La Prueba
Di un último vistazo a mi mochila, llevaba todo lo que pudiera necesitar y nada más, debía cargar con ella durante semanas, no quería tirar mis pertenencias por el camino. En la cama contigua Lynnae observaba mis movimientos como un halcón.
—No lo entiendo, mi redada fue más un paseo que otra cosa. Desde Calix hasta Casiopea, conocí el poblado de Nara, las montañas, crucé el paso hasta Lerei y desde allí regresamos a casa. ¿Por qué enviar a un grupo de chicas sin experiencia fuera de las murallas? No tiene sentido.
Sus últimas palabras ardieron en lo profundo de mi estómago, suprimí un gruñido mientras ataba las hebillas de mi mochila. No era ninguna inexperta, había sido entrenada con dureza y tenía tanta o más habilidad para el combate que ella. No tenía por qué juzgarme o subestimarme de esa manera.
—Yo también pienso que no tenemos nada que hacer fuera de las murallas salvo un paseo por el bosque —espeté—. Perfecto para unas novatas, ¿no crees?
—¡Oye! Yo... bueno —Lynnae mordió su labio y esquivó mi mirada—, solo estaba preocupada.
—Pues vaya forma de expresar tu preocupación —dije mientras rodaba los ojos. Quería expresar mi rabia ante sus palabras, dejar salir el veneno y la molestia que provocaban en mí, su presencia solo las acrecentaba—. Guarda tus opiniones para ti misma o vete.
Busqué mi peto y me dispuse a ajustarlo sobre mi torso. Las hebillas y cintas ajustaron a la perfección sobre mis costillas. Una sensación de irrefrenable protección me embargó, estaría a salvo siempre que lo llevara conmigo. Seguían las botas y las grebas, no fue difícil ajustarlas a mis pies, suaves y cómodas por el momento, sabía que serían un suplicio en cuanto avanzáramos un par de kilómetros.
Siguieron mi talabarte, mi espada y mi daga, dejé para el final los brazales y los guantes, maniobrar el resto de la armadura con ellos habría sido incómodo. Ajusté el primero sobre mi antebrazo izquierdo, pero atar las gruesas cuerdas de cuero era una tarea titánica para hacerlo con una mano.
—Permíteme —intervino Lynnae.
Quise negarme, no quería su ayuda. Suficiente tenía con saber que no me consideraba apta para dar un estúpido paseo fuera de las murallas. Sin embargo, sus manos sujetaron los dos lazos de cuero y tiraron de ellos hasta ajustar el brazal, luego dio forma a un nudo elegante y recogido.
Un feroz cosquilleo inició en mi cuello y viajó hasta mis mejillas, la piel bajo el brazal ardía ante los suaves tirones que daba Lynnae para ajustar aquel trozo de cuero y metal.
—Lo siento, Steina, no quería subestimarte —confesó mientras terminaba con el segundo nudo—. Es solo que no puedo evitar preocuparme. —Palmeó los brazales para indicarme que había terminado y yo solo le señalé los guanteletes. No quería perder su roce, ¿por qué no le había pedido ayuda antes?
—Supongo que está bien, igual no hay nada que temer —mentí. Podía sentir como mis rodillas temblaban dentro de mis pantalones. No sabía que esperar del exterior de las murallas y sus pequeños poblados marginados. Además, las palabras de Indira se repetían en mi mente como una tonada infantil: contrabando de armas.
—Espero que así sea —secundó luego de ajustar el segundo guantelete en mi mano. Al terminar mantuvo la mirada sobre el brillante acero y jugó con mis dedos—. Steina... yo... —suspiró y apartó un mechón de cabello de su rostro—. Sé lo que quieres de mí, pero yo no sé si desee lo mismo.
—Sé que deseas vengar a tu hermana y ayudar a que nuestra misión salga bien, lo entiendo, de verdad —mentí.
—No, no es eso —negó con la cabeza—, es solo que ha sido un tanto repentino y no sé si quiera...
—¿Repentino? Nos conocemos desde hace varios meses, te hice saber lo que sentía cuando iniciamos toda esta locura de la Palestra y las burguesas —protesté, no era justo. Ella no podía decir que había sido repentino, no podía—. Teníamos un trato.
—Y lo cumplí. Salimos juntas —sonrió con cierta timidez—, pero no sé si quiera algo...
—Oh, entiendo —aparté mi mano y formé un puño con ella junto a mi cadera, el contacto del duro cuero y el fantasma del acero actuaron como anclas perfectas a la realidad mientras mi corazón amenazaba con escapar por la ventana—, está bien, lo entiendo. —Di media vuelta y cargué la mochila a mi espalda, debía salir a la Palestra en unos minutos o llegaría tarde. Sí, eso era lo que importaba, nada más y mucho menos el agujero que se abría en mi pecho con cada latido de mi corazón.
—No, no lo haces. —Lynnae tomó mi mano y me obligó a girar para enfrentarla—. No sé en quien me convertiré cuando acuda a Erasti, Indira adelantó la fecha, partiré mañana y entrenaré con mi familia mientras estás fuera —negó con la cabeza—. No sé qué quedará de mí después de entrenar con mi casa, Steina. Justo ahora te gusta quien soy, pero, ¿te seguirá gustando la persona en la que me convertiré? No quiero empezar nada que pueda lamentar, ¿lo entiendes?
La expresión perseguida de su mirada, sus labios temblorosos y sus ojos anegados en lágrimas de miedo y dolor eran insoportables. Arrasaban con mis propios sentimientos y los convertían en una avalancha que arrastraba la poca claridad mental que quedaba en mí en esos momentos.
—Quédate con esto entonces. —Mi mano encontró refugio junto a su mejilla y mis dedos se enredaron en su cabello. No tuve que inclinarme demasiado, sus labios encontraron los míos justo a medio camino.
El contacto no fue como lo explicaban los libros de romance de la biblioteca, no había gritos en mi cerebro ni un incendio en mi vientre. Había un silencio ominoso y a la vez, un ensordecedor grito de alegría en mis oídos. Mi estómago daba vueltas en su lugar y una presión insoportable se había instalado en mi garganta, quería expresar la alegría y el placer que sus labios me estaban proporcionando. Era todo lo que había soñado y más. Nos separamos con un jadeo ahogado y unimos nuestras frentes.
—Si cuando regreses buscas algo así, sabrás que no has cambiado —susurré contra sus labios.
Apartarme se transformó de inmediato en un dolor casi físico. Mi corazón latió con fuerza a modo de protesta y mis ojos se nublaron por unos segundos.
—No estás atada, Steina —dijo antes que cruzara la puerta de nuestra habitación.
—¿Atada? —inquirí luchando contra la curiosidad de girarme a verla. No podría marchar si lo hacía.
—Sé cómo pueden ponerse las noches —dejó escapar una risita—. No te sientas atada a mí, disfruta de la experiencia.
—Lynnae, caminaremos kilómetros cada día, montaremos campamentos cada noche. No quedará energía para nada más —protesté.
—Solo hazme caso, odiaría que te perdieras de algo increíble solo por la promesa de algo que tal vez no ocurra —susurró con apremio—. No dejes de vivir por mí, no lo merezco.
Estaba por protestar, pero un vistazo a la penumbra del amanecer me recordó que ya iba tarde. Negué con la cabeza y susurré mi respuesta a toda prisa. Si ella la escuchó, no dio muestras de haberlo hecho.
—Mereces más que eso, Lynnae.
***
Partimos con el sol frío de primeras horas de la mañana sobre nuestras nucas. La primera parada sería el puerto. Nos presentaríamos a la comandante Evadna y ella nos daría acceso a las costas de Calixtho, desde allí marcharíamos siguiendo la línea de la costa hasta encontrarnos con la primera fortaleza, un gran reemplazo a los campamentos que solían utilizarse hacía doce años en la frontera.
En la fortaleza nos aprovisionaríamos de agua y todo lo necesario para el siguiente tramo del viaje. Nos despediríamos de la costa para enfrentar un par de días en Yuweyn, kilómetros de pantanos infernales que compartíamos con Luthier.
Unos días después nos toparíamos con la siguiente fortaleza, la abandonaríamos a la noche siguiente y en ese momento empezaría el verdadero trabajo. Reconocimiento del terreno y captura de sospechosos en los bosques entre Luthier y Calixtho. Un bosque que nadie se había atrevido a nombrar debido a la guerra y que así había permanecido como tributo a la sangre derramada en su suelo.
Si todo salía bien, regresaríamos a la protección de las murallas y regresaríamos disfrutando de las comodidades que brindaban los poblados y pequeñas aldeas de Lerei.
La primera parte del trayecto estuvo llena de energía, canciones y mucho orgullo. Los niños se asomaban a las ventanas de sus casas para vernos pasar, casi como si se tratase de un desfile militar. Las niñas se colaban en nuestras filas para admirar las espadas y escudos. Las más atrevidas trataban de robar nuestras dagas. Por suerte estas últimas desaparecieron bajo la firme amenaza del gato de nueve colas de Judithe. Una herramienta atroz que toda comandante de Palestra solía llevar para mantener el orden y la disciplina entre las guerreras en formación.
Con el caer de la noche dejamos de experimentar alegría y buen ánimo para sentir la pesadez en nuestros pies y la mordedura de nuestras mochilas y petos en los hombros. Miré a Judithe, parecía seguir por siempre, orgullosa y erguida sobre su caballo de guerra, ajena a la tortura a la que estábamos sometidas las reclutas.
Las antorchas y pequeñas lámparas de aceite de las calles fueron encendidas y nosotras continuamos con nuestro trayecto. Mi estómago gruñía con furor y mis pies parecían querer desarmarse con cada paso que daba y Judithe aún no se detenía. Compartí una mirada de exasperación y pena con Tessa y Var, no teníamos voz para protestar o quejarnos, solo podíamos compartir miradas y hablar a través de nuestros ojos.
Por fin, justo cuando creí no poder avanzar ni un paso más, nos detuvimos frente a una posada. Judithe llamó a la puerta y pronto fue atendida.
—En nombre de su majestad la reina Senka, solicito su apoyo por esta noche —dijo con voz de trueno a la humilde posadera.
—Genial, dormiremos en una posada —celebró Tessa—. Estoy tan cansada que mis huesos no soportarían dormir en el duro suelo de piedra de la ciudad.
—Vino, fresco y delicioso vino —susurró Var.
Celebramos demasiado pronto. Solo quedaban algunas habitaciones libres, una fue ocupada por Judithe y sus ayudantes. El resto fueron repartidas entre la mayoría de las reclutas, por supuesto, Beyla y Styr lograron hacerse con una a base de hostigar y amedrentar a sus compañeras.
Las demás debimos contentarnos con los establos. Un edificio alejado de la posada y que no estaban tan mal si tenías cuidado de mantenerte lejos de las cuadras y sobre los bloques de heno. Además, después de un momento, el mal olor dejaba de importar.
—Deberíamos ponerlas en su lugar —chistó Var mientras extendía su saco de dormir sobre el heno.
—No quiero problemas, Var —respondí—. Admito que deseo verlas dormir en alguna de esas malolientes cuadras, o en el suelo pegajoso de la posada, pero no vale la pena. De verdad.
—Cuanto has cambiado —susurró para sí. Tessa no sumó su opinión, estaba demasiado ocupada apilando heno para hacer una cama confortable en la cual pasar la noche.
—Buscaré nuestra cena, cuida de Tessa mientras no estoy.
—Claro, la cuidaré de los insectos —bromeó Var de buena gana. Tessa apenas se inmutó, solo jugó con un hilo suelto de su saco de dormir.
La posada bullía de actividad, los clientes usuales se mezclaban con las reclutas y aunque teníamos estrictamente prohibido propasarnos con el vino, podía ver como algunas chicas dejaban algunas monedas extras a las camareras y recibían a cambio una ración doble del refrescante líquido.
Negué con la cabeza, lo lamentarían al día siguiente. La resaca, el ejercicio y el sol abrasador no eran buenos compañeros de viaje.
Me dirigí a la barra y reclamé la cena para mí y mis compañeras. La camarera me entregó tres platos hondos llenos hasta el tope de una especie de puré de papas, carne asada cortada en trocitos y vegetales al vapor. Junto a los platos colocó tres hogazas de pan y tres vasos de vino.
—Si quieres algo extra, ya sabes —guiñó un ojo y me dio la espalda para atender a otra recluta.
Estaba por levantar la bandeja con los platos cuando sentí un fuerte golpe en mi espalda. Me las arreglé para no terminar con la cara sumergida en la cena de mis compañeras y giré a toda prisa para enfrentar al torpe borracho responsable de tal ataque. Para mi sorpresa, no eran más que Styr y Beyla.
—¿Cómo te va en el establo? —preguntó Beyla con tono cantarino.
—Asumo que bien, hasta aquí puedo olerla —bufó Styr sacudiendo el aire frente a su nariz.
—No tengo idea, siempre tienes la cara fruncida como si siempre olieras mierda, Styr, quizás debas bañarte más seguido.
Permití que su golpe impactara contra mi pómulo, el silencio se adueñó de la posada y como si tuviera un sexto sentido para los problemas, la comandante Judithe abandonó la comodidad de su habitación para observarlo todo desde el pasillo superior.
—Chicas, espero que aprovechen esta noche para descansar. Esta será su última noche bajo techo.
Aproveché la distracción de Styr y Beyla para colarme hacia los establos. Nada más llegar dejé la bandeja en manos de Var y corrí a echar el pestillo. Las chicas con las que compartíamos el lugar me miraron con curiosidad, luego regresaron su atención a sus raciones. Nadie quería problemas con Styr.
—Te ha dado un buen golpe —susurró Var mientras dejaba la bandeja frente a Tessa. Ella solo se limitó a organizar en silencio los platos y el vino.
—No voy a caer en su juego, me rehúso. —Tomé un trozo de pan y lo embutí en mi boca, necesitaba descargar la energía y la rabia acumuladas y masticar aquella miga dura y amarga era la excusa perfecta.
—No soporta que no pueda hacerte frente, odia que hayas resaltado en la Palestra con tan pocos meses de entrenamiento. Solo quiere que vuelvas a ser la cobarde que vapuleó en un callejón oscuro de Cyril. Le hacía sentir bien poder vanagloriarse de haber vencido a una noble.
—Pues vaya estúpida —dijo Tessa por fin—. Si necesitas humillar a otros para encontrar tu propio valor, no eres más que una cobarde.
—Que no te escuche decir eso, acabaría contigo —susurró Var—. Y compartimos este establo con algunas de sus lacayas. Cada fibra de heno sobre la que duermes tiene oídos.
—Déjala, Var, tiene razón —dije entre cucharadas de puré—. Tessa, no dejes que esa idiota te intimide, hazle frente, nos tienes para cuidarte las espaldas.
Los ojos de Tessa brillaron y una gran sonrisa embelleció su rostro. Frotó con una mano sus gafas y suspiró.
—¿Ha roto muchas de esas? —inquirí.
—Más de las que ha podido pagar mi familia. Pero las necesito para poder leer o ver cosas pequeñas. —Se encogió de hombros—. Un capricho de la Gran Madre supongo.
Una guerrera miope, no me había equivocado al juzgarla como una carga para el equipo. ¿Qué podíamos esperar de ella?
—Haré la primera guardia —dijo con resolución—. Descansen, las despertaré cuando sea su turno.
—Yo haré la siguiente —dijo Var sin tapujos.
Me sorprendió que no rechazase la propuesta de Tessa, bueno, quizás se debía a que estábamos a cubierto y que ningún podía herirnos en un establo, eso cambiaría pronto y tendríamos que dejar a Tessa fuera de las labores de vigilancia, sus ojos no eran de fiar.
—Con un golpe así, Steina necesitará todo el descanso posible —continuó y yo solo asentí, mi mejilla latía. Lo mejor sería descansar y olvidar el mal rato.
Cerrar los ojos fue más difícil de lo esperado, mas no algo imposible. Tessa era apoyada por las reclutas que compartían el establo con nosotras, nos encontrábamos bajo techo y ningún peligro podía amenazarnos ahora.
Las suaves sacudidas de Var me despertaron, era mi turno de montar guardia. A nuestro alrededor solo se escuchaban susurros y protestas, otros equipos también cambiaban de guardia.
Me alejé de buen grado de mi saco de dormir y tomé asiento junto a una cuadra. El caballo que en ella se encontraba resopló, más no emitió ningún otro sonido de protesta. La oscuridad era casi total y apenas y podía discernir algunas sombras, todo estaba tranquilo y aunque era agradable, después de un rato, se transformó en una carga tediosa y pesada de llevar. Tessa y Var dormían lado a lado, la primera convertida en una pequeña bolita, la segunda sacaba un pie y una mano del saco de dormir.
Tal y como sucede en momentos así, los recuerdos me asaltaron. Lynnae solía dormir bocabajo, con la almohada a un lado, casi como si se tratase de algún acompañante. No se movía en toda la noche y su rostro tomaba una expresión de absoluta paz y felicidad. Era como ver la personificación de la ternura en su rostro.
¡Cuánto deseaba convertirme en esa almohada! Ser esa persona en la que ella confiara para descansar y divertirse luego de un arduo día de trabajo. Sentir su piel sobre la mía, acariciar su espalda mientras me contaba sus aventuras y desdichas. Jugué con mi daga, era imposible, estábamos atrapadas, sitiadas por nuestros problemas y no podríamos ser felices así.
El amanecer llegó antes de lo esperado y me arrancó de mis recuerdos y deseos. Como las demás chicas de guardia, me dirigí hacia mis compañeras para despertarlas y organizar nuestras cosas. Debíamos de levantarnos pronto para desayunar en la posada y ponernos en marcha con el grupo.
—Ugh, no entiendo por qué estaba emocionada por esto —protestó Var mientras giraba sus hombros—. Quiero una cama suave. Mi espalda está matándome.
—Buscaré el desayuno para ambas —se ofreció Tessa—. Así podrán descansar un poco más.
Observé a la diminuta chica correr hacia las grandes puertas del establo. Tuvo problemas para levantar la gran barra que mantenía cerrada y asegurada la puerta, luego, tiró de las manijas, pero estas no cedieron. Rodé los ojos, sabía que iba a ser un problema y una carga.
—No seas dura con ella, Steina —dijo Var como si leyera mi mente—. Solo necesita fortalecerse.
—¡Chicas! Creo que alguien trabó la puerta desde el exterior —gritó Tessa.
Me levanté de golpe al escucharla, otras chicas a mi alrededor me imitaron. Juntas corrimos a la puerta. No podía ser posible, la dueña de la posada sabía que estábamos aquí, no tenía por qué cerrar la puerta. Aparté a Tessa y tiré de las manillas, quizás solo le faltaba fuerza, eran puertas grandes y pesadas, tenía que ser eso.
La puerta no cedió. A mis esfuerzos se unieron otros, pero las puertas no abrían. Tessa se arrojó al suelo y miró por la rendija inferior.
—¡El pasador inferior está asegurado! —dictaminó, luego trepó sobre las manillas y los travesaños de la puerta y miró la parte superior— ¡Los superiores también!
—¡No vamos a llegar al pase de lista! ¡Nos considerarán desertoras! —gritó una jovencita al borde del pánico.
—Tenemos que hacerles saber que estamos aquí —concluí—. Empiecen a gritar, alguien tiene que darse cuenta de nuestra ausencia.
Después de varios minutos de gritos sin sentido y de gargantas doloridas, una sombra se detuvo frente a la puerta. Era imponente, pero sin duda, traía consigo la esperanza.
—Mira nada más quienes se quedaron dormidas y terminarán por ser consideradas desertoras —se burló Beyla desde el exterior—. La comandante nos envió a despertarlas en la madrugada, nos necesitan con urgencia en el exterior —canturreó—, y, ¡oh! Sorpresa, no había nadie en el establo, comandante Judithe, creo que las chicas decidieron huir en la noche.
—No va a creerte esa basura —escupí, sin embargo, el miedo se clavó en lo profundo de mi estómago. Estaba perdida, si Judithe creía en la palabra de Beyla, estábamos perdidas.
—Oh, cuando tienes testigos claro que sí. No es trabajo de la comandante despertar mocosas antes del amanecer.
Un cuerno sonó en la distancia, era el aviso final, el grupo estaba por marcharse. Beyla rio a carcajada limpia al escuchar los ruegos de las chicas que compartían con nosotras el establo.
—Mala suerte el decidir compartir establo con esta objetora moral, porque eso es, no importa si ha acudido a la Palestra. Es una asquerosa objetora moral —sentenció—. Y las objetoras morales y la cobardía deben ser erradicadas.
Sobre los gritos y protestas de mis compañeras pude escuchar el inconfundible raspar metálico de un pedernal. Mi rostro cosquilleó y mis manos se helaron ante lo que estaba por ocurrir, pronto, una pequeña llama creció frente a la puerta.
—¡Estás loca, Beyla! —exclamó Var.
—Solo completo el trabajo, ese para el cual fuiste demasiado cobarde, amiga —respondió Beyla—. Suerte, la necesitarás para salir de aquí.
—¡Chicas! —gritó Tessa desde uno de los lados del establo. El humo empezaba a colarse entre las paredes. En la pared contraria ocurría algo similar. Beyla debía de tener apoyo.
En instantes el lugar se llenó de humo, llamas, gritos y pánico, las chicas gritaban y aporreaban las paredes. Los caballos relinchaban y trataban de romper sus cuadras a patadas, si se liberaban, muchas morirían aplastadas antes que quemadas o asfixiadas por el humo.
—¡Por favor! ¡Calma! —exclamó Tessa. Su voz retumbó y la busqué con la mirada. Se encontraba de pie en una de las vigas centrales del establo. Su rostro estaba enrojecido y cubierto de sudor y heno—. Debemos guardar la calma o no podremos respirar.
—¡Con calma no escaparemos de aquí! —gritó una chica.
—¡Esto es culpa de tu compañera!
—¡Si! Ella es una objetora moral y ahora nos ha manchado a todas.
Las chicas giraron a verme, todas me deseaban la muerte con sus miradas. Algunas desenvainaron sus espadas. Les imité, no iba a irme sin luchar.
—¡Yo no encendí el fuego! —protesté. Vaya manera de irme. En mi primera misión y en manos de mis propias compañeras en medio de un establo en llamas. Casi prefería morir aplastada por caballos, al menos eso sería accidental.
—Eres una objetora moral y eso es suficiente. ¡Tú tienes la culpa! —exclamó la guerrera más alta de todas.
—¡Debe morir!
—¡Yo digo que la arrojemos a una cuadra!
El grupo enardecido se acercaba más y más, podía ver en sus ojos la desesperación y la locura, paso a paso me vi acorralada contra una cuadra, su ocupante saltaba, pateaba y relinchaba sin control alguno. Decenas de espadas me apuntaban, no podía vencerlas a todas. ¿Cuánto tardaría mi armadura en ceder ante las patadas desesperadas de un caballo?
—¡Arrójenla!
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