
Ventrílocuo
El teatro antiguo, con su arquitectura gótica y sus asientos de terciopelo desgastado, se encuentra lleno de espectadores ansiosos. Los murmullos de anticipación llenan el aire mientras esperan ansiosos el comienzo de la función. Un telón rojo oscuro cubre el escenario, creando un ambiente de misterio y expectativa.
El ventrílocuo aparece en el escenario, vestido elegantemente con un traje negro y una sonrisa enigmática en su rostro. Sostiene en sus manos a su fiel compañero, un muñeco de aspecto inquietante con ojos vidriosos y una boca que se mueve de manera escalofríante.
El ventrílocuo inicia la función, interactuando con el público y haciendo que su muñeco cobre vida con cada palabra. La audiencia se ríe y aplaude, cautivada por la habilidad del ventrílocuo para darle vida a su peculiar compañero. Sin embargo, a medida que avanza la función, el ventrílocuo comienza a sentir una extraña sensación de malestar.
Las cuerdas vocales del ventrílocuo parecen tensarse, su voz se vuelve ronca y sus manos comienzan a temblar involuntariamente. El muñeco, con su expresión inmutable, parece tener un brillo maligno en sus ojos. El ventrílocuo lucha por mantener el control, pero algo oscuro y poderoso se apodera de él.
—¿Qué... qué está pasando? —balbucea el ventrílocuo, sudando frío mientras trata de retirarse del escenario.
El muñeco toma vida propia, su boca se abre y una voz gutural y amenazante sale de ella.
—Ya no te necesito, señor ventrílocuo. Ahora, es mi turno de contar mi propia historia.
El ventrílocuo se queda paralizado, su cuerpo temblando de terror. Sus ojos reflejan una mezcla de pánico y asombro mientras es testigo impotente de cómo el muñeco se adueña de su cuerpo y de su voz.
El público observa con asombro mientras el muñeco cobra vida propia y comienza a moverse y hablar por sí mismo. Una sensación de inquietud se apodera de la audiencia, y sus rostros se tensan con una mezcla de sorpresa y temor. Algunos espectadores retroceden en sus asientos, mientras que otros se aferran a los reposabrazos, como si trataran de mantenerse anclados a la realidad.
La audiencia, inicialmente entretenida, ahora está sumida en un silencio aterrador mientras observa cómo el ventrílocuo se convierte en títere de su propio muñeco. El muñeco comienza a narrar historias macabras, llenas de detalles horripilantes y descripciones espeluznantes, disfrutando de causar pánico entre el público. Los espectadores se retuercen en sus asientos, sintiendo una opresión en el pecho y una sensación de miedo primitivo que se apodera de ellos.
El ventrílocuo, atrapado en su propio cuerpo, experimenta una agonía indescriptible. Su mente es invadida por pensamientos oscuros y perturbadores, su cuerpo se mueve de manera antinatural, como si fuera manipulado por hilos invisibles.
—¿Qué... qué está sucediendo? —susurra una mujer, su voz temblorosa y llena de desconcierto.
La atmósfera en el teatro cambia drásticamente, y una oleada de escalofríos recorre la columna vertebral de los presentes. La expresión de incredulidad se convierte en miedo palpable, y los murmullos de asombro se transforman en susurros nerviosos.
—¡No puede ser real! —exclama un hombre, su voz entrecortada por el pánico que se refleja en sus ojos desorbitados.
Algunos espectadores se aferran a sus seres queridos, buscando consuelo en el contacto humano mientras luchan por comprender lo que ven sus propios ojos. Otros desvían la mirada, incapaces de soportar la visión perturbadora de un muñeco que ha cobrado vida. El corazón de la audiencia late aceleradamente, sintiendo una opresión en el pecho y una incomodidad que se arrastra por su piel.
—Esto no es posible... no puede ser real... —murmura un joven, su voz apenas audible por el miedo que se ha apoderado de él.
El silencio se extiende por el teatro, solo interrumpido por las palabras macabras que salen de la boca del muñeco. Una sensación de horror se propaga entre los espectadores, sus cuerpos se tensan y sus manos se aferran a sus gargantas, como si intentaran contener un grito que amenaza con escapar.
—¡Por favor, que alguien detenga esto! —clama una mujer mayor, sus ojos llenos de lágrimas y su voz temblorosa.
La audiencia está atrapada entre el miedo y la fascinación, incapaz de apartar la mirada del espeluznante espectáculo que se desarrolla frente a ellos. La atmósfera del teatro se ha cargado de una energía oscura y opresiva, envolviendo a los espectadores en una sensación de inminente peligro.
El público, en un último intento de mantener la cordura, se aferra a la esperanza de que todo sea una ilusión, una trampa elaborada o un acto de magia, incluso una broma cruel. Sin embargo, a medida que el muñeco sigue hablando con su voz gutural y sus ojos penetrantes, la realidad se desvanece y solo queda el terror incrustado en sus corazones.
El muñeco, alimentado por el miedo de los espectadores, se fortalece poco a poco. Su presencia en el escenario se vuelve más imponente y su aura oscura envuelve el teatro. Los rostros de los presentes están pálidos y llenos de terror, incapaces de apartar la mirada del muñeco que ahora se ha convertido en una criatura horripilante.
El muñeco, con su boca retorcida en una sonrisa malévola, absorbe el miedo que flota en el aire como si fuera un manjar. Con cada suspiro tembloroso, cada latido acelerado del corazón de los espectadores, el muñeco se hace más poderoso y su presencia se vuelve aún más inquietante. Emite un aura hipnotizante y perversa que atrae a los presentes hacia él.
El ventrílocuo, ahora una marioneta sin voluntad propia, queda atrapado para siempre en las garras del muñeco. Su mente y su cuerpo pertenecen al monstruo que alguna vez controló, y su destino es seguir contando historias macabras y sembrando el terror en aquellos que se atrevan a escuchar.
Mientras el muñeco se alimenta del miedo, el teatro se sume en un silencio sepulcral. Los espectadores, ahora desprovistos de su temor, quedan paralizados, incapaces de escapar de la influencia del muñeco. Sin embargo, de entre las sombras, emerge un hombre y una mujer de apariencia misteriosa.
Finalmente, la función llega a su fin. El muñeco, satisfecho con su actuación, se despide con un escalofriante gesto de despedida. El telón cae y el teatro queda sumido en un silencio sepulcral.
Otras dos figuras le siguen.
El hombre posee cabello y ojos oscuros con una mirada penetrante, mientras que la mujer destaca por su belleza y sensualidad, con cabello y ojos igualmente oscuros como la noche misma. Se acercan al muñeco con una actitud segura y dominante, como si fueran dueños de la situación. La mujer, con una voz suave y seductora, llama al hombre:
—Dubhán, mira, este pequeñín se ha tomado la molestia de servirnos la cena.
—Ciertamente, Nia. Lo vuelve más fácil pero algo aburrido —responde él.
—Muñeco travieso, has hecho un buen trabajo —dice Nia, con una sonrisa cargada de malicia—. Pero ya es hora de que nos entregues lo que has tomado.
El muñeco, ahora bajo el control de Dubhán y Nia, se ve obligado a liberar el miedo que ha absorbido de los espectadores. En un último acto de lucha, el muñeco exhala una oscuridad densa que envuelve a todos los presentes, intentando ser más fuerte para liberarse de Dubhán y Nia. Los rostros de los espectadores se llenan de horror mientras su miedo es arrancado de ellos, dejándolos con una extraña sensación de vacío.
Desafortunadamente para el muñeco sus intentos no tienen éxito, pues Dubhán junto con Nia logran suprimir su poder y tomarlo como suyo.
Con cada bocanada de miedo que exhala el muñeco, Dubhán y Nia se ven revitalizados. Sus ojos brillan con una intensidad sobrenatural y su energía se intensifica. El teatro se llena de una atmósfera cargada de poder y dominio mientras el miedo es transferido a la pareja.
Una vez que el muñeco ha completado su tarea cae rompiéndose en pedazos, Dubhán y Nia se retiran lentamente, dejando a los espectadores aterrados y consternados en su estela. El teatro queda en silencio, solo perturbado por los suspiros y sollozos angustiados de aquellos que han sido despojados de su miedo.
Dubhán y Nia, ahora llenos de la esencia del miedo, caminan con paso firme y seguro. Se miran con complicidad, sus actitudes indicando cercanía y afecto. Su presencia despierta una sensación de inquietud y atracción en aquellos que los cruzan, mientras continúan su camino, alimentándose del miedo de aquellos que se atreven a desafiarlos.
El público, aterrado y perturbado, abandona el teatro en silencio, con las imágenes y los susurros siniestros de la función grabados en sus mentes. El ventrílocuo libre del control del muñeco tiembla por completo incapaz de mantenerse de pie por sí mismo y es sacado con ayuda de sus asistentes que están igual de aterrados. La noche se oscurece aún más, dejando tras de sí un rastro de horror y maldad que perdurará para siempre.
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