Capítulo 8
—Los extrañamos mucho.
—Nosotros igual.
—¿Cuándo volverán?
—No lo sabemos aún.
—Ambar quiere pasar el año nuevo aquí, considero que es lo justo porque el pasado estuvimos con ustedes.
—Queremos que la boda sea aquí.
—Querida, eso deben decidirlo ellos.
—Pero quiero que sea aquí... Ya es mucho con que no pase su cumpleaños fuera.
—Cariño...
—No es tan grave, mamá, has estado en todos mis cumpleaños por 27 años; no estar en uno no te hará mucho efecto.
—Claro que sí.
—Pronto volveremos, Elizabeth.
—¿Cuándo piensan tener hijos?
—¡Mamá! Vas a espantarla
—¿Qué preguntas son esas, Elizabeth?
—¿Tendré un sobrino? —cuestionó el hermano pequeño de Andrew, Oliver.
—No, no...
—¡Mamá!
—No, Oliver.
—¿No qué?
Mantener la compostura y no reír a carcajadas fue difícil para Ambar cuando presenció la cómica escena que tenían los padres y el hermano menor de su prometido del otro lado de la pantalla. Una casual video llamada con ellos que se convirtió en debate familiar.
—Por favor, ignóralos.
—Son adorables... Elizabeth, aún no hay planes de hijos.
—Deben tenerlo al tanto, no serán joven para siempre, ver a los hijos crecer es lo más bello.
—Mamá...
—En su momento lo decidirán, pero Elizabeth tiene razón, no serán jóvenes para siempre.
—Lo reconozco, Charlie, créanos que lo tenemos presente.
—Yo no me niego a que lo intentemos —dijo Andrew volviendo su mirada de forma coqueta hacia Ambar.
—¿Qué?
—Nada, Oliver.
—Alguien debería dormir.
—Quiero jugar, ¿podemos, papá? ¿Sí? Por favor.
—Vamos.
Charlie se retiró con Oliver siguiéndolo a toda prisa. Si algo amaba empedernidamente el hijo menor de la familia Davies eran los videojuegos, y con la tierna edad que poseía su energía siempre estaba al 100 para los juegos de carreras, búsquedas de tesoros y todo videojuego que llamara su atención, era un pequeño campeón.
—Hablamos enser...
—Lo sabemos, mamá.
—Un hijo de ustedes sería nuestro primer nieto. Quiero estar ahí para conocerlo/a y mimarlo/a o conocerlos/as y mimarlos/as...
—Entendimos, mamá.
—Lo tendremos pendiente, Elizabeth, gracias por todo.
—Gracias a ti, mi querida Ambar, eres el complemento perfecto para esta familia.
—Nos veremos pronto.
—Diviértanse, y no usen protección.
—¡Querida! —vocifero Charlie desde el cuarto de Oliver—, regula ese tono de voz, si es que puedes.
—Recuerden eso, los amo, feliz cumpleaños, mi hombrecito hermoso —reiteró Elizabeth en susurro antes de finalizar la video llamada, luego de eso Andrew apagó su celular de golpe.
—¿Por qué me hacen esto? ¿Dios, qué te hice...? ¿Qué es tan gracioso?
—Tu familia es encantadora.
—Gracias, pero mamá exagera, papá es más consiente, Oliver es...
—Adorable.
—Claro, adorable —añadió Andrew sarcásticamente.
—Es un niño adorable.
—Es el engendro de satán.
—Es muy lindo.
—Entonces yo soy el Grinch. —Andrew apoyó su mano derecha en su pecho con una expresión de "ofensa máxima" a su manera—. Me lastimas.
—Es más apuesto que tú, no lo puedo negar.
—¿Quieres salir con él entonces? Mmm asalta cunas. ¡Wow! No conocía esa faceta tuya.
—Por un angelito como Oliver lo sería... Mira. —Detrás de sí Ambar guardaba una caja mediana azul oscuro—. Ábrelo, espero te guste.
Andrew retiró el listón dejando a la vista el reloj plateado con manecillas rojas y negras en su interior. Ambar estaba nerviosa, más por el silencio que los acompañó por unos segundos, pero el afectuoso abrazo de Andrew borró todas sus dudas.
—¿Pedir otro regalo sería malo?
—No, claro que no, ¿qué te gustaría?
—¿Dónde está mi beso de feliz cumpleaños?
—¿Prefieres un beso?
—Me alegrarías mucho más la mañana.
—¿Enserio? —preguntó Ambar al tiempo que abrazó a su prometido. Andrew le asintió con una pequeña sonrisa.
De a poco los roces pasaron a ser profundas caricias que sus labios se dieron mutuamente aferrándose al cuerpo del contrario con firmeza.
—¿Feliz?
—Ningún regalo se compara.
—¿Te gusta el reloj?
—Me encanta el diseño, pero este beso fue mejor.
—Me alegra saber eso.
—Pasemos juntos el resto del día, ¿sí?
Los hoyuelos de Andrew desaparecieron por su mueca de puchero.
—Pareces bebe haciendo eso.
—Por favor, es domingo en la mañana, ¿podemos?
—Pasaremos el día juntos hoy, pero...
—¿Pero?
—Será a mi manera.
—Me gusta eso.
—Tampoco pienses mal.
—Yo solo pienso que este vestido es muy corto y tú eres demasiado hermosa, ¿lo haces a propósito?
—Tonto.
—Sabes que te amo, ¿cierto? Eres parte de mi poca convencional familia... También me encantaría que formáramos nuestra propia familia.
—A mí igual.
Ambar plantó las esperanzas de Andrew altas como una torre, sin tomar en cuenta que por sí misma jamás podría ser todo lo que Andrew necesitaba, y por ello daba todo de sí para devolverle el amor y compresión que él le daba a diario.
Ocho horas de distracción tomarían escena por la sorpresa que Ambar ideó con la excusa de que hacían falta uno que otro comestible en el departamento. Así que ir a Sambil fue un paso al aire dejando de lado el tránsito de la ciudad.
—Esta plaza es enorme.
—Es la más grande del país, no es para menos, aunque creo que las de Reino Unido son más grandes.
—Está genial... ¿Aquí comparemos?
—Sí, en el Jumbo.
—¿Cómo?
—Jumbo. —La mirada extraña de Andrew en ella le causó mucha gracia—. Lo digo en español.
—¿Iumbo? —El acento inglés de Andrew nunca cambiaría, era tierno y un poco gracioso cómo se esforzaba.
Él llevó el carrito de compras mientras que Ambar depositaba en el todo lo "necesario". Recorrieron el supermercado desde el área de carnes hasta los electrodomésticos. Faltaba una semana para noche buena, entre las compras consideraron que lo mejor era llevarse todo lo necesario y no tener que volver al súper. Todo fue simple rutina hasta que en su recorrido por llegaron al área de los cosméticos donde lo femenino y masculino pasaba a ser íntimo: mostradores con condones, tampones, toallas sanitarias, maquillaje, cremas, lociones... Salir corriendo hubiera sido la mejor opción para una pareja adolescente, no obstante Andrew y Ambar eran adultos. Fue incómodo siendo la primera que pasaban juntos por ese tipo de áreas. Sin embargo, Andrew no podía acobardarse, su orgullo no se lo permitiría, tampoco su conciencia; ver que su prometida detuvo su caminar le dio la oportunidad de quedar a su lado.
—Amor... ¿Todo bien?
—¿Eh?
Las mejillas de Ambar estaban sonrojadas como nunca él las había visto, la punta de su nariz no era uniforme con su piel al igual que el tono de su orejas. Andrew se movió quedando cara a cara. La blusa manga corta de ella dejó ver que su piel se erizó. Él se acercó lo suficiente para tenerla entre sus brazos.
—An-Andrew... —Toda esa pena fue opacada por un fugaz beso.
El carrito con las compras fue a un lado cuando quedaron cuerpo a cuerpo hasta que Ambar apoyó sus manos en el pecho de Andrew separándolos un poco.
—¿Q-qué hac...? —Él la besó nuevamente.
—Me encantaría.
—Tú...
—Formar una familia juntos.
—Qué cosas dices.
—La verdad... Podemos intentarlo.
—Aún no somos...
—Somos una pareja comprometida. Mamá tiene razón, somos jóvenes.
—No estamos casados.
—Si estuviéramos en Inglaterra estaríamos frente a un juez y para estas horas practicando como darle vida a Andrew Junior.
—Eso deberíamos decidirlo juntos, ¿no crees?
—Bueno, si no estabas de acuerdo te hubiera llevado como un costal de papas.
—En un futuro...
—Juntos.
—Obviamente.
—Intentémoslo sin protección.
—Andrew...
—¿Sigues tomando las píldoras?
—Sí.
—Quiero una familia de regalo de cumpleaños.
—Es muy poco tiempo.
—Tenemos una vida por delante, no hay manera de que no tengamos tiempo.
—Tendrá que esperar, y de paso bajar esa calentura, jovencito.
—No llevaremos esos condones si es lo que piensas, amorcito.
—Los llevaremos.
—Claro que no.
—Por Dios, Andrew.
—No quiero. "Sin protección", recuerda lo que dijo tu suegra.
—No seas goloso.
—Sabes que no lo soy, pero si tú eres el caramelo puedo serlo.
—Tonto... —Andrew depositó un casto beso en los labios de Ambar intentando hacerla entrar en razón.
—No habrá protección en esta relación.
—Eso deberíamos decidírl...
—Deberías disfrutar estos besos, no hay prorrogas. —Ambar adelantó su paso por el pasillo.
—Goloso...
—¡Te escuche!
—¡Me da igual!
Ambar era consciente de que dolería decirle a Andrew lo que sucedió entre ella y Lucas, pero se estaba acostumbrando a vivir con él y ese secreto. Ambos siguieron rondando por el Jumbo media hora más. Después de un largo recorrido por Sambil volvieron al estacionamiento.
—¿Por qué no podías traerl...? —Ambar suspiró al sentir los labios de Andrew contra su cuerpo dejando un recorrido desde sus mejillas directo al crecimiento de su busto—. ¿Qu-qué haces?
—¿Te parece si jugamos?
—¿Qué tipo de juego...? —interrogó Ambar ladeando su cuerpo a la izquierda.
—Te gustará.
Las intenciones del inglés parecían ser ahogar a su prometida en el vehículo de ella con sus besos y caricias. Andrew jaló de la pequeña palanca a un lado del asiento del conductor para reclinarlo quedando encima de Ambar, y sujetó ambas manos de ella cuando presintió que lo tocaría.
—Oh, no, es mi turno... Veremos quién es el verdadero goloso en esta relación, tengo una fantasía de hacerlo en el auto.
—¿Desde cuándo?
—Desde que conduciste el mío camino a la universidad... Sabes que no pediré permiso, ¿o me equivoco?
—Estamos en el estacionamiento... no podemos hacerlo aquí.
—Claro que podemos.
—Sería muy imprudente.
—¿Qué importa? —cuestionó Andrew luego de un beso—, déjate llevar... —Y otro beso—. Quiero que sea aquí.
A pesar de que su prometido seguía besándola Ambar inclinó su cuerpo hacia delante dejándolo un lado de ella.
—Aquí no.
Andrew se abalanzó de nuevo sobre Ambar. Su rutina de besos prosiguió hasta que sus manos estaban debajo de la ropa del otro. Los cristales blindados eran sus testigos y los laterales del auto su escondite. Con el pasar de los minutos y con el calor intensificándose la ropa estorbaba. A estas alturas el bralette, sostén de encaje, azul oscuro de Ambar quedó a la vista de Andrew, y el cinturón del pantalón de él fue a un lado al igual que su camisa.
Ninguno pensó en que el aire en algún comento les faltaría, sus respiraciones estaban agitadas, sus mejillas ruborizadas por el contacto visual y el brillo en sus ojos hacia del momento único y especial a pesar de donde estaban. No obstante, la realidad alcanza incluso a los más premeditados hechos...
—Maldición... —No era costumbre en Andrew maldecir, y es que en su falta la llamada entrante al celular de Ambar le molestó.
—Halo.
—¿Dónde estás? —De ver su celular detenidamente antes no respondía la llamada de Lucas—. Necesito que hablemos.
—¿Qué? No, no; ahora no tengo tiempo.
—¿Quién es?
—¿Con quién estás? —indagó Lucas desde la otra línea.
—Nadie. —El semblante de Andrew cambió—. Estoy en el estacionamiento.
—Tenemos que hablar.
—Hoy estoy ocupada.
—Sigues con él.
—Adiós.
—Ambar, espera, no me cuel... Está con él, lo sé, pero ya no más...
Lucas recogió las llaves de su auto y salió de su oficia en las instalaciones de Construct, pero antes hizo una llamada.
—¿Tienes el día libre, Noah? ¿Sabes si Sebastián también?
—¿Quién era...? Entonces soy nadie.
—Era mamá. —Mentir y hacerlo con tanta facilidad no era algo de lo que Ambar se sentía orgullosa.
—Comprendo.
—No podía decirl...
—Descuida, entiendo... Por cierto, lindo sostén.
—Dios... —Ella buscó la forma de cubrirse con sus manos.
—Te ves hermosa.
—Lamento la interrupción.
—Me la debes, no puedo reprocharle a mi suegra, pero arruinó el momento en que concebirías a su nieto.
—¿Un niño?
—No tengo preferencias de sexo, lo que me gustaría es que sea un ser sano. Aceptaría lo que Dios nos dé.
—Yo igual.
—Me encantaría continuar con lo que llevábamos, aunque mi intención no es incomodarte.
—No lo haces.
—¿Quieres continuar?
—Quiero que vayamos a un lugar.
—¿A dónde?
—A la zona colonial —respondió Ambar colocándose su blusa.
—¿Cómo?
El tiempo invertido en llegar no fue nada con el escenario detrás de ellos, un área de Santo Domingo donde el tiempo no ha pasado desde antes de 1844. Los museos y monumentos históricos que establecían sus recintos para dar a conocer todo lo que le dio vida a esa ciudad eran esplendidos a los ojos de Andrew. Dichas edificaciones no pasaron por alto el año nuevo con flores de pascua en sus imponentes ventanas y pequeños nacimientos en sus entradas.
Ambar tomó fotografías del lugar, a pesar de que todo era común para ella, aún veía la zona como cuando era niña, admirada por la historia en esas calles. La fuerte brisa marina que volaba su cabello y los dominantes rayos del sol espantaban a cualquiera nuevo allá, pero Andrew lucía como si disfrutara de ellos y la majestuosa vista a través de sus lentos de sol. Luego de unas horas de recorrido ambos se sentaron en uno de los pequeños bancos del Alcázar de Colón, justo frente el imponente árbol de navidad rojo.
—Debo admitir que extrañaba este clima, aunque se sienta de verano.
—Este lugar no se parece en nada a Inglaterra... Hace mucho calor como para estar en diciembre.
—La vida en un país tropical —tarareó Ambar—, es bella aquí porque estamos en el mismo trayecto del sol...
—Oriundo de la noche.
—Colocado en un inverosímil archipiélago de azúcar y de alcohol —concluyeron a unísono.
—Te encanta ese poemario, por todas las veces que lo mencionabas en Inglaterra lo aprendí.
—Me encanta, ¿qué te puedo decir? Sus palabras fueron aliento en patria ajena.
—Donde uno nace y crece siempre hay un pedazo del corazón.
—Concuerdo.
—¿Todos los lugares son así aquí?
—No todos, en el Cibao, digo, la parte central de la isla es un poco fría, por Jarabacoa y zonas aledañas. Créeme que se compara con Londres.
—Deberíamos ir allá, ¿es muy lejos?
—No tanto, como de dos a tres horas.
—Me gustaría ir.
—La familia de Sara tiene una cabaña allá, no sé si la tenga aún. Llamaré a Verónica para estar al tanto.
—¿No piensas ir a verla?
—Desde muy joven Verónica me trata como parte de su familia. En mis planes esta ir a visitarla antes de volver a Londres.
—Lo eras, estoy seguro de que para Sara también.
—Era mi amiga más cercana... Sabes, no hay segundo en que no la extrañe —manifestó Ambar con sus ojos cristalizándose y su miraba en su brazalete.
—No estás sola.
—La mate, fue mi culpa, Andrew...
—No fue tu culpa, y jamás lo será... Independientemente de cuanta pena puedas sentir por ello me tienes a mí, a tus amigos y a Victoria; estamos aquí para ti.
Ambar no dejó de sollozar entre los brazos de Andrew mientras escuchaba las palabras alientos que él le dedicó. Ambar se aferró a la manga de la camisa de él intentando contenerse, pero era incapaz de retener las lágrimas. Sus manos en su rostro le daban vista directa al brazalete que nunca soltó desde que le dio a Sara el juego del mismo en su cumpleaños número diecisiete. Lo atesoraba desde entonces, y dejó el de su amiga enterado al lado de su tumba dos años después del fallecimiento.
—Tienes que ir...
—Lo sé.
—Si te sientes así imagínate cómo se deben sentir sus padres.
—Y-yo...
—Vamos, de pie.
—¿Qué?
—Debemos ir.
—Pero es tu...
—Esto es más importante —aseguró Andrew sonriéndole—, yo conduciré, pero necesito que me digas el camino, ¿de acuerdo?
Andrew sostuvo la mano izquierda de su prometida caminando juntos de vuelta al vehículo. Ambar sentía un vacío que nadie había podido llenar en los pasados ocho años, uno que ni siquiera Andrew llenó con su afecto... Ella solo se sentía mejor cuando estaba con sus amigos o su madre, y en eso Lucas logró lo que Andrew jamás pudo, hacer que Ambar se sintiera segura de que todo estaría bien, aunque fuera solo por unos segundos.
—Ambar.
—Buenas tardes, Richard. —Ver los ojos hinchados de ella le dio una de idea de lo que pasaba al padre de Sara.
—Pequeña —consoló él abrazándola—, no fue tu culpa.
—Perdón.
—No fue tu culpa, ella hizo lo que creía mejor, no lo que nosotros quisimos.
—¿Verónica se encuentra?
—Sí, ella está en la cocina. Tú debes ser...
—Andrew Davies.
—Ambar nos habló sobre ti.
—Igual ella a mí sobre ustedes.
—Por favor, pasen.
La casa de Sara se encontraba igual a como Ambar la recordaba: con su espaciosa sala de estar y la espléndida terraza donde ellas con sus amigos en común compartieron tardes de películas e historias vividas. Con la diferencia de que en la mesa central del juego de muebles color crema de la sala reposaba un retrato de Sara y a su alrededor el listón rosa con el que ella usualmente recogía su corta cabellera negra. Fueron tantos los recuerdos que la invadieron que no fue capaz de resonar cuando estaba a espaldas de la madre de su mejor amiga; hasta que Andrew sujetó la mano derecha de ella.
—Verónica... —saludó Ambar limpiando sus lágrimas como podía con su mano libre.
—Princesa. —Ambas se dieron mutuamente un corto abrazo, entre los brazos de la madre de Sara Ambar sintió la misma nostalgia del momento en que volvió a ver a Victoria. Ella apreciaba a Verónica tal cual que a su propia madre—. ¿Cómo has estado?
—Lamento no haberte llamado.
—Lo importante es que estás aquí.
—Él es Andrew.
—Un placer conocerla al fin.
—Lo mismo digo, joven. —Ambar levantó su mano izquierda dejando a la vista de Verónica su anillo de compromiso y el brazalete.
—¿Crees que esto lo compense?
—Sara estaría muy feliz, al igual que nosotros por ustedes.
—¿Serías nuestra madrina?
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