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Es hora de crecer

Las órdenes de Judithe eran más que claras, debíamos de seguir el camino por nuestra cuenta y reencontrarnos con la cohorte justo en el exterior de las murallas. En sus propias palabras, le serviría contar con una línea de retaguardia que vigilara a los habitantes de las zonas justo después de su partida, de esa manera se aseguraría de mantener el control del lugar y de comprobar de primera mano esos «pequeños» rumores que no paraban de alterar la paz de las calles de Calixtho.

Solo debíamos seguir la línea de la costa hasta encontrar la primera fortaleza entre el mar y la frontera terrestre, luego debíamos de superar el pantano de Yuweyn, descansar una noche en la siguiente fortaleza y unirnos a ellas en los trabajos fuera de los muros protectores de nuestro reino.

Mientras dejábamos a nuestras espaldas la relativa seguridad de la fortaleza del puerto no pude evitar arrugar el pergamino que descansaba entre mi armadura y la correa de mi talabarte. Órdenes exclusivas para mí, unas que solo debía de leer en cuanto llegara al pantano y cuyo sello caía a trozos con cada nueva arruga que trazaban mis dedos.

El mar es una visión hermosa, perderse en el infinito horizonte, en ese punto en el cual cielo y agua se confunden en uno solo es adictivo. Solo cuando Tessa llamó mi atención con un par de golpecitos en mi hombro y me vi obligada a girar el cuello, comprendí en carne propia el tiempo que había pasado con el rostro girado hacia la izquierda.

—¿Te preocupa algo? —inquirió en voz baja.

—No, nada. —Arrugué el pergamino de nuevo, y aunque Tessa escuchó el crujido de la piel, no presionó y se lo agradecí en silencio.

La primera fortaleza se asomó en el horizonte justo cuando las sombras habían desaparecido y el sol castigaba inclemente nuestros cuellos y rostros. Medio día de distancia a pie, un par de horas a caballo, tiempo suficiente para que existiera una comunicación eficiente entre las fortalezas y por supuesto, pudieran protegerse y defenderse entre sí.

—¿Deberíamos parar? —jadeó Tessa—. Quiero decir, es mediodía, podríamos comer algo a la sombra y...

—No podemos, debemos llegar a la segunda fortaleza al anochecer, descansaremos en ese momento —dije con firmeza—. Si nos retrasamos deberemos caminar en la oscuridad en el pantano. No podemos acampar en él, está lleno de miasmas. Enfermaremos.

Mis razones parecieron ser suficientes, Tessa guardó silencio y se limitó a seguir nuestro paso, aunque podía decir por sus zancadas cada vez más inestables que estaba agotada y que solo continuaba por obra de su arrojo y poco más. Bien, eso le enseñaría. No se podía ser una guerrera con un cuerpo y una voluntad débil.

Alcanzamos la fortaleza cuando el sol golpeaba con insistencia nuestras mejillas izquierdas. Pude escuchar un resoplido general de alivio en cuanto disfrutamos de su fresca sombra. Las guardias desenvainaron al vernos, esta vez mantuve la compostura y extendí el pergamino con el sello de la comandante Evadne, envainaron de inmediato al verlo y nos ofrecieron agua de los cántaros que resguardaban junto a la puerta.

Mi garganta ardió ante la imagen de cántaros frescos, pero no podía beber primero, era comandante ahora de mi grupo. Debía velar por ellas. Suspiré y les señalé la preciada agua.

—Beban lo que necesiten y descansen a la sombra, marcharemos en cuanto la última deje de beber.

Algunas chicas me miraron con sorpresa, otras se limitaron a abalanzarse sobre los cántaros sin pensarlo demasiado. Las primeras cuchichearon entre sí por unos instantes mientras esperaban su turno. No dejaban de mirarme y pronto la incomodidad pesó sobre mis hombros, ¿qué podían estar diciendo sobre mí?, ¿de nuevo era la mala en la historia?, ¿la culpable de todas nuestras desdichas?

Me alejé un par de pasos y disfruté de la sombra. Mi piel agradeció el frío beso de la oscuridad y cerré los ojos, mis parpados explotaron en colores durante unos segundos. Llevé la mano a mi cantimplora, quizás podría beber de ella. De esa forma no tendría que acercarme al grupo ni soportar sus miradas acusadoras.

—¿Steina?

Abrí los ojos de golpe ante la mención de mi nombre en labios ajenos, era una de las chicas que cuchicheaban. Antes que pudiera alarmarme o enfurecerme, lo que pasara primero, tendió un pequeño cuenco en mi dirección.

—Si tomas agua de tu cantimplora vomitarás, debe estar muy caliente —aseguró.

Tomé el cuenco con reticencia. Habían tratado de quemarme viva, bien podía haber envenenado el agua. La chica suspiró, tomó el cuenco de mis manos y bebió un largo sorbo de agua.

—No la envenenamos, no haríamos eso a una comandante —afirmó con cierta pasión.

Dijo aquello mientras me dedicaba a dar un largo trago de agua. El líquido se endureció en mi garganta y tuve que obligarme a tragarlo, pronto se transformó en una bola de espinas que desgarró mi garganta. Tosí para aclarar mi voz y di un nuevo trago para aliviar el escozor.

—No soy comandante de nadie —escupí.

—Nos has puesto por encima de tu comodidad, podrás haber sido nombrada nuestra comandante temporal, pero al tomar una decisión tan desapegada, te has ganado nuestro respeto —confesó la chica—. Quizás suena tonto, en especial porque tratamos de acabar contigo y nos llevaste a una fortaleza donde casi fuimos acusadas de deserción o peor, pero lo cierto es que hasta ahora solo has tomado las mejores decisiones —señaló el agua—, pero no nos habíamos dado cuenta hasta ahora.

Un nuevo nudo se instaló en mi garganta, miré a mi alrededor. En aquel corto instante, las chicas habían tomado asiento a mi alrededor, me daban la espalda, pero miraban concentradas el ardiente horizonte. Mi pecho se llenó de una inusitada calidez, cuidaban de mí, de su comandante temporal. Mis ojos ardieron, nunca en mis cortos años de vida había experimentado algo así. Valor, era valiosa para alguien más allá de un plan, de razones amorosas o de un bolsillo lleno de monedas de oro listas para ser perdidas en bares de mala muerte.

—Gracias —murmuré con sinceridad. No había más que decir, la chica asintió, saludó y se marchó con sus compañeras.

Retomé el viaje con un paso más ligero, mis hombros y mi corazón pesaban con una nueva responsabilidad, pero algo en mi interior se sentía liviano. Podía confiar mi vida a quienes me rodeaban porque ellas confiaban en mí. Tomé el mango de mi espada, confiaban en mí, era un concepto nuevo y aterrador y, sin embargo, se sentía ligero, natural.

—¿Disfrutando del respeto? —inquirió Kalyca con su habitual sonrisa de oreja a oreja—. Deberías verte en un espejo, brillas.

—No digas tonterías —gruñí.

Kalyca me adelantó, giró y empezó a caminar hacia atrás para verme cara a cara. Su sonrisa no se borraba y deseé en secreto que tropezara, quizás por un segundo, esa estúpida expresión en su rostro cambiaría por una más seria, o aterrada.

—Vamos, te han reconocido y aceptado. No llevas un broche de comando, no tienes una capa de la frontera y ya te admiran. Disfruta tu momento de gloria. Ya no eres de Cressida, eres tú misma, Steina.

Dio media vuelta con gracia y corrió junto a Tessa, a quien sorprendió colando su cabeza entre sus piernas para levantarla sobre sus hombros. El chillido de la más pequeña arrancó carcajadas de parte de todo el grupo. Me sorprendí riendo con ellas, mi estómago y mi pecho escapaban de mi voluntad y dejaban a la vista las pruebas de mi regocijo.

—¡Vamos! Yo te llevaré, arrastras tanto los pies que has cavado una zanja de aquí al puerto.

El resto del camino pasó entre risas y bromas ligeras, Var caminaba detrás de mí, con una mano en el pomo de su espada. Sus hombros se encontraban algo tensos, podía incluso escucharla respirar.

—Var, si sigues así mañana no podrás caminar —bromeé.

—Como tú después de esa larga visita a la capitana de la prisión —respondió en un duro susurro.

Rechiné mis dientes, con los días las sensaciones y el recuerdo de su toque de fuego habían desaparecido de mi piel y casi lo agradecía. Ahora que las palabras de Var habían removido las brasas, despertaba en mí un deseo que deseaba apagar. No era el momento para sentirme así.

—Calla —ordené en voz baja.

—¿Es acaso una orden, comandante? —podía escuchar la sonrisita de burla en su voz.

Por un instante quise girarme y abofetearla, pero me contuve. No valía la pena destruir lo poco que había construido con el grupo. Tomé aire y continué avanzando, frente a nosotras el ambiente cambiaba, la tierra se hacía más húmeda y firme, algunos arbustos pequeños brotaban de forma esporádica y más allá podía ver la forma desoladora de los manglares y los vapores nocivos levantarse por encima de la tierra en una tonalidad verdosa que gritaba peligro a quien se atreviera a mirar por demasiado tiempo.

—Estás aprendiendo —aplaudió Var después de mirar el pantano—. Controlar tus emociones es vital si quieres seguir comandando.

—No me tientes.

—Vamos, Steina, solo quiero ayudarte —se excusó—. Además, esas dos están perdidas —señaló por encima de su hombro—, Tessa olvidó nuestra formación básica y Kalyca no es de ayuda. Eres nuestra comandante, debo permanecer a tu lado y protegerte y eso incluye brindarte consejo y apoyo.

—No te he nombrado mi segunda —gruñí. ¿Podían dejarme saborear la confianza y el poder del mando por unos instantes sin tener que dividirlo?

—No tengo que serlo para cuidarte.

—No necesito que cuides de mí, sé hacerlo sola —rugí.

La naturaleza parecía estar en mi contra, o quizás era la Gran Madre dispuesta a darme una lección de humildad. En cuanto mis labios dejaron escapar aquellas ominosas palabras, sentí como mi pie era succionado con fuerza desde el suelo. Di un grito poco marcial y Var se apresuró a tomar mi mano y a tirar de mí.

—¡Cuidado donde pisan! Hay arenas movedizas por aquí —gritó a las demás.

Las chicas detuvieron su marcha de inmediato, las que iban detrás se apresuraron a tomar pequeños palos o a arrancarlos de los arbustos cercanos. Pronto, una avanzada de cuatro chicas tanteaba el terreno e indicaba el camino más seguro a las demás.

No pude sino admirar su eficiencia desde la retaguardia, mi corazón latía a toda prisa y mi boca no escapaba del asqueroso sabor a hiel propio del miedo. Había escuchado miles de historias sobre viajeras, guerreras y comerciantes despistadas que perdían la vida al ser succionadas por las traicioneras arenas de la muerte. Ante el ojo inexperto no eran más que arenas comunes y corrientes, terreno firme en el cual podías confiar antes de adentrarte en la humedad del pantano.

—¿Estás bien? La succión puede ser muy intensa, si tiré muy fuerte de ti pude lastimar tu tobillo.

—Estoy bien, Var. Gracias. —Cerré mi puño con fuerza hasta sentir la cruda mordedura del metal en mis dedos. Por algún motivo el dolor silenció mi orgullo—. Puedes seguir protegiéndome.

—Lo haré con mi vida —saludó con el brío de una guerrera profesional, pero sus ojos risueños la traicionaron.

—Aunque yo puedo hacerlo sola, es importante mantenerte ocupada. La mente ociosa es el nido del cual nacen las malas ideas —cité las palabras de mi vieja maestra del orfanato. Gustaba de recitarlas mientras descargaba su feroz vara en nuestros cuerpos indefensos, en especial cuando nos atrapaba cometiendo travesuras en nuestros momentos de descanso. Para ella, cualquier momento de ocio en un niño era un peligro potencial.

—Calla —se estremeció visiblemente—, era la frase favorita de mi maestra en la escuela. Y de mis madres.

—A mí me hacían repetirla con cada azote —intervino Kalyca.

Tanto Var como yo dimos un brinco involuntario al verla aparecer de repente. Ella solo rio y acomodó mejor a Tessa sobre su espalda, la joven dormía y pese a que babeaba el hombro de Kalyca, no dejaba de ser una imagen tierna.

—Eso es pervertido —espetó Var una vez recuperada del susto.

—O eficiente —repuse.

—Solo es pervertido cuando lo haces en la alcoba con alguien atrevido —Kalyca guiñó un ojo.

Quizás fueron los vapores del pantano, su pungente aroma o la ardiente humedad que impactó mi piel, pero mis mejillas ardieron y mi mente se llenó de imágenes de la capitana Kirstia, fusta en mano, obligándome a repetir alguna frase después de cada azote. Sacudí la cabeza y esta vez la imagen era diferente, yo tenía en mi mano una fina vara de abedul y acariciaba con ella la piel expuesta de Lynnae mientras ella se retorcía presa del placer y de las cuerdas que la ataban a mi cama.

—Si lo deseas puedo arrojarte a una de esas pozas, te vendría bien —bromeó Kalyca.

—Por su salud debería de hacerlo, está ardiendo —le siguió Var mientras posaba su mano en mi frente.

—Callen las dos —gruñí, tomé aire y obligué a mi cuerpo a dejar de responder a las candentes imágenes que nacían en mi mente y terminaban en mi sangre, por suerte la pesada atmósfera del pantano y su aroma me ayudaron a despejarme—. Debemos avanzar rápido y con cuidado.

Hice bien en concentrarme, conforme avanzábamos el camino se hacía aún más complicado. En un punto toda sección de tierra terminó y quedó frente a nosotras un amasijo de ramas sobre una gran extensión de agua verdosa sobre la que pululaban insectos.

—¿Qué haremos? ¿Regresamos? —inquirió Kalyca.

Tessa eligió aquel momento para despertar, frotó sus ojos y miró confundida a su alrededor. Pude notar el momento exacto en el que comprendió su situación, pues frunció la nariz antes de protegerla con su mano y bajar de la espalda de Kalyca con las mejillas encendidas.

—Lo siento —farfulló con voz temblorosa.

—No te agobies. —Kalyca agitó la mano con desenfado—. Bueno, sí, agóbiate, estamos atrapadas en medio del pantano.

—No lo estamos —dijo Tessa.

—Creo que aun sigues dormida, ¿no ves el camino? —intervino Var con impaciencia. A nuestro alrededor las chicas del grupo empezaban a impacientarse y susurrar entre ellas.

—Solo debemos avanzar entre las ramas, es difícil, pero es posible.

—¿Dónde escuchaste tan magnífica idea? —protestó Var.

—Está en los libros de la biblioteca. Este pantano tiene fama de ser intransitable y así se ha mantenido a lo largo de los años, sin embargo, es posible cruzarlo trepando sobre las ramas. Si tocas el agua puedes verte atacada por sanguijuelas y cosas peores. Solo debemos avanzar hacia el norte y asegurarnos de no perdernos de vista.

Miré hacia atrás, las chicas se veían tan confundidas y preocupadas como yo. No podíamos regresar y rodear el pantano sin perder tiempo valioso. Tampoco podíamos permanecer en su tóxico ambiente demasiado tiempo si no deseábamos enfermar de fiebre o algo peor. Solo nos quedaba seguir la idea de Tessa y esperar lo mejor.

—Cruzaremos a través de las ramas, pisen con firmeza y sujétense bien, chicas. No se pierdan de vista, mantengan sus equipos —ordené.

Pese a que el amasijo de ramas parecía todo un galimatías, una vez que subías a la primera rama y observabas la siguiente, era posible navegar en él. De hecho, las ramas estaban tan juntas que era posible avanzar con cierta seguridad, lo difícil era inclinarnos y pasar en espacios estrechos con nuestras mochilas, armaduras y armas.

El pesado ambiente del pantano inundaba mis pulmones y se mezclaba con el sudor que brotaba de mi piel. Mis manos resbalaban en el interior de mis guantes y más de una vez Var debió sujetarme. Respirar era una tarea que demandaba toda mi concentración y por momentos era posible ver como supuraban gases verdosos desde el agua pestilente y viscosa bajo nuestras botas. Pese a las dificultades, avanzamos sin descanso, solo para encontrarnos con más y más ramas entrecruzadas, más raíces gruesas y nudosas y más agua pestilente, de hecho, esta parecía transformarse en alguna poción indescifrable conforme avanzábamos.

—Esto es inútil, vamos a perecer aquí, vamos a perdernos —masculló una chica al fondo del grupo.

—Queda poco —aseguró Tessa mientras sacaba un mapa de su peto y lo desplegaba frente a sí. Bajó sus lentes y estudió las líneas con atención.

—¡Claro! Deja nuestras vidas en manos de la chica ciega —gritó otra chica.

—¡Ey! ¿Acaso sabes leer correctamente un mapa? —espetó Kalyca con pasión— ¿No? Eso pensé. Permítele hacer su trabajo y guarda energías para el camino.

Tessa corrigió nuestros pasos y nos orientó hacia la derecha. Al parecer la maraña de rama nos había confundido lo suficiente como para alejarnos del norte y llevarnos al este, en dirección al centro mismo del pantano.

Después de avanzar algunos metros encontramos por fin una señal de esperanza. El agua empezaba a notarse más clara y era más sencillo respirar. Pronto encontramos tierra y tras comprobar su firmeza con nuestros bastones improvisados, abandonamos el sofocante pantano.

El sol casi besaba el horizonte, por suerte, era sencillo encontrar el camino a la siguiente fortaleza, se encontraba a un par de kilómetros de distancia y ya empezaban a encender las antorchas en sus almenas.

—Es una buena idea —susurró una chica al ver las tenues luces iluminar la cada vez más oscura lejanía. Tomó uno de los bastones y procedió a armar una antorcha, algunas la imitaron.

—Esperen —siseó Tessa.

—Nos habrás salvado en el pantano, cuatro ojos, pero ni tú puedes ver en la oscuridad —chistó una de las chicas mientras luchaba con su pedernal para encender los húmedos girones de tela que daban forma a su antorcha.

Tessa intercambió una mirada aterrada entre las chispas del pedernal y la fortaleza, mordió su labio y corrió en dirección a la chica. Pateó el pedernal lejos de su mano y esquivó la bofetada que trató de propinarle la afectada.

—¿Quién te crees?

—¡Ey! —Kalyca intervino en el conflicto y sujetó a la chica del cuello—. Si te metes con ella, te metes conmigo y no soy muy gentil con mis enemigos —siseó con tanto veneno que incluso yo me acobardé.

—Tessa, ¿qué ocurre? —inquirió Var.

Me odié por un instante, me había concentrado tanto en la situación y en sentir el frescor del aire después de horas de vapores insoportables que apenas y había reunido las energías y la motivación suficiente para intervenir.

—No están iluminando el camino, no son luces para iluminar la fortaleza. Creo —respondió con la voz temblorosa.

—¡Crees! —espetó la chica, pero calló de inmediato ante la mirada amenazadora de Kalyca.

—No estoy segura, pero no son luces normales. No recuerdo bien mis clases de señales, pero...

—¡Tiene razón! Alertan sobre un enemigo —exclamó otra chica desde el fondo.

Una fortaleza solo alertaba sobre enemigos cuando la amenaza les superaba o cuando se encontraban con una emergencia. Al parecer todas llegamos a esa conclusión a la vez, en un segundo una nube de desazón y pánico descendió sobre todas. El silencio que nos rodeaba se podía cortar con nuestras espadas. Mis manos empezaron a temblar. Enemigos, solo éramos unas reclutas, jóvenes guerreras con preparación básica. No podíamos enfrentarnos a un ejército enemigo aún, ni siquiera a ladrones de caminos. Sentí como mi corazón escaló hasta la base de mi garganta, mis labios se congelaron y empezaron a temblar. ¿Qué debía hacer?

Miré a las chicas, todas tenían expresiones que variaban desde el miedo hasta el más absoluto pánico. Algunas sujetaban sus antorchas sin encender y las miraban confundidas. Entré en acción, lo primero era ocultarnos.

—¡No se atrevan a encenderlas! ¡No quiero ver chispas! Salgamos del camino —ordené con el tono suficiente como para que todas me escucharan, pero sin gritar. Podíamos ser escuchadas y la prioridad ahora era escondernos y sobrevivir. Con suerte las fortalezas vecinas enviarían ayuda y para el amanecer todo estaría bien.

Mis tibias esperanzas se fueron a la basura cuando un misterioso y constante retumbar, pequeñas explosiones sin tregua y el eco de los gritos rompieron el silencio de la noche. Todas miramos en dirección a la fortaleza y en un instante fuimos testigos de la peor señal que podíamos llegar a percibir, en especial en batalla: el destello anaranjado de las llamas y el pálido humo manchando añil oscuro del cielo.


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