Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

CAPITULO 13.-

Adam podía sentir sus ojos pesados por el sueño, su cabeza caía hacía atrás cada vez que cerraba los ojos. El dolor de cabeza iba a matarlo si no iba con Julián pronto, tal vez él tuviera algún remedio para la resaca.

—... eso es lo que pienso, además, la reina...— continuaban hablando las mujeres de la corte.

El guerrero había pasado la noche con una de esas esclavas de la taberna, después de acabar con ella, volvió al castillo, pero para su mala suerte, Gabriel estaba entrenando bajo la luz del amanecer.

Su mentor había parado de entrenar, simplemente mirándolo. Adam sabía que no le iba a dar un sermón, Gabriel nunca había sido de sermones. Era un hombre de palabra, de eso no había dudas. Era muy extraño que su maestro hiciera una promesa, pero cuando llegaba a prometer algo, lo cumplía. Durante muchos años, Adam solía escapar de él, pero Gabriel siempre lo encontraba y lo arrastraba a sus entrenamientos. Su mentor era, un hombre de acciones.

Gabriel simplemente le había dado la espalda a Adam, y el joven lo tomó como un buen indicio, creyó que tal vez su maestro al fin se había rendido con él, pero respecto a Gabriel, una vez más, Adam se equivocó.

Por la mañana, mientras él dormía placenteramente, alguien entró en sus habitaciones sin mayor problema. Adam estuvo a punto de pelear, pero se dio cuenta de que era el Capitán de la Guardia. Un hombre más o menos molesto al que Gabriel respetaba.

El Capitán estaba ahí para solicitar los servicios de Adam. El guerrero se vistió rápidamente, creyendo que se trataba de una misión en la que le pagarían, pues había gastado mucho oro en la taberna la noche anterior.

Ahora, de pie en el salón de damas de la reina, el guerrero se daba cuenta de que no estaba cumpliendo una misión, más bien un castigo.

Gabriel le había pedido al Capitán de la Guardia que lo llevara a vigilar a las damas de la corte, mientras Adam trataba de luchar contra el sueño y la resaca.

El salón era de color rosa pálido y algunos toques en oro. Se preguntó porque la temida reina utilizaba esos colores y no la sala de tortura. Para él daban el mismo resultado: Obtención de información.

Ignoró la coqueta caída de ojos de una de las jóvenes damas y bostezó. Uno de los guardias carraspeó en su dirección para darle una lección de buenos modales.

¡Al diablo los buenos modales!

—Mis señoras— dijo Adam con una reverencia—. Me encantaría pasar más de mi valioso tiempo en compañía de tan distinguida categoría y belleza. Pero el deber llama. Ha sido un placer.

Y entre risas y suspiros, Adam atravesó la habitación y salió casi dando un portazo. Afuera había otros dos guardias, quienes le regalaron una sonrisa de complicidad y negativas de cabeza.

Adam se encogió de hombros y se dispuso a caminar por el pasillo, para ir a los jardines. Necesitaba entrenar un poco si no iba a quedarse dormido.

Llegó con pasos lentos y medidos hasta la armería, otro de los puntos malos de hacer vigilancia en el salón de damas, era que no lo dejaban usar armas, un completo suicidio. Tomó una espada corta y otra larga. Eso le serviría para comenzar con el calentamiento. Entró en la torre de los asesinos y se cambió su ropa de la corte por un sencillo traje para entrenar.

Se dio cuenta de que el sol estaba demasiado alto, quizá era medio día. Soltó un resoplido y entró al círculo que estaba detrás de la torre, aquel que solamente usaban él y Abel. Se colocó en el centro y cerró los ojos, sosteniendo las espadas, una en cada mano.

—Los mensajeros de la oscuridad corren al interior del bosque...

Adam hizo un corte en el aire con la espada corta.

—Engullen todo lo que está en su camino...

Giró sobre sí mismo, empuñando la espada larga hizo tres giros, para luego apuñalar a su oponente imaginario.

—Sus ojos pueden ver absolutamente todo. Y tú tienes que cazarlos, antes de que te encuentren.

El guerrero sentía el sudor resbalar por su piel, el sol calentar la cima de su cabeza, las ampollas de sus manos ganadas en la última misión, se reventaron por la fuerza con la que sostenía las espadas.

—Sin piedad— susurró Adam y cortó el aire.

Dio dos pasos atrás y evitó un ataque imaginario.

—Sin honor— gruñó por el esfuerzo y dio una voltereta en el aire para apuñalar a su enemigo en la espalda.

—Sin esperanza...— dijo y levantó la espada. Pero al dejarla caer, el sonido del metal contra el metal lo hizo abrir los ojos y retroceder.

—Sin amor— Gabriel completó el juramento de los asesinos.

Adam sentía la respiración agitada.

— ¿A que debo el honor? ¿No tienes reclutas que atormentar?— preguntó el alumno.

Gabriel giraba en su mano una espada corta, con la experiencia que solo los años podían dar.

— ¿Aprendiste algo importante en tus horas de vigilancia?

Adam colocó ambas espadas al frente, y giró dentro del círculo, su mentor siguiendo sus movimientos. Si algo sabía, era que Gabriel siempre atacaba cuando menos lo esperaba.

—Si— contestó el joven y sintió el sudor resbalar hasta sus ojos, pero no se dio el lujo de parpadear—. Aprendí que el color rosa puede ser de diferentes tonos de rosa. Por ejemplo: No puedes mezclar rosa claro con rosa viejo y dorado al mismo tiempo.

Gabriel dio un paso al frente y Adam retrocedió. Abel era conocido entre los hombres del rey como la ira de los dioses. Porque cuando estaba en el campo de batalla, parecía ser otra persona.

Pero para Adam, todos tenían otro nombre: La sonrisa de Nyx. No era algo que lo hiciera sentir orgulloso, pues Nyx era la diosa de la oscuridad, y casi nunca sonreía. Pero cuando decidía mostrar su maravillosa sonrisa, cosas malas pasaban en la tierra de los hombres.

Y aun así, aun habiendo ganado esa reputación, Abel y Adam se cuidaban las espaldas de Gabriel en los entrenamientos. Y eso que él ni siquiera intentaba matarlos.

Su mentor hizo un movimiento demasiado rápido que Adam apenas tuvo tiempo de bloquear con la espada corta. El alumno retrocedió dos pasos y dio vuelta a la espada larga para atacar, pero Gabriel giró y liberó su propia espada, amenazando a Adam con ella.

El mentor hizo otro movimiento rápido y fuerte... Adam apretó sus armas, pero Gabriel clavó la espada en el suelo. El joven parpadeó sorprendido.

—Hoy este distraído— dijo con desaprobación—. Que la luna te proteja si un enemigo te encuentra en ese estado.

—Puedo pelear— respondió ofendido y dejó sus propias armas en el suelo. Los aspirantes a la Guardia las levantarían y limpiarían más tarde.

—Sí, con una vaca herida.

Adam puso los ojos en blanco y caminó al lado de Gabriel, quien ya estaba abandonando el círculo.

—No tienes sentido del humor, viejo.

Gabriel lo miró de reojo.

—Es porque no estaba bromeando.

El joven guerrero sintió su orgullo herido, pero no iba a tratar de obtener un cumplido de Gabriel, y menos en ese momento. Desde que era pequeño, Adam se dio cuenta de que los cumplidos eran para Abel.

Dejó que su mentor se fuera y volvió a la torre de los asesinos, para recoger su ropa. Entró arrastrando los pies, pues se sentía más que cansado, fue cuando recordó que no había comido nada durante el día, pero el simple hecho de pensar en comer le provocaba nauseas.

—Hermano— dijo Abel desde la entrada a la torre.

— ¿Qué quieres?— preguntó fastidiado.

—Voy a seguir tu consejo— respondió Abel, completamente imperturbable.

Adam levantó ambas cejas.

—Conseguiré una dama de compañía para Amaris. Ahora mismo están ensillando los caballos para ir al pueblo.

El hermano mayor soltó una risa.

— ¿La llevarás al mercado de esclavos? ¿En serio?

— ¿Tienes una mejor idea?

—Ella te arrancara los testículos si tan solo le sugieres tener una esclava.

Abel frunció el ceño.

—La corte está llena de esclavas...

—Y ese es un problema ¿Acaso has olvidado?

Y con esa simple frase, todo rastro de vida se esfumó del rostro de su hermano.

—Olvidar es perdonar— dijo Abel, sus palabras frías y medidas—. Y nosotros no perdonamos.

Adam suspiró, lo último que quería era contagiar a su hermano con su estado de ánimo fúnebre, y más cuando Abel parecía estar más o menos feliz.

— ¿Y qué es lo que quieres?— inquirió ya cansado de aquella conversación.

Abel sacudió la cabeza para volver a la realidad.

—Quiero que vengas al pueblo con nosotros, eres mejor en estas cosas que yo.

—Soy mejor que tú en muchas cosas, y para eso no me pides ayuda.

—El día que necesite de tu ayuda para estar con una mujer... que los dioses me protejan.

Ambos se miraron y rompieron a reír. Adam se dio cuenta de que extrañaba esta clase de momentos con Abel.

Salieron de la torre y fueron a los establos, donde había tres caballos ensillados.

—Así que ya sabe montar— saludó Adam a Amaris.

— ¿Y usted aun no aprende a mantener la boca cerrada?— respondió la joven.

—Me temo que eso sucederá el día que corten mi lengua.

—No parece un día lejano...

—Suficiente— dijo Abel y montó en su caballo—. Debemos irnos ya si queremos volver antes del anochecer.

Adam subió a su caballo y lo guío a la salida de los jardines, siguiendo el paso lento de la montura de Amaris.

—Pediste que ensillaran a Lancuyen— dijo el joven rubio—. Muy listo, hermanito.

—Sabía que no te negarías.

Adam se encogió de hombros.

— ¿Quién sabe? La vida está llena de sorpresas.

—Además— continúo Abel mientras los caballos avanzaban por el camino real hacia el pueblo—. No había tiempo que perder al ensillar a otro caballo. Tenía que conservar la esperanza de que vendrías.

— ¿No había tiempo ni para cambiarme de ropa?— preguntó Adam levantando ambas cejas.

—No. Pero debimos haberlo hecho, apestas a perro muerto.

Adam resopló.

— ¿Qué importa el olor y aspecto si vamos con un montón de esclavas? No es como si fuera a conocer a la dama de mi vida en este lugar.

Siguieron avanzando por el camino real, comentando cosas sin sentido, teniendo conversaciones aburridas que Amaris interrumpía de vez en cuando, para dar su propia versión de los hechos. Como si ella hubiera estado ahí.

Llegaron al pueblo antes del atardecer. Adam se dio cuenta de que había demasiadas personas entre las reducidas calles, todos se dirigían al centro del lugar. Desde su montura, podía ver los techos de las casas más pequeñas y a las personas avanzar.

—Manténganse juntos, estoy casi seguro de que habrá una ejecución— comentó Abel.

— ¿Ejecución?— preguntó Amaris y detuvo su caballo.

Adam se dio cuenta de que estaba girando al animal para ir al centro del pueblo.

—No es algo que quieras ver— murmuró Abel para la joven.

El hermano mayor se quedó pasmado ¿Desde cuándo Abel tuteaba a una mujer que no fuera Taisha? Alzó una ceja interrogante hacia su hermano, pero él no le prestaba atención. Abel trataba de convencer a Amaris de no ir a la ejecución, pero parecía que las palabras no entraban en los oídos de la joven, ya que hizo ir más rápido al caballo, y ellos, sin remedio, la siguieron.

Adam observó las calles, como las personas se hacían a un lado para dejarlo pasar, ya que si alguien se atrevía a ir al pueblo en un caballo, tenía que venir del castillo. Los pueblerinos se veían enojados y asustados. El guerrero colocó a Lancuyen a un lado del caballo de Abel, Amaru, y observó bien las cosas. Las personas del pueblo, con sus ropas viejas y sus rostros demacrados, gritaban, pidiendo la sangre de aquella joven que luchaba con uñas y dientes por no subir a la guillotina. Era una joven alta, con piel pálida, cabello rojo y muy largo, ojos grandes que parecían querer asesinar a todos allí.

— ¡Hermanos míos!— gritó el sacerdote para hacerse escuchar entre la multitud—. Este día nos hemos reunido para ofrecer a los dioses a esta mensajera de la oscuridad.

El pueblo se deshizo en insultos hacia la joven y en vítores para el sacerdote, el cual acarició su larga barba blanca.

Dos hombres sujetaban a la joven, uno de cada brazo, y la mantenían inclinada, su cabeza en dirección a la guillotina.

—Es fuerte— murmuró Abel—. Usualmente hace falta un solo sacerdote para someterlas. Eso y el miedo.

Adam asintió, sin dejar de prestar atención.

—Mira sus pies— dijo después de un momento—. Trató de escapar. Tuvieron que cortar el talón para detenerla. Es rápida también.

Él conocía el método perfectamente. Cuando estaba en misiones para atrapar a ladrones, Adam les disparaba flechas a los talones y tobillos, para que dejaran de correr, era un método utilizado solo con los más rápidos.

Se hizo el silencio cuando el sacerdote dejó de recitar los crímenes de la joven, que a final de cuentas, su único crimen había sido nacer.

—Bueno. Fue un buen espectáculo, pero lo que sigue es demasiado para usted y...— Adam fue interrumpido por un grito de furia.

— ¡Los maldigo!— gritó la joven mientras se retorcía para evitar ser llevada a la guillotina—. Maldigo a todos y cada uno de los presentes. A ustedes y toda su descendencia. La diosa de la luna no volverá a este reino. Y tendrán que regar la tierra con su sangre, para que el suelo vuelva a dar fruto.

—Woow— susurró Amaris—. No está asustada.

Adam negó.

—Ni un poco— contestó. Y se encontró admirando la valentía de la joven.

—La quiero— dijo Amaris, interrumpiendo sus pensamientos.

— ¿Qué?— inquirió Abel.

—Ya me escucharon— dijo Amaris sonriendo—. O ella o ninguna.

—Voto por ninguna ¿Alguien más a mi favor?— preguntó Adam.

Sus palabras salieron demasiado tarde, ya que al mirar a su lado, se dio cuenta de que Abel ya estaba trepando a la guillotina. El hermano mayor puso los ojos en blanco y corrió hasta la plataforma.

Las personas comenzaron a murmurar, claro que los conocían, Adam escuchó sus apodos entre la multitud.

—El rey nos ha enviado— exclamó el hermano mayor—. Por esta...— miró a la joven, ella le devolvió y sostuvo la mirada—. Mujer.

— ¡Es una bruja!— exclamó la multitud— ¡Mensajera de la oscuridad!

— ¿Insinúan estar en contra de las leyes del rey?

—Ni siquiera el rey, joven guerrero— dijo el sacerdote y puso una mano sobre el hombro de Adam—. Puede ir en contra de la ley de los dioses.

El guerrero lo miró. Estaba completamente seguro de que la multitud se lanzaría para atacarlo en cuanto fuera en contra de las palabras del sacerdote.

—Yo creo, señor— dijo Adam, indicándole con un gesto que mirara hacia atrás—. Que los dioses y el destino, quieren que esta mujer viva. De lo contrario ¿Qué nos trajo hasta aquí en este día?

El sacerdote giró, solo para darse cuenta de lo que Adam le había mostrado: Abel había sometido a los dos hombres que sostenían a la joven y al verdugo.

El hombre le dio la cara a Adam y sonrió ligeramente.

—No puedes golpear a un adorador de los dioses...

El guerrero se encogió de hombros.

—No soy un fanático de los dioses, pero voy a perdonarte en esta ocasión.

Adam le dio un asentimiento a su hermano, Abel ayudó a la joven a ponerse de pie, pero ella se lo quitó de encima con manotazos. En sus ojos había una furia casi palpable. Ella avanzó hasta donde estaba el sacerdote, los pies de la joven dejando huellas de sangre sobre la madera de la plataforma, mezclada con la de miles que habían sido ejecutados ahí mismo.

Y ella, con las heridas en su cara, manos y pies, con un hombro casi dislocado y con sus pies sangrantes, avanzó hasta el sacerdote y lo golpeó fuerte en la cara, con un puño decidido.

Adam la tomó por la cintura y la lanzó hacia su caballo. Él montó después, y vio como Abel saltaba sobre Amaru, y juntos corrieron por la plaza, pero el sacerdote se levantó y comenzó a gritar, la multitud se abalanzó sobre ellos. Y los caballos tuvieron que correr.

Adam se preguntó ¿Qué habría pasado si no tuvieran sus monturas? Hicieron a sus caballos correr, mientras él luchaba por mantener a la joven en una sola pieza, pues ella gritaba, se quejaba, amenazaba y golpeaba.

Justo cuando el sol se ocultó, llegaron a uno de los jardines exteriores del castillo, aquel que estaba junto al rio. Adam se bajó del caballo, y quiso bajar a la joven, pero ella saltó y sus pies fallaron, lo que la hizo caer sobre el fango. Ella se arrastró lejos de los tres, lanzando puñados de lodo en su dirección.

Abel se acercó a ella.

— ¿Cómo es tu nombre?— preguntó su hermano.

La luna ya había hecho su aparición y arrancaba destellos de las armas de su hermano.

La joven lanzó una bola de fango y está casi le da a Abel en la cara.

Adam casi suelta una risa cuando su hermano esquivó más y más bolas de fango.

—Está asustada— murmuró Amaris acercándose.

—No— dijo el hermano mayor—. No hay ni una pisca de miedo en ella. Está enojada.

—No te acerques— dijo Abel a Amaris. Y para sorpresa del guerrero rubio, la joven permaneció atrás, con los caballos—. No sabemos si en verdad es una mensajera de la oscuridad.

Adam puso los ojos en blanco.

—Tenemos una de esas en el castillo y no es tan malo— comentó.

—Pensé que tenía miedo de Diana...— dijo Amaris.

—Es precaución, nunca miedo, siempre precaución— respondió Adam cruzándose de brazos.

— ¿Cuál es tu nombre?— repitió Abel.

La joven le dio una mirada furiosa, el cabello rojo pegado a su cara le daba un aspecto macabro.

—Dwyer— murmuró la joven entre dientes.

—Ciertamente tiene nombre de bruja ¡Hay que quemarla en la hoguera!— exclamó Adam.

— ¡Ardan en el infierno tú y toda tu descendencia!— escupió Dwyer.

Adam sonrió. Estaba casi seguro de que era su primera sonrisa del día, y era diversión pura.

—Mi lugar en el infierno ya está más que ganado, señorita. En cuanto a mi descendencia...

—Es suficiente— interrumpió Abel—. Creo que es perfecta para el trabajo.

La joven, por primera vez se vio confundida, ella parpadeó un par de veces.

— ¿Trabajo?— preguntó curiosa.

—La quiero— dijo Amaris, saliendo de entre los arboles—. Si no es ella, no será nadie.

—Está decidido— dijo Adam.

—Aún no he dicho que si— replicó la joven.

—Hay dos opciones sobre la mesa, querida— comentó Adam—. Puedes volver al pueblo y que te quemen, esta vez no vamos a evitarlo. Es más, me quedare a verlo.

Dwyer le dio una mirada que lo hizo sentir sucio.

—Y la segunda. Puedes venir al castillo, servir a nuestra nueva y muy, muy, pero muy querida amiga...

—No soy amiga tuya— objetó Amaris.

—Bien... a nuestra muy, muy, muy querida no amiga Amaris. Tendrás todas las comodidades de la corte y...

—Seré una esclava— murmuró.

Adam no tenía una respuesta para eso ¿Ella sería una esclava? ¿De qué otra forma podía llamarla?

—No— dijo Amaris, acercándose a Dwyer y extendiendo una mano hacia ella—. No quiero una esclava. Quiero una amiga sincera.

La joven miró a los tres, de uno por uno, y finalmente aceptó la mano de Amaris y se puso de pie.

—Si busca amistad sincera, realmente tiene mucho que aprender sobre la corte.

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro