Primera sangre
No existe lugar más ruidoso en este mundo que una batalla. Las espadas estallan unas contra otras; las armaduras chocan y cantan como campanas; los caballos resoplan, relinchan y golpean el suelo con sus cascos y las personas, ellas gritan como si no hubiera un mañana y tienen razón en hacerlo. Un paso en falso y todo termina, tu cuerpo queda sobre el barro sanguinolento, pisoteado por amigos y enemigos, una trampa mortal para los más torpes y despistados y una buena cena para las aves carroñeras que revolotean sobre el campo de batalla a la espera del festín.
La estepa ofrecía muy poca protección ante una posible emboscada, apenas había arbustos y árboles pequeños alrededor. Sin embargo, los guerreros de Cathatica conocían su tierra, sabían cómo hacerse invisibles y yo había sido lo suficientemente tonta como para ignorar las constantes advertencias que mis sentidos me habían regalado.
Como siempre, fueron por el eslabón más débil de la cadena. Algo que habíamos aprendido con creces en la Frontera era que éramos tan fuertes como nuestra guerrera más débil. Y esa realidad, por mucho que tratáramos de ignorarla y de ser «diferentes», llegaba a nosotras de una manera u otra y la débil del grupo o crecía de una vez o se alejaba para siempre.
Katri cayó de su caballo al instante. Por mi parte, en cuanto sentí los pasos apresurados, desenvainé y golpeé. Un grito ahogado y una maldición fueron suficientes para indicarme que había dado en el objetivo. Giré mi caballo para enfrentar a mi siguiente oponente.
Eran guerreros de Cathatica, barbudos, enormes y con la piel visible pintada con carbón, ceniza y emplastos de hojas. Sus ropas mugrientas pasaban por rocas si se quedaban quietos y no llevaban armaduras que reflejaran el sol o cotas de malla que tintinearan al sol.
Me escurrí de su alcance al instante, en un enfrentamiento de fuerza bruta no llevaba la ventaja. Debía ser rápida y precisa. Un segundo guerrero se abalanzó sobre mí, me aparté de su camino, su espalda quedó al descubierto, giré sobre mí misma y dejé caer el filo de mi espada a lo largo de su espalda. Huesos, carne y músculos crujieron y cedieron ante el filo, el hombre se desparramó sobre el suelo.
Eché un vistazo en dirección a Kay, con su daga acababa de apuñalar en el estómago a uno de sus atacantes y había pateado a un segundo en la entrepierna. Con la velocidad de un rayo deslizó su espada por el cuello de este y terminó su miseria.
Katri era otra historia. Luchaba por levantarse, se las había arreglado para desenvainar y la espada en ristre era lo único que mantenía a su atacante lejos de sus puntos vitales. Podía ver cómo su piel se encontraba pálida y sus ojos desorbitados, pero no podía hacer nada. Un tercer atacante se acercó a mí cargando como un toro furioso. Debí hacerle frente con mi espada, atrapé el mango de su hacha con la guarda y con una palanca simple doblé sus brazos, una patada a la rodilla lo derribó. Desenvainé mi daga y la clavé en su cuello.
No me detuve a recuperar mi daga, me acerqué al atacante de Katri por su espalda, estaba muy ocupado dando golpes con su propia espada tratando de vencer sus defensas como para notar mi existencia. Sujeté el cuello de su abrigo, tiré de él y dejé que todo su peso cayera sobre la punta de mi espada. Un gorgoteo y sus piernas cediendo bajo su cuerpo me indicaron que estaba acabado, lo liberé antes que su peso me arrastrara y pateé sus costillas para evitar que cayera sobre Katri.
Ella logró alejarse empujándose con sus piernas. Ahora que estaba más cerca podía ver que sus labios temblaban y su frente estaba perlada de sudor. Sujeté su brazo y la obligué a levantarse. No podía llevarnos a la muerte.
—Esto era lo que querías, toma tu espada y lucha de una vez, cobarde.
No me quedé a escuchar su respuesta. Kay se encontraba rodeada por tres guerreros y parecía tener problemas. Me encargué de uno de manera similar a cómo lo había hecho con el atacante de Katri, dejé que cayera sobre su compañero, desequilibrando sus piernas y dando oportunidad a Kay de lanzar la estocada final.
El tercero gimoteó, su espada cayó de su mano antes que pudiéramos encargarnos de él. La espada de Katri sobresalía de su estómago. Trató de golpearla con el codo, ella giró la hoja y retiró la espada con dificultad. Un chorro de sangre y bilis se desparramó sobre el suelo. El guerrero luchó por tenerse en pie y se lanzó sobre Kay, ella se limitó a dar un paso a un lado y hacerle tropezar con el pie. El suelo tembló al recibir todo su peso de improviso.
Al ver esto, el último atacante dio media vuelta y trató de regresar por donde había venido. Kay recuperó un hacha del suelo y la arrojó con precisión. El guerrero cayó a pocos metros de distancia, con el mango sobresaliendo de su espalda.
—Acaba con él, Katri —dijo Kay sobre los gemidos lastimeros del guerrero que aún quedaba con vida y yacía entre nosotras derrotado—. No le dejes sufrir.
Katri se encontraba paralizada, la energía que la había motivado a moverse la había abandonado. Sin embargo, tomó su espada, la giró y sostuvo sobre la nuca del moribundo. Apenas se movía y, sin embargo, todavía se podía escuchar su llanto lastimero. La espada cayó con fuerza sobre el cuello de aquel hombre y solo quedó el silencio, solo roto por el silbido del viento.
—Llevémoslos fuera del camino, Axelia —ordenó Kay—. Katri, cubre la sangre con tierra del camino. Debemos alejarnos de inmediato y cubrir nuestro rastro.
Así lo hicimos, recuperamos nuestros caballos y reanudamos la marcha. No había tiempo de tomar un respiro o dar rienda suelta a los sentimientos y dudas. Cabalgamos durante el resto del día, las montañas se notaban cada vez más cercanas y, aun así, continuaban inalcanzables. Al sol le faltaba un palmo para llegar al horizonte cuando Kay nos guio fuera del camino, a un pequeño grupo de árboles bajos y matorrales excesivamente verdes que nos servirían de cobijo y quizás, de fuente de agua.
Kay no se equivocó, el lugar era alimentado por un delgado arroyo que parecía provenir de las montañas y que se empozaba en lo que parecía una laguna de reducidas proporciones. Katri estuvo a punto de desplomarse junto a un árbol, pero Kay la detuvo sujetándola del cuello del abrigo.
—Nada de eso, retira las bridas de los caballos para que beban algo de agua y luego átalos a un árbol que cuente con hierba fresca alrededor. Deben descansar y comer.
Katri le dirigió una mirada envenenada y petulante, pero la actitud de Kay no daba lugar a réplicas. Por un segundo había olvidado que ella también se había entrenado en la frontera y podía echar mano de esos conocimientos cuando fuera necesario. Katri liberó a los caballos y cumplió con sus obligaciones mientras Kay se dedicaba a preparar una tienda improvisada con las pieles. Yo construí una pequeña fogata enterrada. Era algo sencillo, un agujero en la tierra que conectaba a otros dos, uno servía como fuente de aire y otro permitía alimentar con leña el fuego. La llama quedaba cubierta y era difícil de identificar en la noche.
En cuanto terminó con sus labores, Katri tomó asiento a mi lado. Llevaba las manos y el rostro manchados de sangre y aunque ya no temblaba tanto podía ver que se encontraba afectada.
—Mira el lado bueno —repuse—. Sobreviviste tu primera escaramuza.
—Déjate de bromas —masculló—. Fui una tonta. No pertenezco aquí, las aventuras no son para mí y ahora estoy atrapada. —Empezó a rascar con sus uñas la punta de sus dedos.
—No eres tonta, eres joven —dije—. Que a fin de cuentas deberían ser sinónimos —bromeé—. Ven, lávate un poco en la laguna, pero no bebas nada.
Tomé una de sus manos para evitar que se hiciera daño y tiré de ella hacia la orilla de la laguna. Resbaló un poco en las rocas cubiertas de musgo y algas, pero me obedeció. Se agachó sobre el agua, se quitó los guanteletes y procedió a lavarse las manos a conciencia.
—El rostro también, Katri —le recordé—. Y el cuello.
Procedí a retirar mis propios guanteletes, la capa y el abrigo. Arremangué la cota de malla y el gambesón y retiré hasta el último vestigio de violencia que quedaba sobre mi piel. Sumergí unos segundos mi rostro en el agua, su mordida helada me regresó a la realidad y redujo los latidos de mi corazón. Levanté el rostro, aparté el agua de mis ojos con una mano y dejé escapar un suspiro que terminó de llevarse toda la tensión. Giré y me encontré los ojos de Katri fijos en mí.
—¿Qué?
—No lo entiendo —susurró—. Acabaste con poco más de cinco vidas y estás aquí, tan tranquila después de lavarte la cara con agua fría.
—Dicho así parezco desalmada —dije—. No, Katri, no es que esté tranquila, es que sobrevivimos a una emboscada y eran ellos o nosotras. Cuando eso ocurre no hay lugar para contemplaciones. No me malentiendas, es malo matar, es algo terrible. —Negué con la cabeza—. Pero es necesario. Aquellos hombres dedicaron su vida a las armas, igual que nosotras, y murieron con y por ellas.
—Volverá a ocurrir, Katri —intervino Kay—. Y debes estar preparada para ello. Se hace más fácil con el tiempo —admitió—. Tienes que desarrollar tu propia creencia al respecto, puedes decidir llevar el peso de cada muerte seguirá sobre tus hombros cada día de tu vida o bien, tomarlo como algo necesario. En el frenesí de una batalla no tienes mucho tiempo para ver el rostro de tu enemigo, es la muerte contra ti. Tú decides, pero no debes dejar que te detenga.
Katri asintió, observó el agua unos instantes, luego se quitó el abrigo y sumergió el rostro en ella. Cuando emergió se le notaba un poco más calmada. Sus ojos ya no se notaban perdidos, sus manos todavía temblaban, así como sus brazos, pero era algo esperable después de una batalla.
—Creo que me hirieron —admitió luego de un rato.
Se quitó la bota y levantó la pernera de su pantalón entre protestas y maldiciones. Sobre la piel de su pantorrilla brillaba un corte que recorría desde la rodilla hasta el tobillo. Era todo un tajo, uno que pudo haberla incapacitado de no ser por el cuero en sus pantalones y bota. Me abofeteé mentalmente, debía haber sido más cuidadosa con ella. Era su primera batalla, de seguro todavía seguía sumida en el calor y no había terminado de notar sus lesiones.
La herida parecía sangrar poco, la bota y el pantalón tenían manchas escasas. Sin embargo, ahora lo hacía con mayor intensidad. Katri palideció y mordió su labio inferior, tomó una de mis manos y me dirigió una mirada llena de terror. Podía sentir su piel tornarse pegajosa y helada, para mi horror, sus labios empezaron a palidecer y el agua que chorreaba por su cara se mezcló con algunas gotas de sudor. Traté de liberar mi mano para ayudarla, pero negó con fuerza y descansó su frente en mi antebrazo.
—Voy a morir —gimió.
—Es normal, una vez pasa toda la acción, el cuerpo se relaja y es ahí cuando puedes desangrarte —explicó Kay mientras examinaba de cerca la lesión. Acarició la mejilla de Katri con suavidad casi maternal—. Puedo asegurarte que este no es tu momento. —Enseñó a Katri el retazo de lino que llevaba en sus manos, la chica asintió, Kay vendó con cuidado la herida y revolvió con afecto el cabello de Katri al terminar—. Herviré un poco de agua para lavarla y cambiar el vendaje. No confío mucho en el agua de esa laguna.
Hice el ademán de levantarme a ayudar, pero Katri continuaba aferrada a mí. Kay agitó una mano para desestimar mi ayuda y se concentró en preparar la cena y hervir el agua.
—No estoy hecha para esto —murmuró para sí.
—Pues tienes que seguir adelante, no es como si pudieras regresar ahora —respondí.
—Claro que puedo regresar, conozco el camino. Solo tendré que soportar los regaños de mis padres y la deshonra de no estar comprometida, a mi edad —masticó las últimas tres palabras.
—No puedes viajar sola, Katri, menos en estas tierras, podrían ocurrirte cosas indecibles.
—Cosas indecibles me ocurrirán si sigo con ustedes —protestó y elevó un poco su pierna para enfatizar su idea.
—¿Por una vez podrías tomar una decisión sin pensar en ti? —dije con hastío, Katri se incorporó y me miró a los ojos con una mezcla de incredulidad y hostilidad en su rostro—. Sí, todas tus decisiones son egoístas, primero dejas tu hogar porque quieres aventuras, luego que descubres que no es tan glamuroso y que puedes resultar herida, quieres regresar a las faldas de tu madre, sin importarte nada, ni lo preocupadas que podríamos quedar ni como eso podría distraernos de nuestra verdadera misión.
La observé boquear con satisfacción. Por fin había logrado ponerla en su lugar. Era una mocosa caprichosa que no había comprendido aún el peso de sus decisiones y cuando por fin había tenido un atisbo de ello, solo pensaba en escapar.
—Eres una mujer adulta, Katri, te toca aceptar y vivir con la consecuencia de tus decisiones, no puedes escapar cada vez que las cosas se pongan difíciles o no te gusten.
—Si nunca escapo del hogar familiar, ¿cómo podría crecer? —inquirió con desdén—. Parecías aceptar ese tipo de escape, ¿no?
—Hay ocasiones en las que es lo mejor que puedes hacer y otras en las que debes aguantar.
—¿Cómo puedo saber la diferencia?
—Lo da la experiencia —dijo Kay tirando un conejo en nuestra dirección—. En ocasiones solo sabes que tienes que alejarte porque es lo mejor para tu vida y otras, es simplemente cobardía y ganas de no enfrentar las consecuencias de tus actos.
Atrapé el conejo a medio vuelo. Estaba sin preparar y aún se encontraba tibio. Casi sin pensarlo empecé a limpiarlo. Katri se dejó caer a un lado y descansó las manos detrás de la cabeza. Podía ver el fastidio escrito en cada línea de su rostro. Sonreí, podía empatizar con la sensación. Ese odio a los sermones de los adultos que no parecen entender tus ideas y motivaciones, esos sueños que lo parecen todo y que de un momento a otro se convierten en montañas imposibles de escalar y de las que es más fácil huir. Como todos en su momento, Katri lo entendería, lo superaría y con suerte, continuaría su viaje junto a nosotras.
Había experimentado algo muy similar en mi primera noche en la frontera. Sin armas, sin tiendas para dormir, con el ego y el cuerpo magullado y el hambre devorando mi abdomen desde el interior, había deseado huir, regresar a casa, aceptar las palabras de Demian y solicitar mi traslado a otro componente del ejército. Vivir en paz, olvidar por completo mi sentir, desterrar para siempre el ansia de venganza y gloria que los recuerdos de mis madres traían a mi corazón.
De alguna manera sobreviví las primeras noches, los primeros entrenamientos, recuperé mis armas y aunque las cosas tardaron en mejorar, encontré mi camino entre la camaradería de mis compañeras y los retos que superaba día a día.
Un tirón a mi abrigo me regresó a la realidad. Katri aferraba de nuevo mi brazo mientras Kay lavaba con brío la herida. El agua sanguinolenta formaba remolinos sobre la piel pálida y trémula de Katri para luego perderse en la tierra oscura y suave.
—Sanará enseguida, es poco más que un rasguño y tendrás una cicatriz que presumir —dijo Kay con tono risueño.
Katri no dejaba de morderse el labio inferior, si seguía así se lo arrancaría con los dientes y aunque podía entender su nula resistencia al dolor, más le valía acostumbrarse pronto.
—Solo no cuentes cómo te la hiciste —bromeé mientras liberaba su labio de la firme presa de sus dientes. Era suave, turgente, si no conociera su origen, habría pensado que se trataba de la piel de una princesa que jamás había abandonado su palacio ni enfrentado las durezas del frío y la naturaleza.
—No tenía pensado hacerlo —respondió con las mejillas sonrojadas. No apartó mi mano, solo me dedicó una expresión casi aterciopelada. Mis dedos se apartaron con lentitud y una punzada en mi pecho me recordó que era demasiado pronto, que la estaba olvidando, que quizás estaba siguiendo con mi vida demasiado de prisa.
Dejé que el peso de mi cuerpo y mis pensamientos me llevaran al suelo. Katri me imitó y Kay solo se llevó el conejo para asarlo a una sabia distancia de nosotras. Pude ver que sus ojos habían brillado presa de la picardía alimentada por la sabiduría que solo los viejos parecen tener. Un ramalazo de ira, vergüenza e incordio vibró en mi pecho, pero los otros sentimientos que se arremolinaban en él eran más importantes.
Erika era de Cathatica, habría pensado que estaba bien seguir adelante, que no había razones para guardar luto en una vida tan corta y peligrosa como la que yo llevaba y tenía razón. La frontera estaba llena de las relaciones más intensas que había podido presenciar en Calixtho, las guerreras amaban a sus parejas con locura, las defendían hasta el último de sus alientos y estaban dispuestas a dar mucho más que la vida por ellas, pero también se levantaban después de la pérdida.
Secaban sus lágrimas, seguían adelante, había quienes se permitían amar de nuevo con la misma intensidad, mientras que otras se limitaban a experimentar mucho más, a perderse en la inmediatez, porque la muerte estaba allí, respirándoles en la nuca, incluso cuando el peligro ya no era tan grande como en el pasado.
Katri escogió ese momento para deslizarse sobre mi brazo extendido y acurrucarse junto a mi costado. Una brisa ligera trajo a mi nariz el aroma a pino y mar de su cabello. Rodeé su cuerpo con mi brazo y me permití percibir su suavidad, así como la dureza que poco a poco ganaba terreno a sus curvas. Mi corazón suspiró en un estallido de calidez que me hizo jadear, dolía y a la vez, se sentía bien, una dualidad que solo había experimentado en los momentos más candentes e íntimos de mi vida y nunca en medio de un bosque, en tierras enemigas y en medio de una misión suicida.
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