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15

El miércoles Kenneth interrumpió las vacaciones y les pidió volver a la ciudad. A Ollie eso le pareció raro teniendo en cuenta que al principio parecía ansioso por quedarse en el hotel a disfrutar del servicio a la habitación. Sin embargo, él no era nadie para decirle al jefe que hacer, aunque al final si que se sentía un poco decepcionado por no poder quedarse hasta el sábado como estaba planeado originalmente.

Viajaron en primera clase, sentados uno al lado del otro en un sillón reclinable con una almohada para cuello de regalo, audífonos y un servicio de catering. Fue el viaje más cómodo que hubiese tenido jamás. Cuando llegaron a la ciudad, de vuelta al calor, se sintió un poco nostálgico y maldijo a Rowan por no permitirle disfrutar de esas vacaciones en las montañas. Sin embargo, el hombre encontró una manera de hacerle olvidar el enojo demasiado rápido para su gusto.

—Te llevaré, quiero darte un regalo —dijo Kenneth, al tiempo que le abría la puerta del auto. Ollie sintió que se le comprimía el estómago.

—Es mi cumpleaños —dijo, dándose cuenta de este detalle. Recordaba haber hablado un poco sobre el asunto, pero estaba desorientado por el viaje y según él, faltaba un día para su cumpleaños. Se equivocaba, había pasado esa fecha viajando de regreso a la ciudad, haciendo filas y en general extrañando la habitación de hotel.

—Esperaba llevarte a cenar —dijo, con una sonrisa de disculpa—. Y también estaba preparando tu regalo

Aunque era una tontería, la irritación volvió al pensar que lo sacaron de la comodidad de la habitación para prepararle una especie de noche romántica. Al mismo tiempo, no pudo evitar que se le acelerara el corazón.

—Promete que no intentarás meterte en mis pantalones —dijo, un poco inseguro de lo que significaba subirse a ese auto y dejar que lo sacara a cenar. En realidad, si Ken intentaba arrastrarlo a una habitación a lo mejor solo se negaba al principio por decoro y después se lo pensaba mejor.

Kenneth lo miró unos segundos, evaluando el ambiente y sonrió porque siempre fue bueno leyendo las expresiones de Ollie.

—¿Por qué me lo pones tan difícil? —preguntó, dando un paso al frente y rodeándolo de la cintura.

El gesto lo sorprendió, hasta ese momento Ken había mantenido su distancia con él, la cara se le puso roja y lo miró sorprendido. Luego se dio cuenta que no estaba siendo muy sutil los últimos días sobre la forma en que permitía que lo tocara. Había actuado de forma bastante obvia.

Ollie clavó sus ojos en Kenneth, lo quería tanto, no era solo la lujuria hablando, lo quería de verdad. Su corazón se apretó al verlo de nuevo mirarlo con esos ojos cargados de ternura, tan distintos al día de la graduación, cuando lo dejó atrás.

—Olvida la cena, vamos a tu casa —dijo en un impulso, estaba cansado de negarse lo que deseaba. Si Kenneth quería romperle el corazón una vez más, dejaría que lo hiciera hasta que estuviera satisfecho y volvería con él todas las veces que se lo pidiera.

"Eres un tonto Oliver" se regañó, seguro de que a la mañana siguiente recuperaría el sentido y recogería los pedazos de su dignidad para intentar arreglarla.

Ken se inclinó, dándole un pequeño beso en la nariz.

—En serio me lo estás poniendo difícil —gruñó, echando un vistazo al auto, como si estuviera consideran usarlo de habitación de motel.

Ollie colocó las manos en el pecho de Ken y lo miró con expresión dulce, como sabía que al hombre le encantaba.

—No es tan difícil —dijo, recargándose en él—. Puedes cenar en el restaurante o en la cama.

Ken dejó escapar un gruñido de frustración y se inclinó para besarlo. Ollie se puso inconscientemente de puntitas para recibir al hombre, estaba desesperado y ese beso se sintió como un vaso de agua fría en el desierto. Enseguida lo rodeó del cuello, abrió la boca para dejar que la lengua de Kenneth entrara y gimió al sentir sus manos acariciando su cintura.

Para su mala suerte estaban enfrente del aeropuerto y los claxon comenzaron a sonar, exigiendo que se retiraran. Ollie se alejó de Ken a regañadientes, con la cara roja y la respiración agitada, avergonzado se metió rápidamente, ocultándose de los conductores furiosos. Ken lo miró unos segundos, ignorando a los alrededores antes de subirse al coche y ponerse en marcha.

Oliver estaba ansioso. Quería llegar al departamento en ese instante, no dejaba de mirar a Ken, quien en ese momento apretaba el volante con fuerza, intentando concentrarme, era un alivio ver qué también se sentía deseoso de estar con él.

Mientras avanzaban Ollie se dejó llevar por un impulso y le acarició la rodilla, Ken hizo un ruido ahogado, él dio un respingo ante su reacción y subió poco a poco hasta que su mano le acarició el interior del muslo. En un semáforo Ken se detuvo, pero no se giró para mirarlo.

—Será mejor que estés quieto si no quieres que nos estrellemos en algún lado —dijo, frunciendo el ceño. Ollie se rio y retiró la mano, notando como el hombre soltaba un suspiro.

—Apúrate entonces —espetó, girándose hacía la ventana.

En respuesta Ken pisó el acelerador. Ollie sonrió, pero su buen humor duró poco, después de varias cuadras se dio cuenta de que no estaban yendo al departamento de Kenneth. Conforme avanzaba esperaba que el hombre diera vuelta en "u" o se detuviera en un hotel, pero no lo hizo, siguió hacía algún lugar desconocido mientras él se ponía de peor humor.

De repente, aunque quiso contenerse, la vergüenza comenzó a invadirlo hasta que ya no resistió más.

—¿A dónde vamos? —preguntó, encogiéndose en su asiento, un poco temeroso de la respuesta..

—Te dije, primero vamos por tu regalo —espetó en tono divertido. Ollie sintió que se le subía la sangre a la cabeza, observo la mano que descansaba en su rodilla en un gesto casi fraternal y se puso furioso, porque fue como si todo el deseo que estaba sintiendo, todo el anhelo que tanto le costó admitir, se volvieran en contra de él al notar que Ken estaba más frío que el polo norte.

—Si no querías acostarte conmigo lo hubieras dicho —su voz se escuchó peor de lo que pensaba, llena de rencor y humillación, no quiso mirarse en el retrovisor porque tenía miedo de la expresión que debía estar poniendo.

Se sintió patético y vulnerable, como estar de vuelta en la preparatoria, después de la graduación, preguntándole a Ken si todavía usarían su reservación cuando el hombre claramente había terminado con él.

—No, claro que quiero acostarme contigo —la expresión de terror en el rostro de Kenneth podría haber sido hasta graciosa de no ser porque Ollie estaba perdiendo la cabeza.

—Llévame a mi casa —dijo, frunciendo el ceño.

—Espérate, ya casi llegamos —dijo, colocando una mano en su pecho, sin despegar la vista del frente. El gesto, que a Ollie le sonó desinteresado, sólo hizo que las cosas se pusieran peor.

Enojado intentó abrir la puerta, pero tenía seguro. Las manos le temblaban y en un movimiento frenético empezó a pelear con la puerta para salir.

—¡Déjame! ¡Me quiero ir! ¡Ábreme la puerta! —gritó con un chillido extraño. Aunque era su voz, se escuchó como si viniera de otra persona, Ollie sintió como la piel le hormigueaba mientras él se ponía cada vez más histérico. Antes de darse cuenta estaba dándole de manotazos a la ventanilla mientras se desgarraba la garganta, desesperado.

El coche dio la vuelta en la esquina, se estacionó y la puerta se abrió. Ken estaba diciendo cosas para hacerlo sentir mejor, pero Ollie se había puesto mal y no lo escuchaba, era como si todo hubiera desaparecido, las calles, las casas, sentía que había mucho ruido, escuchaba la voz de Kenneth muy lejana.

—Oliver espera —Ken lo tomó del brazo y lo detuvo. Ollie grito, dándole un empujón para que se alejara, pero al final no fue lo suficientemente fuerte. Desesperado comenzó a exigirle que se alejara.

—¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡Déjame en paz! —se sentía enfermo, como si estuviera a punto de vomitar, mareado, no podía pensar, sentía que las manos de Kenneth le quemaban la piel.

—¡Ollie! ¡Mira donde estamos! —con brusquedad Ken lo obligó a darse la media vuelta y quedar de frente a la casa más cercana. Ollie estuvo a punto de reclamarle por la forma en que lo obligó a girarse, pero las palabras murieron en su garganta.

Conocía esa casa. La barda estaba oxidada, el monte alto, las ventanas tenían algunos cristales rotos y la pintura había visto días mejores, pero ahí estaba, erguida con soberbia frente el: era la casa del abuelo.

Capítulo nuevo, espero que lo disfruten <3

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