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El navegante de Chesire

—No tenía idea de que los gatos de Cheshire estuvieran siempre sonriendo; en realidad, ni siquiera sabía que los gatos pudieran sonreír.

Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Caroll.

La tripulación necesaria para atravesar el agujero de gusano se iba reuniendo. Según me había comunicado Sandoval, los tripulantesiban a ser cuatro. Estábamos todos. Así que todo iba más o menos bien: yo sería la capitana de la nave, con César y Ben de marinería y el doctor Mancebo como jefe de máquinas.

De cualquier manera, en un proyecto de esta complejidad y altísimo riesgo, las cosas podían complicarse con fácilidad, como de hecho ocurrió. Así que me inquieté mucho cuando, a la salida de la conferencia del doctor Mancebo, el gobernador Sandoval me invitó a su despacho para charlar informalmente. Esto era muy mala señal, pues nunca suelen llamarte para algo bueno. Me temía algún tipo de amonestación, de reprimenda en privado por el espectáculo desagradable que yo había montado en la conferencia, pero no fue así, aquello estaba olvidado.

Era mucho peor.

La tranquilidad duró poco, pues las cosas comenzaron a complicarse de manera inesperada, y es que los fantasmas del pasado volvían para torturarme.

—Juan Argento es el mejor navegante que conocemos y lo necesitamos —dijo Sandoval, inclinándose hacia mí, con los brazos sobre la mesa de su sobrio despacho mientras mantenía los dedos de las manos entrecuzados.

—Sí, y también el mayor imbécil del sistema solar —respondí con indiferencia—, y en mi nave no hay sitio para los imbéciles. Me niego a tenerlo en mi tripulación.

—Pero qué les pasa a ustedes dos. Son dos buenos nautas. Nadie mejor que usted para liderar esta expedición y nadie mejor que él para gobernar la nave... ¿Por qué no son capaces de navegar juntos? Si es un tema de dinero, yo podría...

—Qué manía con el dinero —respondí con rudeza—. ¡No!, he dicho. Déjelo. Es personal.

—Dígame, ¿qué pasó entre ustedes dos? —sonrió, pues conocía sobradamente la respuesta. El gobernador disfrutaba hurgando en mis heridas aún no cerradas y eso no me gustaba. Tampoco lo esperaba, pues era una actitud impropia de él; siempre había sido una persona elegante.

—¡Váyanse al guano, él y usted! —Le contesté, me daba lo mismo si ahora Sandoval era el gobernador de Nuevo Chile. Después de todo él había dicho que quería mantener una charla informal.

—Deben ser ustedes un caso serio de incompatibilidad de caracteres. Créame. Él dijo lo mismo. Que lo peor que le podría pasar sería volver a navegar con usted...

—¿Juan dijo eso? —pregunté, sin darme cuenta de que el gobernador me estaba enredando, como la araña a su presa en la tela.

—Sí, Argento dijo que no soportaría otro viaje con usted, y que sería un infierno, que prefería morir mil veces antes que volver a verla y estar en su compañía.

—¿De verdad dijo eso? —Me quedé pensativa, dejándome llevar por las emociones, sin darme cuenta de mi error—. Bueno, dadas las circunstancias, quizá no sea tan mala idea volver a navegar juntos...

—Bien, entonces —respondió sonriente.

De los numerosos errores que cometí al liderar esta expedición, quizá el peor fue incluir a Juan Argento en la tripulación. Y lo comprendí a los pocos segundos de tenerlo frente a mí, pero ya había dado mi palabra y era tarde para echarse atrás. El navegante llegó a Titán a las dos semanas de mi conversación con Sandoval, con su pañuelo negro cubriéndole la cabeza, con sus orejas anilladas, sus patillas y su porte elegante, alto, con sus tatuajes nautas... cuanto más me gustaba, cuanto más apuesto me parecía, más le aborrecía.

Me acerqué a él en el puerto espacial para darle la bienvenida que merecía:

—Hola, imbécil —le saludé—, ¿sigues dedicándote a robarle a los nautas decentes?

Sonrió, y es que había adquirido la costumbre de sonreír cuando las cosas no le gustaban. Como el gato de Cheshire. Qué momento tan incómodo. Él sabía que esto iba a ser así y sin embargo había tenido la desfachatez de presentarse, como si nada hubiera ocurrido entre nosotros. Me respondió:

—Si por decente entiendes a los nautas paranoicos y alucinados como tú, Rebeca, sí. Te respondo que sí, que les robaría con gusto y con ganas, porque los nautas como tú no merecen otra cosa. De hecho, ¡robarte a ti sería un auténtico placer!

—Me robaste lo más valioso, canalla —respondí con pesar, mientras él no abandonaba esa sonrisa idiota—. Dime, ¿qué fue de esa mulata del color de la canela amiga tuya?

—Era solo una amiga, ¿cómo tengo que decírtelo? Estás enferma, contaminada por esos celos enfermizos que nunca te dejaron percibir la realidad tal como es.

—Una amiga muy amiga, por lo que decía la gente... Destruiste todo lo que nos unía. Supongo que eres de esos que piensan que un nauta debe tener un amor en cada puerto espacial. Lo dicho. Eres un imbécil sin cerebro.

—No, Rebeca. No soy un imbécil, soy «tu» imbécil, y no dejaré que viajes sola en esta arriesgada aventura. Tú sola no sobrevivirías. Me necesitas, necesitas que alguien te proteja de ti misma.

—Eres insoportable.

—Si embarcas en esa nave, no volveré a verte, al menos tal como te conozco. Y si, algo improbable, consiguieses volver, lo harías aún más loca y...

—¿Y?

—El tiempo se distorsiona con la gravedad y tú podrías volver dentro de más años de los que podamos imaginar. No podría reencontrarme contigo dentro de doscientos años, porque yo ya no estaría aquí. Debo acompañarte. No te aguanto y no te soporto, pero tampoco sabría vivir sin ti.

—¿Tan indispensable te crees? No creo que imagines lo mucho que te desprecio a veces...

Tras el intercambio de estas palabras de bienvenida, nos fuimos los dos caminando desde el puerto espacial hasta su habitación en la base científica. Era un buen trecho. Al llegar a un pasillo solitario, lejos de las miradas indiscretas, sin decir más, me agarró por la cintura y me besó en la boca, y yo no supe resistirme. Me sentí ridícula y humillada. Me sonrojé. En mi defensa, solo acerté a darle una merecida bofetada.

Pero me seguía gustando su forma de besar, vaya que sí, me gustaba mucho. Me embriagaba el sabor de sus labios en los míos. Sin embargo, en algún rincón de mi mente, algo me decía que él siempre era lo mejor que me podía pasar, y también lo peor:

—Soy tu capitana y tu superior y debes tratarme con respeto —le miré desafiante.

No solo no se inmutó sino que sonrió como el maldito gato de Cheshire, sin responder y, mirándome a los ojos, volvió a poner su mano en mi cintura con la intención de besarme otra vez. Lo siguiente fue un directo en su cara. Le pegué fuerte en la nariz y sangró abundantemente.

Tuve que acompañarle a la enfermería para que le enderezasen la nariz, pues estaba rota. Os lo aseguro: no es recomendable tratar a las mujeres nautas sin respeto. Después le conduje hasta su habitación, con un aparatoso vendaje parecido a un antifaz instalado en su cara.

Tras el altercado, lo dejé en su habitación y me dirigí a la mía, que por suerte no estaba cerca. Era mejor mantenerlo a distancia, mejor cuanto más lejos. Al quedarme caminando a solas, los fantasmas del pasado vinieron a visitarme e inundaron mi mente. Aquellos recuerdos... Pensé en aquellas ilusiones quebradas, sueños de amor y felicidad rotos para siempre.

Cuando llegué a mi habitación no me quedé mucho rato a solas. Gracias al Espacio, a la media hora aparecieron Ben y César. Por un momento, ellos me reconfortaron y exorcizaron mis demonios. Mis dos camaradas llegaban preocupados por la situación:

—Nos hemos enterado y no pensamos tolerarlo, Rebeca —dijo César—. Si vuelve a molestarte, ¿no te importa si Ben y yo vamos a visitarle? Nos gustaría mandarlo al hospital por una larga temporada, si no es inconveniente, quiero decir.

Le devolví una mirada furiosa:

—¡Ni se os ocurra! Él es cosa mía. Puedo con él yo sola, no necesito ayuda de vosotros ni de nadie. ¡Fuera de aquí! Quiero estar sola.

Pero en cuanto se marcharon y me abandonaron en mi cabina en la base de Nuevo Chile, me arrepentí de haberlos echado y me sentí muy infeliz. Comprendí que la pesadilla iba a volver a repetirse y, abandonándome a  la  tristeza, permití que el desconsuelo me invadiera.

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