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Evie pasó los tres cuartos del viaje durmiendo con la cabeza apoyada a la ventanilla y sus brazos cubriendo el abultado vientre. Despertó con la idea de que llegaría a su destino dentro de poco. Más que una idea era una sensación, un extraño gusto en la boca que le recordaba a las almendras y al chocolate.

La zorra levantó la vista en las extensas planicies de campo bañadas por el sol de media tarde, mientras el autocar hacía su trayecto por la desierta carretera. Miraba las granjas cercanas y las casitas que se marcaban en el horizonte; la ciudad más próxima ya debía estar a más de cuarenta kilómetros de distancia. Ahora, contemplaba el recorrido de los cables suspendidos entre los postes de luz, subiendo y bajando, de poste en poste.

Bajó la cabeza para ver lo que el universo le estuvo haciendo los últimos cuatro meses, pasó una pata en la parte de abajo y acarició plácidamente al pequeño en su interior.

Llevaba puesto una cazadora beige sobre una playera celeste con el logo de su vieja escuela en la altura del pecho. A su lado estaba la bolsa de lona con todas las cosas que empacó de su escaso apartamento. En ella portaba su billetera (cinco billetes y dos monedas y una fotografía de ella y su madre), un cepillo y pasta de dientes, una novela de Danielle Steele con la página marcada con un doblez en la esquina superior, una bolsa de galletas danesas y la carta de su abuela escondida muy al fondo.

Pasaron los minutos y Evie sintió un cosquilleo en la parte de abajo cuando el bus hizo un fuerte ascenso por una colina. Cerró los ojos y esperó a que se le pasara.

A cada kilómetro que recorría, la hacía sentir mejor. Mejor que la vez en que Harry le lanzó un zarpazo en su cara y aterrizó en la pared del comedor. El ruido pudo haber sido escuchado por los vecinos, pero no hubo ni una sola perturbación en esos silenciosos segundos en el que su ex novio se la pasaba arrastrando sus patas hacia el sillón para luego beberse otra cerveza; ella solo se levantó, recogió los platos y se prometió ser más precavida en no ocultar el dinero.

Observó los asientos. Todos desocupados.

Pocas veces el conductor posaba sus ojos en el retrovisor para ver a la zorra en los asientos traseros. Fue la primera pasajera que recogió desde la estación en Topeka. En ese trayecto recogió a una loba anciana, un grupo de dragones de Komodo en Paxico, una familia de coyotes y unos osos pardo adolecentes en Junction City recién salidos del colegio; todos bajaron en Salina. La zorra era su última pasajera.

Tenía la idea de acabar el recorrido por toda Kansas hasta llegar a Garden City, pensó el conductor. Era un águila calva de más de cincuenta primaveras, había sido conductor de autocares desde los veintitantos, y había conocido a toda clase de animales que le tocaba recoger. Pero le sorprendió la tranquilidad de la carnívora. Siempre le había tocado mamíferos problemáticos, ruidosos; que a veces les gustaba causar estragos en su autobús.

A través de la I-70 —una desierta carretera de dos carriles dónde nada especial ocurría por sus parajes— el conductor echaba una larga vista hacia la zorra que dormitaba en ese momento. No quería molestarla pero sentía la necesidad de hablar con ella. A veces, el silencio lo ponía nervioso. Al momento en que ella se acomodaba en su asiento y abrió los ojos para ver su entorno, aprovechó el momento de hablar.

—¿Baja en Hays? —preguntó el conductor alzando la voz para que la escuchara.

La zorra carraspeó.

—No.

—¿A dónde se dirige?

El conductor no acostumbraba hablar con sus pasajeros, ya que se mantenían ocupados en sus propias conversaciones. Él solo se limitaba a ver la carretera y escuchar lo que decían los demás.

—A un lugar llamado La Rosa.

El conductor alzó la cabeza para saber que lo había entendido.

—¿Y qué hay en La Rosa? —inquirió el conductor—. Si no le molesta la pregunta —agregó.

La zorra dijo algo ininteligible.

—¿Perdone?

—La casa de un familiar. Acaba de fallecer.

—Oh, lo siento —dijo el conductor. Pero supo que eso no era lo que dijo antes la hembra.

—¿Cómo se llama? —preguntó la zorra, también alzando la voz para que le entendiera.

—Gordon, señorita —respondió haciendo un ademán con la visera de su gorra—. Gordon Soames, a su servicio.

—Evelyn Wilder.

Estuvieron callados por uno dos minutos hasta que Gordon Soames preguntó:

—¿Eran muy cercanos? Usted y su...

—Mi abuela.

Gordon Soames, que había perdido a su padre en un accidente laboral, sabía que debía de ser muy cuidadoso con lo que preguntaba y replicaba. No entendía el temperamento de los zorros; que si son tal vez muy emocionales cuando se habla de muerte.

—Lo lamento —se disculpó una vez más.

—No se preocupe —dijo ella, muy tranquila—. La conocía, y éramos muy buenas amigas. De niña me visitaba y jugaba con ella a menudo.

Evie se sentía triste, pero no tenía fuerzas para demostrarlo. No sabía si era por el bebé, o porque ya había gastado todas sus lágrimas en Baltimore cuando recibió la noticia por parte del albacea de su abuela.

Gordon Soames se ajustó nuevamente la gorra.

—Esperó que haya sido una buena señora —dijo el conductor.

—Lo fue.

—Llegaremos a La Rosa en once o trece minutos.

Evie agradeció la información. Apoyó nuevamente la cabeza en la ventanilla. Cerrando sus ojos y acariciando suavemente su barriga. Recordando la respuesta que decidió evadir con una verdad impropia: «Una segunda oportunidad».

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