Prólogo
Calixtho a doce años de instaurada la paz se encuentra en plena edad de oro. El conflicto con su eterno enemigo, Luthier, ha terminado. Ambos reinos conviven en paz y comparten no solo su cultura, sino su política y economía.
La guerra sin final o la eterna batalla definió por siglos la cultura, vida y creencias de las mujeres que vivían en Calixtho y ató para siempre el futuro de los hombres que convivían con ellas. Señalados como enemigos de la corona, solo muy pocos tenían la libertad de hacer lo que desearan, siempre que no portaran nunca un arma.
¿A qué se debió tal milagro? A una misteriosa recién llegada, una forastera que como otras llegó al reino y solicitó refugio. Dicen las historias que llegó de otro mundo, uno muy diferente al nuestro, lleno de peligros, de avances y también de conflictos. Una forastera que logró enamorar a la heredera al trono y que con grandes sacrificios enfrentó a Luthier acompañada de un puñado de guerreras y poco más.
Todos olvidan muy rápido. Bajo su reinado Calixtho experimentó cambios vertiginosos, un desarrollo único y un crecimiento envidiable. Viejas tradiciones desaparecen entre las paredes de los hogares nobles y nuevas nacen bajo los altísimos techos de las casas burguesas. En esos cambios, las heridas, los recuerdos y la venganza no tienen cabida. Todas han olvidado lo que nos hicieron los desgraciados de Luthier y perdonan con una sonrisa y ansias de crecer.
Yo no puedo hacerlo, ni lo haré. No me detendré hasta hacer pagar a los responsables de mis desgracias.
Ese era el eterno monólogo que me repetía mientras vigilaba las calles de Calix, el pueblo que era mi hogar desde que aquellos monstruos arrancaron de mi vida a mis madres, un asentamiento costero lleno de infinitas maravillas, de peligros y libertinaje. Un lugar en la frontera donde se vivía como en la Ciudad Central, Ka, si eras capaz de abandonar tus principios y plegarte a la vida fácil. Ya no estábamos en peligro, ya no había otro enemigo que enfrentar que nosotras mismas.
—No seas tan estirada ¿crees que por vestir esa capa azul eres alguien importante? —Rodé los ojos, era la cuarta borracha impertinente que enfrentaba aquella noche.
—De seguro que se lo cree, quiero decir, mírala, no puede ser tan mayor ¿cuándo la recibiste? ¿ayer? Vete de aquí antes que acabemos contigo.
—Están alterando el orden en el reino, les pido que regresen a sus hogares o lo haré yo, con una multa —repetí por enésima vez. Eran unas niñas, no podía hacer nada contra ellas más que arrastrarlas hasta sus casas y dejar que sus familias lidiaran con su comportamiento. En ocasiones la perspectiva de un severo recibimiento en casa era suficiente para calmar aquellas fieras, pero la suerte no estaba de mi lado esa noche.
—¿La escucharon? Hogar, que sabrás tú de hogar, seguro que tus madres te esperan con una cama cálida y el desayuno listo en casa. A mí no me espera nadie.
Observé con satisfacción que el grupo de rebeldes empezaba a dispersarse a espaldas de su cabecilla. La chica de cabello negro ondulado continuaba hablando y jactándose a viva voz de su valor y de cómo mi vida era mejor que la de ella. Me crucé de brazos y la dejé hablar, sus frases enviaban certeras puñaladas a mi pecho, pero lo ignoré.
Muchas personas tendían a ignorar lo que ocurría en la mayor parte de Lerei. A ningún poblador del interior le importaron alguna vez los ataques en el poblado de Cyril, por eso no me sorprendía que ya ninguna mujer hablara de las grandes batallas, ni de los sacrificios hechos. No, ahora todos hablaban de la paz y de las nuevas alianzas, del perdón y del progreso ¿acaso eran conscientes de la sangre que se había derramado? ¿cómo podían perdonar algo así?
—¡No me ignores! —Un fuerte empujón me sacó de mis cavilaciones. Allí estaba la pequeña borracha. Miró a su alrededor, de seguro esperaba encontrar a su banda de delincuentes juveniles, así que palideció al verse sola.
—Acabas de agredir a una guerrera de la frontera, sabes lo que eso significa —dije. Sus ojos oscuros brillaron por unos segundos cargados de miedo, luego volvieron a su naturaleza apagada y soberbia.
—Soy menor, no puedes hacerme nada —chistó irguiéndose—. No puedes levantar tu espada contra mí.
—No, pero puedo llevarte con tus padres y contarles lo que has hecho esta noche. Quizás pueda orientarlos un poco respecto a lo que deben hacer contigo, mocosa.
—¡No me escuchaste! Maldita sorda, yo no tengo padres, ni madres, ni nada —pateó mis pantorrillas y se enfrentó al frío y duro acero. Aproveché su sorpresa y dolor para reducirla y atar sus manos detrás de su espalda.
—Entonces te llevaré al orfanato, donde tu tutora se encargará de ti —recité.
Tiré de ella y la hice avanzar a mi lado, con una mano sujetaba la cuerda que unía sus muñecas y con la otra abrazaba mi daga. No había peligro para mí, pero si para una mocosa como ella. A veces los hombres se confiaban de sus nuevas libertades y olvidaban su lugar en este reino.
—Tu nombre, delincuente —exigí luego de un rato.
—Que te den.
—Será mucho peor para ti si no cooperas, es mi palabra contra la tuya y mi imaginación es muy amplia ¿a quién creerá tu tutora?
—Pfff, me llamo Steina. Un placer conocerte, abusadora de tu cargo —respondió con sorna.
—Me llamo Axelia y no abuso de mi cargo, solo cumplo con mi deber. —Tiré de las cuerdas para drenar la ira que burbujeaba en mi interior. Cada noche debía enfrentar jovencitas impertinentes, borrachos soberbios y pequeños ladronzuelos ¿dónde estaba la gloria en eso?
—Deber que ha sido menospreciado por la nueva reina y su consorte ¿no lo crees?
—Calla y avanza.
—Solo piénsalo, es todo lo que pido.
Sacudí mi cabeza, no tenía que pedirlo, yo ya lo pensaba, lo pensaba una gran parte de la población en Calixtho, hablar en voz alta de tales ideas podía ser considerado traición y por muy aburrida y traicionada que pudiera sentirme, no iba a actuar contra el regalo más valioso que me habían dado mis madres, no sería una idiota más.
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