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CAPITULO 1: ¿ARIEL?

 Iba conduciendo su carro, cuando recibe otra llamada telefónica: era su futura esposa.

Pensó un momento antes de contestar, porque en realidad no sabía que decirle, hasta que se decidió, y enseguida se oyó la voz de ella al otro lado, preguntándole:

— ¿Dónde estás León?

—Amor, ahorita estoy yendo a resolver algo importante —Respondió la pregunta con un poco de tartamudez—.  Prometo volver rápido.

— Está bien amor, no tardes, recuerda qué día es hoy.

— Amor, sé que hoy es el día más importante para ambos. Hoy me caso con la mujer más hermosa del mundo, con la mujer que tanto amo.

—Yo también amo demasiado amor. Te esperaré — replicó ella al otro lado de la llamada con algo de simpatía.

— Cuídate, tengo que colgar porque voy conduciendo y no puedo manejar así — se despidió, pero realmente era por el miedo a sus palabras.

Se despidieron y él regresó el teléfono a donde estaba, junto a él.

Siguió conduciendo un largo rato hasta estacionarse frente a una casa de dos pisos, pequeña.

Se abajó, y su rostro reflejaba sorpresa, la casa estaba descuidada, un árbol seco frente a ella, su jardín casi muerto, su cercado casi en el suelo, y solo resaltaba un poco el pequeño rosal junto a la puerta con apenas unas cinco rosas que sobrevivían a la sequedad y el abandono al que eran dejadas.

Recordó unos segundo cómo era antes esa casa: colorida, llena de rosas, y un jardín con colores vivos.

Decidido, entró y tocó la puerta de la casa.

Luego de un momento de espera, la puerta se abrió un poco, miraba a ver quién había abierto la casa, pero al bajar la mirada, era una niña pelirroja, la cual le preguntó:

— ¿Es usted el príncipe León?

Confundido la miró, y le respondió dudoso:

—Creo... que sí.

Terminó de abrir aquella puerta entrecerrada, y lo invitó a entrar, diciéndole:

— Siéntese en el sofá mientras voy a llamar mi mamita.

Se confundió aun más al escucharla decir "mamita", pero entró y se sentó en el sofá que esta le había indicado.

Paseaba su mirada por toda la casa, viendo la chimenea que parecía que llevaba años sin encenderse, recordando el fuego vivo que siempre tenía.
La casa se veía opaca, pensando que alguna vez estuvo llena de vida.

Contrario a cómo la veía ahora.

De pronto se oyeron unos pasos suaves bajar las escaleras, los cuales lo hicieron despertar de sus recuerdos.

Aquellos pasos se oían como si trataran de no caerse.

Al voltear a ver, se sorprendió al encontrarse una mujer, con una tela para cubrir su cabeza, un tanque de oxígeno, su rostro pálido, sin senos.

Al acercarse a él, le extendió su flácida mano para saludarle, y él solo la tomó de la mano con los ojos llorosos, no podía creerlo.

La niña le ayudó a sentarse, y ella solo sonrió un poco, y con palabras lentas, le dijo:

— Hola, León.

—No... puedo creer cómo estas— Estaba aún sin palabras, aunque ella sonreía —. ¿Qué tienes Samara?

— Cáncer de mama, ya con metástasis, y como puedes ver, ya muriendo.

— ¿Cuánto tiempo tienes así, Samara? Cuando nos dejamos tú estabas bien.

Él trataba de encontrar las palabras correctas para dirigirse a ella.

— Cálmate, prometo decirte todo, pero primero quiero pedirte algo importante, León. Por favor.

No hubo respuesta de su parte, solo la miró fijamente aún sin palabras, nada más que miradas mudas, vacías.

— Dime lo que quieras, Samara.

— Pronto moriré, el doctor me dijo que solo me quedan al menos 15 días de vida, y como puedes ver... tengo una niña...

— Hermosa como tú — replicó mirando a la niña con media sonrisa—... Tiene tu mismo color de cabello, su mirada, todo igual a ti, Samara.

La mujer río un poco, pero no mucho, porque parecía demasiado esfuerzo para ella.

— Gracias, león. Siempre tan dulce... pero, quisiera pedirte algo, y es que, por favor, no quiero morir sin que mi niña vea que le cumplí una promesa... verte a ti y...

La interrumpió una fuerte tos, que, al taparse la boca con un pequeño paño, miró, y estaba lleno de sangre

Sangre que salió de su boca.

—Mamita, por favor no hables tanto— Le pidió la niña tomándola de la mano.

León no tenía ni idea de qué hacer, no sabía nada. Aún no asimilaba la situación.

—Quisiera... que estés conmigo estos últimos días que me quedan, por favor.

"Recuerda que día es hoy" recordó León las palabras de su futura esposa, y le preguntó:

— ¿Qué quieres decir?

— Yo le pedí a mi mamita que llamara al amor de su vida, y para que no muriera sola, porque quiero mucho a mi mamita, pero quiero verla sonreír con aquella persona que ama tanto.

Se sonrojó al escuchar las dulces palabras casi interrumpidas por el llanto de ella misma.
El diario su mirada a Samara, preguntándole:

— ¿Eso es cierto, Samara?

Ella asintió con su cabeza, y le dijo:

— Por favor, quédate conmigo, llévame a los lugares que visitamos cuando éramos novios, aquellos que tantos lindos recuerdos tienen. No quiero morir en una cama ni aquí ni en un hospital. Quiero ser feliz, León. Feliz contigo al menos antes de morir.

Comenzó a toser otra vez ahogándose. León quiso ayudarla, pero ella lo detuvo, mirando otra vez a sus ojos, pidiéndole:

—Por favor.

—Samara hoy... me caso.

Samara acaricio sus propias manos, y le dijo:

— Pensé que ya estabas casado. Después de tanto tiempo.

— No, aún te amaba Samara, aún te amaba — argumentó con sus ojos fijos en ella, como queriéndole recordar algo.

— Por favor, dile que si— lloró la niña, esperando que él aceptara rápido, porque sentía que su mamá iba a morirse —. Ella me dijo que tú eras bueno, y que sí dirías que sí.

—Ariel, él se va a casar...— la detuvo Samara, pero León la interrumpió.

— ¿Ariel? — espetó de forma sorpresiva —. La llamaste como queríamos llamar a nuestra hija.

—Por eso la llamé así... porque ella es nuestra hija.

León miró a la niña con una mirada de sorpresa, se puso de pies con una expresión de miedo, dió dos pasos hacia atrás, y le preguntó:

— ¿Cómo es posible?

Dejó caer una lagrima que rodó lento por sus mejillas. No podía creer ni lo que escucharon sus oídos ni lo que sus ojos veían en ese momento.

— ¿Por qué hasta ahora? —Le preguntó desde donde estaba de pies —. ¿Por qué nunca me dijiste? Después de tanto tiempo. Samara, no puedo creer que soy padre y no lo sabía.

— Nunca te lo dije porque tú te fuiste a España y no regresaste más a Venezuela — Respondió sin mirarlo a la cara —. Regresaste tres años después. Siempre supe que habías regresado, León.

— Siempre lo supiste y nunca me lo dijiste.

— Regresaste comprometido. Te casarás, pero antes que eso pase, solo quiero que me digas si puedes cumplir mi último deseo, por favor...

Fue interrumpida por la tos, y sangre salió otra vez de su boca, y su niña la abrazó, diciéndolo:

—Todo va a estar bien mamita. Todo va a estar bien.

Quedaron en silencio.

Era de entender que León aún no terminara de asimilar la noticia o la situación.

Joder, una niña que resulta ser su hija de casi 6 años, y la mujer que algún día tanto amó, estaba apunto de morir, y lo necesitaba en su último deseo.

— Si te quieres ir, entiendo. Vete — Se puso de pies con dificultad y cuando estuvo apunto de pisar el primer escalón de las escaleras, él la detuvo, diciéndole.

—Acepto...

Parecía dudarlo, pero luego dió unos pasos adelante para acercarse a ella, rosando sus propias manos como señal de que estaba nervioso:

— Pero por favor, déjame ir y hablar con mi prometida.

—Lo sé — Replicó sin mirarlo, aunque su hija estaba sonriendo, y antes de subir las escaleras, terminó de decirle —. Ya sabes donde vivo, pero por favor, no tardes.

Dicho eso, león salió de la casa aún sin terminar de procesar la situación.

***

Mientras iba de regreso a casa, su celular no dejaba de sonar, su prometida lo llamaba a cada instante, quería saber dónde estaba. Pero él tenía que pensar en lo que acababa de pasar.

Era normal que aún no terminara de procesar que siempre quiso tener : un hijo. Y resulta ahora que hace casi seis años tenia una niña que estaba creciendo sin él, no la vio caminar a su inicio, ni sus primeras palabras, y todo solo por irse a otro país huyendo de un pasado que todo lo contrario a lo que pensaba, en realidad siempre fue un amor real.

¿Qué le diría a su futura esposa?

También era una preguntaba que le rondaba en la cabeza; fue tanto su preocupación que dió un fuerte grito dando un golpe al volante, mientras sus ojos se enrojecían por las lágrimas, y lloraba, diciendo:

— ¡NO! ¿¡PORQUÈ ME PASAN ESTAS COSAS!?

Su vida cambió de un momento a otro, con solo una llamada y una visita a su pasado.

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