Cosecha
La penumbra del bosque se cernía sobre mí, se sumaba a las tinieblas que nacían en el centro de mi pecho y juntas dominaban mi existencia. El ritmo de mi caballo mecía unas caderas que no eran mías y provocaba molestias en piernas que no eran más que raíces arrancadas de su tranquilo origen.
¿Por qué no me habían dejado morir en paz en aquel callejón oscuro? Quizás de esa manera no me habría preocupado más por los diferentes caminos y formas que podía tomar mi venganza. Mis dedos entumecidos apretaron con fuerza las riendas, ¿por qué me molestaba tanto tener el camino libre hacia la justicia que tanto había esperado?
Había tomado una decisión y como una guerrera de la casa de Cressida debía atenerme a ella. Había dado mi palabra, no podía retroceder.
Jugueteé un rato con la crin de mi corcel, incluso si retrocedía, el camino ya estaba cubierto de sangre y cadáveres. Mis manos ya se encontraban manchadas y aunque yo no había levantado el arma ni la había disparado, no podía evitar sentir el peso de cada vida sobre mis hombros.
—Deja de culparte, si murieron fue a causa de su propia idiotez, Steina —dijo Var.
—No me estoy culpando. Soy consciente de que la responsabilidad fue solo de ellas —mentí, sin embargo, la sequedad de mi garganta y el temblor en mis labios me traicionaron.
—Claro, porque ver como nace una joroba en tu espalda durante los últimos kilómetros recorridos no es prueba de lo que sientes. Déjalo salir y acepta de una vez que murieron por mano propia. Tu diste una orden acertada —espetó Kalyca con dureza.
—Ni siquiera tú deseabas cumplirla —dije entre dientes.
—Y agradezco que me obligaras a hacerlo, estoy viva gracias a eso.
—En eso es en lo que debes concentrarte ahora. En las vidas que salvaste con tus acertadas órdenes y no en las que se perdieron por creer en tontas historias del pasado y en la venganza. Si todos respondemos con violencia a la violencia, el mundo terminará vacío en un par de años —sentenció Tessa. Los bordes de sus ojos se encontraban rojos, prueba de que había llorado durante el viaje, aún así, la expresión en aquellos orbes azules se había endurecido, como si detrás del mar existiera una muralla que, con el paso de los días, empezaba a erigirse y armarse.
Por alguna razón ese pequeño detalle pesaba mucho más que la culpa. ¿Qué tanto había afectado la vida de Tessa el juntarse conmigo?, de no haberme conocido, ¿seguiría siendo una inocente guerrera con gafas?
Casi podía oler el deseo de venganza manar de sus cuerpos. Era como un líquido viscoso que escapaba de sus hombros, de sus piernas y bocas y al tocar el suelo se transformaba en una nube negra densa y pútrida que susurraba en sus oídos elaborados planes de venganza que las hacían esbozar sonrisas desquiciadas en los ratos en los cuales no estaban ocupadas sorbiendo por la nariz o mirando a la profundidad del bosque.
—Venían de Luthier —susurró una chica al fondo—. Estoy segura que se trata de traidores buscando reinstaurar el viejo régimen.
—Esto es culpa de las reinas, de haber tenido la oportunidad yo habría pasado a cuchillo a todo hombre de Luthier. —La guerrera que pronunció tan crudas palabras desenvainó su daga para dar énfasis a sus palabras—. De esa forma no habría quedado nadie que soñase con regresar a los viejos tiempos, alguien que se atreviera a levantar sus armas contra nosotras.
—Tienes razón, nuestras madres invadieron Luthier, lucharon en sus calles, derramaron su sangre por liberarlos de su rey y nobles, lo mínimo que nos debían es lealtad, pero ellos no conocen ese concepto, para ellos la gloria personal es lo único que importa —dijo una chica pelirroja al fondo del grupo.
—Y reconquistar Luthier sería una empresa tan llena de gloria para esos desquiciados que sus futuras generaciones serían alabadas como dioses.
—Por eso, debieron matarlos a todos. No tienen arreglo ni perdón.
—Quizás no sea demasiado tarde.
Sonreí, mi labor como comandante era detener aquella pequeña revuelta emocional, pero no lo haría. No le hacían daño a nadie y entre el tenso y doloroso silencio de horas antes y estas pocas expresiones de odio prefería las segundas. Además, no era como si yo no pensara igual que ellas. Uno de los peores errores que habían cometido las reinas había sido dejar libre a Luthier, sí, habían nombrado un hombre de Calixtho como su rey, pero, ¿no habría sido mejor anexar sus tierras a las nuestras e imponer nuestras leyes? Ahora nos traicionaban y atacaban, incluso si solo eran algunos miembros de su pueblo, todos eran responsables, no los habían detenido, no habían hecho nada. Sí, en sus manos estaba la sangre de mis compañeras y de las guerreras de la frontera, y quizás, la de la hermana de Lynnae.
—¡Comandante! ¡Regresaron las desertoras!
El estridente grito de Styr asustó a mi caballo y lo hizo corcovear. Me concentré tanto en mantenerlo bajo control que ignoré por completo el significado de sus palabras o que siquiera se encontrara en el grupo principal y peor, como vigía.
Fuimos recibidas por una gran variedad de reacciones, la mayoría de las chicas nos miraban con sorpresa, algunas pocas con decepción y desaprobación y el grupo que apoyaba a Beyla no paraban de susurrar entre sí y arrojarnos flechas envenenadas con la mirada.
Mi sangre hirvió al divisar primero su enmarañado cabello rubio y luego su sonrisita de suficiencia. No era posible que estuviera libre, parte de mí deseaba encontrarla encadenada a una carrera, sollozando y lamiendo sus heridas como la bestia que era.
Por suerte mantuve la suficiente entereza como para bajar de mi caballo y entregarlo a una de las chicas de la cohorte. Judithe asomó su cabeza desde la tienda principal del campamento y al divisarme se acercó con pasos firmes y veloces a mi posición.
Con cada una de sus zancadas mi estómago caía más y más al suelo. Si Beyla se encontraba en libertad, ¿quería decir eso que me consideraba culpable del incendio e iba a encerrarme?, ¿merecía acaso un castigo especial? Rechiné mis dientes, no caería sin luchar, no iban a humillarme después de todo lo que había pasado para traer con vida a parte de mis compañeras.
—¡Steina! Gracias a la Gran Madre que han llegado con vida —extendió sus brazos y me rodeó en un apretado abrazo maternal—. Has cargado sobre tus hombros una responsabilidad que no correspondía a tu edad y, sin embargo, estuviste a la altura del reto. Estoy orgullosa de ti.
Por alguna extraña razón esas cuatro palabras calaron hondo en mi pecho. Sentí la inmensa e insoportable necesidad de llorar, de derrumbarme y contar todo lo que había ocurrido en mi travesía. ¡Por la Gran Madre! Incluso deseaba confesar mi posible y futura traición. No era ninguna heroína valiente, de haberlo sido habría permanecido en retaguardia con las demás, habría enfrentado aquella arma y no habría escuchado las palabras de Kirstia.
—Oh, debes estar agotada, tiene sentido. Ven a la tienda con tus compañeras. ¡Traigan comida para estas chicas! Hoy cazamos un par de jabalíes, la carne fresca siempre viene bien. Aún está caliente.
Su brazo en mis hombros, aunque amable y suave, se mantenía firme mientras me guiaba a su tienda, una manera silenciosa de decirme que no tenía escapatoria y que debía de hacer frente a mi destino.
La tienda, de color verde, creaba un espacio fresco y agradable para conversar. Las guerreras que se encontraban de guardia en su puerta se marcharon en respuesta a un gesto de la comandante Judithe. Tessa, Var, Kalyca, las demás chicas y yo nos organizamos como pudimos en el suelo cubierto de lona, a su vez, la comandante tomó asiento detrás de una mesa baja a la cabecera de la tienda.
Pronto nos entregaron la comida, junto a jarras llenas a rebosar de vino y agua. Revisé la carne y el líquido, no me habría sorprendido encontrar algún escupitajo. Judithe me miró y alzó una ceja.
—Jamás dejaría que ocurriera, solo cometes ese error una vez —aseguró con firmeza—. Coman, todo está bien. Escucharé lo que tengan que decir en cuanto terminen de alimentarse, no antes, lucen famélicas.
Separé mis labios para hablar, era urgente informarle del arma y de lo que estaba por ocurrir en la muralla, sin embargo, Judithe negó con la cabeza y señaló mi plato. No me escucharía hasta que terminara de comer. Gruñí, su maternalismo era insoportable. Bien, si eso quería, eso haríamos.
Dimos buena cuenta de la carne, las papas asadas que la acompañaban y las bebidas. Era como si la barrera que nos impedía comer hubiera desaparecido, como si ahora que nos encontrábamos ante nuestra comandante podíamos volver a ser unas simples jóvenes en entrenamiento, niñas que podían ser protegidas y mimadas por alguien mayor.
Judithe aguardó con paciencia hasta que la última chica limpió su plato, dio un par de palmadas y algunas de nuestras compañeras ingresaron para retirar los platos y rellenar de agua y vino nuestras jarras.
—Entiendo que han pasado por momentos difíciles —empezó la comandante—, y debo felicitarlas por llegar hasta aquí. Lo hicieron bien, solo son reclutas y han demostrado una entereza propia de la más experimentada de las guerreras. Sin embargo, hay algo que no entiendo, había más chicas en su grupo. ¿Dónde están?
—Comandante, era lo que trataba de decirle, tenemos terribles noticias para usted —me levanté de mi lugar y me arrodillé frente a su mesa. Era hora de confesar mis errores—. Durante nuestro viaje nos topamos con algo terrible en la fortaleza del pantano, un arma espantosa diezmó a las guerreras responsables de resguardar el lugar.
—¡¿Qué dices?! —todo color desapareció de su piel.
—Eso no es todo, comandante. El arma se dirigía hacia aquí, tratamos de avanzar a toda prisa para advertirles, pero al parecer su plan no era atacarlas a ustedes o a algún otro puesto de avanzada de la frontera. Justo ahora se dirigen hacia la muralla.
—¿Y las chicas que faltan? —inquirió la comandante. Pude notar como luchaba por ocultar el temblor de sus manos aferrando tanto el mango de su daga como el de su espada. De alguna manera, aquella reacción era mucho más pavorosa que los gritos o la ira.
—Desobedecieron mis órdenes, comandante. Nos encontramos con el arma cuando se encontraba rumbo a la muralla. Nos encontrábamos a resguardo en una arboleda y nos vimos obligadas a decidir si atacar y enviar mensajeras o huir. Ya habíamos visto lo que es capaz de hacer tal monstruosidad y en un principio estábamos dispuestas a morir vengando a nuestras compañeras de la frontera, pero luego razonamos. No íbamos a hacer una diferencia real, no había manera de que pudiéramos enfrentar aquella arma por nuestra cuenta. Sin embargo, algunas chicas se dejaron cegar por la sed de venganza y una falsa idea de heroísmo. Murieron a manos de ese armatoste, comandante y no pude detenerlas.
Una ínfima parte del peso que agobiaba mi ser desapareció y fue reemplazada por un pánico absoluto. Judithe no emitía sonido alguno, la tienda se encontraba tan sumida en el silencio que podía escuchar como las respiraciones de mis compañeras se aceleraban a cada segundo.
—Bien —carraspeó y apartó la mirada, pude ver algunas lágrimas en las comisuras de sus ojos—. Bien, hiciste bien, Steina —suspiró—. Lo lamento mucho y espero que puedas disculparme.
¿Qué? ¿por qué sentía la necesidad de disculparse? Mi cuerpo se tensó y por un instante tuve que luchar contra el instinto de desenvainar mi espada. Estúpida, que estúpida había sido. Nos encontrábamos en su tienda las únicas testigos del hecho. Si Judithe era una especie de traidora o pretendía cubrir su espalda, bien podía matarnos y acusarnos de traición. Nadie era digno de mi confianza ahora.
Judithe podía matarme, podía llamar a sus vigilantes, encerrarnos en la tienda y pasarnos a cuchillo en un santiamén. Beyla de seguro estaría encantada de ayudar con el proceso.
—No es justo lo que tuvieron que atravesar, solo son unas niñas —susurró—. No saben cuanto lamento que hayan recibido un bautizo de sangre siendo tan jóvenes.
Los latidos de mi corazón bajaron de mil por minuto a cero en un instante. El mundo dio vueltas ante mis ojos y por un segundo Kalyca debió sujetar mi hombro para evitar que me desplomara de lado.
—Y todo esto tiene solo a una responsable. Quería dejarlo pasar, una simple llamada de atención, un castigo ligero por una travesura que provocó daños en el pueblo, pero esto es demasiado. —La piel de Judithe cambió de blanco a rojo en segundos—. A veces soy demasiado blanda con ustedes, —negó con la cabeza—, no puedo evitarlo. Años de entrenar a chicas como ustedes para la guerra y ahora que no existían motivos reales, yo solo quería, quería entrenarlas para la paz, que pudieran disfrutar de su juventud sin las cargas que mi generación y otras tuvieron que soportar en el pasado.
—¿Comandante? —inquirió Var— ¿A qué se refiere?
—Los tiempos de guerra han regresado, querida, y mucho me temo que no serán la generación que logre disfrutar de una paz duradera —sentenció—. Ahora, se buena y llama a Beyla y a Styr. Es hora que conozcan como se hacen las cosas en la frontera.
Por un segundo me distrajo el infantil deseo de ver humilladas y reprendidas a mis torturadoras, era lo único que podía permitirme. Las palabras de Judithe habían encendido las ascuas que habían dejado atrás las masacres que había presenciado. Un agradable incendio bullía en mi interior, llamas que devoraban todo lo que alguna vez había sido y dejaban a su paso una guerrera curtida, conocedora de la vida y de la muerte.
Beyla y Styr ingresaron a la tienda desprovistas de armas y con la mirada baja. Var las escoltaba, llevaba sus espadas en una mano, sujetas por la correa del talabarte y las balanceaba como si se trataran de simples trofeos sin gracia.
—Comandante, creí que el asunto estaba zanjado —dijo Beyla. Me regocijé en el temblor de su voz y en la palidez de su piel.
—Lo estaba, Beyla, lo estaba hasta que descubrí las consecuencias de tu bromita —siseó Judithe con una severidad que jamás le había visto demostrar.
—No puede castigarnos de nuevo por un mismo acto, está en la ley —siseó Styr.
—Por supuesto que no puedo hacerlo —afirmó Judithe—, pero si puedo hacerlo por las consecuencias.
—Comandante, usted dijo que las únicas consecuencias habían sido la pérdida total del granero y que lo pagaríamos con nuestros futuros sueldos como guerreras oficiales del reino. Ese asunto también quedó zanjado —continuó Styr.
—Oh, pero resulta que esas no fueron las únicas consecuencias.
Disfruté de la palidez que dominó la piel de Beyla y Styr ante la afirmación de nuestra comandante. Un sentimiento de justicia exquisito embriagó mis sentidos, por fin pagarían por todo lo que habían hecho.
—Murieron chicas, por su culpa —sentenció Judithe.
—¡Usted dijo que todas habían sobrevivido! —exclamó Beyla perdiendo los estribos—. Usted dijo que por eso todo estaba bien.
—¡Cállate mocosa insolente!
Beyla cerró la boca con tal rapidez que sus dientes se estrellaron entre sí. Tuve que esconder mis manos detrás de mi espalda y sujetar mis antebrazos para prevenir cualquier aplauso. Esto era justicia, esto era lo que había estado esperando.
—Styr, te molestaría explicar por qué las reclutas viajan en un grupo numeroso —invitó Judithe con un tono de voz que era la mezcla perfecta entre la frialdad del veneno de la melaza de una maestra de escuela.
—Para protegernos entre nosotras mismas, comandante —suspiró Styr.
—¡Exacto! Aun son novatas, apenas saben manejar sus espadas sin cortarse entre sí, viajar en grupo las protege. Eso fue lo que destruyó su broma.
—¿Y qué? Estamos en paz, nadie iba a hacerles daño.
Negué con la cabeza, Beyla no sabía cuando callar. Algunas de mis compañeras se levantaron y entre insultos desenvainaron. Al ver tal reacción, Beyla palideció. Pude ver como su rechoncha cabeza sacaba cuentas.
—Sí, Beyla, la mitad del grupo murió en combate. De no ser por la pericia de Steina, nuestra cohorte habría sido diezmada y tú y Styr son las únicas responsables de esto.
—Los responsables son quienes las atacaron, no nosotras —chilló Beyla. Sus ojos desorbitados bailaban entre todas las presentes y poco a poco se anegaban en lágrimas al comprender lo grave que era su situación.
—Han traicionado a su cohorte, chicas. Las entregaron a manos enemigas y no respetaron el lazo de hermandad que las une —sentenció Judithe con firmeza. A pesar de su diamantina expresión podía ver cuánto le dolía pronunciar tales palabras
—La única traidora es Steina —siseó Styr—. Es una cobarde objetora moral. Si la mitad del grupo murió ella debió de morir a su lado, como una verdadera comandante.
—Sus ideas sobre el liderazgo y el heroísmo están distorsionadas —dijo Judithe con pena—. Sin embargo, ya no los necesitarán más. Les sentencio a tres docenas y a cadena perpetua en las mazmorras de la ciudad de Lerei.
—¡Está loca!
—Eso es injusto —sollozó Beyla al borde de perder por completo el poco control que la mantenía en pie y sin avergonzarse.
—Agradezcan que conservan sus cabezas y que su estómago está libre de veneno. Solo son unas reclutas, eso les ha salvado la vida. Sáquenlas de aquí y quítenles sus armaduras, mi segunda se encargará de ellas. Enviaré una carta urgente a la comandante Indira y nos reuniremos con ella en su fortaleza. Es poco probable que sepa lo que ha ocurrido, si el arma es tan viciosa como lo han explicado, ya debe estar en Lerei y deben de estar demasiado ocupadas luchando contra ella. Necesitarán el apoyo de las cohortes de Indira.
Obedecimos al instante, una vez liberadas del peso de la responsabilidad sobre el arma solo quedaba el veneno de la venganza. Beyla y Styr eran ahora nuestro blanco, el objetivo de nuestro odio, el vivo expiatorio perfecto para sacrificar en nombre de nuestro dolor y desesperación.
Me mantuve al margen, así como Kalyca, Tessa y Var, esta última palidecía a ratos. De no haber tomado la decisión correcta meses atrás, habría seguido a Beyla y compartido su destino.
Quienes habían viajado con nosotras ya no me escuchaban, y tampoco habría intervenido de conservar algún poder sobre ellas. Observé, con ponzoñosa satisfacción, como empujaban a Beyla y a Styr en medio de un círculo formado por reclutas iracundas que clamaban por su sangre. Era casi embriagador verlas pagar por lo que habían hecho. En un punto Beyla casi pidió piedad de rodillas y su cobardía recibió su justo pago, una patada que rompió su labio y el delicioso insulto que tanto había escuchado de su boca dirigido a ella, era casi poético:
—Calla maldita cobarde.
Si Judithe había notado un exceso de violencia a la hora de cumplir su orden nunca lo mencionó. Se limitó a tomar de la nuca a Beyla y arrastrarla hasta un tocón cercano. Luego entregó un cáncamo y unos grilletes a una recluta y le ordenó clavarlos en el centro del tocón. Las piernas de Beyla temblaban con mayor intensidad con cada nuevo paso que le acercaba a su inevitable destino. Styr lo enfrentaba con mayor dignidad, o quizás solo estaba aturdida por el brutal golpe que había recibido en la sien.
Shawna, nuestra misteriosa segunda al mando, abandonó una de las tiendas cercanas. Rara vez aparecía por la Palestra, convencida de la seguridad de su comandante en tierras dentro de los muros. Era casi tan joven como nosotras, superándonos quizás por uno o dos años. No le había prestado atención porque no la merecía, solo era una más del sistema que besaba la tierra que pisaban las reinas, sin embargo, ahora haría cumplir la justicia, ahora era merecedora de mi atención.
Shawna llevaba su largo cabello negro trenzado y atado en una coleta alta. Su rostro era afilado, feroz e inamovible. Balanceaba con presteza un látigo de nueve colas en su mano izquierda mientras que la derecha la descansaba sobre el pomo de su espada con aire casual, como si desollar reclutas fuera una tarea de todos los días para ella.
Abracé mi cuerpo para contener el estremecimiento de satisfacción que recorrió mi piel cuando Judithe obligó a Beyla a hincarse frente al tocón. Mordí la comisura de mi labio para disimular la macabra sonrisa que amenazaba con partir mi rostro cuando rasgó su camisa y pronunció su sentencia y sus crímenes. Era justicia en su máxima expresión, había actuado como una idiota y por su culpa una decena de vidas se habían perdido en batalla. Sus gritos y su sangre lavaron una parte de mi propia culpa, tal vez por eso disfruté tanto del espectáculo.
Reí en silencio ante la ironía de la situación. Si bien ahora aplaudía y celebraba la aplicación de la justicia sobre una de mis enemigas, en el fondo sabía que ese sería mi destino de ser capturada cometiendo traición. Si Kirstia o cualquier otra noble involucrada se iba de la lengua estaba condenada.
Ante tal revelación perdí el aire de mis pulmones y mi corazón amenazó con salir volando. Tomé una bocanada de aire y lo expiré con lentitud. No podía perder la calma ahora, Kirstia era una mujer de Lykos, moriría antes de delatarme.
Aun así, mientras arrastraban el cuerpo inmóvil de Beyla hacia una de las tiendas, me juré jamás ser capturada. No pasaría por tal humillación, ese sería mi límite. No cosecharía lo que había sembrado, no sería como Beyla o Styr. Sería diferente.
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