Ponchito estaba muerto. Por más que mi cabeza trataba de sentir que era lo más normal del mundo, en realidad era algo horrible. Era un gran hombre, muy bueno y firme. Su nada robusta apariencia era suplantada por su carácter inquebrantable, que ahora no lo hacía nada más que ser un trozo de carne sin vida.
No podía creerlo, por más normal que fuese, él estaba muerto. Tan rápido como me di cuenta de que no estaba con vida, le grité a Lizeth, pero no recibí respuesta alguna.
Así que lo más inteligente que pude hacer fue correr hacia donde Liz y Angelet se movieron. Y cuando había llegado hacia ellas dos, solo me vieron con una mirada peculiar; Liz con frialdad y Angy con miedo y duda.
Las tres salimos del hospital y volvimos en nuestros pasos. Ya no seriamos dos personas, éramos tres, bueno... dos vivas y una viviente.
Tan pronto llegando a casa, Lizeth se fue a abrir tan rápido como pudo, cargando al cadáver viviente, que estaba durmiendo en sus hombros, y se metió a la casa, consecutivamente me metí yo y ella cerró la puerta tras de si. Ella entró rápidamente al sótano, con Angy, y yo me fui rápidamente a quitar mi ropa, ponerme una más cómoda, y me tendí en la cama; no importaba si no iba al trabajo, de todas formas, aseguraba que me despedirían, en el mejor de los casos
* * *
Al día siguiente solo fui a trabajar, con un cansancio que no puedo describir; tenía ojeras, chinguiñas y me sentía cruda. No quería ir, pero Lizeth, como mi "buen despertador" decía ella, me obligó a ir. Me levanté, me arreglé y esta vez me fui en camión, porque Santiago tenía que hacer unos tramites gubernamentales y llegué al hospital, siendo un ambiente tranquilo, exceptuando el hecho de que los municipales estaban investigando los múltiples lugares del asesinato de Ponchito.
No me podía esperar menos, puesto que, a pesar de la poca seguridad humana del lugar, había cámaras de vigilancia, cosa que olvidé por completo el día anterior. Aunque, para mi sorpresa, no había pasado absolutamente nada, ni un sermón ferviente, lleno de colera por parte de mi jefa, la Dra. Norma Gonzales.
Solo trabajé, dejando a un lado todo lo ocurrido en la madrugada, como si jamás hubiera pasado. Haciendo lo mío.
Creo que hasta este punto nunca mencioné que era. Pues, antes de lo que ocurrió ese día, yo era una veterinaria, en ese gran hospital que tenia de todo; centro psiquiátrico, donde trabajaba un excompañero de la universidad, quien ahora trata de forma personal a un viejo amigo; Lucas Gutiérrez, y también la zona de veterinaria, donde yo estaba empleando.
Yo estaba tranquilamente, haciendo mi trabajo, cuando la Dra. Norma me llamó a su oficina. Creí que era con el fin de regañarme y despedirme, cosa que no sería rara considerando el carácter de la vieja arpía rastrera.
Sin embargo, ella, para mi sorpresa, y a pesar de lo que podía suceder y terminó sucediendo, me dijo cosas distintas.
Ya estando en su despacho, ella empezó a hablar, con un video en la computadora, el cual era de la madrugada, en donde se veía claramente que Ponchito era atacado por una mujer y como Lizeth y yo estábamos allí:
-No solo te tendría que despedir – Me dijo con un tono frio y lleno de furia contenida – Si no que debería meterte a la cárcel por negligencia médica.
-Lo se Dra. Nor...
- ¡No he terminado! - Me gritó precipitada – Lo tendría que hacer. Pero no lo haré, ya que lograste algo que no es normal, ¿sabes?
"¿De que estará hablando?" Pensé, y no fue hasta que sacó de su escritorio, de uno de los cajones, un par de frascos con líquidos fluorescentes que entendí todo.
-Esto es increíble Siomara – Me dijo emocionada – No puedo creer que algo así pudiera existir. Mira esto.
Norma sacó un pequeño gato de uno de sus cajones y lo puso en la mesa. Este gato estaba completamente plano, como si lo hubieran aplastado, cosa que así fue, según me contaba la Dra. Norma.
-Este gato fue aplastado por unas mujeres, las cuales vieron divertido subirlo a internet y ver como lo torturaban – Me dijo triste. Al parecer ella tenía internet, y también yo había visto ese video, el gato lloraba muy fuerte, incluso se podía ver como se arrastraba con sus patas completamente aplanadas y como las desgraciadas inmundas se reían. ¡Putas malnacidas!
Disculpen eso. Tengo rabia cuando hacen sufrir a los animales. Se que son capaces de torturas, pero no lo son tan crueles como lo son a veces los humanos. En especial ese gatito, no merecía estar en manos de esas viejas estúpidas.
Tras ello, vi cómo, con una jeringa limpia, Norma inoculó un poco de la sustancia verdosa en el animal, y como lentamente, este empezó a arrastrarse, sacando una espumosa sangre.
-Esto es increíble – Me dijo aún más extasiada - ¿No lo crees Siomara?
-Claro que lo es – Le dije aún más nerviosa y asustada que por lo primero.
-Se que Ponchito murió. Que lastima – Dijo con frialdad, poco interés – Pero creo que esto vale más que la vida de ese oficial. Dime Siomara – Me dijo chocando las manos contra el escritorio - ¿Cómo lo hiciste?
Por más que eso me pudiera dar dinero, no era mi trabajo, era de mi amiga y captora Lizeth.
-Lo siento Dra. Norma – Le dije temblorosa – No soy yo quien hizo esto.
- ¿Entonces quién es el genio?
-Dirá "genia" - Le dije – Es de mi amiga Lizeth
- ¿En serio? - Me dijo asombrada - ¿Qué es tu amiga?
-Es profesora de biología.
-Eso es increíble para ser una mera profesora.
-Lo se.
-Dime ¿Puedo ir a verla?
-Deje hablo con ella, por favor, no es alguien que podamos decir "normal".
- ¿Y eso por qué?
-Es muy quisquillosa, y no le gusta mucho compartir su trabajo.
- ¿Y cómo es que usted lo sabe y conoce esto? - Me dijo levantando los dos frascos
-Porque somos amigas desde hace años; hay confianza.
-Pues yo soy tu jefa, y te exige que me dejes verla, o si no, adiós a tu empleo – Y terminó la frase con una sonrisa de enojo – y a tu libertad.
Me hizo un ademan para salir de su oficina. Estaba sudando frio. No quería ir a la cárcel, y Santiago no podría sacarme, ya que los problemas federales no estaban en el poder de él. Así que era hora de que Lizeth conociera a alguien más.
Terminando mi jornada, llegue a casa, y tan rápido como llegue Lizeth me recibió.
-Mira – Me dijo al entrar a la casa y consecutivamente al sótano, con el mismo ambiente y los mismos experimentos de anteriores teatros asquerosos - Quiero que mires como hago maravillas con mi cuerpo
- ¿Tu cuerpo?
-Si – Me dijo mostrándome la parte derecha de su cadera – Mira.
Tomó un bisturí, abrió la cadera, en la parte que conecta con el torso, y abrió la piel, como si de una carne vieja se tratase.
Yo veía como es que no salía la sangre de aquella abertura, y después de unos instantes, donde vi cómo, indoloramente, Lizeth se abría la piel, metió su mano e hizo espacio con la mano, para dejar en vista un hueco.
-Hay espacio para todo aquí en mi pierna – Me dijo riendo - ¿Entiendes? ¡En mi pierna!
-Pero ¿Cómo es eso posible?
-Los bellos hallazgos de la biología y el método científico me sonríen de forma picara, mi amiga Siomara.
Vi como Lizeth abría su piel, volvía a abrir su muslo y metía una piedra de 12 centímetros de diámetro. Cuando cerró la piel, esta se marcó, dejando un montículo de piel expuesto; Lizeth seguía riendo.
-Mi jefa quiere verte – Le dije mientras hacía todo eso.
- ¿Qué? - Me preguntó
-Mi jefa quiere verte
- ¡¿Que?!
-Que mi jefa quiere...
- ¡No hablo de esa clase de "que"! - Me dijo interrumpiendo - ¿Cómo que quiere verme?
-Vio las cámaras y además – Dije temblando – Tiene los dos frascos.
- ¿Qué? - Dijo asustada - ¡¿Qué?! No, No puede ser, y... ¿Y Por qué no se los quitaste?
- ¿Qué querías que hiciera? Estaba a nada de que me metiera al bote y de que me despidiera, sea cual sea peor destino. Y me obligó a llevarte con ella o a llevarla contigo, o si no...
- ¿O si no qué? - Me dijo interrumpiéndome.
-Tú y yo, en la cárcel, durante un largo tiempo.
- ¡Puta madre! ¡Me lleva la chingada! - Dijo ruborizada, golpeando sus manos contra su mesa de trabajo.
Después se quedó pensando, sin decirme una palabra, más que simplemente silbar y suspirar de forma muy pesada; siempre que algo salía mal, hacia esa clase de movimientos, sonidos y expresiones.
-Ahora que lo pienso – Me dijo más tranquila – Vaya que la necesito en mis planes.
-No te atrevas a matarla o hacerla un monstruo asquerosamente...
-Tranquila – Interrumpió - Solo voy a hacer un trato con ella. Si quiere mi trabajo, por esa razón me habla supongo, entonces va a ser un trueque.
Era extraño ver como pensaba que era para eso que la quería ver. En ningún momento le dije que deseaba ver su trabajo. Quizá su ego, por más grande que era, tenía buena premonición.
Por más que intentaba comprender que morbo tenían esas dos por la revivificación de las cosas, tenía más dudas. ¿Qué demonios pasaría si ellas dos se conociesen?
* * *
El día viernes había llegado, y la junta entre Lizeth y la Dra. Norma se había dado, debido a que Lizeth me acompañó, y Norma, a pesar de su ocupada agenda, no negó ver de frente a la brillante mente de la "Dra. Vázquez", así le dijo la Dra. Norma.
Estando en su oficina, ella dejó pasar a Lizeth, y me dijo que yo me fuera a trabajar.
No supe absolutamente nada de aquel trato, hasta que llegué a la casa en la noche. Lizeth me recibió con una emoción casi ridícula
- ¡No vas a creerlo Sio! - Me dijo metiéndome a la casa - ¡No vas a creerlo!
- ¿Qué ocurrió? - Le pregunté emocionada - ¿Qué te dijo?
-Me dijo que quiere ver como lo preparo, que quiere saber todo sobre ello y que moverá sus contactos para darme a conocer con un nombre: La Dra. Vázquez.
- ¡No mames! - Le dije emocionada.
- ¡Claro que si Siomara! - Dijo abrazándome y con lágrimas de felicidad en los ojos - ¡Voy a ser conocida!
-Eso me alegra – Le dije completamente sincera.
-Oye Siomara – Me dijo tranquila - ¿Mañana vas a estar en casa?
- ¿Por qué? - Le pregunté dudosa.
-Porque ella me dijo que quería venir mañana para ver mi trabajo, pero necesito que no... estes.
Aquí empecé a sospechar un poco de lo que iba a hacer Lizeth, pensé que haría algo extraño en este lugar, que por el "ahora" de entonces, era mi hogar. Pero igualmente creí que Lizeth, en su afán de ser una obsesiva compulsiva, no dejaría que su hogar se fuera al diablo.
-Está bien – Le dije – Voy a hablar con Santiago, a ver si quiere salir todo el día de mañana, si no, ya veré.
- ¡Excelente! - Me dijo emocionada, y pidiéndome que me retirara del sótano. Cosa que hice, y me fui a mi cuarto, pues, a pesar de que fuera viernes, yo estaba cansada.
Mañana no tenía que ir a trabajar, una razón más por la cual me encantaba estar en aquel hospital, mi horario era de cinco días y mi paga era, a pesar de que no era mucha, la suficiente para vivir bien y cómoda; eso del trabajo seguro y mal pagado, a pesar de ser un sueño, yo lo estaba viviendo en realidad.
* * *
Los días sábado y domingo no fueron tan destacables, debido a que simplemente salí de la casa, con Santiago, quien aceptó mi oferta de ir a donde sea todo el día, para así dejar a Lizeth y a la Dra. Norma en paz
Estuve con Santiago, en su despacho de gobernador, en algunas obras, y también fuimos a pasear y cosas por el estilo. Fue un día emocionante, que me hizo olvidar la existencia de cosas como las que habían ocurrido hace unos días atrás.
Después de la última atracción, que fue ir a ver una película, Santiago me dijo que estaba agotado, que si quería irme a mi casa o ir con él. Obviamente no quería separarme de él, así que fui a su casa, y tras varias cosas que me dan pena relatar, nos quedamos dormidos en su cama.
El día domingo sucedió así; Santiago me dejó en mi hogar, yo estuve en casa, Lizeth me platico como fue su entrevista con la Dra. Norma y me explicó que trato tenían ellas dos.
Al parecer, me dijo, tenían que probar su suero otros patólogos del hospital, esto con el fin de que fueran adecuados para el uso en cualquier especie. Junto con ello, me dijo que también iba a trabajar en el hospital en el que trabajo.
"¿No es algo maravilloso?" decía ella, sin saber que el hospital y las citas con Santiago, son lo que más anhelo puesto a que olvidaba que ella existe.
Tras ello, también me contó que a un científico importante del extranjero quería ver su trabajo.
Me seguía preguntando como es que la gente tiene tanto morbo y tan poco respeto por la muerte que cosas así se permiten.
O yo estaba en un mundo de pesadilla. O la pesadilla es mi mundo. La verdad ¿Eso que importa?
Como sea, tras una larga platica llena de emoción y de felicidad por parte de Lizeth, ella me dejó en paz todo el día. Siéndoles sincera, a pesar de lo rocambolesco del asunto, lo cierto es que me sentía feliz por ella. Una pequeña parte de mi sentía empatía por ella; Pues había perdido a su prometido, creo que no hay dolor más grande que perder a alguien que amabas. Si yo perdiera a Santiago, no solo lloraría, sería una herida que jamás se cerraría.
Y la mayor parte de mi estaba aliviada, viendo cómo, después de mucho, Lizeth me perdería el interés y tendría una vida de mujer emprendedora; dejando a un lado a la pobre y marginada Siomara.
* * *
El día lunes, puedo asegurar, me dejó con un sabor ácido en mi recuerdo. Una laguna mental me dejaba sin dormir, debido a que, tras este día, supe que andaba mal conmigo, y no solo conmigo, si no con Lizeth y como la juzgué mal.
Pero antes de entrar a detalle sobre ello, primero debo de contar lo ocurrido en mi último día en el trabajo.
La misma rutina monótona y relajante se repetía como siempre; entraba temprano, Santiago me dejaba cabe aclarar, hacia mi trabajo, tratando animales, entre otras cosas. Salvo el hecho de que Lizeth estaba conmigo. Si, tan rápido como se lo ofrecieron, se lo entregaron. Le tenía envidia porque a mí me la hicieron larga para darme el puesto de veterinaria; y ni siquiera con buena paga.
En fin, mientras estaba tratando y diagnosticando a una pequeña cachorrita, la cual estaba con una enfermedad terminal, la paciente, con su dueña, salieron por la puerta; como era de esperarse, Lizeth estaba allí y le interesó el animal. Cuando vio con morbo, como si de una zoofílica se tratase, y caminó lentamente con una mirara picara hacia la perrita, le detuve el brazo, de forma brusca:
-Ella no es un experimento – Le dije furiosa, mientras ella me quitaba la mano de su brazo.
-Es terminal – Me respondió ella.
- ¡Es una paciente! - Le dije interrumpiéndola.
-Podría sernos útil Sio – Me dijo calmada.
-A mí no, a ti – Le dije tocando su pecho con mi dedo, con una mirada enojada – Yo soy doctora.
- ¡Pues sé científica! - Me dijo enojada.
Después de ello, Liz se fue completamente encolerizada de mi pequeña oficina. Tras un rato de trabajo, la vieja Dra. me llamó a su despacho, para hablar de asuntos íntimos. Ya era todo, sabía, aunque un poco adormilada, que mi empleo se iría a la chingada. Pero mi sorpresa fue mayor cuando supe que, de hecho, no. Fui hacia su despacho esperando lo peor, y mi sorpresa, más bien horror, fue ver que ella estaba viendo de cerca a una mujer, rubia, con un cabello casi pelirrojo, siendo casi naranja, quien, al escuchar mi entrada, vi su rostro.
El corazón se me salió cuando vi el rostro de aquella mujer. Era. No sé cómo decirlo.
Tenía la mitad del rostro cubierto con una especie de mascara metálica, y la otra completamente normal. Pero no era solo eso, su cuello estaba cubierto con una bufanda, su mano izquierda estaba cubierta con un guante y su pierna izquierda tenía una media negra, completamente negra; nada transparente.
Era ella. Era Angelet. Pero ¿cómo?
-Dra. Pacheco – me dijo Norma sacándome del transe – Le presento a la Dra. Van Millet.
¿Van Millet? ¿Acaso eso era una broma? ¡¿Van Millet?!
-H... Hola – Le dije temblando, mientras Angelet me tendía la mano
-Mucho gusto en conocerla ¿Dra.? - Me dijo con un acento que parecía ser extranjero
-Pacheco – Dije interrumpiéndola – Pero puede decirme Siomara.
-Bueno, Siomara – Me dijo con un tono amable, que se podía distinguir solo del lado derecho
-Bien Van Millet – dijo Norma – Quiero que nos dejes a la Dra. Pacheco y a mí a solas.
-Está bien Dra. Norma – Dijo con ese mismo acento extranjero, saliendo por la puerta del despacho, y al mismo tiempo, Norma me invitó a tomar asiento con un ademan de manos.
-Mire – Dijo sentándose igual – Siomara. Yo le había prometido conservar su trabajo y también no meterla en asuntos legales ¿No es así?
Yo solo asentí con la cabeza
-Pues – Me dijo sonriendo – Ya que solo me dijo que lo hizo su amiga Lizeth, de quien, por cierto, puedo decir que es muy amable...
Tosí para que no continuara, cosa que provocó que me viera con duda.
- ¿Te pasa algo Siomara? - Me dijo con el ceño fruncido.
-Nada – Dije más tranquila – Solo me atraganté.
-Bueno - Continuó - Como te decía, ya que me dijiste quien hizo esas sustancias, pero no fuiste tú, te digo que desde hoy ya no vamos a requerir de tus servicios.
-Pero – Dije levantándome exaltada de la silla - ¿Por qué?
-Todavía preguntas – Hizo el mismo gesto, pero con más fuerza – Agradece de que no voy a levantar cargos por Ponchito. Si no me hubieras dicho que era Lizeth, seguramente no estarías en libertad más tiempo.
Después, con un ademan de manos, me dijo que me fuera de su despacho. Era todo, mi trabajo, que tanto esfuerzo había significado, ahora ya no lo tenía.
¿Cómo esperaban que me sintiera? Mas que enojada, me sentía sin razón, sin donde sostenerme. Como si hubiera perdido mi pilar. Pero quizá eso era lo de menos, y no podía culpar a Norma, porque en realidad ella me tuvo que levantar cargos.
Después de recoger mis cosas de mi despacho, que no eran muchas; unos bisturís, algunas jeringas, entre otras herramientas de tratamientos, volví desanimada a casa. Eran las 4 de la tarde y por ende no había oscurecido aún.
Cuando había llegado a casa, me tendí en el sillón y quizá por furia o algo más que no puedo explicar –Tal vez mis pocas horas de sueño - me quedé dormida.
Serían casi como las 8 de la noche, yo estaba completamente destrozada; mi trabajo se había perdido, pero, sobre todo, era que me sentía como si hubiera estado bebiendo mucho. De repente escuché el sonido de la regadera, y supuse que Lizeth se estaba dando una ducha. Por lo que fui hacia el baño y toqué la puerta:
-Lizeth- Le dije con voz fuerte
-Ah – Me respondió con el mismo tono de voz – Hola Sio ¿Por qué llegaste tan temprano? Te vi dormida y pensé que te habías ido.
-Me despidieron.
- ¿En serio? - Cerró la llave de la regadera y continuó - ¿Por qué?
-Ya sabes por qué.
-Ahh por eso. Bueno, pues ¿Qué te digo?
-Bien, voy a irme a dormir, estoy agotada.
-Espera – Me dijo volviendo a abrir la llave de la regadera - ¿Me puedes pasar lo que está en el suelo del baño? Entra, está abierta la puerta.
-Está bien – Le dije haciendo lo que me pidió. Abrí la puerta, y lo primero que vi fue que, en la orilla de abajo, la puerta estaba siendo obstruida por algo que parecía carne, o piel.
Cuando la tomé, vi detenidamente que era de un tono moreno, con algunas imperfecciones, heridas graves como en la zona del codo y vello púbico.
No fue sino hasta que lo moví en la zona con más vello que vía una especie de mascara cárnica con pecas y con algunas imperfecciones, que supe que algo no andaba bien.
-Ah es eso, pásamelo Siomara – Me dijo Lizeth, y cuando alcé la vista para verla, estaba a punto de gritar, pero mi mano me detuvo para no hacerlo. Empecé a sudar frio.
Lizeth, o al menos lo que parecía ser Lizeth, estaba completamente despellejada. Se estaba bañando sin la piel, era puro musculo con algunas venas y varias gotas de sangre en el rostro y en el suelo de la regadera. Luego, por un movimiento vi su vientre. Oh dios santo, su vientre.
¿Por qué no lo había notado antes? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Fue con los policías?
Lizeth estaba embarazada, con un embrión que, según recuerdo, parecía tener dos meses de gestación. Pero él bebe dentro de ella se veía horrible, con venas de color verdoso, mórbido, con protuberancias y como si fuera una masa de cartílagos y huesos salidos, con la caja torácica por fuera, como un exoesqueleto.
- ¿Que ocurre Sio? - Me preguntó tranquila, mientras tarareaba una canción.
- ¿Qué...que...que has hecho? - Le dije mientras mis piernas temblaban.
-Ah ¿Esto? - Me dijo señalando su cuerpo con las manos, dejando al expuesto su vientre con esa criatura – No es nada, solo me estoy limpiando bien. No tengas asco, la piel está limpia ¿Me la podrías pasar?
Yo le pasé la piel, y ella la tomó con suma tranquilidad, además me dijo que me saliera para que se pudiera vestir bien. Yo hice caso y salí del baño, tras ver esa escena que, si en aquel momento me dio miedo y asco, ahora solo es una situación extrañamente normal, para las cosas que sucedían en aquel entonces.
Cuando me dijo que podía entrar, vi como solo se puso una toalla muy larga y unas chanclas para salir. Pidiéndome que la acompañara al sótano, me dijo que tenía algo importante que contarme. Yo la acompañe hacia ese lugar, solo que ahora era la parte en donde estaba su cama, con un mueble lleno de libros de biología y de pedagogía.
-Siomara – Me dijo estando en su cama, con una toalla en el cuerpo y dando palmadas en su cama – Siéntate conmigo.
Yo accedí sin dudarlo, y al sentarme, sentí como el brazo de Lizeth empezó a acariciarme la espalda, como un masaje relajante, que misteriosamente funcionó.
-Siomara- Me dijo acariciando su vientre – Pronto voy a ser madre, y no sabes cuanto odio eso.
- ¿Qué? - Pregunté con enojo.
-Si, no estás sorda, lo digo en serio. No tengo razón para tener un hijo que no es mío. Si tan solo fuera de Nata. Es horrible, lo he visto y estoy segura de que tú también.
-Bien – Dije con tranquilidad - ¿Y eso qué?
- ¡Ah! - Dijo - Allí está la parte importante. Tú vas a ayudarme.
- ¿Con que? ¿Con que? ¿¡Que mierda quieres de mí!? - Grite, pensando en cualquier estupidez que se le pudiera ocurrir.
-Oye – Dijo – Tranquila, es algo sencillo.
- ¿Qué es? - Le dije
-Necesito que me practiques un aborto.
- ¡¿Qué?! - Dije asombrada - ¿Cómo que un aborto?
-Si – Dijo Lizeth – No necesito a un bebe en mi vientre ¿Para qué lo sigo cargando?
- ¿Pero por qué yo?
-Porque eres mi amiga.
-Estás enferma ¿Lo sabias? ¿Por qué quieres que haga eso?
-Siomara – Me dijo tras un largo silencio - ¡Ay, Siomara! ¡Siomara! ¿Por qué sigues siendo tan miedosa, si sabes que soy yo?
-Por eso mismo Lizeth – Dije viéndola fijamente a esos ojos de multicolores, que, a pesar de estar en sombras, brillaban por la cantidad de sustancias en su cuerpo – Por eso tengo miedo, porque sé que cuando vengo, lo único que veré serán cosas horribles.
-No la chingues Siomara – Dijo Lizeth, riendo – Eres una doctora, cosas como las que yo hago a nadie de tu especialidad le podrían perturbar. Y lo sabes.
-Pues ya no soy nada – Dije levantándome de su cama – Hoy me despidieron, y no sabes cuanto me alegra eso.
-Pero ¿Qué dices? - Me dijo haciendo lo mismo, dejando caer la toalla y dejando expuesto su vientre hinchado.
-Como me oyes – Dije evitando, sin éxito, ver su vientre – Me despidieron, y no pienso volver a ese trabajo. Con tal de estar alejada de ti, con eso será suficiente.
-Siomara – Me dijo deteniéndose y yendo hacia su escritorio, tomando aquel artefacto con engranajes, cables y el corazón en una diadema.
- ¿Crees que esto es justo para mí? - Dije asustada, viendo como lentamente iba por aquella cosa – Te he ayudado más de lo que he podido. Estoy a nada de volverme loca. ¡Dios! ¿Por qué me torturas así? Somos amigas ¿O acaso no? Mira esto, una cabeza de perro tratando de seguir con vida, con hambre, sin tener estómago. Un festín de horrores de una rata, que ya ni siquiera es una rata, es un... ser... no puedo describirlo. ¿Qué mierda es todo esto Lizeth? ¿Una carnicería humana? ¿Es eso lo que quieres? ¿Convertirnos en un tianguis de caníbales? ¿Por qué me torturas de esta forma? ¿Por qué?
Lizeth se detuvo, y se dio la vuelta para verme la cara. Entonces me dijo algo que me asombró, no tanto por la forma, si no por las palabras.
-Nunca quise hacerte daño - Empezó a decirme – Yo quería compartir algo especial contigo. Algo que no sabes lo importante que es para mí. No sabes cual feliz me hace ver que estas aquí, apoyándome y prestándome atención. Nunca quise asustarte, solo quería que también fueras parte de esto. Me había sentido tan mal cuando Nata murió, no sabes cuánto. Él y yo estábamos destinados a estar juntos, por más estúpido que eso suene. Y murió. Lo asesinó aquella taxista con velo negro. Te quiero mucho, agradezco que me ayudaras viviendo contigo y no sabía que esto, que para mí era maravilloso, te podía causar tanto daño. En verdad lo siento. No quería hacerte daño. Estaba desesperada, necesitaba a alguien.
Empezó a lagrimear un poco, diciéndome que lo sentía con esas lágrimas de cocodrilo y gastándose golpes en el pecho de falsos sentimientos, que como buena crédula y pendeja que soy, terminé creyendo.
-Mira Lizeth – Le dije – Puedes hacer todos los experimentos que quieras. Es más, si quieres te ayudo con cuerpos o esas cosas, no son tan crudas para mí. Pero no quiero experimentar o ver lo que haces. Por favor.
Con una sensación de incomodidad y con inconformidad me dijo:
-Está bien –Dijo tras un suspiro - Lo haré si eso te hace feliz.
-Gracias – Le dije, sintiéndome más tranquila que de costumbre, saliendo del sótano, en donde estaba todo ese festival de la blasfemia.
Tras ello le conté a Santiago, por teléfono, lo que me ocurrió, y él, a penado, me dijo que lo lamentaba. Le dije que ya no podía seguir viviendo con Lizeth, cosa que me cuestionó el porqué, y yo le pedí que nos viéramos, y le explicaría el porqué.
Después de una hora, Santiago llegó a la casa, tocando la bocina de su auto para que saliera. Yo hice caso y tan rápido como pude salí de mi hogar, entrando a su auto y allí, empezamos a hablar, mientras él manejaba.
- ¿Qué ocurre Siomara? - Me dijo tan compasivo y relajado.
-Santiago – Le dije con calma y miedo a la vez – Necesito que me saques de esa casa lo más rápido posible.
- ¿Qué?
-Si Santiago. Necesito irme a otro lugar, o mi cordura dejará de estar estable – Dije con el labio inferior temblando.
- ¿Por qué? - Dijo Santiago con la misma pasiva tranquilidad, un poco perturbada.
- ¡Ay, Santiago! - Le dije con tristeza – Te diría que cosas han pasado, que horrores he visto y experimentado, pero seguramente no me creerías.
Santiago solo me vio, diciéndome "se lo que ocurre" como si él hubiera visto los horrores que yo he visto, aunque tampoco es que conozca muy bien a Santiago, y menos a su amigo, que normalmente lo veía junto con él. Se trataba de una persona, que no se si era hombre o mujer, ya que tenía un porte afeminado, un físico delicado, pero a su vez una voz grave y algo maquiavélica, con una especie de armadura, con cabellera pelirroja y ojos lechosos completamente neblinosos.
Aunque, al parecer, no solo lo conocía Santiago, si no también Lizeth, por más increíble que suene. Recuerdo vagamente que, en una ocasión, ella me había contado que estuvo a nada de secuestrar a una persona, con problemas mentales, o más bien neurótica, con el fin de sus experimentos, mucho antes de que yo la dejase vivir conmigo. Sin embargo, fue atrapada y detenida por este sujeto, o esta mujer, o esa cosa puede ser también.
Nunca me había contado sobre su nombre, en realidad lo llamaba "el hombre de la armadura", y no me explicaba más que eso y sus peculiares habilidades. En ese mismo relato, me dijo que podía convertir sus manos en tentáculos mecánicos, hacer una especie de gas con hedor a vainilla, y sus ojos neblinosos, así como los suyos, podían brillar en la oscuridad.
Santiago tenía un amigo peculiar, muy peculiar, así que posiblemente había pasado cosas iguales o peores de las que yo pude haber visto, con ese amigo que no era un ser humano.
En fin, le seguí diciendo a Santiago que me alejara de Lizeth lo más posible, y él, como una gran persona, me dijo que me quedara a vivir con él, por ahora que Lizeth seguía siendo un problema. Cuando todo pasara, yo volvería a la normalidad.
No podía creer lo afortunada que era por tener a alguien como Santiago, pero también como podía tener tanto infortunio de seguir con Lizeth.
Eso ya no importa. Santiago me va a dejar vivir con él, y yo no puedo decirle que no, porque no solo mi integridad física estaba en juego, si no también, la poca sanidad mental que quedaba intacta.
Tras esta platica, junto con un paseo por la zona en coche, me regresó a mi casa, besándome, y diciéndome que cuando yo quisiera, vendría por mí y mis cosas.
* * *
Al día siguiente, recibí una visita inesperada. Me mantenía en descanso, puesto a que ya no tenía empleo, y por ende no me importaba dormir demasiado.
No obstante Lizeth me pidió que atendiera a la puerta. Cosa que yo, para evitarme problemas con ella, atendí su orden, o le hice el favor; no lo se.
Con sueño, el brillo del sol me recibió en la sala, cegándome temporalmente. Tras ello, me fui hacia la puerta, abriéndola.
-Siomara – Me dijo una voz, con una figura que me dejaba el sol brillando por su cabello en los ojos. No fue sino hasta unos segundos después que vi quien era; La Dra. Norma estaba frente a mi puerta. Yo exaltada abrí los ojos y ella me vio, con esos ojos de buitre, mi desorganizada apariencia.
- ¿Está Lizeth? - Preguntó, con esa ronca voz de anciana decrepita.
- ¡Ah! - Dijo Lizeth acercándose rápidamente – Es usted Dra. Norma. Pase por favor – Le extendió las manos hacia el sótano, cosa que ella recibió con un simple "gracias".
Ambas se encerraron en el sótano, y no salieron en un largo tiempo. Unas horas realmente.
Yo estaba tratando de asimilar toda la situación, pensando que no sería necesario que Santiago me recogiera. Si el experimento de Lizeth salía bien, seguramente no querría quedarse más en esta casa inmunda, vieja y pequeña; seguramente viviría en paz, por fin, después de unos días tan agitados.
Tanto más pasaban las horas y ningún ruido pasaba, yo creía que todo sucedía con una ridícula tranquilidad, tan pacifica que no me parecía normal.
De repente, siendo casi la noche, escuché un ruido de un golpe metálico.
Rápidamente puse mi oído en la puerta que daba en hacia el sótano. Escuchaba como, si de carne se tratase, un cuchillo la cortaba con suma fuerza. Algo no andaba bien.
Seguía escuchando lo que sucedía, y escuche la voz suave, casi ronca e inexistente voz de Norma.
Ya no podía estar con la incertidumbre, así que me metí sin permiso en el sótano, viendo en el centro de este un cuerpo decapitado, y a su vez Lizeth viéndome con miedo y como si hubiera hecho algo malo.
- ¿Qué demonios pasó Lizeth? - Pregunté viendo solamente los ojos de Lizeth, sin prestar atención a su escritorio.
-Hice algo que era inevitable - Contestó - Era completamente necesario y ambas íbamos a terminar mal.
- ¿Mal? - Pregunté.
-Si... La Dra. Norma me chantajeo, me dijo que ella había prometido mostrar mi suero, pero debía de mostrarlos como suyos, cosa que negué y absolutamente desaprobé y reproché.
- ¿Y?
-Me estaba amenazando con meterme a mí y a ti en la cárcel, por la muerte de ese tal ponchito.
- ¿Y eso a mí que me importa?
- ¿Oíste que hice algo que era inevitable?
-Si.
-Pues... Le corté la cabeza – Lo dijo con un tono tranquilamente culpable, mientras que yo me sentía con una ligera, felicidad, pero a su vez con notable decepción.
- ¿Mataste a Norma? ¿Está muerta? - Pregunté completamente histérica
-Si... o.... ma.... ra... - Dijo esa misma ronca voz, haciéndome voltear a una bandeja metálica, la cual tenía una cabeza decapitada, hablando, con ojos casi desorbitados y exageradamente rojos.
-Ya no – Dijo Lizeth, contestando mis preguntas.
Yo la tomé por los hombros y empecé a sacudirla con enojo.
- ¡Ya basta Lizeth! - Dije enojada, mientras hacía lo anterior.
-Ella quería extorsionarme ¡Quería meterte al tambo! ¿Querías eso? - Me dijo soltándose de mí, haciendo que yo, con el simple hecho de ver ese espectáculo novedosamente genérico, me largara de ese lugar.
Subí rápidamente las escaleras, dejando a Lizeth con su nuevo cuerpo para "Descuartizar", "Experimentar". ¿Yo qué sé?
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro