
La goleta atómica
Seguí con mi camino y al final llegué a una especie de tenue luz colgante no lejos de los muelles, y escuché un angustioso chirrido en el aire; y, alzando la vista, vi un rótulo oscilante sobre la puerta, con un dibujo de color blanc en él, que vagamente representaba un largo surtidor de nebulosa aspersión, y estas palabras debajo:
«Posada El chorro de la ballena: – Peter Coffin».
Moby Dick. Herman Melville.
Tuve que atravesar toda la ciudad hasta llegar al lóbrego Barrio Antiguo de Bengaluru, que era donde la gente se embarcaba. Tras esperar un largo rato me tocó el turno en el puesto de control de las Casas de las navieras, es decir, la oficina dependiente del puerto espacial que gestionaba estas cosas. Un eficiente recepcionista robótico me atendió:
—¿Nombre?
—Rebeca Vargas.
—¿Mayor de edad?
—Sí.
—¿Antecedentes penales?
—No.
—Hemos escaneado sus niveles de radiactividad y no son elevados.
—Gracias. Es bueno saberlo.
—Aceptada. Recoja su tique. Hoy ya han salido todas las lanzaderas. Preséntese mañana a partir de las siete en las Casas de las navieras para elegir su nave y la próxima vez no llegue tarde. Pasillo D.
Había sido un error demorarse tanto. Me fastidiaba el incidente porque ahora tendría que buscar dónde dormir. El problema era que yo no conocía a nadie cerca, ni podía volver al Barrio Latino, ubicado como estaba tan lejos; mejor buscaría una fonda en el Barrio Antiguo donde pasar la noche para al día siguiente llegar a tiempo. Había que ser puntual.
Vagabundeé vacilante por el barrio. Había sido construido hace cuatro siglos: era la vieja ciudad espacial que los indios de la Edad Robótica habían fundado cuando comprendieron la necesidad de una ubicación estratégica entre los planetas terrestres interiores y los mundos de hielo exteriores. Viajar de la Tierra a Titán, en la órbita de Saturno, era mucho más fácil si se podía repostar y avituallarse en esta base a medio camino. En el lejano pasado fue una ciudad próspera y exitosa, en el centro de todas las rutas comerciales; una base casi totalmente automática, con muchos —muchísimos— robots. En aquellos tiempos lejanos, los seres humanos no estaban adaptados a realizar viajes interplanetarios y enseguida sucumbían a los efectos del «mal del Espacio», entonces una enfermedad mortal.
Siglos después, ya en nuestra Edad Biotecnológica, los antitumorales permitieron curar esta terrible enfermedad y los seres humanos pudieron viajar por el Espacio. Se produjo en aquellos tiempos la colonización humana del sistema solar. Los nautas latinos se lanzaron a la conquista de los mundos de hielo más allá del cinturón de asteroides. Las personas, ya sin miedo a enfermar, acompañaron desde entonces a los robots. Por supuesto, Bengaluru —magníficamente ubicada— renació de sus cenizas cuando llegaron los nautas y establecieron el Barrio Latino.
Fue poco después cuando aquellos navegantes latinos descubrieron el floreciente negocio de la minería de los asteroides del cinturón, una industria necesaria para proporcionar esos metales tan escasos en los mundos de hielo.
Este viejo barrio con sus angostas calles podía estar lleno de historia y tradiciones, pero se había degradado mucho con los años. Era el barrio más pobre de Bengaluru. La gente allí era humilde, y eso me parecía positivo porque los precios eran bajos. Yo no tenía mucho dinero y buscaba algún sitio tranquilo y no muy caro donde dormir.
Por las calles se veía de todo, pero la mayoría de los habitantes eran latinos y, en menor medida, mediterráneos como yo. Hacía siglos que ya no había indios, en realidad nunca hubo muchos, solo sus robots.
Comencé paseando por la vía principal del barrio, la calle Nueva Delhi, y enseguida encontré fondas que ofrecían comida y cama. La primera que descubrí se llamaba la «Taberna del turco». Se divisaba su luz desde lejos, rompiendo la penumbra de las calles. Me asomé por una de sus ventanas y experimenté una gran decepción. Vi a gente bien vestida divirtiéndose. Demasiado lujoso, un garito demasiado lujoso. Además, no era un lugar de nautas. Luego pasé frente a la fonda llamada «El cráter salado», pero era lo mismo.
En mi mente analicé la posibilidad de buscar un sitio no demasiado a la vista para dormir como un vagabundo. Me podía ahorrar así el precio de la fonda, pero luego pensé que no era plan que me detuviera la policía, pasar la noche en un calabozo y llegar tarde otra vez.
Buscando no gastar muchos pesos decidí meterme en las calles más estrechas, en las más oscuras, las peores, así que llevaba mi navaja a mano en el bolsillo por si era necesaria. Quizá de esta manera podría encontrar algún sitio barato aunque no fuera demasiado agradable. Además, así me iría acostumbrando a las incomodidades del Espacio.
Tras algunas horas caminando a la deriva, la estrecha calle de la Geoda me pareció especialmente adecuada. Después de pasar cerca de un local muy iluminado y de dudosa reputación, divisé una fonda de mala muerte. Podía ser lo que buscaba. Se llamaba «La Goleta atómica» y parecía un sitio de nautas.
Al entrar en el oscuro antro me llamó la atención una holografía que colgaba del techo del vestíbulo. Estaba tan sucia y deteriorada que apenas podía distinguir los detalles. Aquello parecía reflejar una hermosa nave iónica de las antiguas. Ya no se construyen así. La goleta de la holografía surcaba el Espacio, en medio de unos amenazantes asteroides metálicos. A pesar de estar tan vieja y desgastada, la holografía me gustaba. Sin duda, éste era un sitio de nautas, el que había estado buscando.
Cuando llegué a la barra del bar el viejo encargado me recibió con una sonrisa:
—¿En qué puedo servirte, joven? —me dijo.
—Comida y cama limpia para esta noche.
—Está lleno. No puedo ayudarte, a no ser que...
—Qué —dije.
—Que quieras compartir la cama con alguien.
Yo sabía cuidar de mí misma. Eso no me importaba.
—De acuerdo, si el precio es bueno.
—Diez pesos, una ganga.
—Vale, ponme algo.
—Mi mejor ron. Medio peso. Un arroz de caldero nauta. Dos pesos.
Me sirvió enseguida. Comí un poco del sabroso arroz. Luego, tomé el vaso y me giré dando la espalda al encargado, apoyando los codos sobre la barra. Di un pequeño sorbo del asqueroso brebaje que me había servido mientras observaba el local lentamente.
Se escuchaba música merengue suave. El ambiente algo cargado. Poca iluminación. El bar estaba lleno de nautas. Mujeres y hombres, la mayoría borrachos. Seguían la tradición de beber demasiado cuando estaban a punto de embarcarse. De esa manera escapaban a sus miedos por un rato. El Espacio es implacable y ellos lo sabían. Algunos comían; otros bailaban o charlaban y reían tranquilamente sentados en torno a las mesas. La mayoría querían disfrutar de la vida mientras pudieran.
Me volví y le pregunté al encargado:
—¿Cuál de ellas será mi compañera esta noche?
—Será un hombre. No ha llegado todavía. Está haciendo sus cosas.
—No me importa si es un tío. No me importa si huele mal. Tan solo espero que no tenga piojos. ¿Qué cosas está haciendo?
—Sus cosas. Ya sabes. Trapicheando para pagarme la cama de esta noche.
—¿Drogas? ¿Contrabando?
—Ni lo sé ni me importa mientras pague —zanjó el encargado.
Permanecí mirando un rato a la gente del antro. Estaba oscuro, pero pude distinguir una pareja muy cariñosa saliendo discretamente hacia una de las habitaciones contiguas. No los veía bien. Podían ser un hombre y una mujer, o no; no estaba segura, tampoco importaba.
Se me acercó un morenito grandullón, grande como un panel solar. Medía más de dos metros —más alto de lo normal, incluso en el Espacio donde la gravedad no limita el crecimiento de las personas—. Estaba fuerte, pero el muy idiota intentaba impresionarme contoneándose pomposamente al aproximárse:
—Hola, bonita, me llamo César. ¿Quieres la compañía de un nauta con ganas de hablar?
—¿Tú eres un nauta? —le pregunté al idiota.
—Soy un nauta que ha surcado el Espacio muchas veces en busca de los mejores minerales. He visitado Vesta y muchos asteroides más...
—¿Conoces alguna naviera buena? —pregunté.
—¿Te vas a embarcar tú, novata? No durarás viva ni un mes.
—Yo quiero embarcarme —dije, mientras mantenía su mirada con decisión.
El grandullón me observó pensativo durante un instante.
—Entonces bebe mientras puedas —dijo—. Emborráchate. Bebe sin parar, hasta que te caigas al suelo. ¿Quieres que te invite a algo?
Mi vaso de ron estaba vacío sobre el mostrador desde hacía un buen rato.
—Los nautas como tú sois todos unos cobardes —le dije fríamente—. Tenéis miedo y ahogáis vuestra ansiedad en alcohol. Es un poco estúpido, ¿no crees?
—No sabes de lo que hablas, novata. Tú no has salido nunca al Espacio. El Espacio es un traidor. Te llama y te seduce, te atrapa y, cuando piensas que lo dominas y te confías, te engaña. El Espacio interplanetario te traiciona siempre.
—Yo siento esa llamada. Yo quiero salir al Espacio.
—Pues ten cuidado, novata. Es un inmenso vacío. No hay nada allí. Es uniforme, aburrido. Te relajas, te dejas dominar por la monotonía. Tiene todo lo necesario para que te confíes y pienses que él es tu siervo, pero te traicionará cuando menos lo esperes. Cuando llevas navegando como yo desde niño, el Espacio te da forma, te adaptas y te conviertes en su esclavo, es decir, en un verdadero nauta. Y entonces sientes respeto, un respeto inmenso. Sé de lo que hablo. Mira.
Se recogió la manga de la camisa, mostrando su musculoso brazo negro. El antebrazo estaba adornado con numerosos tatuajes, en los que se podían leer cosas como «Buena travesía» o «El asteroide de la buena suerte». Sin embargo, la piel oscura se tornaba muy blanca en el bíceps. Aquello era una cicatriz muy fea causada por el mal del Espacio.
—Yo —continuó mientras se bajaba la manga— he estado en la órbita de Júpiter. Allí la radiación te curte más allá de lo que puedas imaginar. La magnetosfera del planeta gigante acelera los iones a elevados niveles de energía...
—No me da miedo —dije impasible—. Yo quiero embarcarme.
—Las personas cambian allí, novata. En el Espacio no imperan otras leyes que las leyes del Espacio. Olvídate de Bengaluru y su gentecilla cursi y panoli. Allí, lejos de la civilización, no habrá nadie para escuchar tus lamentos. Muchos hombres y mujeres, aquí decentes, allí enloquecen y se transforman en viles asesinos, depravados piratas y salvajes sin moral, para volver a ser sensatos ciudadanos una vez retornan al hogar.
—Yo pensaba que la gente del Espacio solía ser solidaria frente al enemigo común, que es el propio Espacio.
—Sí, los nautas somos solidarios, pero tenemos nuestras normas. Muchas personas allí se transforman. La mayoría lo hacen para bien, otros no. Los hay que enloquecen hasta donde no podrías imaginar y, lo que ocurre en el Espacio, allí se queda...
Por un momento, Rebeca dejó al descubierto su pasión por los viajes al descubierto.
—Dime, nauta del Espacio, ¿cuál es el lugar más hermoso al que has viajado?
El grandullón sonrió, quizá no esperaba la pregunta.
—Es difícil elegir un único sitio. He conocido algunos extraordinarios, pero, si tuviera que elegir uno solo, lo tendría muy claro: Psyche, el asteroide metálico más grande del cinturón. Ocurrió realizando una exploración por su superficie. Es verdad que también hay rocas comunes, pero allí domina el metal, sobre todo hierro y níquel. Sus valles y sus montañas, allí casi todo es de metal.
—¿Y eso es bonito? No sé.
—Escucha. En cierto momento me quedé mirando una montaña, muy negra, que se elevaba hasta el cielo desde el centro de un cráter; continué caminando hasta que el Sol quedó detrás de ella, y entonces lo vi. Me di cuenta de que aquella elevación metálica del terreno era translúcida. El montículo era de metal, pero dejaba pasar la luz, creando los efectos luminosos más prodigiosos que nunca he visto en toda mi vida. Quedé maravillado, tomé una piedra de aquella cordillera y la pulí detenidamente. Ahora la llevo en este colgante que ves en mi cuello.
—¿Puedo verla?
—Claro.
Me pasó el colgante y tomé aquella misteriosa roca entre mis manos. Era metálica, pero contenía unos cristales que la hacían transparente en algunas zonas. Puesta delante de una fuente luminosa adquiría los colores más extraordinarios. Una montaña compuesta de ese mineral debía ser maravillosa. Se la devolví.
—Este tipo de roca se llama palasita (aunque no tiene nada que ver con el asteroide Palas) —me explicó poniéndose en el cuello el colgante—. Es una matriz de hierro y níquel en la que se incrustan cristales transparentes de olivino de gran pureza...
Se interrumpió. Tocaban una bachata lenta.
—Ven —me dijo—. Baila conmigo. Bailaremos toda la noche.
El grandullón me puso una de sus manazas en la cintura, haciendo ademán de sacarme a bailar. No me gusta que me soben y una chica tiene que hacerse respetar desde el principio. Si no lo haces, estás perdida. Abrí rápidamente mi navaja eléctrica y se la puse en la garganta:
—Si no me sueltas te mato —le dije, tranquilamente, pero sin dejar de mirarle a los ojos—. Tardaré medio segundo en seccionar tu yugular.
Confieso que lo habría hecho sin dudar. Es verdad que no habría disfrutado rajándole el cuello a ese idiota grandullón, pero una chica debe saber cuidar de sí misma.
—Bueno, bueno —levantó sus manazas inmediatamente, en señal de rendición—. No hay que ponerse así.
Dejó de hablarme y se volvió enseguida a una mesa, donde continuó agotando una botella de ron con otros borrachos, entre risas, como si nada hubiera pasado.
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