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La condrita negra

—¡Es Thomsen! —grita el viejo.
Das Boot. Lothar-Günther Buchheim

Por la holoventana del Puente de Mando no parecía más grande que un pequeño puntito blanco en el negro Espacio infinito. No era más que un punto insignificante. Brillaba más que las estrellas, pero no mucho más. También, si te fijabas, el puntito se movía respecto a los astros de fondo.

Poco a poco el brillante punto se transformó en una holoimagen cada vez más nítida. Pude verla aumentada por el telescopio. La nave iónica iba a pasar a menos de veinte kilómetros de la Stella Maris, que en el Espacio es casi rozando. Se llamaba la Condrita Negra, una nave en la que el contramaestre Montero había navegado alguna vez.

Llamas violáceas se adivinaban en su parte delantera. En la holoimagen se apreciaba que iba con la popa por delante, lanzando sus gases furiosamente para frenar, porque se acercaba a Ceres. Iba soltando el poco propelente de yodo que quedaba en sus depósitos para ir reduciendo la velocidad y entrar en la órbita de aparcamiento.

La Condrita Negra volvía a Bengaluru, volvía al hogar.

Estábamos todos en el puente. Establecimos contacto de holovídeo.

—¡Es Peñas! —gritó José Montero.

Ojerosa, la vieja loba del Espacio apareció en la holopantalla. Gorra blanca de capitán y un grueso suéter gris oscuro de cuello alto. El pelo muy blanco formaba una larga trenza que caía por delante hasta llegar a su cintura. Tania Peñas, apodada «la Loba», parecía cansada, pero sonreía feliz.

—¡Peñas! ¡Peñas! —gritó José Montero al verla. Y luego añadió, volviéndose a nosotros—. ¡Es la capitana Peñas!

—¡Montero, viejo amigo! —respondió Peñas, que llevaba más de dos años en el Espacio—. Un buen viaje. Llego cargada de buen metal. No cabe un gramo más. ¡Y mañana duermo en Bengaluru!

Chillamos todos de júbilo. La capitana Peñas también gritaba, llena de emoción, o quizá intentaba —sin éxito— que entendiéramos en la Stella Maris lo que decía en medio de tanta algarabía.

En la holoimagen se apreciaba, tras la capitana, al resto de la tripulación. Cansados, felices, nos saludaban con grandes muestras de alegría. Sus barbas eran abundantes, llevaban más de dos años sin afeitarse. No me habría sorprendido lo más mínimo si alguno hubiera empezado a aullar como un lobo.

José Montero hizo ademán con las manos para que habláramos más bajo.

—Nosotros salimos ayer con la Stella Maris —dijo—. Esperamos buena suerte y buena minería.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! —gritó Tania Peñas, para luego proseguir hablando en un tono más moderado—. Veo que te acompañan nuevos cachorros en la manada —dijo mirándome—, nuevas generaciones de nautas para continuar la tradición.

—Esto me recuerda los viejos tiempos, cuando tú eras la primera y yo el segundo oficial en la Carpanta. Qué tiempos aquellos, Peñas... éramos tan jóvenes.

—¡Ja, ja! Acababas de pasar el examen de oficial. Eras poco más que un lobezno.

—Un lobezno que supo aprender mucho de la oficial más loba del Espacio...

Súbitamente, algo llamó la atención de la vieja capitana:

—¡Un momento! ¿Por qué llevas gorra negra de oficial? No llevas la blanca de capitán.

Montero tardó unos segundos antes de responder:

—Verás. Ha habido cambios en Bengaluru. Se han creado algunas navieras nuevas. Una de ellas compró la Stella Maris. Yo ya no soy su capitán —Montero rozó su gorra con la yema de los dedos.

—¿Qué? ¿Qué tontería es esa? ¿Quién es el capitán entonces? —preguntó Peñas sorprendida.

—Ahab —Montero no añadió más. Sobraban los comentarios.

El rostro de la capitana Peñas se arrugó, inclinó ligeramente la cabeza hacia el suelo, mostrando una preocupación muy palpable:

—Que el Espacio se apiade de vosotros —y se quedó un momento mirándonos en silencio. Su estupenda sonrisa había desaparecido.

—Vamos en busca de El Ophir.

El rostro de Tania Peñas, capitana de la Condrita Negra, adquirió un aspecto lóbrego. Su voz se tornó grave, fúnebre:

—Déjate de tonterías, Montero. El Ophir no existe. Es una leyenda, un cuento para niños. Dedícate a buscar un buen asteroide y hacer buena minería.

—Son las órdenes.

La capitana Peñas se quedó mirándonos fijamente durante un rato sin pronunciar palabra.

—Una vez en el Espacio, siempre en el Espacio —dijo, a modo de despedida.

—Una vez en el Espacio, siempre en el Espacio —respondimos todos.

Se cortó la conexión.

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