los falsos sentimientos. Los excesos, cuando no se pueden permitir, solo por quedar bien. Si tenían que etiquetarlo de algún personaje de estas fechas, podría ser el mismo Grinch. Odiaba la Navidad, sus tradiciones, los villancicos... ¡Todo!
Llegó al baño. De nuevo, su imagen lo saludó con desgana. Si ayer era deplorable, lo de hoy era mucho peor. Bajo sus ojos, unas oscuras ojeras se combinaban con su palidez. Se parecía al mismo Edward Cullen después de una lamentable resaca. Se rio al compararse con él.
—¡Líbreme el cielo de parecerme a él! —susurró, bajito.
Recordó el instante en que tuvo nuevamente cerca a Dakota. Sus exigencias. Se sacudió, furioso.
—¡No voy a ser tu títere, Morticia!
«Qué lamentable protestar y huir así de alguien que te gusta»
Se señaló.
—¡Cállate, imbécil!
¿Cómo sacarse la voz de la culpabilidad de su cabeza? Con su forma de pensar, no era nada compatible con él. ¿De dónde habría salido semejante demonio? De sus miserias, lamentablemente. De sus miedos, temores y miserias.
Se lavó la cara. Terminó de asearse.
Al llegar a la cocina su madre lo saludó.
—Buenos días, hijo. Tu padre...
Samuel levantó la mano para que parase.
—Ya me lo ha dicho. Lo sé. Su acto de bondad no hará que cambie de parecer. Así que no hagas una montaña de un grano de arena.
—Samuel...
—Por favor, mamá, déjame desayunar en paz.
—Me ha preguntado si te dejaría ir a pasar Acción de Gracias con ellos. Le he dicho que preferiría tenerte aquí, ya que es un día señalado. Aunque claro, lo dejo a tu elección. Porque él también es tu padre.
—No voy a ir. Me extraña que no lo adivinases.
—Tus hermanastros quieren conocer a su hermano mayor.
—Lo siento por ellos. Va a ser que no.
—Ay, Sam.
—¡Déjalo ya, mamá! Nos abandonó. Paso de complacerle. Haga lo que haga. Incluso teniendo hermanastros. Que cada uno haga su vida. Es lo que hay.
—Necesito que estés bien con tu padre. Ya no sé cómo decírtelo. Las veces que debo recordártelo. Puedes necesitarlo. Y enemistarte con él no es la mejor solución.
—No voy a ser tan sumisa como tú. ¡Olvídalo! —gritó, levantándose de la silla para tomar rumbo hacia la salida de la estancia.
—¡Hijo!
Se detuvo. No giró sobre sí para escucharla. Simplemente, se quedó quieto. Estaba a punto de estallar. Sus niveles de cortisol estaban superando el límite de la toxicidad.
—¡Puta vida! —murmuró.
—¡Esa boca, chico!
—Déjame tranquilo —dictó, volviendo a moverse hasta desaparecer de allí.
Encendió el ordenador. Se metió el server. Quería echar unas cuantas partidas que escupiesen afuera el hedor a ira que lo estaba apabullando. Mandó un mensaje por el grupo de amigos. Martin hacía nada que se había levantado. Todavía estaba desayunando. Alex entró directo. Se había levantado pronto a pesar de haber trasnochado.
—¿Qué te cuentas? ¿Va todo bien? —preguntó por el privado, metidos en una llamada.
—Mi vida es una mierda. No me preguntes por qué. Me dan una hostia detrás de otra.
—Lo siento mucho, tío.
—Más lo siento yo.
—¿Sharon te ha llamado?
—No. Al menos, eso me alivia.
—¿Y sabes algo de Dakota?
—Tampoco. Ni voy a dar señales de vida. ¿Encima poniéndome en mi lugar? ¡Quién se cree que es!
—¿La chica que te gusta?
Lo escuchó gruñir y lanzar un bramido.
—¡Eres gilipollas, Alex! ¡Ella no me...! —Inspiró fuerte—. Da igual. Juguemos. Y dejemos de hablar de estupideces. ¿Quieres? Suficiente tengo encima.
«Venga... ¡Con lo que te encantaría que ella te llamase!»
Samuel hizo oídos sordos a su endiablada voz interior.
Había soñado nuevamente con él. Otra vez se despertó acalorada, entre jadeos. Habían hecho el amor y fue algo tan nítido que llegó a alcanzar el orgasmo. Se dio golpecillos en sus mejillas enardecidas.
—¡No puedes estar así! Esto va a terminar contigo.
Con ella, con su sensatez, su cordura... Iba a volverla tan loca que perdería el norte por completo.
—Esto no está bien. ¡Esto no está nada bien!
Recordó el momento en que lo enfrentó. ¿De dónde había sacado las agallas cuando momentos antes se había acobardado hasta el punto de casi echar a correr a la espantada? Fue él quien se acercó. ¿Y si ella le interesaba?
«Menuda tontería. Él solo buscaba ver cómo te ridiculizaba. Seguro que su otro amigo, el que no estaba a la vista, os estaría grabando. Luego lo subiría a alguna de sus redes sociales mostrándote como una boba ignorante»
¿Por eso le habría pedido una demostración de cómo bailaba? Por fin comprendía. Porque, gustarle a él... gustarle a él era básicamente imposible.
El teléfono sonó. Era un mensaje de su amiga.
KAYLA
•«¿Estás despierta?».
DAKOTA
•«Lo estoy».
KAYLA
•«¿Alguna novedad a la vista?»
«¿Que he soñado con él haciendo el amor y he tenido un orgasmo más para la colección relacionada con él?».
DAKOTA
•«No».
KAYLA
•«Mejor que haya silencio. Ese chico va a volverte loca».
Ya la estaba volviendo loca... aunque en otro sentido de la palabra mucho más alarmante.
DAKOTA
•«Así, mucho mejor».
KAYLA
•«¿Saldremos esta tarde?».
DAKOTA
•«No sé».
KAYLA
•«Tomemos la merienda en un sitio tranquilo. ¿Qué dices?».
DAKOTA
•«¿Como cuál?».
KAYLA
•«La bolera que hay en tu barrio ofrece batidos deliciosos y otras cosas. Podríamos quedar allí».
DAKOTA
•«Bolera... Ya tuve suficiente ayer».
KAYLA
•«En esta ocasión iremos sola. No te preocupes. Dudo que coincidamos aquí. No los hemos visto nunca dejarse caer por allí».
DAKOTA
•«Eso es cierto».
La llamó.
—Venga. ¿Te apuntas?
—No lo sé.
—¡Deja de dar vueltas al asunto y acepta! Jugaremos un poco a las máquinas recreativas de arcade.
—No soy de jugar a eso.
—¡Jolines, Dakota! ¡A todo le pones pegas! Pues jugaremos al billar. De paso, echaremos un vistazo a los chicos que se dejen caer por allí.
—Bueno...
—¿Cómo que bueno? Tenemos diecisiete años y seguimos solteras. ¿Y a ti solo se te ocurre decir «bueno»? Debes de estar ida de la cabeza.
—Te espanto a los chicos con mis pintas.
—¡No digas chorradas! En serio, Dakota, estás de un sensible que no hay quien te entienda.
—Mi padre decía que era la niña más bonita del mundo para él. Mi hermana mayor llegó a cogerme celos. No soy la más bonita. No lo era. Ella lo era más que yo. Y lo sigue siendo. A pesar de tener los treinta.
—De verdad. No sé qué te pasa. Pero eres bonita. Y estoy segura de que algún chico se habrá fijado en ti.
—¿Yendo de negro y al estilo de Marilyn Manson?
—Te gusta ir así. Tendrías que gustarte de igual manera.
—Lo hago para ocultarme del mundo entero. Me siento una EMO que perdió parte de su corazón cuando mi padre falleció repentinamente, y mi madre trata de ponerme en mi lugar continuamente, alegando que estoy pasado un problemático trauma tras la pérdida. Lo quería mucho. Se pasaba largas horas charlando conmigo. Contándome cuentos cuando era pequeña. Me escuchaba siempre que podía. Mi madre igual. Aunque ella me juzgaba más. Mi padre guardaba cada uno de mis secretos. Y no me reprochaba. Si había algo que rectificar, lo hacía con una ternura infinita. Mi madre solo me regaña. Y la quiero mucho. Sin embargo, su misma tensión me ahoga.
—Es difícil para ella superar lo ocurrido, con una adolescente a caro. Es complicado.
—¿La justificas?
—Empatizo con ella.
Dakota bufó al otro lado.
—Pensaba que eras mi mejor amiga y me defendías.
—Lo soy. Y te defiendo. Pero también la entiendo.
Dakota provocó un incómodo silencio.
—¿Cómo está tu hermana? —Kayla cambió de tema. Entendía que la había cabreado demasiado y necesitaba suavizar.
—Bien. Ella quiere venir a visitarnos por acción de gracias. Ya veremos.
—Si te visita verás a tu pequeña sobrina.
—Seguramente. Oye, ya hablamos a la tarde. Todavía no he desayunado.
—Oh. Perdona. Claro.
—No pasa nada.
—Y me informas sobre Samuel.
—De él no sé nada. Y así lo prefiero.
—Pensaba que te gustaba.
—Me llamó bruja.
Kaya suspiró.
—Valeee. Y volvemos al punto de partida. Vale, bonita. Cuelgo. Ya hablamos esta tarde.
—Mejor.
Samuel... Solía salir su nombre en mitad de cualquier conversación. Como si tuviera que volverlo cercano a ella. Por más que estirase el brazo jamás terminaría por alcanzarlo. Sacudió la cabeza abandonando esos pensamientos. O, al menos, intentar dejarlo aparcado. No debía de pensar tanto en él.
«Él no es para ti. Si te presta atención, sospecha».
«Eso es»
Se encontró con su madre en la cocina. Estaba recogiendo lo que había fregado. Dejándola impoluta.
—¿Te preparo el desayuno?
—Te ayudo.
Le mostró la mejor de sus sonrisas.
—No hace falta.
—Trabajas demasiado durante toda la semana como para que no te ayude.
Aubrey blanqueó la mirada.
—De acuerdo. Tú ganas. ¡Ah! Los abuelos nos han invitado a comer hoy en su casa.
—Pero he quedado con Dakota esta tarde.
—No pasa nada. Te traeré con tiempo de verla.
Recordó el pastel de carne y la sopa de ostras tan deliciosa que sabía hacer su abuela. Se relamió los labios imaginando su delicioso sabor.
—Está bien. Me apunto.
—Ponte ropa adecuada para ir. Ya conoces a los abuelos.
—No sé por qué no les gusta mi atuendo —ironizó, a punto de darse la vuelta para mostrarse. Recordó enseguida que llevaba pijama. No se había puesto aquellas camisas oscuras con detalles de encaje, volantes y un largo etcétera en un negro intenso.
—La abuela dice que da mal fario verte de oscuro. Parece que vayas de luto.
—La abuela es una exagerada.
—¿Qué quieres que te diga? Opino igual que ella. Desprendes más luz si te vistes de colores mucho más claros.
—¡No empecemos de nuevo a discutir! ¿Quieres?
—Ay, hija. Es que...
—Mamá... —Dakota gruñó—. Está bien. Buscaré mi ropa más ñoña.
Aubrey asintió.
—Te estaré eternamente agradecida si lo haces.
Los abuelos los recibieron con la misma alegría y calidez con la que solían hacerlos. La familia estaba muy unida. Aunque el vacío de Benedict dolía como una daga afilada. Por eso a Dakota no le gustaba la Navidad. En fechas tan familiares, la ausencia dolía muchísimo más.
—¡Qué bonito has decorado todo, abu! —Rozó con sus dedos aquella bola decorada y un poco deteriorada por el paso del tiempo—. Adornos antiguos que me encantan. —Su preferido era una bola de Navidad con un muñeco de nieve con una bufanda roja en mitad de esta, y unos niños. El niño hacía puntilla tocando su nariz de zanahoria mientras la niña lo agarraba como podía, sentada en el pequeño trineo. Le dio la vuelta para hacerlo nevar—. Este es el que más me gusta.
Sarah se acercó a ella sin perder su adorable sonrisa. En su rostro se dibujaban los surcos del desgaste de su edad y de todo lo pasado en su vida.
—Siempre lo dices. Y ya va siendo hora de cambiar eso.
Dakota la miró.
—¿De cambiar, el qué?
Abrió los ojos observándola con un amor inagotable.
—Estás convirtiéndote en una preciosa mujer. En unos años, quizá, incluso encuentres el amor de tu vida, te cases y tengas hijos. No sé si llegaré a verlo. Pero quiero que tengas algo que haga que me recuerdes. Que nos recuerdes a mí y a tu abuelo.
—¿A qué te refieres?
—Quédatela. Sé que la pondrás en la decoración Navideña cuando tengas tu propia casa.
—Pero abu...
Negó.
—Quédatela. Quiero que la tengas.
Había querido conseguirla desde niña. Había hecho lo mismo durante años, cuando había ido a visitarlos: había buscado el objeto, se había sentado en uno de los sillones orejeros de un verde botella que había en el salón, y se había pasado un buen rato dándole la vuelta. Viendo cómo la nieve caía sobre el muñeco y los niños. La esfera tenía un pie labrado de color plata.
—Pero ¿Y si tus otros nietos la quieren?
—Es tuya. Siempre lo ha sido.
Le dio unas cuantas vueltas contemplando el objeto que ya pasaría a ser de su propia posesión. Miró a su abuela, corrió hacia ella y la abrazó.
—¡Qué bonita escena! Y es por eso que adoro las visitas. Porque la juventud nos llenáis el corazón —dijo su abuelo, apareciendo en el salón con su madre. Venían de dar una vuelta por el jardín exterior donde él había plantado unas rosas variadas. Quería enseñárselas a su hija.
Dakota abrazó también a Timothy.
—¡Gracias, abuelo!
—¿Qué tal en la academia, cariño? —quiso saber su abuela.
—Bueno, muy bien. —Salvo algunos pasos que últimamente se le resistían. Maldijo de nuevo a Samuel. De nuevo, él volvía a asomarse a su cabeza—. Mi sueño es formar parte algún día de una de las compañías más famosas del mundo. Bailar en uno de esos enormes y célebres teatros, llenando hasta los topes la platea.
Recordó, al comentarlo, el sueño que tuvo con Samuel, y se ruborizó. ¡Ahora no, por favor! Ahora no, repitió mentalmente.
—Eres una niña luchadora. Un día lo conseguirás.
—Estoy esperando mi beca de baile, pero antes tendría que pasar por una audición. O todo a la vez. Pido la luna. Lo sé. Pido demasiado.
Su abuela negó.
—Cierra los ojos y pide el deseo. Tu padre te dará fuerzas para lograrlo. Los ojos de Aubrey. Dakota se dio cuenta—. Lo siento, mamá. No era mi intención...
—No. Está bien. Es normal que duela. Aún está reciente y... —Tragó saliva con dificultad, apretando el nudo producido en su garganta por la tristeza—. Vale. Supongo que la comida debe de estar enfriándose. Sirvámosla y comamos. Dakota, echa una mano, por favor.
—Claro, mamá.
Le sacó una foto, agregando un mensaje:
DAKOTA
•«¿Recuerdas aquello que te dije que me hacía tanta ilusión tener? ¡Pues ya es de mi propiedad!».
Su amiga le contestó de vuelta.
KAYLA
•«¡Ostras, cómo me alegro! Tu abuela es un ángel. Tus abuelos. Ambos, lo son».
Kayla los conocía. Habían ido un sinfín de veces a visitarles, y la abuela Shara consideraba a Kayla como otra nieta más de la familia. Al fin y al cabo, ella y su nieta verdadera eran buenas amigas desde preescolar.
Salió del chat. Guardó el teléfono en el bolsillo trasero de sus pantalones. Luego guardó el preciado obsequio en el bolso vaquero que se trajo consigo. Se trasladó hasta la cocina donde ya la esperaban su abuela y su madre. Se respiraba un ambiente tan cordial y amoroso que se sentía dichosa. Completa. A pesar de la ausencia de su padre que, con tanto amor, era como si sintiera que estaba sentado en la mesa esperando, junto al abuelo. Aunque no pudiera verlo.
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