CAPITULO 5.-
Había algo sobre las batallas que le parecía sumamente agradable. Durante toda su vida había tratado de descubrir lo que era, pero nunca encontraba una respuesta acertada. Podía ser el silencio que invadía cada parte de su mente, o el controlar los temblores de la ira para usarla a su favor, también estaba la posibilidad de que se había vuelto loco por tanta muerte a su alrededor, pues desde que Abel era pequeño, habían puesto una espada entre sus manos.
Giró sobre si mismo e hizo un último corte en la pata trasera de aquel ser. Quería llevarse todo el crédito por haberla derrotado, pero desde el inicio tuvo ayuda de Deméter, además, la bruja se paseaba entre los árboles, arrojando maldiciones sobre aquel ser, fue tanto el daño, que cuando Abel dio el golpe final, la bestia ya estaba debilitada.
Abel se detuvo a mirar la obra terminada, sangre oscura escurría entre sus dedos, mientras observaba como la bestia guardiana de aquella parte del bosque daba su ultimo respiro. Se acercó lentamente, viendo el miedo cobrar vida en los ojos de la criatura.
El guerrero se detuvo frente a ella, cuando alguien aterrizó justo frente a sus ojos. Él se abstuvo de dar un paso atrás, la bruja no lo había sorprendido. Ella ni siquiera le prestó atención a él, si no que giró para mirar a la bestia, puso una mano sobre el pelaje y cerró los ojos. De sus labios salían palabras que Abel se esforzaba cada día en olvidar, eran invocaciones para espíritus.
―Ve en paz― susurró la bruja y soltó a la bestia.
Ella se puso de pie y no desperdició una mirada más en él o en su hermano Adam, quien se había acercado a su espalda haciendo todo el ruido posible.
―Ella es muy siniestra― dijo Adam.
Abel giró para mirar a su hermano. No estaba enojado con él, ya no tenía sentido enfadarse con Adam por ese tipo de cosas.
―Hizo algo...
―Hechizos, se llaman hechizos.
―No, lo que Julián hace son hechizos. Ella hizo algo mas... recitó esas palabras, pero cuando las dijo, fue como si pudiera hablar con el alma de la criatura.
Adam soltó una risa sarcástica y colocó una mano sobre su hombro.
―Piensas demasiado las cosas, es una bruja y los hechizos son su especialidad. Ahora, creo que necesitas un baño y saber qué demonios ha pasado con tu protegida.
Abel se sacudió la mano de su hermano y caminaron a la par, para salir de ese lugar.
―Yo sé lo que guardas en tu interior, pequeño asesino. Tu alma llora por su anhelo de sangre. No me juzgues, pues no somos tan diferentes.
Abel se detuvo en seco y miró alrededor, tratando de encontrar a la dueña de aquella voz.
―¿Escuchaste eso?
Adam lo miró como si se hubiera vuelto loco.
―¿Qué? Lo único que escucho es la lluvia que ha comenzado a caer. Si no llegamos rápido al campamento Gabriel se enfadará mucho.
―Adelántate.
Su hermano no preguntó el por qué de tal decisión, simplemente comenzó a tararear y a caminar con pasos tranquilos por el bosque. Abel esperaba que no se metiera en otro problema.
Se acercó al cuerpo inerte de la bestia, mirando como la sangre escurría por cada uno de los orificios que habían hecho a su cuerpo, sin embargo, su semblante parecía estar en paz. Abel se dio cuenta de que su sangre había comenzado a evaporarse y la carne ya olía a podrido. No les serviría para comer, eso era, sin duda alguna, magia negra de esa bruja. Hizo que la muerte de aquel ser fuera en vano.
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Ella pensaba en todas las cosas que podían salir mal en aquel viaje. Había salido de su encierro, creía que iba a estar ahí por siempre, pero ahora estaba afuera. Eso solamente podía traer cosas malas.
El ser le había dicho que nunca saliera, que era peligroso para su especie, que su sola existencia le traería destrucción y sufrimiento al mundo.
Se preguntaba todos los días como podía pasar algo tan malo por alguien que sólo quería existir.
Trató de mirar al cielo, solamente para darse cuenta de que los árboles lo cubrían en su mayoría. El viento frío había comenzado a soplar, y su ropa estaba mojada por haber caído dentro del lago.
No había sido su culpa. Ella simplemente se sorprendió de ver su propio reflejo, y a la mujer detrás de ella con un cuchillo en la mano.
Taisha se había reído a carcajadas al ver su reacción, pues no sólo había caído en el agua helada, si no que había tratado de huir, correr lejos de ella.
Cuando se calmó lo suficiente, fue que la guerrera pudo explicarle que no iba a matarla, pero que el largo de su cabello estorbaría más de lo que ayudaba.
La joven pudo calmarse entonces y dejó que Taisha cortara mechones desiguales con su cuchillo. Luego le dijo que iría por ropa para que se vistiera con algo más cómodo. Además, no podía presentarse ante el rey vestida como un hombre. La joven aún no sabía qué problema había con eso. Pero no conocía muchas de las costumbres de los humanos, y mucho menos de aquellos que vivían en una comunidad.
Había pasado algún tiempo desde que Taisha la había dejado sola para que se lavara. La corriente del agua arrastraba mechones de cabello blanco que antes le habían pertenecido. Eso la hizo preguntarse muchas cosas.
Miró hacía los árboles, como se movían ante la más ligera brisa y creaban un sonido armonioso que competía contra el ruido del agua contra las rocas.
Ella estaba muy concentrada en todo eso, cuando un horrible rugido rompió la armonía del lugar. Corrió hasta la orilla del lago, tropezándose con las rocas se golpeó en ambas piernas, ella había escuchado ese ruido antes y nunca había sido agradable.
Corrió hasta uno de los árboles, donde la ropa que llevaba antes estaba colgada, quiso colocarse la capa, pero lo único que consiguió por lo apresurado de sus movimientos fue que cayera y se llenara de tierra y hojas secas.
Trató de calmarse, controlar su respiración, pero el rugido volvió a llenar el bosque. Ella corrió hacia el interior de los árboles, sin importarle en lo más mínimo su estado de desnudez. Con su cabello ahora corto y mojado pegándose a su cara y cuello.
Se alejó del lago lo mas que pudo, tratando de permanecer oculta hasta que Taisha la encontrara. Miró hacía atrás mientras corría para asegurarse de que nadie la seguía, y al volver la vista al frente, se golpeó de lleno con el tronco de un árbol grueso.
La joven sacudió la cabeza un par de veces. Tratando de enfocar la vista y en oído. Le dolía el golpe en la cabeza, le dolían las piernas por haberse resbalado en el lago.
―¿Por qué no puedo ir a las aldeas?― le había preguntado al ser en una ocasión.
―Porque tu existencia es un error.
Ella no había vuelto a hacer preguntas de ese tema.
Se levantó, sintiendo algo tibio resbalar desde su cabeza hasta su barbilla. No le importó. Quería alejarse de aquel ruido porque seguramente el ser había enviado a una de sus bestias por ella y ni siquiera el capitán podría protegerla.
Corrió durante mucho tiempo, hasta que una imagen la hizo detenerse en seco.
Había estado encerrada toda su vida. Nunca había tenido contacto con el exterior, más que con las ramas de aquel árbol que entraba por los barrotes de su ventana.
La joven ahogó un suspiro y extendió sus manos. Había llegado a una parte del bosque donde los árboles no cubrían el cielo.
Este era de color azul, mezclado con un tono de naranja, el sol no era tan radiante como lo describían en los libros, pero era mejor que nada. Las nubes brillaban con un borde blanco en su tonalidad gris. Y de pronto, agua comenzó a caer, y ella simplemente pudo reír, sintiendo por primera vez los elementos de la libertad.
Cerró los ojos y giró una y otra vez. Cada gota de agua helada resbalando en su piel, llevándose la sangre de sus rodillas y de su cabeza. Arrastrando lo restante de los mechones blancos hasta el suelo.
Ella estaba completamente absorta. Tan atrapada por todo aquello, que no escuchó cuando gritaban por ella. No se dio cuenta de que él había llegado hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para mirarla.
El capitán no la había interrumpido, él estaba recargado sobre un árbol, mirándola dar vueltas bajo el lloroso cielo.
―Es lluvia― fue todo lo que atinó a decir.
Él se acercó, algo parecido a sangre lo cubría, se limpió la cara con un gesto brusco, haciendo que esa parte quedara sin rastros de esa cosa pegajosa. Se quitó otra capa, completamente sucia y la colocó sobre sus hombros.
―Es mejor que nada― dijo él y le tendió la mano para que la acompañara.
La joven la tomó con fuerza.
Juntos volvieron al lugar donde todos se habían reunido, aquel sitio que llamaban campamento.
Él la guió hasta un lugar donde no llovía y donde los demás no los miraban. Salió de ese sitio dejándola sola y al poco tiempo la puerta se abrió, con Taisha apareciendo.
Ella le ofreció ropa que la joven tardó mucho en colocarse, pues su cuerpo entero estaba tiritando.
―¿Por qué te fuiste sola? Creí que habíamos llegado a un trato― reclamó Taisha.
―L-lo l-a-amento.
―No importa ya. Vístete y acompáñanos a comer algo caliente. Necesitas estar bien para montar de nuevo.
―¿Como me llaman?― preguntó lentamente, mirando a la nada.
―¿Qué?― Taisha parecía confundida.
―¿Como me llaman allá afuera? Entre todos ustedes...
―La llamamos de muchas formas. Hasta que sepamos su nombre...
―Amaris.
―No entiendo...
―Mi nombre es Amaris.
Y como si el cielo estuviera de acuerdo con aquel nombre, hizo que sus truenos llenaran el bosque con un potente rugido.
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