Capítulo 18
Miré sus ojos, su iris miel. Dios sabe que no lo pude soportar. La besé. Me vi obligado. Dos opciones, esa o morir sin sus abrazos. Llevaba resultando inevitable desde que la conocí. No se podía ser tan bella sin encontrarla guapa al ojo humano, aún así poseía conciencia de que la veía preciosa. No lucía sexy, pero de todas maneras siempre acababa sumido en su locura. Su único tacto me helaba la piel, cortaba mi respiración como un cuchillo de temible filo. Continúe observando a mi niña tal muñeca de cristal, al ojearla daba una sensación de fragilidad, pero lo pienso y realmente se comporta con valentía. La amo, un acto que me resulta prescindible a igual grado que el de respirar. Fue esa la razón por la que me agarré a sus labios. Amor, simple e inocente amor.
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