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Luego de una pequeña sesión de entrenamiento tutelado por Raigel en la zona positiva del reino eléctrico, Eduardo junto con su brindador de poder van a la zona negativa nuevamente.
—Ya intentamos muchas cosas y nada funcionó —comienza Raigel.
—Hay una última cosa que podríamos intentar —contradice Eduardo.
—¿Que cosa? —duda Raigel.
—Cargame con tanta energía cómo yo pueda soportar —pide Eduardo.
—Podría matarte —advierte Raigel.
—Solo si muero —dice Eduardo.
—¿Está bien? —acepta Raigel dudoso y la electricidad del empieza brillar y a pasar hacia su cuerpo dirigiéndose a su cabeza, dónde planea acumular energía—. Más te vale no morir ya que si no alcanzo a elegir un nuevo portador antes de que Kranin inunde la superficie, tendré que optar por alguien de otro planeta y jamás he hecho eso.
Raigel desde su ozico empieza a dispararle un fuerte e inmenso torrente eléctrico nuestro protagonista, quien recibe la energía con dificultad por la cantidad que es, pero empieza a esparcir el poder por todo su cuerpo hasta que ya no puede más y se empieza a liberar hacía todas partes sin que él quiera.
—¡Basta! —grita Eduardo y Raigel se detiene, por lo que vuela hacia la zona negativa e intenta convertir su electricidad positiva en negativa sin que afecte a sus poderes positivos naturales.
—Espero que sepas lo que haces —susurra Raigel al ver que la electricidad que le brindó a su portador se empieza a tornar roja y negra.
Eduardo al lograr convertir la electricidad que su compañero le brindó en negativa, la libera hacía todas partes y luego apunta su brazo hacia al frente suyo para que esta se canalice en un punto específico, en el cual toma forma del planeta cómo antes pasó con la electricidad positiva.
—Es ahí —dice Eduardo al sentir un enorme punto rojo en su recreación negativa del mundo—. Por supuesto, el triángulo de las bermudas.
—Asumo que usarás el factor sorpresa —supone Raigel.
—Así es —confirma Eduardo.
Kranin por su parte toma las señales del mundo otra vez y asesina al último soldado que tenía con vida.
—Y ese fue el último, mañana a primera hora empezaré con la inundación global. Disfruten sus últimas horas de vida, aprendan a nadar —aconseja Kranin y sus soldados liberan las señales.
Kranin sale de la base de los soldados humanos y ve al humano que tenía en un inicio, custodiado por dos guardias.
—Liberenlo —ordena Kranin y sus soldados obedecen—. Cómo dije hace unos días, ya que colaboraste, vivirás. Vete.
—De todos modos inundaras todo y moriré —dice el soldado.
—Pues disfruta tus últimas horas de vida —sugiere Kranin y el soldado se va, por lo que empieza a mirar el polo—. Estuve pensando, me gusta esta parte de la superficie, sólo los polos se salvarán de la inundación.
—Si así lo desea —aceptan los soldados.
Eduardo a través de la zona negativa del reino eléctrico llega a Atlantis, específicamente a una sala lujosa de paredes con detalles plateados y finos dónde se nota una basta riquesa. Nuestro protagonista da unos pasos y percibe en un lugar de la sala, varias cabezas humanas que por la electricidad residual que hay en ellas logra deducir que son sus antecesores.
—A alguien normal le daría miedo, pero he hecho cosas peores —dice Eduardo y procede a salir de la sala.
Edu en su afán de eliminar a los Atlanteanos, nota que al otro lado de la puerta de la sala hay dos guardias, por lo que se percata que hay una ventilación lo suficientemente grande para que el entre.
Nuestro protagonista logra reubicar a los guardias una vez pasada la ventilación y desde sus manos lanza poderosos torrentes eléctricos que los matan a los segundos.
Eduardo arrastra los cuerpos hacia la sala donde estaba antes y le quita la armadura y casco para colocarsela y poder caminar tranquilamente.
—Ahora empieza la masacre —susurra Eduardo con una mirada siniestra y empieza a avanzar entre los pasillos.
El portador del poder del perro eléctrico entra a un comedor del palacio dónde hay unos diez sirvientes Atlanteanos limpiando, se agacha y lanza electricidad al piso, la cual recorre toda la sala y en cuanto los sirvientes lo notan, ya no hay vuelta atrás ya que la electricidad escala sus cuerpos evaporando su sangre, reventando sus órganos cómo si no fueran más que palomitas.
Sus cuerpos caen al con vapor saliendo de ellos y con sus ojos en blanco. Eduardo los ahí cerrando la puerta y se dirige hacia sus próximas víctimas.
Así pasaron diez minutos, diez minutos de masacre silenciosa, sangre, desesperación, sonidos sordos de cuerpos fritos cayendo al suelo, órganos reventados, gritos de los más afortunados (o los más desafortunados al haber sufrido más que los otros).
Al dejar el palacio en un total silencio, Eduardo se detiene un segundo y se concentra para percibir la electricidad, así durante segundos, dónde parece no parece importarle tener sangre en su traje.
El avatar de los poderes del perro eléctrico se teletransporta a una de las estructuras al azar y se da cuenta que está en un gran establecimiento donde detecta niños de entre uno a diez años.
Nuestro protagonista se paraliza del miedo, sin embargo, toma una decisión y con eso, un plan de acción, así que rodea el establecimiento con electricidad pasiva mientras estudia a los niños, pone en utilidad una de las clases de biología que tuvo con Vasyl aprovechando que los Atlanteanos tienen mucho parecido físico y orgánico con los humanos.
Eduardo empezará a testiar para asegurarse de la cantidad de niños y de la posición exacta de hormonas en ellos, todo a través de la electricidad de sus cerebros.
El portador del poder del perro eléctrico activa "el cuarteto de la felicidad", las hormonas endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina en los niños, provocando que los niños empiecen a quedarse dormidos, cerrando los ojos por última vez con una sonrisa en sus rostros.
Eduardo se queda serio alrededor de los cuerpos de los niños sonrientes pensando silenciosamente.
—Está hecho, tengo mi boleto al infierno asegurado —dice Eduardo con una lágrima solitaria en su ojo derecho, luego va por sus próximas víctimas.
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