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O6

Mentir es lo que estuviera haciendo si dijese que no estaba asustado. Su corazón palpitaba en su pecho como si estuviese apunto de explotar, sudor frío bajaba por su frente y sus manos temblaban.

Se estaba cagando del puto miedo. Pero no tenía otras opciones, se estaba muriendo y él no planeaba morirse antes de ver o saber que su hijo crecerá como un buen hombre y que sepa valerse por sí mismo.

El día que descubrió que su corazón pronto iba a dejar de latir, fue cuando cayó inconsciente, mientras cocinaba en la casa de Sanha, cuando sus ojos se abrieron, estaba en un hospital, un doctor diciéndole que sus defensas estaban peligrosamente bajas y tenía algo de anemia.

Fue algo instintivo, espontáneo. Como si una vocecita le susurrase que iba a morir.

No fue lindo, tomo cada pastilla en las horas y días indicados según su doctor, pero sabía que no serviría. También tuvo que adelantar absolutamente todo.

Y con todo, se refería al plan que había elaborado apresuradamente.

Misma razón por la que se encontraba justo ahí, escondido detrás de una pared, temblando, y en su mano una pistola con balas de plata pura. La plata no era la cosa más favorita de los vampiros, no los mataba, pero sí los debilitaba.

La puerta se abrió, dos voces distintas, una dulce como la miel que tanto conocía, y la otra, dura como el acero, y suave como el terciopelo, según las palabras de Sanha, después de una semana entera, coqueteando con el más temido vampiro del país.

Un cachorro disfrazado de lobo, como lo había llamado el rubio.

Dongmin realmente había pensado que no iba a ser fácil engatusarlo, pero solo había bastado que Sanha se hiciera el difícil y le coquetease como que no quiere la cosa para que el pálido se interesara. Y antes de si quiera darse cuenta, Sanha ya tenía prendado a un vampirito en la palma de su mano.

Ciertamente y como una película mala de cliché, Sanha terminó de igual forma, enamorado y coladito por los viejos huesos de Park Minhyuk después de innumerables citas.

No es que a Dongmin le desagradara, pues no es como si hubieran interactuado mucho para saber si le caía mal o bien, pero la fama de labioso que el vampiro tenía le ponía los vellos de punta a tal punto de que casi le había gritado a Sanha que cómo se le ocurría enamorarse del pálido. Luego recordó que prácticamente había sido su culpa que ambos se conocieran y terminaron abrazados mientras Myungjun dormía en medio de los dos.

Ambos habían formado algo así como un noviazgo pero sin el título, y Sanha le había dicho a Dongmin que por favor, no le hiciera daño cuando llegara el momento de llevar al vampiro a casa y "secuestrarlo".

"Tal vez solo le podamos decir la situación y lo entenderá, ¡incluso podría ayudarnos!", le había tratado de convencer, más no había contestado a la petición.

Y había intentado, de verdad. Pero claramente el arma entre sus manos demostraban su respuesta negativa.

—Es una casa bonita, pero, ¿por que huele así?— La voz del vampiro lo trajo a la realidad.

Bien, ahora o nunca.

Con los ojos cerrados, dejó un suspiro salir por su nariz, y cuando los abrió, su mirada estaba sobre una espalda vestida de cuero negro cuando dio media vuelta, estirando sus brazos y sus manos apretando el arma, un parpadeo, y su dedo apretó el gatillo.

Solo rogó porque su hijo no escuchase nada desde el sótano, donde lo había escondido mientras dormía. Se odiaba a sí mismo por eso, pero lo hacía por él, por que Dongmin se estaba muriendo y su bonito Myungjun tenía que ser feliz.

—Santo cielo, lo mataste.— Fue lo primero que soltó Sanha, quien se había quedado congelado al lado del vampiro que ahora se encontraba en el piso, sangre roja, casi negra se esparcía por el piso con lentitud.

—Solo estará inconsciente por máximo cinco minutos con esa bala en la cabeza, así que apúrate y ayúdame a atarlo con las cadenas, y meterlo al cuarto.— Con una frialdad en la voz de Dongmin, Sanha asintió, aún asustado.

Con cadenas de plata pura amarrando fuertemente sus pies y manos, al igual que su torso, Park Minhyuk abrió sus ojos, un dolor inmenso tras su inconsciencia.

—¿Qué mierda?— Murmurando confundido, observó su alrededor, lo último que recordaba, era a su bonito vampirito llevándolo a su nido, y después de ahí, su mente estaba en blanco.

Las paredes de madera y el olor a humano combinado con arboles y el aroma de ciudad apenas sintiéndolo, supo que estaba dentro de un cabaña en medio de algún bosque. No fue tan difícil. Había otro olor extraño, familiar, más no lo pudo descifrar.

Lo que sí fue difícil, tan increíblemente difícil, fue ver al hombre que acababa de entrar al pequeño cuarto en el que estaba. Ojos grandes, cabello castaño, delgado, alto, y es aura de niño bueno que lo rodeaba siempre cada vez que se topaba con el hace años.

Un jodido fantasma.

¿Como un fantasma podía estar parado frente a él, sosteniendo una pistola donde podía oler la plata?

¿Por qué carajos Lee Dongmin se encontraba frente a él, si había muerto?

Él mismo vio las lágrimas del Arcángel rodar por sus mejillas, él mismo vio cómo destrozaba una ciudad fantasma entera, él mismo vio las tormentas que había hecho inconscientemente, él mismo vio como se destrozaba a sí mismo, llorando la muerte del amor de su vida y su hijo no nacido, y que se suponía, nunca nacería. Aquel pensamiento ayudó a identificar el olor extraño que no había podido descifrar.

Una cría de ángel se encontraba cerca.

No.

Una cría de arcángel.

Imposible. Ese olor tenía que ser otra cosa, porque no podía ser posible que en ese instante estuviera colándose por sus fosas nasales el tenue olor de una cría angelical mezclado con el de un humano.

Por que un humano jamás podría soportar el hijo de un ángel, ni por mucho menos, el de un Arcángel, automáticamente y cruelmente, el humano moriría ante el primer latido del bebé dentro de él.

Cuando Moon, el ser alado que tan bien conocía llegó a su puerta muerto en vida, susurrándole que el amor de su vida estaba en cinta, ambos fueron conscientes de que la fecha de muerte del humano estaba escrita.

Pero ahí estaba, los enormes ojos del que tanto había hablado con entusiasmo aquel Arcángel en el pasado y después, le había prohibido a todos sus vasallos pronunciar su nombre, lo miraban con decisión y algo de temor.

—¿Por qué mierda estás vivo?— Fue la única pregunta que pudo formular.

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