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Capítulo 5. Parte 1


Cirzia, reino de los cirzenses.

El fin del verano había llegado, y las noches se hacían cada vez más frías. Ayla se envolvió con su capa gris de algodón, mientras cruzaba el camino de grava hasta llegar al valle cercado donde se encontraba ya Duncan con Sloan y Leslie. No había pasado una noche en la que no se reunieran para practicar, y es que el joven duque también la había estado enseñando a montar correctamente. Y aprendía rápido, quizás también era por su vínculo con Leslie, pero había conseguido que Ayla mantuviera la espalda recta cuando caminaban y que cuando corrían se mantuviera en su lugar sin caerse. A cambio, Ayla había conseguido que Leslie y Duncan tuvieran un vínculo del cual a veces se sentía celosa.

—Llegas tarde —le dijo Duncan, mientras sostenía las correas que rodeaban las cabezas y hocicos de los caballos.

—Me he quedado dormida —le musitó sin apenas mirarlo, dirigiéndose directamente a Sloan y cogiendo de la mano del joven la correa que lo sostenía—. Hoy ha sido un día duro.

—¿Mi padre otra vez? —Ayla notó el tono preocupado en su voz, pero lo ignoró y se subió al caballo. Desde que empezaron a quedar, habían cogido el mismo ritmo. Ayla montaba a Sloan y Duncan a Leslie.

—Ha tenido especial interés en que limpiara la sangre del suelo del pobre criado que ha pegado hoy —y había tanta, no sabía que había hecho para provocar tal ira del señor, pero por lo que había visto, se había ensañado con él. Con el paso del tiempo había visto en el duque un aumento de su violencia, como si el hecho de que respiraran el mismo aire que él fuera ya motivo de que se enfadara. Y temía que pronto fuera su hermana, Edwin o ella los próximos en sufrir su ira.

—Está insoportable. Yo también lo sufro —confesó Duncan, algo que no le sorprendió a la joven. Durante ese tiempo, había visto que no sólo Leslie y él compartían un vínculo, sino que también lo hacían ellos. Habían desarrollado una especie de amistad, donde ambos podían hablarse como iguales, donde ambos podían confesar sus miedos y alegrías. Habían aprendido a disfrutar de sus compañías—. Quiere que mañana le demuestre que puedo domar a Leslie. Y no sé si es que está deseando verme fracasar o quiere sentirse orgulloso de mí de una vez. A veces no entiendo cuáles son sus intenciones.

—¿Mañana? ¿Ya? —Ayla se inquietó, mirando a Leslie y luego a Duncan, con su mente jugándole malas pasadas y preocupándose por su yegua.

—¿No me crees preparado? —le sonrió Duncan, bromeando.

—No es eso. Sé que lo harás bien. Pero me da miedo —Duncan se subió a la yegua y ambos comenzaron a pasear—. Tu padre es impredecible. Y podemos estar seguros de que Leslie y tú ya compartís una conexión y te obedecerá. Pero no me fio de él.

La joven se preguntaba a veces si de verdad podía abrirse así a él. Al fin y al cabo, era su hijo y heredero, un día ese sería su trabajo. Reemplazar el lugar de Johnson, y quizás conforme fuera creciendo también lo harían sus ansías de poder.

—Y haces bien en no hacerlo —le contestó él, bajando la cabeza—. Yo tampoco me fio de que ella me vaya a obedecer —cambió de tema.

—¿No lo ves? Ya la tienes conquistada —ella le sonrió y el joven le correspondió.

—Es ella quién se ha ganado mi corazón —le arrascó la oreja y Leslie le respondió con un relinchar de gozo.

—Una vez alguien me dijo que los caballos son capaces de leernos —se echó hacía atrás la trenza, recordando lo que le dijo Duncan la primera vez que hablaron—. Que saben ver nuestros verdaderos yo.

—Quien te lo dijera, debía de ser alguien muy inteligente —sin mirarlo, sabía que debía de estar sonriendo por la picardía en su voz.

—Así es —lo miró a los ojos y ambos se encontraron en una carcajada—. ¿Echamos una carrera? El que gane tiene el privilegio de pedirle al otro lo que quiera.

—¡Prepárate para perder, pues! —los ojos del joven brillaron aún más.

—A la de tres —colocaron a sus caballos en línea, uno al lado del otro—. Uno —Ayla sacó algo del bolsillo de su capa—. Dos —miró a Duncan y la comisura de su labio se levantó a la vez que le lanzaba a Leslie una zanahoria—. ¡Tres! —y Ayla le indicó a Sloan que galopara. Ambos salieron veloces del punto de salida.

—¡No! ¡Eso es trampa, Ayla! —Duncan se había quedado atrás puesto que si había una cosa que tenía Leslie es que cuando comía, no obedecía—. Prepárate cuando te pille.

Pudo escuchar la risa de la joven y Duncan no pudo evitar sonreír también. Como lo había engañado, la pequeña granuja.

—Vamos Leslie, te prometo que después te daré diez como esas —y como si la yegua lo hubiera entendido, subió la cabeza de golpe y salió a galope tras Ayla y Sloan.

Mientras intentaba alcanzarla, Duncan se fijó en la figura de la que se había convertido en su confidente, y en cómo su cabello negro trenzado golpeaba contra su espalda cada vez que el caballo atizaba el suelo. No podía verle el rostro, pero estaba seguro de que sonreía. Siempre lo hacía, era una de las cosas que más le gustaban de ella. Lo bien que lo hacía sentir, el sentimiento de paz que encontraba a su lado, y lo divertida que era. Desde que su hermana se había ido a un reino vecino para prepararse en su presentación en sociedad, se había sentido solo. Su hermana era su pilar ahí. Pero con Ayla había descubierto una amistad que jamás hubiera pensado poder crear. Pensó en su padre, y en que si se llegara a enterar de todo lo que estaban compartiendo, sería el fin de su amiga. La mataría, o al menos lo intentaría porque él no dejaría que eso ocurriera. No dejaría que volviera a poner sus manos sobre ella. Había desarrollado un sentimiento de protección hacia ella.

—¿Quién es ahora el perdedor? —se burló Ayla cuando Duncan llegó segundos después de ella a la meta. Ambos tenían la respiración entrecortada por el ejercicio.

—No has jugado limpio, por eso me has ganado.

—Nadie dijo de poner reglas —Ayla levantó los hombros con indiferencia y se bajó del caballo.

Duncan la imitó y se acercó a ella sigilosamente, como si se tratara de un lobo cazando a su siguiente presa.

—¿Y ahora? ¿Vas a poder escapar de mí?

Viendo sus intenciones, Ayla pegó un pequeño grito y comenzó a correr, pero no fue lo suficientemente rápida puesto que Duncan la alcanzó y cayeron ambos al suelo entre risas.

—¡Prepárate para sufrir bajo mis terribles dedos! —colocándose encima de su regazo, levantó las manos y movió los dedos como si de culebras se tratara.

—¡No! —gritó Ayla, tumbada de espaldas en la tierra, intentando incorporarse, pero el cuerpo de su amigo y el esfuerzo anterior la habían dejado exhausta.

Y entonces, Duncan bajó los dedos hacia las costillas de la joven y con movimientos circulares comenzó a hacerle cosquillas. Ayla gritaba y reía a la misma vez. Su cuerpo con espasmos involuntarios por la lluvia de felicidad que estaba sintiendo en aquel preciso momento.

—¡Para! ¡Por favor!

Y cuando Duncan ya había tenido suficiente, paró y se acostó a su lado también riendo.

—Así se te quitarán las ganas la próxima vez que quieras hacer trampas.

—Lo pillo —se pasó una mano por la cara, ésta le hormigueaba también. Sentía que toda la sangre de su cuerpo estaba concentrada en su barriga y costillas, las zonas dónde Duncan la había atacado.

Ambos tenían las respiraciones aceleradas, y estaban agotados por el esfuerzo que acababan de hacer. Necesitaron un breve momento de silencio para recomponerse.

—Me toca cobrarme mi premio —dijo Ayla mientras seguían contemplando la estrellada noche.

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