Antonella.
Salgo del despacho vacío de mi pa...de Guillermo después de haberle dejado el documento sobre la mesa. Agradezco que él no estuviera allí.
Cuando entro a la habitación con un nudo en la garganta, busco estar sola. Guillermo no está así que me permito desplomarme en el suelo a llorar. Eso que he hecho hoy ha sido una locura, pero saber que él ya tiene todo listo para nuestra boda ha sido la gota que ha colmado el vaso. Discutiremos luego cómo lo supe. El punto es que ahora me siento horrible. Lo amo. Lo amo tanto que duele. Pero no puedo casarme con él...no puedo traicionar así a las miles de personas que murieron en la Guerra Oscura que él planeó. No puedo...
Cuando estoy maquinando en mi mente a toda velocidad miro la puerta del baño y me dirijo allí a toda velocidad. Me meto en la tina y con agua fría comienzo a frotarme el cuerpo como una pocesa. No es justo. No es justo. No es justo. No me enamoré de él para esto. Se suponía que después de huir a Mordark con él tendría ...paz. Irónico que poco después haya empezado la guerra.
No había una guerra así desde la famosa Tercera Guerra mundial, aquella que dividió al mundo en tres naciones y redujo casi diez veces la población mundial. Recuerdo que leí alguna vez que antes habían teléfonos mucho más avanzados con algo llamado "redes sociales" , pero que como destruyeron la sociedad en su momento...se modificaron hasta ser solo para llamar y mandar textos, como ahora . De hecho, solo la realeza los usa, porque la plebe tiene prohibido el uso de celulares.
Con esos pensamientos banales continúo mi baño. Siento la puerta de la habitación abrirse, pero no me inmuto. No quiero. No puedo. No puedo.
Cuando Guillermo entra al baño serio como una roca, trago saliva.
—¿Lo hiciste?— lo pregunta tan bajo que se nota que teme de la respuesta. Su pecho sube y baja.
Me tomo unos segundos dónde solo se escucha el sonido del agua que cae de mis brazos en gotas.
—Sí.
Él aprieta los labios.
—¿Y los documentos?
—En el despacho de mi....t-tu despacho—me corrijo , tensa.
Él asiente. Se agacha hasta que su pecho queda a la altura de la tina y me tenso cuando sus dedos ásperos me recorren la mejilla en una caricia sutil y tan tierna que me hace creer que el antiguo Guillermo sigue ahí.
Sus ojos azul cielo me miran con una intensidad que me hiela el alma .
—Sabes que no quería, ¿Verdad? Que si no hubiera tenido opción no te hubiera pedido algo así, pero sé que si le hacía daño me ibas a odiar y si...
—Ya está—lo interrumpo—…está hecho, no hay vuelta atrás. Deja el tema.
Él asiente.
Su vista baja por los moretones que me he hecho con la esponja de baño , noto algo en su mirada que me jode ... lástima. Me tiene lástima. Estoy a punto de cerrarme a llorar hasta que su mano entra en el agua y toma la esponja. La moja un poco y un sollozo se me escapa cuando comienza a pasarla por mi piel. No lo hace con la tosqueza que lo estaba haciendo yo, es más suave. Parece que fue hace un siglo que se portó así conmigo: tierno, amoroso. Por un segundo quiero creer que todo esto es una pesadilla, que él no mandó a asesinar a miles de personas, que no dejó que mi padre y mi mejor amigo murieran por una estúpida corona. Pero luego observo las circunstancias en las que se vio obligado a hacer esto y me dan unas ganas horribles de llorar.
Guillermo vuelve a mojar la esponja y la pasa por mi espalda. Su ritmo es lento y frota con suavidad de manera circular en las áreas que... se ven huellas de lo que pasó.
Una vez termina camina hasta la esquina y toma una bata y me cubre ayudándome a levantarme.
Me tiende la mano y no se la doy.
—Estoy cansada , no convaleciente.
Él voltea los ojos.
—Las pullas en otro momento, princesa...por favor...—jadeo cuando me toma de la cintura y las rodillas y me carga en el aire. Mi cabello es una mata de ondas negras que cae larga y mojada hacia atrás y temo que moje el suelo.
Cuando Guillermo me deja en la cama, me tenso ante los recuerdos de ayer y hace un reto. Ambos se mezclan y....
—No me mires así —suplica—. Prefiero morirme antes de que me tengas miedo.
Aprieto los labios, contieniendo un sollozo.
— Prácticamente abusaste de mí anoche — me desahogo— y encima después me has pedido que le abriera las piernas a mi ex para que pudieras conseguir un documento. No sé que esperas que te tenga ahora mismo, Guillermo.
Él se pasa las manos por la cara y abre el closet. Saca un vestido cómodo y unas bragas. Me las coloca a mi lado y se sienta en la esquina de la cama. Está a punto de acariciarme el tobillo y recojo las piernas. Él suspira.
—No tuve opción con lo de Marcos y lo de anoche...Joder, lo siento. Estaba demasiado tenso y...No supe manejarlo y...No sabes lo mal que me sentido recordando las cosas que...
—Te mintiera...—interrumpo— si te dijera que no disfruté ambas cosas , lo tuyo y lo Marcos. Pero...eso fue cuestión física, Guillermo. Porque sentimentalmente me ha destrozado que después de haber prácticamente abusado de mí...me pidieras algo así y...
—¡No abusé de ti! — susurra — Por favor no lo digas de esa forma.
—¡Te pedí que pararas!
—¡No creí que estuvieras...hablando en serio!
Me paso las manos por el pelo y me tiro hacia atrás en la cama.
—Solo....déjame en paz de una puñetera vez, Guillermo.
Cuando las palabras dejan mi boca una lágrima corre en su mejilla y sé que voy a romper en llanto en cualquier momento.
—He pedido varios diseños para tu vestido de bodas—dice, pasándose bruscamente la mano para secar la lágrima—. Tengo planeada la boda para dentro de dos semanas.
Aprieto los labios.
—¡Sale de aquí!—grito, cansada.
Él intenta replicar pero se lo piensa mejor y abandona la habitación. Y esta vez si me permito llorar.
••••
Damon .
Lanzo una estocada hacia el blanco y la espada entra certera y segura. No sonrío. No tengo fuerzas para eso. Vuelvo a tomarla y sigo fingiendo que lucho. El maniquí cede y tras un par de movimientos más cae al suelo. Me paso el dorso de la mano por la frente sudada y quito los cabellos que se adhieren a ella. Me agacho a tomar la espada y levantar el maniquí. Entonces me empujan y caigo al suelo.
Maldigo en voz baja.
—Amber ...¿Podrías dejarme en paz de una puta vez?—pregunto, cansado. La rubia me ha caído mal de gratis al no dejarme acabar con mi miserable existencia.
Ella lleva una capa verde y el cabello recogido en una trenza que le roza la cintura.
—¿Me das clases?
Frunzo el ceño.
—¿De qué?
Ella voltea los ojos.
—De aricmética, Damon. ¿No te jode? ¡De caballería!
—Las mujeres no fueron hechas para esto, Amber.
Ella arquea una ceja.
—Los hombres tampoco, y si ellos aprendieron qué me impide aprender a mí. Te aseguro que te gustaran más las mujeres si dejaras de subestimarlas, Damon.
—Ha sido un pésimo chiste—aseguro.
—No era un chiste...—comenta — Tengo entendido que eres bisexual y....
—Espero por el bien de tu cuello que no estés tratando de ligar conmigo, Amber , porque te juro que...
—¿Qué? ¡No!
—Pues basta de...
—¡Quiero ser la capitana de caballería del nuevo reino!— grita haciéndome detener el paso.
—Es imposible.
Ella se acerca a mí y me voltea. Bajo la mirada para mirarla a los ojos.
—Es posible si me entrenas, nadie más aplicado en esto que tú, Cir Damon Subak .
Volteo los ojos.
—No me llames así.
Volteo y sigo caminando.
—¿Nunca has sentido que las personas ven que tu sueño es ... estúpido?— la pregunta me aprieta el pecho.
Trago saliva.
—Lo he sentido, sí.
Hasta que llegó él....
Ella tiene los ojos cristalizados cuando la vuelvo a mirar.
—Así me siento. Por ser mujer no me dejan hacer lo que amo....¿Te parece justo?
—Me parece una mierda — le concedo— , pero es nuestra sociedad y no vamos a cambiarlo todo tú y yo , así que calla.
—No podemos cambiarlo todo, Damon, pero un pequeño cambio podría originar otros. Algo así como un efecto dominó y...
—Amber, basta de una vez. No. Punto.
Ella voltea los ojos.
Me dirijo de nuevo a la salida hasta que siento que me aplica una llave y caigo de espaldas al suelo con una fuerza enorme. Siseo de dolor cuando siento una punzada en la columna vertebral y veo que Amber toma la espada y finge que me la entierra en el pecho.
Bufo.
—Si te doy tus jodidas clases....¿Me dejarás en paz tirarme por el muro?
Ella hace una mueca.
—Sí.
Asiento. Me levanto y me sacudo la ropa , adolorido. La miro.
—Dos semanas, Amber. No más.
Ella asiente.
—Nos vemos mañana a primera hora—asegura, sonriendo.
Volteo los ojos alejándome de allí.
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