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Capítulo 1

Florecemos hasta que sufrimos, esa es la providencia del universo, solo tiene que ser eso, todos siempre lo sabemos.

—Es hermoso este lugar, ¿no?

—Lo es...

—Vamos —añadió Sara sujetando rápidamente la mano derecha de Noah—. Caminemos.

Ambos tomados de las manos se fueron adentrando más en la pradera.

El cielo estaba despejado, se podían contar las nubes. El día era soleado, pero los rayos del sol no eran tan penetrantes, era de esos días en los que puedes caminar libremente sin miedo a que el sol te queme. Los enormes árboles con sus comunidades de pequeños seres vivos les hacían compañía.

El lugar le dio a Noah una sensación de Déjà vu, existía tanta paz, tranquila y armonía que se sentía como si estuviera caminando entre las nubes. Toda esa serenidad hizo que se afligiera con las punzadas de miedo que oprimieron su corazón, temor de que algo malo le sucediera con su amada... El karma estaba haciendo presencia en su mente.

Nada dura para siempre.

—¿Pasa algo? Noah... ¿me estas escuchando? ¡Noah! —concluyó Sara deteniendo su paso.

—¿Eh? Sí, te escucho.

—No parece... Estás como sonámbulo.

—Perdón, no fue mi intención.

—No quieres estar aquí conmigo, ¿es eso?

—No, claro que no.

—¿Entonces?

—Es solo que me distraje con todo el paisaje. Me encanta tu compañía.

Una sonrisa se fue trazando en el rostro de ella al escucharlo.

—Te amo —confesó ella tomando el rostro de Noah entre sus manos.

—Yo también te amo.

La ternura de su beso fue interrumpida cuando se escuchó un disparo.

Él dio tres pasos hacia atrás mirando a su alrededor aterrado, pero no había palabras para expresar lo que sintió cuando volvió su mirada en dirección a dónde estaba Sara y solo pudo ver el vestido blanco que ella traía machado de sangre. Noah sintió un sinfín de emociones, las lágrimas de inmediato hicieron su aparición estelar ocasionando que él recogiera  desesperadamente el vestido.

—¡Sara!

Toda había sido un sueño... No, era una pesadilla.

Noah se encontró a sí mismo semidesnudo en la cama de un motel de mala muerte. Lo supo de inmediato cuando vio el papel tapiz en malas condiciones de las pareces, el reloj en la pared que marcaba las doce en punto cuando era más que obvio que estaba amaneciendo y los horrendos sofás color verde en condiciones aún peores.

Una mujer salió desprevenida de un área que parecía ser el baño de la habitación. Ella tenía apesto de mala vida, con unos tacones, unas medias rotas y un vestido que no dejaba nada a la imagino. Noah la miró con desgano mientras la mujer se acercaba a él sonriéndole.

—Espero que hayas disfrutado la noche, querido —dijo ella tomando los quinientos pesos que estaban en la mesita de noche para luego colocarlos entre sus senos—, espero que me llamas. —La mujer  le guiñó su ojo izquierdo antes de salir de la habitación.

La cabeza de Noah dio mil vueltas en fracciones de segundos, él se apoyó nuevamente en la cama agotado. En esto se había convertido su vida desde la muerte de Sara. Se odiaba a sí mismo por terminar así, y es que aunque fuera hombre no era una excusa, pero tampoco justificación de... Actuando de esa forma consolaba sus penas, sin contar que la pérdida de su novia llevaba ocho años reprimiéndolo y ese compartimiento lo tenía prisionero cinco de esos largos períodos de tiempos.

Deprimente, ¿verdad? Al menos para él sí lo era.

Noah se vistió cómo pudo, recogió su billetera que estaba tirada en el suelo al igual que las llaves de su auto. Él bajó de inmediato al primer piso para pagar la noche.

—Gracias por preferirnos.

La recepcionista le sonrió de lado, Noah no la miró. Al parecer se le estaba insinuando, pero no obtuvo respuesta, él siquiera se dignó en mirarla tan solo le dio el efectivo y se marchó hacia su vehículo. Mientras conducía su celular no dejó de sonar.

La noche anterior salió de fiesta con los chicos de Crew y Sebastián. A pesar de que fueron a un club privado, para que no ser vistos por los paparazzis, estos últimos se las ingeniaron para estar presentes fuera del club. Salir con uno de los grupos de baila más famosos del país era lo de menos para Noah, ellos eran sus amigos y no los veía como celebridades, sino como lo que eran para él, una agrupación impecable que vio crecer y volverse conocido.

Noah estacionó el vehículo de mala gana a un lado de la calle y pasó su mano derecha por su cabello castaño claro cuando no pudo aguantar más el irritante tono de las llamadas entrantes.

—¡¿A caso estás loco?!

—¡Ash! No me grites, Sebastián.

—Anduviste todo la noche con esa chica, siquiera recuerdas algo de lo que pasó...

—Voy de camino a casa.

—Estabas como loco.

—Eso es lo de menos... La pase bien con ella.

—No sabes cómo se llama.

—Claro que lo sé.

Sí, claro.

—Dime su nombre entonces.

—Se llama... Su nombre...

—Eso suponía, bebiste demasiado.

—No tanto.

—Uno nunca acepta las cosas cuando las hace... Eso es normal en ti. Al menos trata de llegar vivo y no conduzcas como loco, bestia.

—Lo que digas.

—No sea... —Noah colgó respirando profundamente después de retirar el freno de mano, dar vuelta a la llave y seguir su camino.

Esta actitud era común en él. El chico divertido y extrovertido de años atrás desapareció para convertirlo en un hombre serio e irreprochable, muchos pensaban que aquello era producto de la misma madurez, en cambio para sus amistades cercanas, en especial para Sebastián, Lucas y Ambar, Noah cayó en la más profunda depresión, él estaba estancado en sí mismo, no la podía superar...

Por las mañanas Noah era un maestro de historia universal en uno de los más prestigios colegios del país, por las tardes chef, y por las noches era casi un alcohólico mujeriego, casi, solo porque le faltaban pocos pasos para serlo completamente. Incluso su departamento daba la impresión de que estaba  soltero. Cuando concluyó sus estudios universitarios al mes se fue de la casa de sus padres, no sin antes ayudarlos a cumplir  el sueño de transformar a "Dream's Coffe", el café de su familia, en un gran restaurante. Muchas personas iban, al igual que sus amigos y los que conservaba desde temprana edad, pero nadie sabía con certeza lo que escondía su ser, el porqué de su verdadero sentir.

***

Ciertamente la vista detrás de la pequeña ventana de un avión es de película.

Eso era lo que Ambar siempre sentía cuando se encontraba en ese tipo de vehículo. A pesar de que tenía siete años en el mismo ritmo, viajando de Inglaterra a República Dominicana y viceversa desde que obtuvo su beca al extranjero, nunca dejo de sentirse algo nerviosa al subir a un avión. Sus manos no dejaban de temblar un poco cuando decían por el altavoz del aeropuerto que su vuelvo saldría pronto o que se mantuviera cerca del área Tierra del aeropuerto. Desde un principio fue difícil para ella conciliar el sueño mientras "planeaba por los aires",y por tal razón se acurrucó como pudo en su asiento, estaba agotada, era un vuelo de casi diez  horas que emprendió hacía dos de esas. En medio de sus intentos de serenar su mente Ambar sintió unas manos que la tomaron por su cintura y la acurrucaron delicadamente, era Andrew.

—¿Tienes frío?

—Un poco, ¿y tú?

—Mucho.

—Acércate un poco más.

Ambar apoyó su cabeza en el pecho de él. Ellos traían consigo una pequeña manta con la que se abrigaron mutuamente. El calor del cuerpo de uno ayudó al otro a sobrellevar el frío que la atmósfera y el avión les proporcionaban. A los pocos minutos estuvieron sumidos en un profundo sueño.

La pareja se conoció el primer año de la dominicana en Inglaterra. En ese entonces Andrew se mudó con sus padres cerca de donde ella residía con su tía materna, fueron amigos por un año. Al principio era complicado comunicarse, en aquel entonces Andrew no hablaba español, pero con el dominio de Ambar  en el inglés fue más sencillo. Hoy por hoy eran novios y estaban por cumplir tres años siéndolo. Ambos estudiaron en la misma universidad, pero en carreras distintas, él ortopedia y ella periodismo; por algo dicen que los opuestos se atraen, se podría decir que ellos eran una prueba más de ello.

Después de cuatro años de estudio y tres de trabajo en Londres Ambar volvía a su país natal para pasar tiempo con su madre y amigos, aprovechando las vacaciones navideñas de ambos. Esta era la primera vez que viajaban juntos a la patria de ella. En sus vacaciones anuales en República Dominicana Ambar hacía todo lo posible para pasar tiempo con Sara, le comentaba su vida a una lápida a partir de la muerte de su mejor amiga ocho años atrás, y este viaje no sería la excepción.

De alguna manera las cosas no fueron tan difíciles para Ambar en el extranjero, no era fiable confirmar que superó la muerte de Sara porque aún llevaba el brazalete que hacía juego con el que le regaló a ella, no obstante estaba aprendiendo a vivir con ello... Pese a la distancia, los compromisos y obligaciones que la vida les exigía como adultos a Lucas, Noah, Sebastián  y Ambar mantuvieron el contacto, algo que ella, y estaba segura de que ellos igual, valoraba inmensamente. La verdadera amistad no se pierde por el tiempo y/o las circunstancias, se pierde por las personas, después de tanto ninguno permitiría que eso les sucediera. 

Las horas de vuelo pasaron entre sueños para Ambar y Andrew. De vez en cuando despertaban, pero volvían a caer, sus cuerpos les exigían ese descanso aunque la mirada de Andrew estaba en ella. Él admiraba los rasgos de su novia como si estuviera contando los pelos de sus cejas, estaba profundamente enamorado. El idioma no fue una barrera para ellos, Andrew trabajó duro para que no lo fuera, esa latina no solo estaba entre sus brazos, sino también en su corazón. El inglés sacó del bolsillo delantero derecho de sus Jeans negros un anillo, intento producir el menor ruido posible con sus movimientos para no despertarla, luego colocó el aro en el dedo índice de la mano izquierda de Ambar, sonrió para sí mismo por unos segundos luego de entrelazar su mano con la de ella, y con el silencio que los arropaba la besó. 

—Y eso...

—Solo quería besar a mi novia... ¿Por qué me miras así? ¿No puedo hacerlo?

—Nunca dije que no lo hicieras... ¿Falta mucho?

—Cinco horas —respondió él después de mirar su reloj de mano—, estaremos aquí un rato más. —Ambar suspiro luego de esas palabras—. ¿Todo bien?

—Sí, es solo que estoy cansada.

—Sigue durmiendo, o, ¿prefieres que sigamos besándonos? No me quejaría de que quieras la segunda opción.

—No lo sé...

—Sigámonos besando entonces —Andrew no perdió un segundo y se acercó haciendo inexistentes los centímetros que los separaban.

—Espera...

—¿Qué?

—Estamos en un avión, ¿qué dirán las azafatas o los demás pasajeros si nos ven?

—No me importa lo que piensen, lo único que quiero es besarte.

—Andrew... ¿Qué crees que haces?

—¿Qué pasa ahora?

—Lo que dije antes sigue en pie.

—No me importa que nos vean.

No existió otro intercambio de palabras entre la pareja. Al principio Ambar estaba negada, aunque lentamente se fue dejando llevar por el beso.

—Si no te reniegas tanto lo puedes disfrutar mejor.

—Tonto.

—Me gustas más cuando no piensas tanto en lo que hay alrededor.

—Quiero seguir durmiendo.

—Ven aquí.

Cortar pláticas y largas siestas hicieron que las cinco horas de vuelo restantes pasaron paulatinamente hasta que una de las azafatas los despertó. El Aeropuerto Internacional Las Américas era descomunal, aunque no se comparaba en nada con la estructura de los aeropuertos del Reino Unido, a los ojos de Andrew era igual de imponentes. Ambar caminó ansiosa con Andrew detrás de sí con sus maletas. En la parte Tierra los esperaba Lucas, ella literalmente se lanzó a los brazos de su amigo cuando lo vio.

—Lucas.

—Te extrañe mucho, pequeña.

—Yo igual, ¿cómo has estado?

—¿Cómo me ves?

—Muy formal. —No era para menos, Lucas traía puesto un traje negro con una corbata al mismo tono y una camisa blanca, muy formal... Sin embargo, con el característico brillo en sus ojos avellana, su cabello castaño oscuro un poco alborotado y su impecable sonrisa lucía humano y no como un hombre de negocios.

—Estaba en una reunión.

—Hola.

—Cuánto tiempo, Andrew.

—Algo, ¿cómo está madrina?

—Bien, ansiosa por verte cómo no tienes idea —respondió Lucas refiriéndose a su madre—, vamos, nos están esperando.

Su recorrido hacia fuera del aeropuerto continuó hasta el estacionamiento donde un taxista de mediana edad les ayudó a subir las paletas al Toyota negro de Lucas.

—Muchas gracias, señor.

—No hay de qué, son un bello compromiso.

—Oh no, nosotros no... —Ambar no encontró palabras para explicarse hasta que Andrew sujetó su mano.

—Gracias.

Ella lo miró extrañada, mas su sorpresa fue mayor cuando se percató del anillo en su mano izquierda. Sus mejillas se sonrojaron sin poder disimularse con su tez café claro y al instante su mente se convirtió en una laguna de dudas.

—¿Pero cómo...?

—Este es un bello país. Tienen muchos paisajes entre los cuales escoger para la boda.

—Lo tenemos presente, gracias.

—No hay de qué... Con su permiso. 

—Andrew...

—¿Sí?

—Nosotros no...

Era inexplicable cómo la mirada de Andrew, cómo esos ojos cafés le daban a Ambar toda la tranquilidad que necesitaba, era algo que ni siquiera ella podía explicar.

—Te amo mucho —añadió él seguidamente de unir sus labios con los de su novia—, te explicare más tarde, ¿de acuerdo?

El trayecto a la casa de Lucas transcurrió con una amena conversación entre la pareja y él. Eventualmente Ambar miraba el anillo de compromiso que llevaba, no le molestaba, pero tampoco lo veía del todo bien, ¿qué clase de propuesta de matrimonio fue esa? "Solo a él se le podía ocurrir tan descabellada idea".

El transito no estaba tan congestionado como era común en Santo Domingo a las doces del mediodía, y para suerte, aquel día no fue como de costumbre. Andrew no pudo negar que la  ciudad capital era bellísima, el brillo en sus ojos lo decía todo, para Ambar era adorable su expresión. Los edificios, parques y tiendas comerciales no eran tan grandes e imponentes como los de Inglaterra, pero para él eran muy bellos, tal cual lo era Ambar para él. 

—Andrew, te extrañe mucho, mi niño —dijo Jessica, la madre de Lucas, mientras abrazaba al inglés con gran afecto.

—Madrina, igual la extrañe.

—Estás tan alto, te has vuelto un hombre muy apuesto.

—Gracias.

—Ambar, querida, qué hermosa estás.

—Gracias, usted igual se ve esplendida.

—Querida, el tiempo no perdona.

—No diga eso, madrina, los años jamás borrarán la belleza de su ser.

Jessica a sus cincuenta años tenía cáncer terminar. Aceptarlo fue lo más difícil de todo, pero hoy vivía lo más plenamente posible los días que le quedaban buscando la compañía de sus hijos y su inexistente esposo. A pesar de los años seguían igual, la familia de Lucas y Samuel seguía siendo solo ellos y sus padres ausentes. Se suponía que se volverían más unidos por la enfermedad que ella padecía, pero eso jamás sucedió. los compromisos de Construct seguían restringiendo el tiempo de sus hijos y esposo... Un año en licencia médica, dejar de trabajar y estar encerrada todo el día en una espaciosa casa, fue el pum que necesitaba el cáncer para explotar, situación que nadie veía, ni siquiera sus hijos.

Andrew reconocía el estado de depresión de Jessica, mas reconocía que no estaba en sus manos cambiar el estilo de vida que la familia de ella llevaba desde que se casó con el primo segundo de su padre. Al parecer siempre es así, las personas mientras más bienes poseen más insensibles son, es cómo si el poder volviera ciego a los seres humanos; quizás esto sea producto de la misma ambición, pero no hay manera de saberlo ciertamente... Andrew mantenía estrecha relación con la familia de Lucas, situación que le ayudó para conocer a su ahora prometida. Lucas le comentó a Ambar que su madre tenía un ahijado cerca de donde ella residía en Londres. Condición que Ambar comprobó con sus propios ojos cuando Lucas la visitó tres años atrás, efectivamente, cerca de Andrew vivía Ambar.

Así mismo como el reloj del abuelo marcó las seis y treinta de la tarde Ambar y Andrew se marcharon, no sin antes una larga despedida por parte de Jessica, su compañía alegró la tarde de la madre de Lucas en sobremanera y es que Andrew era para ella como su tercer hijo. 


—Mi niña.

—Mamá, te extrañe mucho.

—Yo igual a ti, esta casa se siente tan vacía sin ti, mi princesa... Andrew.

—Muchas gracias por la invitación aquí, Victoria.

La casa materna de estaba intacta como si el tiempo no hubiera pasado sobre ella. Volvieron a Ambar todos los recuerdos que una vez fueron su realidad: los días de navidad con su madre, las salidas con los chicos a Dream's Coffee, el día que recibió la carta de la beca, la muerte de Sara, Felipe...

—Acompáñenme a la cocina, les tengo unos postres exquisitos.

—Mamá, vinimos por el auto. No queremos incomodarte.

—No digas tonterías, nunca me incomodarían; están es su casa.

—Gracias, Victoria.

—Pensamos pasar estos días en el departamento del primo segundo de Andrew.

—Si no es mucha molestia.

—Vendremos a visitarte todos los días.

—Está bien, les daré su espacio. Cómo no quieren a una señora mayor interrumpiéndolos lo entiendo.

—No es así, mamá, sabes que te queremos mucho, es solo que...

—Él nos ofreció el lugar y no podíamos negarnos.

—No es que no querríamos pasar tiempo contigo, sabes que por eso estamos aquí... Por cierto, la decoración navideña te quedo divina, mamá.

—Cómo te desligas de las cosas tan rápidamente.

—Solo dije lo que mis ojos ven.

—Descuiden entiendo, pero deben comer algo de los postres, no quiero excusas.

Una noche de pláticas y postres fue su compañía junto con Victoria. Desde un principio en su relación Ambar se sentía en familia con Andrew y ahora aún más con su madre y él juntos compartiendo la mesa. Por primera vez experimento el sentimiento de pertenencia por el conocimiento de que alguien la necesitaba y ella igual a esa otra persona. Crecer sin su padre a su pendiente no le permitió comprender lo que era una familia, no obstante con el cariño y aprecio que le brindaron los padres de Andrew se sentía parte de la familia, ellos la querían como a una hija.

Conducir por treinta minutos en dirección al apartamento fue simple rutina, pero subir al quinto piso con las maletas era una travesía pese a que al cabo de quince minutos llegaron a la puerta; sin contar las "paradas de descanso" que exigía Ambar cada que avanzaban seis  escalones. Ella recorrió con su mirada todo el departamento, la estructura del mismo le resultaba moderna y diferente con la pared principal pintaba en un tono azul electrizante, un gran sofá tipo L color negro con una mesa central de cristal, las paredes del comedor pintadas con rayas horizontales en tonos amarillos, la recámara donde dormirían juntos...

Espera.

—Andrew...

—¿Sí? —cuestionó él sentándose en el borde de la cama.

—Nosotros no... —Andrew enredó sus brazos en la cintura de ella acercándola más a su ser sin apartar su vista, acción que subió un poco la blusa rosa pastal que Ambar llevaba puesta.

—Nosotros no, ¿qué?

—No te hagas el indiferente, sabes que... —Los labios de Andrew no le permitieron terminar la oración.

—Casémonos.

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