Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Capítulo 3


UN TRATO

"La fotografía es un secreto de un secreto. Cuanto más te dice, menos sabes".

—Diane Arbus.


VENUS

Lo primero que hago una vez dentro es ponerme la capucha y encender la cámara, entretanto, me pregunto por qué motivo no habré tropezado con ningún individuo de seguridad que estuviera al pendiente para cobrarme el ingreso. Y como si lo hubiera invocado, defino a un gigante vestido de negro que me señala sobre la muchedumbre. Mi rostro pierde color al contemplar a otros dos dirigirse a mí.

Cuando entré debí pasar por al lado y no los noté, pero claramente uno de ellos sí que logró verme.

¿Qué diablos comen esos superhombres? Seguramente, cuando niños, no solo acabaron con el plato de sopa que su madre les sirvió, sino con la cacerola entera.

De inmediato corro a refugiarme entre la multitud, pensando en la razón que los llevó a perseguirme cuando no detuvieron a Anthony. Sin embargo, las tres veces que lo vi ingresar en el bar a lo largo de esta semana, me esclarece que ya debían conocerlo.

Mientras evado a todo el que se me cruza por el frente, advierto que las instalaciones son amplias. Está repleto de jóvenes que fuman, beben, bailan y, por lo que logro distinguir bajo las deslumbrantes luces de colores que cuelgan del techo y ciertas columnas, consumen píldoras redondas un poco más pequeñas que la uña de un meñique.

A mis oídos les cuesta trabajo acostumbrarse al volumen elevado del ritmo latino. No suelo frecuentar lugares así, principalmente porque me recuerdan el motivo que arrastró a mi padre al fondo del estanque: el abuso de alcohol.

Pero una vez encontrándome dentro, no puedo simplemente echarme para atrás. No me resulta posible. Los gorilas bloquean mi salida.

Veo de cerca cuando una chica —que aparenta más o menos mi edad— coloca en la boca de su compañera una de esas píldoras amarillas con un Emoji impreso, poco después ambas se empiezan a besar y de inmediato me concentro en buscar la silueta atlética por la cual me encuentro en este sitio en primer lugar, sintiéndome como una fugitiva peligrosa que escapa de la policía.

—¿Qué es lo que te traes entre manos nadador? —Siento mayor curiosidad mientras me invade el miedo por ser atrapada, pero a quién voy a engañar, ¡también es muy emocionante!

Pierdo a los de seguridad cuando me escondo cerca del escenario sobre el cual un DJ se encuentra tocando.

Desplazo la vista a través de todo el lugar, y al fondo del todo distingo la espalda ancha de Anthony saliendo por la puerta trasera del bar. Pienso que no está solo cuando la única mujer del lugar que aparenta sobrepasar los treinta, disimula atender una llamada telefónica después que éste le hace una señal.

Cinco minutos más tarde ella cruza esa misma salida.

—Y bien niño rico, ¿cuánto trajiste esta vez? —La escucho preguntar con cierto aire de reserva mientras que, agachada, termino de cruzar ese umbral, ocultándome detrás del sinnúmero de botellas apiladas en el interior de cajas de cartón, manteniendo de este modo la puerta a mis espaldas por si me descubren y tengo que huir.

La mujer teñida de rubio luce ruda. Tiene cada una de sus marcadas facciones tan rígidas, que resaltan ciertas arrugas prematuras en sus ojos verdes muy abiertos y alrededor de la pequeña boca cerrada con fuerza. Luce recia, y aunque también es un poco baja de estatura, de algún modo consigue emanar cierta clase de presencia aplacadora. Es impresionante. Y si acaso debo elegir, definitivamente le temo más que a los bravucones de seguridad.

Cuando la veo sacar un fajo de billetes de su delantal, rápidamente intuyo que es la dueña del bar.

Pero, por otro lado, ¿niño rico lo había llamado?

Me doy cuenta de dos cosas gracias a esa pregunta. La primera, no conozco nada acerca de Anthony, y la segunda, no soy la única. Nadie en la universidad ha imaginado siquiera que frecuenta un lugar así, que lleva píldoras consigo y, por sobre todo lo demás, que es un niño rico.

¡Esto se pone cada vez mejor!

Preparo mi cámara y en esta ocasión sí que calibro el ajuste en manual, lo que me hace perder un par de segundos importantes. Aún no descubro el truquillo de cómo controlar la luz, usualmente las fotografías durante horas de la noche me salen terribles gracias a la sensibilidad ISO y la apertura diafragma, pero por suerte ellos se encuentran bajo un farol, así que no debía presentarme ningún tipo de problema.

Me apoyo sobre una de las cajas y enfoco la mano de Anthony cuando, del bolsillo de su pantalón, extrae una bolsa transparente con zipper. No es muy grande, sin embargo, en su interior consigo reconocer muchas de esas píldoras con caras felices impresas.

Quién es el verdadero contrabandista aquí, ¿eh?

De inmediato le saco una foto a la bolsa, y cuando tuerzo la muñeca con el anillo del objetivo entre mis dedos para alejar el zoom, de repente alguien abre la puerta con tanta energía que esta última golpea mi espalda, arrojándome hacia adelante en tanto presiono el disparador y me estrello contra la pila de cajas con botellas en las que yacía apoyada, cayendo sobre ellas, armando tal alboroto que tanto Anthony como la mujer voltean a verme sobresaltados.

—¿Quién demonios eres? —Escucho preguntar al muchacho que ha terminado de salir, el mismo por quien ahora me encuentro gimoteando ya que puse los codos para soportar gran parte de mi peso corporal, mis manos estaban ocupadas protegiendo a Nik.

¡Nik!

Sintiendo pavor le doy vuelta entre mis manos, presionando el disparador para que la pantalla se encienda en señal de bienestar, pero de pronto lanza un flash directo a mi cara, dejándome ciega durante un corto instante.

—¡Eres tú! —Anthony musita.

No logró definir mi rostro, ¿cierto?

Otro flash.

Parpadeo.

Por un demonio.

¡Puedo jurar que dejé de presionar el disparador! Pero entonces me doy cuenta... ¡El botón está atascado!

¡La he roto! ¡Mi Nik se ha roto!

—Es... ¿quién? —cuestiona la mujer, molesta aparentemente.

Aún sobre el dolor que siento me pongo de pie en un salto, girando de improviso, dándoles las espaldas y asegurando la capucha a mi cabeza con una mano mientras que, la otra, tropieza con el cierre de mi bolso cuando precipitadamente intento guardar al demente Nik, quien no deja de arrojar flashes improvisados.

—¡El contrabandista! —advierte Anthony, quien alcanza a tomarme del brazo, pero cuando me voltea, de pronto recibe un flash en toda la cara, sorprendiéndose, dando un paso hacia atrás al ser cegado por la luz de Nik.

Eso estuvo cerca.

Doy un salto hacia un lado y el sujeto a mis espaldas posa una mano sobre mi hombro. Sin pensarlo dirijo la cámara hacia él, deslumbrándolo. Pero este último es tan exagerado que después de gritar que se ha quedado ciego, camina dos pasos hacia el frente y tropieza con las cajas que derribé minutos atrás, cayendo sobre la mujer que en secreto se había acercado.

Me apresuro a cruzar la puerta, escuchando cómo, aquella, de repente grita a mis espaldas:

—¡Deténganlo!

En medio de la multitud por fin consigo guardar la cámara en el interior de mi bolso, e inmediatamente lo abrazo para que el resplandor no delate mi posición.

Cuando levanto la mirada para vigilar mi proximidad hacia la salida, advierto al robusto hombre de seguridad de pie y muy cerca del DJ. Habla a través de un radio transmisor portátil y mira alrededor, en busca de mí seguramente.

Doy media vuelta con la intención de rodear su posición y alcanzar la puerta de salida del establecimiento, pero de pronto alguien tira de mí, introduciéndome en un pequeño pasillo sin demasiada luz que aparentemente dirige al baño. De inmediato arrugo la nariz porque el sitio apesta a vómito, orina, y quién sabe qué otras sustancias.

El mismo brazo que había tirado de mí, inesperadamente me suelta con rudeza. Mi espalda rebota contra la pared y, sin darme tiempo a nada, toma de mi capucha y me la saca, siendo entonces que consigo definir su rostro.

—Eres una chica —expone un Anthony aturdido, soltándome de improviso y echándose un poco hacia atrás mientras se perfila el mentón con los dedos—. Creí que eras hombre.

De a poco el pánico me asedia, pero gracias a esta última observación consigo mantener la calma. Ahora sé que durante los últimos meses hice bien mi trabajo. Claro, hasta este preciso instante, que acabo de ser atrapada.

Finalmente se acabó. Va a reportarme por acoso y violación a su privacidad. Para pagar la fianza me endeudaré al igual que mi padre y...

Aguarden un segundo...

—¡Eres contrabandista! —suelto, acusándolo.

Él es el verdadero delincuente.

—¿Qué? ¡No! —Se ve incómodo, pero sorprendentemente no está molesto, de hecho, está más calmado de lo que habría imaginado—. Eres tú quien vende fotografías de mí y sin permiso.

Realmente creí que iba a gritarme, es decir, frecuenta un lugar tan terrible como este. Asimismo, por su cara de póker creí que por lo bajo habría de ponerse agresivo, además...

—Vendes droga —le indico, todavía sintiéndome incrédula al respecto.

Durante un momento se queda callado.

¿Ahora quién es el peor de los dos?

Musita un improperio mientras se coloca en frente de mí y de espaldas al par de muchachas que se dirigen al baño, pero en quienes poco me fijo pues, por si no lo ha notado, ¡tenemos un problema justo aquí!

—Exacto. No puedes reportarme —declaro cruzándome de brazos, aunque en realidad me estoy muriendo de miedo por la decisión que él puede llegar a tomar.

—Cierra la boca —ordena intranquilo mientras se acerca un poco más y sus ojos como lapislázuli inspeccionan a la redonda, como previniendo que alguien logre escuchar nuestra conversación—. Nos meterás en problemas.

—¿Disculpa?, ¡eres tú quien tiene un problema amigo! Si me reportas, no dudaré en mostrarle al decano tus fotografías.

Sus ojos oscurecen mientras desciende la mirada hasta mi bolso y se precipita a meter la mano antes de que pueda impedirlo, sustrayendo a Nik, quien todavía arroja flashes deslumbrantes.

Lo siguiente que hace es aproximar mi cámara a su pecho con urgencia, como si apenas se hubiera percatado de que está dañada. No sé por qué la oculta, pero antes de preguntarle, él se adelanta diciendo:

—Las conozco, son de mi universidad. —Hace una mueca y traslada mi vista hacia el par de chicas que de improviso se detienen en frente del baño.

¿Mi universidad?

¡Él ni siquiera sabe que asistimos a la misma! Pero es mejor así.

Volteo a verlas por segunda vez y mis ojos se abren mucho.

¡Por todos los santos! ¡Pero claro que él las conoce!, son mis mayores compradoras después de todo.

Apresurada me coloco la capucha. De nuevo empiezo a sentir pánico.

—¿Solo dos? —Estoy segura de que son tres las inseparables—. ¿En dónde demonios quedó su tercera?

—¿Existe una tercera?

Tomándolo de las mejillas y obligándolo a mirarme, sintiéndome terriblemente incómoda es que me precipito antes de que Anthony arroje un vistazo sobre su hombro,

Siempre oculté mi rostro de él, y aquí estoy ahora, impidiendo que aparte su mirada de mí. Qué vergonzoso es todo esto.

Lo suelto porque no soporto la extrañez con la que de pronto me contempla. No sé de qué manera explicarle el motivo de mi reacción, pues fue debido a que justamente la tercera acaba de entrar por el pasillo tan borracha que se tropieza con sus tacones y deja caer su bolso a nuestros pies. El contenido se esparce y ella se arrodilla para levantarlo todo, ejecutando movimientos torpes y muy lentos.

—Las tres compran muchas de tus fotos, y si nos ven juntos... —Debo acercarme demasiado a su oído parar casi susurrarle.

—Estoy acabado —finaliza con una exhalación.

—No eres el único —reprendo mientras le arrancho mi cámara.

Un segundo después estoy pensando en apartarlo de mi camino para proteger mi rostro con el bolso y así huir, pero cuando giro el torso de inmediato se abalanza sobre mí, empujándome contra la pared otra vez.

—¿Qué demonios haces? —le pregunto en voz baja y sin aliento, alterada por tenerlo inesperadamente pegado a mí, infiltrándose en mi espacio personal.

—Tu cámara —señala nuestros pechos siendo separados tan solo por mi bolso y, por su puesto, el bulto que hace Nik.

Permanezco en una sola pieza, olvidando la luz palpitante que se distingue entre nuestros cuerpos, mientras tanto, me desinflo como una bolsa tras advertir al gigante surgir de entre la multitud, acercándose al mismo pasillo en el cual nos encontramos.

—¡Ya viene! —suelto exaltada y él persigue el recorrido de mi vista, percatándose del sujeto que es capaz de inquietarme con cada paso que avanza en nuestra dirección.

—Tengo un plan que nos beneficiará a los dos —susurra contra mi oído. Es gracias al volumen elevado de la música que casi no consigo escucharlo.

—Bien —digo sin poder apartar la vista del hombre de seguridad—. Espero que sea astuto, porque el objetivo está introduciéndose en mis costillas —le indico incómoda, sacudiéndome un poco a causa del cosquilleo que me produce la cámara al empezar a resbalarse, reacción que lo lleva a presionarme todavía más, sacando a través de mi boca todo el aliento en forma de quejido que de pronto es silenciado por los inesperados besos febriles que empieza a depositar alrededor de mis labios.

Pero... ¿qué hace?

Permanezco inmóvil cuando mi corazón protesta como un demente e intento no cerrar los ojos.

Soy consciente de su fresco aliento entrecortado chocar contra mis labios un par de veces, y mientras frota nuestros cuerpos aprecio la forma en que la cámara empieza a trepar hacia mi pecho, con cierta dificultad.

Por segunda vez me agito cuando sus manos rozan mi estómago, originando ya no cosquillas, sino una clase de suspiro que emerge desde lo más profundo de mi garganta cuando me vuelve a empujar contra la pared.

Entro en shock, no puedo creer que Anthony, el mismísimo Anthony Greece, el dueño de ese cuerpo fenomenal que tantas veces contemplé mojado y que muchas en la universidad desean, de pronto se encuentre besándome con semejante avidez.

Siento que empiezo a resbalarme, que la pared a mis espaldas de pronto se transforma en un inmenso tobogán.

—Quédate quieta —musita mientras que, con el rabillo del ojo, espía a mi par de clientas que de pronto lucen muy interesadas en nosotros, pero por más que intento hacer lo que dice, siento que empiezo a perder el control de mi cuerpo. Por suerte, a ellas parece costarles trabajo enfocarnos, pues por más que entornan los ojos el suelo parece jugarles una mala pasada a sus pies.

Un agujero negro se forma en mi estómago cuando la lengua de Anthony de pronto lame mis labios. Abro la boca para decirle que no es necesario hacer esto, pero su lengua saca provecho y se hunde, callándome, deshaciéndome por completo.

Me quedo sin aliento mientras intento comprender qué demonios está ocurriendo.

¡El chico más apuesto de la universidad ahora me está dando un beso con lengua! Y me ocasiona cierto espanto aceptar que no me disgusta. El toque mentolado me confirma que hacía no mucho masticó algún dulce.

Mi cuerpo entra en un colapso total. Creo que hasta empiezo a seguirle el juego. Y es gracias a él que no consigo mover ni un solo músculo situado de mi cuello hasta abajo. Mis piernas se han convertido en gelatina, lo que dificulta todavía más su intento por introducir la cámara de regreso en mi bolso, pues también se ve en la urgencia de mantenerme de pie al instalar sus manos en mi cintura, pegándome contra él. Soy como un flan en este momento.

—Por Dios, consigan un cuarto. —La tercera ha terminado de levantar sus cosas del suelo y musita con disgusto mientras se pone de pie y camina hacia sus amigas.

No puedo imaginar cómo lucimos ante sus ojos, pero eso sí, juro que puedo sentirlo, a mi calor corporal de pronto ir en aumento, a una especie de electricidad que me estremece y me recorre por completo.

Sé que la cámara está de regreso en mi bolso cuando él se aparta, estúpidamente dejándome con ganas de más.

Al enderezarse después de comprobar que nos encontramos fuera de peligro, me contempla mientras su boca se eleva en una sonrisa lobuna.

—Tenemos que hacer un trato —musita sin aliento.

Y yo, como una muñeca que ha perdido control total de su cuerpo, con ineptitud tan solo asiento con la cabeza.


Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro