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Un nuevo mundo

Una gota de sudor recorrió mi cuello desde mi garganta hasta mi nuca. El cosquilleo resultante me arrancó del sopor en el que me encontraba. Mi lengua se encontraba pegada a mi paladar y un sabor extraño dominaba mi boca. Me esforcé por despegarla y abrir mis ojos. Mi cuerpo se sentía más ligero, aunque mis sentidos aún se encontraban embotados, como si estuvieran perdidos en algún punto de la infinita llanura de hielo.

—Bebe algo. —Kay invadió mi campo visual, en sus manos llevaba un vaso de cuero rebosante de agua. Mi garganta protestó ante la imagen, por un momento temí que mis manos no fueran lo suficientemente rápidas para sujetarlo y llevarlo a mis labios. Kay me detuvo y me instó a beber con lentitud.

Dos vasos después me sentí renovada. Como si mi cuerpo fuera una vieja máquina que necesitaba grasa para funcionar sin chirriar.

—Mucho mejor, ahora toma esto para entrar en calor.

Esta vez me tendió un pequeño vaso tallado en hielo. En su interior bailaba un líquido cristalino. Lo olfateé con cuidado y el intenso golpe del alcohol impactó el fondo de mi garganta. Era licor de bayas, uno mucho más intenso que el que había probado en el barco. Mi estómago dio vuelta sobre sí mismo y los recuerdos amenazaron con ahogarme de nuevo.

—Concéntrate, Axelia —susurró Kay—. Y bebe.

Me concentré en la mordedura del frío vaso contra mis dedos. No podía permitirme caer ante cada mínimo recuerdo. En algún momento cualquier cosa podía recordarme a Erika, si algo así ocurría en batalla, moriría como una idiota. Ella había muerto como una guerrera y como tal debía honrarla. Apreté el vaso hasta que el hielo crujió y me apresuré a beber el licor antes que se derramara entre las grietas.

El alcohol castigó mi garganta con fiereza, mientras que el dulce sabor de las bayas le regaló una caricia única e intensa a mi lengua. Sonreí, el calor se expandió por mi pecho y en instantes mi mente se perdió en la agradable sensación de algodón y lana que la rodeó.

—Mucho mejor. Es hora de comer. Han preparado algunos filetes de reno para nosotras y se encuentran salando pescado y ballena para el viaje. Nos quedaremos esta noche y partiremos al amanecer —explicó Kay.

Renos, carne de renos, ballenas. Sacudí la cabeza ante la idea. Bichos peores se podían comer en este mundo y esperaba no probarlos en mi vida. Un reno o una ballena estaban bien. Levanté la mirada en cuanto me hice a la idea de nuestra variopinta comida y me sorprendió encontrar al padre de Katri sentado en uno de los extremos de una mesa baja. A su derecha se encontraba Arnkatla y a su izquierda, Katri.

Nuestras miradas se cruzaron y sus mejillas se encendieron como si llevara horas al sol. Kay debía de haberle explicado todo el tema de las armaduras. Su padre frunció el ceño al ver aquel intercambio y su madre solo apartó la mirada con incomodidad.

—Los mayores comen primero, es un signo de respeto —susurró Kay en mi oído mientras me deslizaba hacia la mesa. Tomé asiento junto a Arnkatla, Kay lo hizo junto a Katri.

Esperé a que el padre de Katri inclinara su cabeza hacia nosotras y pronunciara algunas toscas palabras en su idioma. Kay respondió el gesto y respondió en consecuencia. Me limité a realizar una breve reverencia en cuanto sus pequeños e inquisidores ojos hicieron contacto con los míos.

—Gracias por ayudarnos —musité a toda prisa. Mis palabras no parecieron agradarle.

Katri se apresuró a traducir para su padre antes que su ceño se frunciera más y se congelara en esa posición. El hombre pareció relajarse, tomó un trozo de ballena con las manos, lo untó en sal y lo llevó a su boca. Su esposa le imitó. Frente a mí, Kay extendió la mano sobre su plato y seleccionó lo que parecía ser un trozo de carne oscura, bien cocida, por lo que debía de ser de reno. Lo llevó a su boca y su rostro se contorsionó en un gesto de absoluto placer.

Katri me miró ansiosa y señaló mi comida con un gesto rápido de su mano. Bajé la mirada y me encontré con dos platos sencillos de madera. En uno había carne de reno con un poco de su propia salsa, en el otro, ballena. Frente a mí, entre Kay y yo, había un pequeño cuenco con sal. Tomé a toda prisa un trozo de reno y lo llevé a mis labios. Katri suspiró y se lanzó sobre su cena como si no hubiera probado bocado.

La carne estaba deliciosa, carecía de especias, solo estaba condimentada con sal y quizás alguna hierba silvestre. Tenía un sabor mucho más suave que la carne de vaca y era muy tierna. Me apresuré a intercalar aquellos bocados de gloria con los más viscosos y gelatinosos provenientes de la ballena. Con tantas reglas absurdas de seguro sería mal visto acabar un plato antes que el otro.

Junto a los platos se encontraban vasos de cuero con agua y en medio de la mesa, un gran cuerno. Descansaba sobre su parte más ancha y en la punta destacaba un tapón de madera envuelta en cuero.

—Es licor de bayas, espera a que el padre de Katri termine y él lo servirá para nosotras —susurró Kay.

El mencionado levantó la mirada, parecía disgustado al escuchar nuestro idioma, por lo que Kay lo puso al corriente con rapidez.

Eso debían de enseñarlo en el palacio. Diplomacia. De haber estado en su lugar lo habría mandado a deleitarse con el estiércol de sus renos. ¿Quién le daba el derecho de juzgarnos por nuestro idioma?, ¿por qué no se había esforzado más en aprender la lengua de reinos más desarrollados y prósperos?

Pronto los platos quedaron limpios. Arnkatla se apresuró a retirarlos de la mesa, una corta ráfaga de viento helado a mi espada me indicó que había abandonado la tienda. Su esposo la esperó con impaciencia, sus ojillos no dejaban de horadar con ansias el cuerno blanco lleno de licor.

Arnkatla no tardó demasiado en regresar. Dejó los platos junto al fogón y calentó sus manos enrojecidas a la lumbre. Su esposo se apresuró a mascullar algo, tomó el cuerno y sirvió generosas cantidades de licor en nuestros vasos de cuero.

—¡Harmog!

Aquella palabra sí que la entendí, o quizás fue el gesto universal de brindis que todos los pueblos parecíamos compartir. Levanté mi brazo y me apresuré a beber. Era un licor delicioso, no necesitaba un paladar entrenado para diferenciarlo de aquel disponible en el barco. Además, el adormecimiento que ofrecía a mi pecho y a mi mente era más que bienvenido.

Pronto la incómoda cena llegó a su fin. El padre de Katri abrazó el cuerno y lo llevó consigo detrás de una alfombra que fungía como pared divisoria entre lo que debía de ser su habitación y el resto de la tienda. Arnkatla se apresuró a seguirlo. Por un segundo odié su gesto servil. ¿Por qué no se quedaba con nosotras? Era evidente que solo era un viejo borracho que oprimía su vida y la de su hija. Mi madre había tenido el valor de huir, si ella pudo, ¿por qué no lo hacía Arnkatla?

—Es su estilo de vida, Axelia —intervino Kay por lo bajo.

—Eso no importó mucho cuando te enfrentaste a Luthier, ¿no es así? —inquirí en voz alta—. Y vamos a hacerlo de nuevo.

—Los asuntos de Efrifold no son nuestros —susurró, lanzó una mirada rápida a Katri y al ver que seguía nuestra conversación, cerró los ojos y negó con gesto derrotado—. Cada reino es libre de ejercer sus leyes y valores, Axelia.

—Entonces, ¿solo fuimos a la guerra con Luthier porque eran nuestros vecinos? Mis madres y muchas antes que ella, —tomé aire, aunque este se quedó en mi garganta con la silente amenaza de convertirse en un sollozo—, y en la actualidad, perdieron sus vidas en vano. ¿Es eso lo que me quiere decir?

—Para nada. —Kay dio un sorbo a su bebida y se repantigó a gusto con la espalda apoyada en una de las paredes de la tienda—. Luthier es nuestro vecino y no les declaramos la guerra por nuestra diferencia de valores y creencias, lo hicimos porque nos vimos obligadas a defendernos de sus ataques. Si lo ves desde el punto de vista de Luthier, ellos nos atacaron porque «robamos a sus mujeres» —rio—. Sus mujeres escapaban, nosotras nunca hicimos nada para incentivarlo o atacarlos directamente.

—Hasta que se convirtieron en una amenaza, lo entiendo —dije con amargura—. Siempre pacíficas, siempre sin hacer nada hasta que es demasiado tarde.

—Axelia, todas las naciones son libres de existir y creer lo que deseen, los límites se encuentran en su propia gente y en el daño que pueden hacer a otros —dijo con aquel tono de infinita sabiduría que estaba empezando a odiar—. Mira a Efrifold, son personas pacíficas, apenas y hay un cuchillo por casa y lo usa quien prepara los alimentos para su consumo o preservación. No son una amenaza, ni han atacado a Calixtho, comprendo que tu juventud y tu pasado alimentan tu sed de sangre y batallas, pero hasta tú deberías ser capaz de verlo.

Me crucé de brazos y me recosté en la pared contraria a la de Kay. No era justo, si teníamos el poder, ¿por qué no cambiarlo todo antes que se convirtiera en un problema? Con cuchillos o sin ellos, Efrifold era un pueblo que sometía a los suyos.

—Además, solo has observado la dinámica de una familia, ¿quién dice que las demás sean igual? Es una prueba muy pequeña para saltar cuál heroínas al rescate.

—Yo sí necesito que me rescaten —masculló una voz con timidez. Katri mantenía la mirada fija en su vaso y jugaba con su bebida. Sonreí a mi pesar, ahí estaba, la prueba que tanto necesitaba Kay para actuar, ni siquiera su monárquico y diplomático culo sería tan pesado como para dejar a una niña a merced de unos opresores.

—Ah, ¿sí? —inquirió con genuina curiosidad—. Dime, ¿de qué debemos rescatarte? —Su tono condescendiente me hizo rechinar los dientes, ¿no veía acaso que la chica estaba aterrada y deseaba ser rescatada?

—De la desidia que llena estas tierras —dijo Katri por lo bajo—. Naces, aprendes a pescar, a arrear renos, a destripar ballenas, tallar cuernos, preparar pieles y coser prendas, te casas, tienes hijos, haces feliz a tu marido y mueres. La única emoción en la vida es la migración y ocurre pocas veces al año y es tan rutinaria que con el tiempo deja de ser una novedad. Estoy harta de la nieve, del frío, de que nada ocurra, —jugó con los pelos de reno de la alfombra en la que se encontraba sentada—. Quiero vivir aventuras, como lo hacen ustedes.

Tuve que contener el bufido de desaprobación que se acumuló en mi boca, Kay dejó escapar una risita y me dirigió una mirada de superioridad y sapiencia que no borré de un puñetazo solo porque tenía razón.

—Eres una niña, no sabes lo que quieres —espeté—. La aventura, la gloria, todo eso, es una mierda. Arranca de tus manos a las personas que amas, te llena de sangre, de muertes y no se olvida en la vida. Es una carga con la que debes vivir.

—¡No soy una niña! Estoy por cumplir dieciocho solsticios blancos dentro de algunas semanas. Sé cazar y sobrevivir por mi cuenta. ¡Les salvé la vida y me lo deben!

—No eres una niña, Katri, eso lo tengo claro y tendrás que disculpar a mi compañera, a veces puede ser un tanto iracunda, pero tiene razón. ¿No la viste llorar hasta caer dormida? ¿Cómo reaccionaba al licor de bayas? Esas son las consecuencias de una vida de aventuras y emoción.

Bajé la mirada ante las palabras de Kay, la vergüenza burbujeó con fuerza en mi pecho y coloreó mis mejillas. Katri me miró con curiosidad, casi como si calculara los pros y los contras de terminar como yo o vivir una vida rutinaria y predecible. Para mi horror, leí su respuesta antes que siquiera separara sus labios.

—Eso es mucho mejor que morir aquí en el frío —dijo con firmeza.

Kay abandonó su postura relajada y su expresión se tornó severa, por fin se notaron en ella los años que habían trascurrido desde su llegada al reino. Sus ojos reflejaron el peso de la tristeza, la sabiduría y las penas que acumulaba sobre sus hombros, extendió la mano derecha hacia Katri en una silenciosa invitación a nuestro saludo tradicional. Katri extendió la suya y con cierta timidez apretó el antebrazo de Kay entre sus dedos.

—Si ese es tu deseo y tus padres están de acuerdo, podrás venir con nosotras —cedió Kay.

—¿Estás loca? —balbuceé.

—Es mayor de edad y es lo que pide a cambio de salvar nuestras vidas. Pudo pedir un título nobiliario, tierras, riqueza y que su familia fuera trasladada a Calixtho y tratados como invitados de honor, estoy segura de que Senka sería capaz de hacer de ella la cabeza de una nueva familia noble a la misma altura que Lykos o Aren y, en cambio, ella solo pide viajar a nuestro lado. Es una petición desinteresada y valiente.

—Donde vamos estaremos al filo de la muerte —dije a Katri en cuanto noté que nada haría cambiar de opinión a Kay.

—No me importa —respondió la chica con vehemencia.

—Podríamos ser capturadas y torturadas de formas horribles —continué.

—He sufrido congelación, no temo al dolor. —Katri levantó el mentón y cruzó los brazos. ¿Quería una batalla de voluntades?, pues la tendría.

—No sabes luchar.

—Puedo aprender.

—Me tomó toda la vida aprender a manejar una espada —espeté con orgullo—. ¿Qué te hace pensar que aprenderás en unas pocas semanas?

—Yo aprendí en un año —dijo Kay con sorna—. Bueno, dos si sumamos mi experiencia en la frontera.

—Aprendo rápido, además, he cazado ballenas, sé utilizar un arpón.

—¿Un arpón? Niña, donde vamos no necesitas arpones, debes ser capaz de desenvainar una espada, una daga o de matar con tus propias manos para salvar tu vida. Enfrentaremos personas, no pececitos gigantes.

—¡Una ballena es mucho más grande que un pez! Te mearías en los pantalones si tuvieras que enfrentar una —estalló Katri.

De dos zancadas se acercó a mí y tomó la parte delantera de mi camisa con su puño. Me apresuré a levantarme para quedar a su altura, mi corazón se aceleró, listo para una pelea. Hacía mucho que no me enfrentaba a una idiota impertinente como ella. Solo necesitaba un golpe, que ella empezara, y la tormenta caería sobre sus inocentes y quebradizos huesos.

—Bueno, bueno, basta las dos. Katri, entiendo que es difícil contener el deseo de golpearla, pero si lo haces, me temo que deberé retirar mi oferta y tendrás que contentarte con todo el oro que desee regalarte Senka—dijo Kay como si la alternativa fuera lo peor del mundo. Senka adoraba a Kay, bien podría entregar tal cantidad de oro que la familia de Katri viviría sin trabajar durante generaciones—. Y tú, Axelia, eres mucho mejor que esto, ¿golpear a una chica sin entrenamiento?

—Nadie se enterará —mascullé, un golpe o dos, eso la pondría en su lugar. Sin embargo, Katri liberó mi camisa y se dirigió en silencio a lo que supuse era su espacio para dormir, un montón de mullidas pieles, tomó asiento, retiró sus botas y enterró su cuerpo entre pelos de varios colores.

—Deberíamos imitarla —dijo Kay—. Mañana partiremos y si Katri planea conversar con sus padres, debemos despertar aún más temprano.

—¿De verdad la dejará venir con nosotros? —repuse alarmada. Kay se encogió de hombros, ubicó un montón de pieles y se dejó caer sobre ellas.

—De una manera u otra abandonará este lugar, lo detesta, ansía aventuras y por ahora somos su única vía de escape.

—No somos su mejor opción —dije entre dientes mientras preparaba mi lecho—. No nos espera un camino fácil.

—Si decide seguir a alguien de Cathatica, o peor, de Luthier, su destino no estaría claro y eso lo sabes tan bien como yo. Es joven y quiere estirar sus alas. Si sobrevive, regresará a casa.

—Lo dices con mucha frialdad —repuse.

—Cuando gobiernas un reino, debes aprender a poner las cosas en perspectiva y un par de manos extras nos vendrían bien.

—Katri no es una guerrera —mascullé.

—Tienes unas semanas para convertirla en una.

***

La mañana siguiente me impactó con la misma fuerza con la que el sol hacía destellar el hielo en esos momentos. Frente a la tienda se encontraba un trineo de gran tamaño lleno de provisiones protegidas por gruesas capas de piel y con apenas espacio para llevar a dos personas. Frente al trineo se encontraba Irekea, no dejaba de saltar y molestar a sus compañeros lobunos, parecía genuinamente emocionada por la perspectiva de correr durante el día y la noche tirando de un pesado trineo.

Kay se encontraba con Katri y sus padres y parecía enfrascada en una especie de discusión, pero no había ceños fruncidos, solo un ritmo de voz muy similar al regateo. También se encontraba el anciano y un chico, que por sus pintas, no era mayor que yo. Era el único que parecía molesto ante el intercambio.

El sueño todavía pesaba en mis ojos y en mi cuerpo, por lo que me limité a terminar de ajustar mi armadura y mis abrigos mientras aquella animada conversación terminaba.

No tardaron demasiado. Kay sacó de uno de sus bolsillos una bolsa que incluso yo, en la distancia, escuché tintinear. El anciano se apresuró a tomarla, la abrió con exagerada reverencia y avaricia y contó con la mirada lo que bien podían ser doscientas o trescientas monedas de oro. Me acerqué un poco al grupo, lo suficiente para escuchar sin que notaran mi presencia y me incluyeran en sus negocios.

—Eso cubre la dote que pagaste por Katri y dará a tu familia el oro suficiente como para negociar con los comerciantes de Cathatica, chico —dijo Kay.

—No es suficiente —protestó el joven—. Ha roto su promesa, Arnkatla la había prometido a mí desde su nacimiento.

—Y ahora ella desea ser libre. No fue un acuerdo hecho con su consentimiento —repuso Kay con calma.

—Así se harán las cosas en su reino, pero en Efrifold tenemos palabra. Si la quiere, deberá pagar tal deshonra a mi familia y el costo de una nueva dote. A mi edad me será difícil encontrar una nueva prometida —exclamó el joven.

Kay negó con la cabeza y extrajo otra bolsa rebosante de monedas. El chico parecía asombrado, pero pronto se recuperó, frunció el ceño y se dispuso a protestar, pero el anciano lo detuvo.

—Esto es suficiente, Ingvar, esto cubre la dote de al menos todas las chicas del campamento, no tendrás problemas en encontrar esposa. Considérate afortunado, si bien no es carne de ballena o pieles, tú eres un comerciante, sabrás sacar provecho al oro y multiplicarlo.

Ingvar agachó la cabeza. El anciano tomó un puñado de monedas para sí y depositó ambas bolsas en las manos del chico.

—Katri, eres libre. Espero que encuentres lo que tanto buscas, niña —dijo el anciano con desdén.

Finalizado aquel intercambio, el grupo se disolvió. Ingvar dirigió una última mirada envenenada a Katri antes de desaparecer en una de las tiendas y el anciano tomó asiento en la entrada del pueblo con una naturalidad que resultaba pasmosa. Un día se congelaría allí y nadie lo notaría.

—Los padres de Katri han estado de acuerdo —anunció Kay al llegar a mi lado.

—¿Qué? —mi última esperanza se desvaneció— ¿No les preocupa que muera? —dije en voz alta.

—Todo pájaro que deja el nido se encuentra en peligro de muerte —dijo Arnkatla—. Katri nunca se sintió parte del pueblo, nunca fue feliz en nuestras tierras. Tal vez su alma esté destinada a otros lugares. O quizás, deba conocer el gran mundo exterior para valorar lo que tiene en su hogar.

Pese a sus certeras palabras, los ojos de aquella mujer estaban inundados de lágrimas. Me di la vuelta y fingí organizar las ya excesivamente ordenadas provisiones para brindarles algo de privacidad en la despedida. Mi corazón se encontraba encogido, no podía soportar ver aquellos abrazos y escuchar las dulces y severas palabras que aquellos padres dedicaban a su retoño. Un sentimiento de envidia luchó por hacerse ver, ¿habría vivido eso si mis madres estuvieran vivas?, ¿lo habría valorado igual? O ¿estaría tan deseosa de partir como Katri?

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