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17 ✔️

McKenzie Elder


La luz mañanera del sol logró colarse por mi ventana e iluminar gran parte de mi habitación.

¿Qué día es hoy?

Con pasos lentos, aún algo adormilada, me acerqué al pequeño pero útil escritorio en un rincón de mi habitación para consultar el calendario que estaba sobre este.

Miércoles, el día de Mercurio.

El abuelo era un gran fan de la astrología; le encantaba leer libros, estudiar y ver documentales sobre el tema. Realmente era una de sus tantas pasiones, junto con la jardinería y todo lo relacionado con el arte.

«El miércoles es el mejor día para realizar propuestas o trámites, Mack; es un día donde la inteligencia brota más que en cualquier otro».

Su voz pierde la fuerza dentro de mí.

Te estoy olvidando, pero no quiero hacerlo...

Me maldigo internamente durante unos segundos y miro la hora en la pantalla de mi celular; son las siete, dentro de una hora debo ir a la preparatoria.

Rebusqué en mi armario algo decente, pero simplemente opté por usar unos jeans holgados de color negro con una polera sin mangas del mismo color; con la ropa entre las manos me dirigí hacia el baño para darme una ducha y poder aclarar mis pensamientos. Mis pensamientos sobre el tierno beso que Iker me había dado, o quizás robado, el rostro de Aser dando vueltas dentro de mi cabeza y un sinfín de otras cosas.

Cuando terminé, procuré secar cada gota de agua que estuviera en mi piel, lo que me llevó a mirar mis piernas.

Debería rasurarme las piernas.

Aunque mi cabeza lo ordenó hice caso omiso de ese tema; no iría a ningún evento y los jeans me tapaban las piernas. Problema resuelto.

Me vestí con la ropa que había seleccionado y me dirigí hacia mi habitación para buscar las zapatillas que usaba normalmente, unas convers negras sin plataforma. Volví hacia el baño para lavarme los dientes, pero antes miré a la chica que se reflejaba en el espejo; no la reconocí. Dadas sus ojeras, su vista cansada y preocupada, y su cabello muy despeinado con unos cuantos nudos sin desarmar.

Sentí la vibración de mi celular dentro de uno de los bolsillos de mis jeans y eso me obligó a aterrizar los pies de nuevo en la tierra y olvidarme de la chica en el espejo. Miré la pantalla y un mensaje de Aser se iluminó en ella.

Aser: Necesitamos hablar.

Preocupada, decidí responderle.

Mack: ¿Todo bien?

Aser: Sí, solo que necesitamos aclarar un par de cosas.

Mack: ¿Es importante?

Aser: Algo así.

Mack: ¿Hay un problema entre nosotros?

Crucé los dedos para que lo negara, pero no sirvió de mucho.

Aser: Sí.

Mack: No creo que sea para tanto, ni siquiera deberíamos hablar sobre ello y mantener las cosas así.

Aser: Los problemas se resuelven hablando, no evitándolos McKenzie.

Se desconectó y quedé boquiabierta con el celular en la mano. Por mi mente transitaban muchísimas incógnitas respecto al "problema" que teníamos. ¿Realmente había pasado algo?, ¿O simplemente es una buena excusa para charlar y vernos un momento? No. Aser no anda con rodeos; es un chico directo y seguro de sí mismo. Pero sino, ¿Qué diablos pasaba?

Me acomodé un poco el pelo, bastante nerviosa y preocupada por lo que debía charlar con él y con mi mochila bajé hacia la cocina, con la intención de comer algo, pero nada de lo que encontré me pareció un poco interesante; de hecho, intenté comer un par de galletas saladas, pero no pude tragarlas. Simplemente se quedaban en mi boca y decidí botarlas a la basura. Me mojé la cara con un poco de agua helada y me sirvió de algo para aliviar la ansiedad.

Karen había estado un tiempo observándome pero se mantuvo callada, con la esperanza de que no notara su presencia, pero fue en vano, pues la puerta rechinó un poco cuando casi se cae, tropezándose con sus propios pies, y la observé callada mientras estaba en la espera de una buena excusa. Pero no se excusó ni nada por el estilo, simplemente ignoró todo lo que había visto y dijo, con un nudo en la garganta:

—Hoy no voy a ir a la preparatoria.

Asentí suavemente con la cabeza, aun con gotas de agua en el rostro y me sequé con un pedazo de toalla higiénica que encontré en la encimera.

—¿Te sientes mal?

—No, no, es solo que necesito comprobar el embarazo. —Dijo nerviosa y luego aclaró—: Con un médico.

Entendí lo que quiso decir y me despedí de ella con un abrazo de oso. Sentí su perfume, que olía a cereza, cuando apoyé mi cara en su hombro y ella debió haber sentido el olor del jabón en mi cuerpo. Nunca me gustó usar perfumes, y si no lo he hecho durante más de una década y media, ¿Por qué cambiar ahora?

—Cuídate —le dije mientras coloco dos mechones de su cabello detrás de ambas orejas.

—Lo haré, no te preocupes.

Todo iba relativamente bien, hasta que puse un pie dentro de la preparatoria, impaciente porque Aser se presentara y aclaráramos las cosas de una manera u otra, como él quiso.

Caminé apresuradamente por los pasillos y llegué hasta el salón que me correspondía por mi horario; ciencias. La profesora está explicando algo al resto de la clase cuando entro en el salón, pero no pareció importarle que llegara con unos minutos de atraso a su asignatura. Mi cuerpo automáticamente me hace dirigirme al único puesto vacío que hay, lamentablemente, o quizás fortuitamente, justo al lado de Aser.

—Hola... —murmuro al sentarme y sacar mis libros.

El chico parece ignorar por completo mi presencia y solo puedo contemplar su perfil. Tiene una bella nariz, respingada en la punta, cejas gruesas y pestañas bastante largas, cosa en la que no había reparado con mucho detalle. Al bajar la mirada hacia su mandíbula, noto que tiene barba de tres o cuatro días, lo que lo hace muchísimo más atractivo a mi parecer. Sus labios están agrietados, pero se mantienen delgados, como siempre lo han sido; subo nuevamente la vista y alcanzo a notar que el chico no tiene ojeras, pero no puedo observarlo mucho más, puesto que se levanta de la silla y pregunta a la profesora si le deja ir al baño, a lo que ella asiente a regañadientes.

Me quedo en silencio en mi asiento mientras la profesora continúa su explicación sobre lo que parece ser un trabajo práctico a finales del semestre, como nota final del año. Por poco olvidé que dentro de unos meses empieza mi último año y me mantengo ocupada pensando en eso, por lo que la vuelta de Aser se me hace relativamente corta.

Fijo nuevamente mi atención en su persona y el chico parece notarlo, pero no hace nada para impedirlo y se muestra tranquilo. De su estuche saca una nota adhesiva y escribe con un lápiz algo en ella, luego la dobla en cuatro partes y me la pasa con un dedo, aun sin mirarme.

Desdoblo la nota y leo su contenido.

"En la hora del almuerzo en las gradas, sé puntual".

No menciona nada más en ella y el chico apenas pestañea, por lo que no me queda otra alternativa que escuchar y asistir a las clases siguientes, esperando la hora del almuerzo con ansias pero sin hambre.

Las clases son lentas y aburridas, pero vale la pena esperar unas horas y quedarse sentado en las gradas buscando con la mirada al chico pelinegro y de mirada serena como un río.

Al llegar no se molesta en saludar, simplemente se sienta a mi lado y pregunta sin rodeos algo que me deja sin aliento.

—¿Es cierto que ayer te besaste con mi hermano?

—Yo...

Algo quiso salir de mi boca. Una exclamación se sorpresa, una interrogante, una palabra, una oración... pero ni siquiera pude armar una frase. Quise preguntarle cómo lo sabía, si estaba molesto o algo así, pero me limité a quedarme muda, sin aliento y con los ojos como platos.

—Con eso me basta. —Zanjó y se puso de pie, dispuesto a irse, pero quise aclararle lo que había pasado.

—¡Aser, espera! —me levanté de un salto y lo tomé por la muñeca, haciendo que nos miráramos a los ojos en un silencio sepulcral.

—¿Qué quieres?

Su tono de voz era frío y distante, como si yo lo hubiera decepcionado; ni siquiera, era como si lo hubiese traicionado al besar a Iker.

—No te entiendo —sollozo—. Primero dices que no somos nada, ¡y luego te enojas cuando beso a alguien más!

—Yo no te entiendo a ti —hizo énfasis en la última palabra—. Tú fuiste la que dijo que no debíamos ser nada —se soltó de mi agarre y agregó molesto—: Y no es cualquier persona, ¡es mi maldito hermano!, ¡el hijo de puta que lleva mi sangre! Pudiste haberte besado con cualquiera, pero decidiste hacerlo con ese imbécil...

Comencé a llorar en silencio ante la situación que se había armado. No, yo la había armado.

—¿También te enojarías si besara a otro chico?, ¿a Aaron por ejemplo? —Aaron fue el primer chico que se me cruzó por la mente, lo que agravó la discusión.

Aser bufó y de mala gana respondió:

—¿Qué? ¿Acaso te quieres besar con él también?

—¡No! —grité—, ¡no seas ridículo!

—Ah, ¿o sea esto es ridículo?

—¡Sí! —exclamé entre lágrimas— ¡Porque no somos nada, Aser! Acéptalo de una puta vez, no lo hagas más difícil...

Me senté en las gradas y con ambas manos me sequé lágrimas que bajaban sin parar por mi rostro.

—Es más difícil pensar que siempre he estado para ti y tú vas besándote con cualquier idiota que se te cruza por la vida, Mack...

Sin previo aviso tomó la chaqueta que trajo consigo y desapareció de mi campo de visión.

En ese momento lloré. Lloré por él, lloré por mí y lloré por nosotros, por lo que nunca fuimos y debió ser, por esas prácticas de boxeo casi inexistentes, por esos besos robados, por esas caricias y momentos dulces que habíamos compartido. Lloré también por Karen, mi pobre hermana y su situación estresante. Aproveché también de llorar por todo lo que nunca le dije a Aser, por todos sentimientos que sentía por él que nunca expresé y por todas las veces que le lloré.

Ahí estaba yo, con los ojos hinchados, la mirada vacía y el corazón desbocado, luchando por dejar de derramar litros de agua por mis ojos e intentando sobrepasar la situación, el momento. Quise desahogarme, librarme de toda la mierda que sentía por Aser, todo el miedo de fracasar si le confesaba en algún momento que le quería y por todas las oportunidades que había rechazado de ser algo más, de ser aquella pareja que todos admiran por superar malos momentos juntos. Yo quería ser esa chica, no la que estaba siendo en ese momento.

Creí que me había vuelto adicta al sufrimiento constante, al desesperarme por cualquier cosa y explotar sin razones. Me repetí seguidas veces que seguramente en otro punto del planeta a alguien le estaba pasando lo mismo. Que yo no estaba sola en esto. Pero supe que no importaba cuánto pensara en mis fantasías, pues al llegar a casa me derrumbaría en brazos de mi pobre hermana mayor y luego lloraría en la penumbra de mi habitación, acompañada de mis demonios. Tuve miedo de que fuera una pesadilla, tuve miedo de que no pudiera despertar de ella y tuve miedo de que no fueran las hormonas las que me provocaban tanto desorden.


"Si tengo la letra borrosa no pienses que no sé escribir, es que se me caen las lágrimas cada vez que pienso en ti".

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