Nombramientos
En cuanto Shawna terminó de impartir justicia Judithe reunió a la cohorte. Todas se encontraban tan pálidas como un algodón, algunas temblaban y otras parecían estar a punto de vomitar. Estaba casi segura que la historia de lo ocurrido a quienes habíamos sido dejadas atrás ya era conocida y que el haber presenciado los castigos de Beyla y Styr no había ayudado a sus débiles espíritus.
—Guerreras. —La atronadora voz de Judithe rompió el pesado silencio que descansaba sobre nuestros hombros—. Sí. Guerreras. Hoy dejan de ser reclutas para convertirse en guerreras. Mucho me temo que es hora de dejar atrás los pañales y el regazo de sus madres para aceptar con orgullo su deber para con el reino que las vio nacer.
Shawna asintió detrás de ella y se cruzó de brazos. Evaluó a la cohorte con una mirada gélida y algunas chicas se encogieron en su lugar. Pude identificar a algunas de las que habían tenido la suerte de dormir en la taberna. Cobardes.
—Llegó la hora de dejar los juegos infantiles y las enemistades absurdas de la juventud. Quienes están a su lado son sus hermanas, a quienes pueden confiar sus vidas y por quienes deben morir de ser necesario.
No pude contener una sonrisa irónica. ¿Morir por las idiotas que casi me quemaban viva? Algunas de las responsables giraron a mirarme, en sus ojos brillaba la vergüenza. Levanté el mentón y enfoqué la mirada en nuestra comandante, ellas no merecían siquiera un vistazo de mi parte. No eran dignas de mí ni de mi espada.
—Es momento de ser valientes. Un arma desconocida, capaz de acabar con cohortes enteras ha llegado a nuestro reino. —Caminó de un lado a otro sumida en sus pensamientos—. No podemos permitir que avance hasta Ka, debemos detenerla.
Un murmullo colectivo interrumpió sus palabras. El miedo a la muerte acabó con cualquier esfuerzo por mantener la marcialidad y el control que pudieran tener mis compañeras. Noté que, de nuevo, las responsables del desorden eran las que se habían quedado con Judithe. Cobardes, malditas cobardes. ¿Qué tenían que temer? ¿Habían conocido acaso la muerte? ¿La habían enfrentado? Quienes se habían quedado conmigo temían, podía verlo en sus ojos, pero también estaban decididas a luchar, se leía en sus puños cerrados, en sus mejillas sonrojadas y en sus músculos tensos.
Shawna dio un paso al frente y en instantes el orden regresó a la cohorte. Las filas parecían trazadas con una regla y las espaldas no podían estar más rectas. Aquella mujer emanaba un aire de severidad y poder que era imposible de ignorar. Era una buena segunda, una comandante como ella impartiría demasiado miedo como para dirigir a una tropa de reclutas con eficiencia.
Judithe le agradeció con una mirada rápida y regresó su atención a la cohorte. Descansó su mano sobre el pomo de su espada y miró hacia el cielo por unos instantes. Podía ver como le costaba sacar de su garganta las órdenes necesarias para avanzar. No podía culparla, en su consciencia se encontraba cada una de nuestras vidas y lamentablemente, decidiera lo que decidiera, nos enviaría a nuestra muerte.
—He tomado una decisión —dijo al fin—. Debemos dividirnos, un grupo irá junto a Shawna y realizará redadas en los poblados cercanos, cualquier información que puedan recopilar será de vital importancia para hacer frente al enemigo. Las demás nos dirigiremos a la ciudad y colaboraremos con cualquier esfuerzo de resistencia contra tan monstruosa arma.
Pude ver como todas las chicas que me habían acompañado avanzaban hacia el frente de la formación. Una de ellas saludó y con voz segura, aunque temblorosa anunció sus intenciones:
—Nos ofrecemos voluntarias para ir detrás del arma, comandante.
Judithe negó con la cabeza y antes que la chica y sus acompañantes protestaran, alzó una mano para pedir silencio.
—No. Lo hacen motivadas por la venganza y no existe peor consejera. Todas ustedes acompañarán a Shawna a los poblados. Si bien no es un ambiente tranquilo y seguro, necesitan un cambio de aires. No pueden perseguir a nuestros enemigos, no están listas para ello.
Sus palabras retorcieron mi estómago. Por supuesto que deseaba venganza sobre aquella arma, sin embargo, no podía quejarme. No podía hacer nada contra ella, las ordenes de Kirstia habían sido más que claras.
—Comandante, no puede pedirles a cobardes que la acompañen —dijo la chica mientras señalaba a su espalda—. Ellas no han enfrentado el arma, se paralizarán al verla, no tendrán oportunidad.
—Y ustedes se lanzarán de cabeza contra ella y tampoco la tendrán —suspiró Judithe—. Mi decisión es final. Marcharán con Shawna y la que se niegue a hacerlo será juzgada por traición —dijo con dureza.
Estaba por rechinar mis dientes y patear el suelo, aunque fuera un poco, cuando Judithe interrumpió mis pensamientos.
—Solo me acompañará Steina y a quien ella elija para ser sus compañeras —dijo con voz atronadora—. Su desempeño en el campo de batalla ha sido ejemplar, es una guerrera nata, valiente y sabia. Una guerrera que merece toda la gloria y el honor que vienen con el título de teniente del ejército interno.
Después de sus palabras el silencio dominó el lugar. Pude sentir palmadas en mis hombros y un abrazo afable de parte de Kalyca, pero poco más. Teniente, yo, una recluta. Manos que apenas podía identificar me empujaron hacia Judithe. Como pude recuperé el equilibrio y me detuve frente a ella. Con la torpeza de una novata saludé y bajé la cabeza. Si antes respondía ante ella, ahora le debía mi vida, y mi lealtad.
Sus dedos se dirigieron a los simples broches de acero que sujetaban mi capa mugrienta. Sin mucha ceremonia la dejó caer al suelo. Pude escuchar como el pesado material impactaba contra el suelo húmedo del bosque, casi sentí lástima por ella, me había acompañado durante días y noches, había bebido mi sangre y la de incontables guerreras. Quizás si lo pedía, se me permitiría conservarla.
El tiempo se detuvo en cuanto Shawna se acercó con una capa roja cuidadosamente doblada sobre sus brazos. Pude ver los broches de bronce brillar sobre ella. Teniente. Los dos escudos de bronce estaban rodeados por tres anillos del mismo material y en su interior brillaba una única flecha de plata. Mi estómago se revolvió y mis labios se congelaron. No podía evitar imaginarlos cubiertos de sangre y lodo, arrullados por los gritos de guerra y dolor y los suspiros de la rendición.
Judithe extendió la capa sobre mis hombros. Pude ver como su sombra se extendía sobre mí y su peso descasaba sobre mis hombros aún antes de caer sobre ellos. El material se posó sobre mis hombros, olía a piel y lana, brillaba al sol como una herida abierta en pleno pecho. Judithe ajustó los broches sobre mis clavículas y los unió con una sencilla cadena de plata. Me asfixiaba, sentía que no podía llevar el oxígeno suficiente a mis pulmones, por suerte mi voluntad y deseo de evitar el ridículo ganaron y logré mantener mis manos a ambos lados de mis muslos.
—Esto rara vez ha ocurrido, es un honor reservado para reclutas que han destacado en el campo de batalla —empezó Judithe—. Que este logro no te ciegue, Steina, que sirva para guiar tus pasos por un sendero de rectitud y te ayude a tomar las mejores decisiones para el futuro de nuestro reino.
Me las arreglé para abandonar el estupor que me ahogaba y saludar. ¿Qué se hacía en un momento como este?, ¿cuál era el protocolo?, ¿debía decir algunas palabras? Mis labios parecían estar cosidos entre sí. Judithe me miró con cierto aire de orgullo maternal, dejó caer una mano sobre mi hombro y me giró con suavidad para enfrentar a mis compañeras.
Evité sus miradas. Una parte de mí deseaba mirarlas con suficiencia, burlarme de ellas por todo lo que me habían hecho pasar y por sus dudas, pero la capa pesaba demasiado y me obligaba a mantener la cabeza agachada y la mirada clavada en la hierba y el lodo. Tenía sentido, me dije, era una traidora y ese era mi lugar por ahora.
—Como teniente tu primer deber es elegir a tu equipo, Steina. Elige a las chicas que te acompañarán a la ciudad, incluso sí enfrentaron el arma. Deben ser de tu absoluta confianza y contar con las habilidades necesarias para superar las duras pruebas que nos aguardan.
Sabía a quienes elegir, sabía en quien confiar, al menos por ahora; de lo que no estaba segura era de su reacción o si estarían de acuerdo con mi decisión.
—Quien sea que elijas, estará de acuerdo contigo. La confianza es un camino de dos vías, Steina —dijo Judithe como si me leyera la mente—. Es una elección difícil, pero debe ser tomada. De ahora en adelante tomarás decisiones que afectarán la vida de quienes te rodean y eso no debe detenerte.
Tomé aire, mi cabeza todavía parecía pesar una tonelada. Sin embargo, no tenía opción. Mis ojos se encontraron de inmediato con los de Kalyca. Ella se limitó a asentir, a su lado, Tessa le imitó. Var solo se encogió de hombros. Bien, estaban de acuerdo con esto, quizás no con mis planes, pero sí con la decisión que acababa de tomar.
—Kalyca, Tessa y Var, ellas me acompañaron en este viaje, comandante —dije con la voz ronca—. Sus consejos y apoyo fueron vitales para mí.
—Así será —aceptó la comandante. Luego hizo un gesto a Shawna, quien de inmediato se dirigió a las filas y empezó a separar a la cohorte en dos grupos.
Miré a quienes nos acompañarían, con la excepción de mis compañeras, todas parecían un grupo de niñas aterradas. Sin experiencia de batalla, novatas que con toda certeza aún se cortaban las manos al envainar sus espadas. Tendríamos suerte si logramos representar algún cambio en la batalla contra aquel artilugio y eso si no llegábamos demasiado tarde. Contuve un suspiro y controlé mi expresión lo mejor que pude mientras tomaba mi lugar fuera de las filas y a la derecha de la cohorte. Sopesé por un momento el simbolismo detrás de aquella posición. Me encontraba junto a ellas y enfrentaríamos los peligros juntas, pero ya no formaba parte del grupo. Por un instante me atacó una sensación de soledad y el suelo desapareció bajo mis pies.
—Recojan todo, partiremos de inmediato —ordenó Judithe.
Sus palabras me ayudaron a regresar a la realidad. De inmediato di media vuelta para reunirme con mis compañeras, pero ella me detuvo con una mano en mi hombro. Por un instante sus ojos brillaron llenos de compasión, sentimiento que no tardó en enmascarar con comprensión y luego, con firmeza y resolución.
—Tú no, descansa.
Era una orden, no una sugerencia. Asentí y me alejé del grupo, mis pies se movían por cuenta propia, no los sentía ni podía controlarlos. No me detuve hasta encontrarme en lejos, en medio de un grupo de árboles y arbustos lo suficientemente densos como para ocultarme, pero no para evitar que escuchara el silencioso desorden de un campamento al ser levantado.
Los árboles de aquel lugar parecían empapados en magia. El aire se sentía limpio, fresco. Podía respirar mejor e incluso, me sentía libre. La sensación duró poco, en cuanto estiré mis brazos para liberar la tensión que me agobiaba fui consciente de los broches que ceñían mi capa. Los acaricié con las yemas de mis dedos, el acabado era impecable, liso, sin imperfección alguna. Dignos de alguien de confianza, de alguien dispuesto a trabajar por el futuro de Calixtho.
¿Acaso no era yo esa persona? Iba a luchar por un Calixtho nuevo, un reino digno de gloria y no el nido de burguesas y tiranas en el que se había convertido. Podía vestir sus colores e insignias, pero no servía a ellas, servía a algo mucho más grande. No había espacio para las dudas o la culpa, Judithe, Shawna, mis compañeras, todas servían al orden establecido, al supuesto progreso instaurado por tiranas que despreciaban nuestro glorioso pasado.
¿Qué más daba el origen del arma? Utilizaríamos a las burguesas y su terrible invento, las desenmascararíamos, ese debía de ser el plan. Por eso habíamos permitido el paso del arma, tampoco es que tuviéramos otra opción, ¿o sí?
Luego estaban los efectos colaterales del arma. Debido a su ruta, todas creían que provenía de Luthier. Por fin las consecuencias de su absurda decisión les estaba explotando en la cara. No era una verdadera traición, pero era el llamado de atención que necesitaban y el castigo que merecían por su traición. Siglos luchando contra ellos, decenas de miles de muertos en batallas, ¿solo para perdonarlos y limitarnos a entregarles un rey que pudiéramos controlar? No era justo.
Cressida por fin sería vengada, mi casa dejaría de ser una mancha en un reino que no la había apreciado lo suficiente. Mis madres habían apoyado el lado correcto y habían pagado el precio. Yo cobraría con intereses.
Pesados pasos rompieron el silencio del lugar. Sentí una dura mano sobre mis hombros y la imponente, pero tierna presencia de Judithe. Era una mujer con la suficiente suavidad como para recibir con el cariño de una madre a un grupo de revoltosas jóvenes apenas salidas de la niñez y la severidad adecuada para transformarlas en guerreras dispuestas a morir por su reino. Una excelente maestra en tiempos de paz, pero no para la guerra.
—Lamento haber depositado esta carga sobre tus hombros, Steina. En ocasiones los ascensos son un premio inmerecido.
—Es un cargo que sabré honrar.
—Sé que darás lo mejor de ti. Sin embargo, no permitas que esta carga descanse solo sobre tus hombros, elegiste a tres maravillosas compañeras para compartirla. No lo olvides.
Sonreí, mi carga no podía dejarla sobre esos hombros amigos. No con sus convicciones y lealtad a la actual corona. Judithe malinterpretó mi sonrisa y dio un par de palmaditas a mi hombro.
—Vamos, ya está todo empacado y debemos de hacer una parada en la fortaleza principal de Lerei para dejar a ciertas traidoras a su cargo. Estoy segura que se divertirán durante su recuperación. Las guerreras de la frontera no aprecian a quienes maltratan a sus compañeras, incluso si se trata de simples rencillas juveniles.
—Estoy segura que aprenderán una valiosa lección —mascullé con amargura. Quemarme viva junto a un grupo de inocentes no era algo que yo clasificaría como una «simple rencilla juvenil», por suerte, ese ya no era mi problema.
Abandonamos el grupo de árboles para encontrarnos con los caballos listos para viaje. No había suficientes para todas, por lo que habían dejado todos los bártulos de campamento al grupo responsable de las redadas y habían dejado libre dos carretas para transportar a las guerreras a las que no les habían asignado caballos. Necesitábamos ser rápidas y las comodidades de un campamento no eran prioritarias.
Subí a mi caballo y de inmediato me vi flanqueada por Kalyca y Var. Tessa se ubicó a mi retaguardia, no sujetaba las riendas y se dedicaba a limpiar sus gafas con esmero. El gesto la hacía ver mayor, más segura. Un vistazo a mis otras dos compañeras me demostró que todas habíamos envejecido un buen par de años.
—Nos has abierto el camino a una carrera exitosa, Steina, ¿quién lo hubiera imaginado? —dijo Var en cuanto empezamos a avanzar.
—Y destruiste para siempre la carrera del par de estúpidas de la cohorte. Y todo sin proponértelo —agregó Kalyca mientras señalaba con descaro a la carreta donde Beyla y Styr trataban de ocupar el menor espacio posible y de que sus espaldas tocaran cualquier superficie, algo complicado en un suelo tan irregular como el del bosque. Quienes tenían la dicha de compartir su carrera las ignoraban e incluso, preferían sentarse apretujadas y casi unas sobre otras a estar cerca de ellas.
—Es el precio a pagar por la traición. Se supone que como guerreras somos hermanas. No atacas a tu propia sangre —dije con firmeza.
Al terminar de hablar la bilis subió a mi garganta. Lo que yo hacía podía clasificarse como traición, si todo fallaba y se conocía mi participación, perdería la cabeza sin remedio. Si tenían piedad por mi edad y no perdía mi libertad, sería marginada por siempre, tendría que vivir en la miseria del exilio.
No fallaría, me dije. Nuestro plan no fallaría. Incluso si lo desconocía, sabía que detrás se encontraban poderosas jefas de casa, mujeres con la convicción de regresar a Calixtho a su antigua gloria. Jugaban con las burguesas y las reinas como si estas no fueran más que marionetas. Todo acabaría para ellas y nosotras nos alzaríamos victoriosas.
Conforme nos acercábamos a las gigantescas puertas de roble y acero de la muralla exterior el miedo se apoderó del grupo. Estábamos lo suficientemente cerca como para ver cómo la madera exterior se encontraba reducida a astillas y dejaba ver su corazón y parte de las antorchas que empezaban a iluminar las calles de Lerei. Una de las puertas incluso colgaba de sus goznes.
—Si pudo derribar la puerta de la Gran Muralla Exterior, ¿de qué no será capaz el arma? —susurró una chica presa del miedo.
—La madera y el acero no pueden defenderse ni pensar. Nosotras sí y recibiremos apoyo. No podrán contra nosotras —respondió Judithe—. ¡Valor! Calixtho no se construyó sobre cobardes.
No pude evitar sonreír, cobardía, si no teníamos éxito, sería el verdadero fin de Calixtho. Por suerte había guerreras y nobles dispuestas a recuperar su antigua gloria, nuestro hogar solo necesitaba ser paciente.
No había guardias junto a la maltrecha puerta, hecho que hizo a Judithe fruncir el ceño y desenvainar su espada. Le imité y me ubiqué a su diestra. El arma era nuestra herramienta, pero no haría diferencia entre nuestra sangre y la de las reinas o la nobleza. Éramos sus enemigas, después de todo.
Cruzamos el umbral y nos encontramos con una imagen digna de una pesadilla. Las herraduras de mi caballo no golpeaban los adoquines de la calle con naturalidad, chapoteaban en un líquido cuyo olor conocía muy bien. Lerei estaba en silencio, aquí y allá podías ver figuras agachadas, cuerpos desperdigados, libres de toda atadura terrenal. No era la típica imagen de la derrota en batalla, no había techos en llamas, gritos y llantos, solo un abrumador silencio, sollozos ahogados que acariciaban nuestros oídos con sus afiladas uñas y el penetrante olor de la muerte.
—Supongo que ya no somos los refuerzos, comandante —murmuré.
Kirstia y su grupo habían dejado todo en manos de las burguesas, no iban a pelear contra esta monstruosidad. Eso podía entenderlo, pero, ¿cuántas muertes dejaría en su camino a Ka? Miré una capa oscura empapada en sangre y lodo ubicada a mi diestra. Quienes habían perdido sus vidas y quienes las perderían a futuro lo harían en nombre de las reinas y de Calixtho, ¿cómo reaccionarían las sobrevivientes cuando tomáramos el poder?, ¿tendríamos el apoyo suficiente para regresar el orden a un reino agobiado por el duelo?
Si lo pensaba bien, era una locura, una absoluta locura. Estaba dispuesta a realizar sacrificios por un nuevo y más poderoso Calixtho, pero, ¿de verdad este era el precio?
—Busquen sobrevivientes, averigüen qué pasó aquí. Si encuentran el arma, regresen de inmediato. No la enfrenten —siseó Judithe.
Quise reír, el arma de seguro había abandonado este desdichado pueblo. El silencio no era lo suyo. Aun así, me dirigí con cautela por las diferentes calles y callejuelas. Los sobrevivientes se encontraban tan agobiados por el dolor que se negaban a responder nuestras preguntas y se limitaban a asentir o negar con la cabeza, otros balbuceaban y algunos solo lloraban sin escucharnos.
Sangre y silencio eran nuestros únicos acompañantes en una búsqueda infructuosa. La noche terminó de adueñarse de un pueblo que ya se encontraba sumido en la oscuridad. Regresamos con Judithe, no era seguro disolver el grupo por mucho tiempo, de seguro nos haría tomar posiciones defensivas junto a la puerta por esta noche. Era todo lo que podíamos hacer por el pueblo.
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