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Capítulo 51

A la par con la vivencia en el Vaticano, Abigaíl, presa del pánico, corrió como una desquiciada, ingresó a la UVI, a la sala donde se hallaba su sobrino; cargaba un televisor tipo plasma, que conectó sin ningún inconveniente en el primer tomacorriente que encontró libre. Pero antes, cerró la puerta de vidrio con seguro. Uno de los médicos y algunas enfermeras se abalanzaron hacia ella. Ya era tarde, No fue difícil sintonizar el canal cuando el evento del Vaticano era un acontecimiento internacional transmitido en la mayoría de los canales, incluyendo los locales.

El cuerpo médico vociferaba desde la parte exterior del muro de vidrio, que incluía la puerta. Del otro lado (hacia dentro), Antoon meditaba su agonía, y su tía Abigail, seguía al pie de la letra las instrucciones de Iraíla.

—Todos vociferaban al no comprender el comportamiento de la mujer que violaba las normas de seguridad médica.

—¡¡Salga de ahí!! ¡¡Está loca!! ¡¡Lo va a matar de una infección!!

El médico que lo operó palmoteó el inmenso ventanal hasta amoratar sus manos.

—¡¡Llamen a seguridad!! —ordenó.

—¡¿Qué es lo que pretende?! Dijo otro de los médicos de turno.

—¡¡Está agonizando, por Dios!! —manifestó una enfermera.

—¡¡Ese equipo está prohibido en esta sala!! —dijo otra. El personal de vigilancia del piso, fue puesto en alerta.

Abigaíl parecía un ave angustiada víctima del desespero y el encierro obligado. Siendo religiosa emérita, le dolía su comportamiento. Los gritos le quitaron la poca calma que tenía guardada. Jamás había imaginado que sus acciones pudieran lastimar a alguien. Estaba al borde de un colapso emocional. Se llevó la mano derecha a la boca deteniendo el grito que estaba a punto de lanzarse al vacío. La mano izquierda, se aferró del pectoral que colgaba de su cuello. Tenía la mirada clavada en la pantalla de la televisión, implorando un milagro sin conocer las consecuencias.

El canal sintonizado desplegó la verdad que se vivía en la ciudad del Vaticano. La música llegó como un emoliente, y entre ella, la mágica voz...

—Espere doctor, es Iraíla la que canta —dijo una de las enfermeras al médico que palmoteó el ventanal—. Fue la que salvó a Nifriz y lo salvó a él del estado vegetativo —señaló a Antoon—. Es una santa, doctor. Sólo escuche y tenga fe.

Las voces se fueron aplacando cuando el sonido estereofónico de la orquesta celestial, traído desde la Santa Sede en Italia, irradió con incienso instrumental desde la pequeña habitación donde se originaba, hasta cubrir cada una de las habitaciones que alojaban pacientes en estado crítico. Ningún virus dispuesto en el aire debió quedar con vida. Los estados de ánimo del personal médico cambiaron sorpresivamente, cuando la voz de Iraíla los sumió en su magnificencia. Se habían convertido en parte de la audiencia.

Durante la canción, aquel ambiente clínico plagado de dolor en todas sus formas, fue bendecido con el fármaco auditivo que mejoró las frecuencias cardíacas, los niveles de conciencia, la presión arterial, la temperatura y la salud mental entre otros signos vitales, de pacientes moribundos y algunos con complicaciones severas.

El resultado se evidenció en suspiros de aliento y sonrisas naturales, que antes eran prefabricadas con la agonía. La dosis alcanzó para que la buena salud física y mental del personal médico, incrementara su salud emocional.

Al final de la tragedia, las emociones adversas de Abigaíl fueron compensadas con la felicidad. Antoon despertaba de nuevo de su sueño agónico desairando a la muerte, y aunque éste fue breve, retornó afligido con lágrimas vertiendo de sus ojos, como si supiera lo que pasaba.

La exaltación de Abigaíl fue más allá, con el final de la ópera, presenció la otra verdad que afrontaba el Vaticano. Lo que nadie esperaba. De inmediato, apagó la televisión para evitar que su sobrino tuviera otro colapso cerebral, y se vio de nuevo afectada por un flujo de emociones adversas.

Algún deseo personal de Antoon evitó que el milagro fuera perfecto. Hubo daño cerebral que comprometió funciones corporales. Quedó con parálisis en el lado izquierdo del cuerpo. Para su padre no importaba más que tenerlo con vida. Para Abigaíl, su sobrino formaba parte de la sarta de cuentas que cargaba consigo para rezar el rosario cada día. ¿Y el piano? Quedó huérfano de una mano.

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