
Capítulo 38: Bésame, pelirroja.
—No hay razones para estar celosa.
Hoy me quedaría a dormir en lo de Andrew y durante todo el camino a su casa estuvo diciéndome lo muy buena persona que era Mía. Creo que sólo lo hacía para molestarme.
¡Como si a mí me importara lo amable y buena que puede llegar a ser su amiguita!
—¿Te has dado cuenta cómo te mira? —Lo observo bajo la escasa luz de la luna y unos pocos faroles, aun así sus ojos brillan de diversión—. ¿Y como te ha tocado el hombro?
Él suelta una carcajada y yo lo golpeo de forma juguetona en el brazo.
—No te rías, es serio. No confío en ella. —Hago una mueca que estoy segura que él no vio gracias a la oscuridad de la calle—. ¿Qué pasa si te dijera que Matthew intentó besarme o algo así?
Andrew me mira de repente.
—¿Lo hizo? —Ahora está serio. Quiero reír por su reacción pero me contengo.
—No, Dios. Deberías haber visto como se observaban con Charlie.
—Mía jamás intentaría algo conmigo. —Dice súper confiado, pero no me logra tranquilizar del todo. Algo me sigue dando mala espina.
Su casa está tal y como la recordaba, tanto por fuera como por dentro.
Sus padres se han ido a la casa de unos familiares y Noah se había esfumado. No voy a decir que no estoy nerviosa por tener la casa vacía para nosotros solos porque estaría mintiendo.
Entramos en la penumbra de la casa, en seguida Andrew prende las luces y camina hacia la cocina.
—No soy muy bueno cocinando, así que no esperes demasiado para la cena. —Suelta una carcajada mientras rebusca en la heladera, la alacena y todos los rincones en busca de alimentos.
Yo tampoco era buena cocinando. Íbamos a hacer un desastre en la cocina. Eso seguro.
Me acerco a la alacena para ayudarlo a buscar. En el fondo veo un paquete y me surge una idea.
—¿Y si hacemos unas pizzas? —Desde que vivía con Marie y Luke, mi anterior padrastro y hermanastra, que no como pizza.
Levanto el paquete de harina y él me dedica una sonrisa.
—Ni siquiera sé prender el horno. —Dice pero aun así toma el paquete de mis manos y nos ponemos manos a la obra.
Tal y como había pensado: la cocina es un desastre. Hay harina por todos lados y parece que un tornado hubiese atravesado todo el cuarto. No tardamos mucho en comenzar una guerra de alimentos, de la cual nos arrepentiríamos más tarde cuando nos demos cuenta que tenemos que limpiar.
Agarro grandes cantidades de harina y las tiro hacia él, pero no llega ni la mitad y se termina desparramando todo en el suelo.
—Pésima puntería, pelirroja. —Dice mientras toma la lata de salsa. No, no va a hacerlo—. Dejame enseñarte cómo se apunta.
Intento cubrirme con la tabla de cortar, pero no llego a tiempo y todo se vuelve rojo.
Estalla en risas y yo tengo que hacer un esfuerzo por no reír también, tengo que parecer enojada.
—Pareces de una película de terror. —Me señala mientras sigue riéndose.
Probablemente tenga razón.
—No te salvarás de esta. —Sonrío maliciosamente mientras me acerco de forma lenta, como si realmente fuera un film de horror. Andrew finge tener miedo, siguiéndome el juego.
Tomo otra de las latas de salsa y la derramo sobre su cabeza. Él ahoga un grito y yo una carcajada.
—Ahora estamos iguales. —Sonrío victoriosa.
Después de que nuestras risas cesan, miramos el desastre que hay en la cocina.
Andrew suspira teatralmente.
—Mejor pidamos una. —Y eso hicimos.
Después de que cada uno tomara una ducha y ordenáramos un poco, nos sentamos en la sala a comer la pizza recién llegada. Pusimos una película pero lo que menos hicimos fue prestarle atención.
—¿Qué piensas? —Le pregunto cuando veo que se queda observando detenidamente su porción.
—Voy a confesarte algo. —Dice dejando la comida devuelta en la caja. Levanta la mirada y sus ojos conectan con los míos, como consecuencia siento mi corazón volverse loco—. Estaba pensando en ir a una cita, pero honestamente no tengo idea de a dónde llevarte.
—Bueno, puedes descartar un café donde las chicas se te insinúan.
Él pone los ojos en blanco.
—Este es el momento en el que dices: "cualquier lugar está bien si estoy contigo, Andrew." —Pone una voz afeminada y yo le tiro con una servilleta.
Antes de que diga algo, dejo un rápido beso en sus labios.
En cuanto me separo, no hay rastros de la charla que acabamos de tener. Andrew tiene una sonrisa que no sé identificar pero me encanta.
—¿Te me estás insinuando, Ann? —Sus ojos están más negros que nunca. Muerde su labio inferior y yo siento que me derrito ante tal gesto.
Se acerca a mí, de manera que ambos quedamos recostados en el sillón.
De repente soy consciente de todo. Estamos solos, muy cerca y yo no llevo más que un pijama.
Su boca toca mi cuello y sé que esta vez no hay manera de que nos detengamos ni nadie que nos interrumpa. Besa mi garganta, la clavícula, los hombros; todo, excepto mi boca.
Sus labios acarician mi piel, estoy desesperada por besarlo, por unir por fin nuestros alientos, es una desesperación tan placentera como frustrante.
Mis manos aprietan su alborotado cabello e intentan guiarlo hacia mi rostro. Siento que sonríe contra mi piel.
Sube su mirada hasta la mía. Nariz con nariz, sin a penas tocarnos. Me debato entre perderme en el deseo visible en sus ojos, o en observar sus labios entreabiertos que me piden a gritos que los bese.
—Bésame, pelirroja. —Su voz suena más profunda, más atractiva; me encanta. Me sonrojo ante sus palabras.
Acato sus órdenes.
En el instante en el que sus labios chocan con los míos, ambos gemimos por la tan esperada conexión. No sé cuánto tiempo estamos así, besándonos. Tampoco me importa, podría estar terminándose el mundo afuera y no me molestaría. Al final la frase de Andrew, por muy cliché y tonta que fuera, era cierta:
Cualquier lugar está bien si estoy con él.
De un momento a otro sus manos están por todos lados al igual que las mías. Ambos sabemos lo que está por pasar y ninguno de los dos necesita preguntar si está bien, o si esto es lo correcto. Es algo tácito, que nos sale completamente natural.
No hay dudas en su rostro cuanto quita la primera prenda. Y la segunda, la tercera... Ya no hay dudas de lo que sucederá cuando toda nuestra ropa se encuentra en el suelo.
El roce de nuestra piel desnuda es lo mejor que pude haber sentido nunca. Sus manos, su boca, su lengua, todo es tan nuevo y excitante.
De repente hace demasiado calor, y sus besos son los que alimentan las llamas que crecen sin cesar en mi interior. Sólo con mirarlo, con sentirlo, sé que él se siente igual que yo. La desesperación, y a la vez delicadeza, con la que me toca me hacen sentir mas amada de lo que nunca fui o seré.
La suavidad con la que sus manos trazan mi cuerpo, como si yo fuese de cristal y en cualquier momento fuera a romperme, mezclado con el deseo de obtener más del otro.
El dolor es momentáneo, opacado por el inmenso placer; y el placer da paso a aún más placer.
No sé cuánto duramos así, enredados el uno con el otro sin saber exactamente dónde termina quien y dónde comienza otro. Los audibles gemidos se convierten en suspiros cada vez más calmados. El calor va cesando y la sensación de deseo es reemplazada por una satisfacción indescriptible. Los dos alocados corazones se van relajando a compás de nuestras respiraciones.
Me duermo abrazada a él, aunque estoy segura de que más tarde me llevó en sus brazos hacia la habitación.
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