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CAPÍTULO XLIV

La grata y rozagante sonrisa de Tobias evidenciaba cuan orgulloso se sentía por su acierto, como si con ello hubiese respondido a una pregunta difícil durante un examen oral.

—Tobias, por favor abre mi armario y comienza a revisar en él; yo te indicaré lo que debes buscar —ordenó Edward.

—Por supuesto —dijo, y puso manos a la obra.

—¿Ves ese arcón grande de madera con cerrojos que se encuentra junto a la caja de partes y herramientas?

—Sí.

—Acércalo hasta donde estoy.

Tobias extrajo la caja del armario y después la colocó en el suelo junto a la cama.

—No lo entiendo. ¿Quién es Hausner Reutter, y por qué es tan relevante? —inquirió la joven Raudebaugh.

—Eso, querida Rachel, es lo relevante —respondió Edward—. Reutter fue una de las mentes más brillantes de nuestra nación, si no el más importante de todos. Sus diseños e invenciones sentaron la base de muchos de los aparatos que usamos de manera cotidiana. La lámpara incandescente, los motores a base de energía de baterías Blyght, el autwagen, por citar algunos. Incluso podría decirse que sentó los principios de la informática moderna. El propio proyecto «Minstand» fue creado por él en un intento por evadir su propia muerte, pero fue sorprendido por ella antes de que lograra culminarlo. Tobias, ¿podrías colocar el número «2781» en el cerrojo de la izquierda y el número «0429» en el de la derecha? —indicó.

—Está hecho, señor Edward —respondió Tobias luego de haberlo llevado a cabo de esa forma.

—Bien. Ahora, presiona el botón que se encuentra en el centro de la caja —ordenó a Tobias; y al hacerlo, una pieza de metal sobre este se levantó para descubrir otro cerrojo, un agujero de forma pentagonal—. La llave está en este cajón —mencionó ahora mientras señalaba el mueble a su derecha. Tobias la abrió y tomó una llave dorada con una forma que correspondía al cerrojo—. Insértala y gírala hacia tu derecha.

Al hacer esto, la caja se abrió. Edward extendió su brazo derecho y tomó de allí un cuaderno de cubierta gruesa en color marrón oscuro, también con cerrojo, aunque este será sencillo de abrir; sólo necesitó presionar un botón para que este se abriese.

Comenzó a hojear el mencionado cuaderno y, cuando llegó a la página que deseaba, la mostró a Rachel y a Tobias.

—Antes de su muerte, Hausner Reutter propuso un último acertijo, un juego, una «cacería de tesoros escondidos». De acuerdo con su testamento, ocultó su fortuna y dejó indicios de su escondite en cajas que distribuyó a diversas partes del mundo. Aquél que resolviera el acertijo, y por ende encontrase el tesoro, sería acreedor a todas sus riquezas.

»Por décadas, los indicios del tesoro fueron buscados con ahínco, pero jamás fue encontrado uno sólo de ellos. Como llegaron a imaginar que era sólo una broma más de Reutter, desistieron de su búsqueda y el tesoro quedó en el olvido... hasta ahora —expresó con su mano en alto mientras sostenía la pieza en ella.

—Impresionante —exclamó boquiabierto el joven Tyler, a quien la idea de una búsqueda de tesoros y enigmas que resolver le hacían agua la boca.

—El primer indicio decía de esta forma: «En alguna parte del círculo de la Tierra, en el interior de un sitio donde no pueden existir moradores, se encuentra la llave que abrirá las puertas a un mundo desconocido. Un paso hacia el frente, siete pasos hacia atrás, dos pasos a un costado y ocho hacia el final. Sigue bien las instrucciones y la llave obtendrás».

—«Un paso hacia el frente, siete pasos hacia atrás...» —Tobias comenzó a recitar la pista en voz baja—... ¡1728! —exclamó.

—Exacto. 1728, un número que se ve con frecuencia en los trabajos de Reutter —explicó Edward, y señaló a ciertos bocetos y planos originales que guardaba de las máquinas e invenciones de Reutter, en los que se veía esa cifra escrita en los márgenes de las hojas—. Por esa razón me resultaba familiar, y deduje de inmediato que se trataba de algo relacionado a su persona.

—Y Reutter, ¿en verdad era rico? —curioseó Tobias.

—Existen pruebas de que sus riquezas eran superiores a las del mismo rey de Couland. Ni siquiera la fortuna de los doce clanes, incluido el nuestro, se equiparaba con lo que Reutter tenía guardado.

—¿¡Y qué es lo que esperamos!? —clamó en éxtasis el joven Tyler—. ¡Quién sabe qué maravillas se encuentren en ese lugar! Imaginen la fortuna, el prestigio, el poder que uno podría encontrar. ¿Qué cree que sea lo que se encuentre oculto? ¿Joyas? —indicó entusiasmado hacia Rachel— ¿Cofres de oro? ¡Quizás hasta inventos desconocidos que podrían revolucionar la humanidad! —expresó jubiloso con los brazos en el aire.

—Yo sólo desearía encontrar algo que me diera un poco más de tiempo para compartirlo con ustedes —respondió Edward en palabras que despertaron compasión entre sus amigos, evidente por su repentino cambio de expresión que pasó del entusiasmo a cierto aire de lástima—, aunque me conformaría con vivir esta última gran aventura a su lado —aclaró—. Tan sólo permitan que me recupere un poco, entonces podremos llevar a cabo nuestra búsqueda.

—Acepto su propuesta, señor Everwood.

—¿Qué opinas, Rachel? ¿Estás dispuesta a unirte a esta aventura?

—Ten por seguro que así será, Edward.

Instantes después de esta conversación, tres golpes se escucharon en la puerta de su cuarto, a lo que Tobias, que se encontraba más cerca, procedió a abrir y responder el llamado.

—Joven Everwood, le informo que el almuerzo está listo. ¿Se quedarán sus compañeros a comer con usted?

—Por supuesto que nos encantaría —respondió Rachel por los dos.

—De acuerdo; llamaré a los sirvientes para que traigan la comida.

—Gracias.

Robert abandonó los aposentos, y en cuestión de minutos apareció acompañado de algunos miembros de la servidumbre, quienes llevaban los platos en grandes charolas cubiertas e incluso una pequeña mesa con dos sillas para que sus amigos le acompañaran en el almuerzo. Colocaron la mesa y las sillas al lado izquierdo de la cama, que era donde más espacio había; y una vez que Rachel y Tobias se reclinaron a la mesa, procedieron a servir sus alimentos.

Luego de una breve oración de agradecimiento por los alimentos y la compañía, los jóvenes comenzaron a probar bocado. Debido a cierta debilidad física, Edward tuvo un poco de dificultades al usar sus manos para tomar sus alimentos, por lo que Rachel, e incluso Tobias en ocasiones, ofrecieron su ayuda con mucho cariño, gesto que el joven Everwood agradeció en gran medida.

Concluido el almuerzo, los sirvientes pasaron a llevarse las cosas de la habitación, e incluso limpiaron un poco alguno que otro derrame o percance sucedido debido a algún descuido del joven Everwood o de Tobias, quien no acostumbraba demostrar demasiados modales a la mesa.

No había transcurrido demasiado tiempo desde que culminaron el almuerzo cuando Robert el mayordomo hizo otra intervención en la alcoba del joven Everwood.

—Joven Everwood, le visita el profesor Kallagher —anunció.

—Permítele pasar —indicó Edward.

Robert inclinó un poco su cuerpo hacia adelante para después salir del cuarto, y en breve ingresó el profesor Kallagher.

—Buen día, joven Everwood.

—Buen día, profesor.

—Buen día tengan ustedes también, señorita Raudebaugh, joven Tyler —procedió a saludar a cada uno de los otros jóvenes presentes.

—¿A qué se debe el placer de su visita?

—He venido a traer algunas nuevas de las que, sin duda, se complacerá en escuchar.

—De acuerdo. Hable, profesor.

—Esto que te voy a contar sucedió después de que fueses trasladado al hospital. Luego de esperar varias horas para recibir noticias sobre tu condición sin recibir informe favorable o desfavorable alguno, decidí volver a casa. Al llegar allá, me dirigí hacia el taller para guardar los objetos y artefactos del experimento. Contemplé la pantalla de la commaskinen, en la que aparecía el mensaje de «PROCESO COMPLETO», y me dispuse a apagarla. Fue entonces cuando miré de reojo la esfera, y percibí que emitía breves destellos de luz de forma intermitente.

»Lleno de curiosidad, me acerqué para tomarla, pero una leve descarga eléctrica me hizo apartar la mano de inmediato, por lo que decidí utilizar guantes protectores y herramientas especiales. —Tobias no pudo evitar reírse un poco, pues le recordó a su experiencia personal al manipular uno de los cristales qvazerull durante la primera prueba—. La coloqué en uno de los dispositivos que utilizamos para las esferas de prueba que utilizamos en Tobias y conecté los cables. Lo que sucedió después fue una de las experiencias más excitantes que he tenido el placer de presenciar.

»En el caso de Tobias, le solicitamos que pensara en una sola cosa, un solo pensamiento: una canción, una frase, un objeto, y lo que recibimos al ejecutar el programa que tomaba e interpretaba la información almacenada en las esferas de cristal era justo eso, aunque la imagen o los sonidos mostrados carecían de calidad suficiente.

»Sin embargo, cuando ejecuté el programa, la commaskinen se inundó de información al instante. El monitor registraba imágenes borrosas y poco definidas, como una fotografía antigua sin ser revelada. Pude ver todo lo que era tu vida, Edward. Había recuerdos, vivencias, proyectos, planes a futuro, así como sueños y terrores nocturnos; todos juntos en una suerte de amalgama bizarra. Asimismo, el dispositivo diseñado para reproducir los sonidos comenzó a proferir voces de diversas clases, las cuales comenzaron a superponerse una sobre otra a manera de una cacofonía que de a poco comenzó a tornarse insoportable. Entre todos los sonidos había un que resaltaba sobre los demás, un grito desesperado y desgarrador, lleno de dolor, que atrajo la atención de Andy, quien de inmediato hizo acto de presencia en el laboratorio, por completo concernido por saber a qué se debía tanto escándalo.

»De pronto, la máquina comenzó a fallar. Fue demasiada la sobrecarga de información, aunado al daño que la maquinaria sufrió durante el experimento, que mi propia commaskinen, aun con los mecanismos de otras diez commaskinen conectadas a ella mientras trabajaban en conjunto, cada una con una fuente de energía por demás suficiente para permitirles funcionar durante varios meses a máxima capacidad, sufrió un atasco debido a la dificultad que representaba procesar tal cantidad de información y dejó de funcionar por completo.

»La buena noticia de todo esto, a pesar de todos los desperfectos sufridos y las trágicas consecuencias que tuvo para usted, es que el experimento ha sido un éxito. Joven Everwood, sin duda alguna usted ha hecho historia. Sus acciones han cambiado el curso de la ciencia y de la humanidad de una forma que nadie jamás lo hubiese imaginado antes —expresó, para luego remover su sombrero y acercarse hacia la cama, a un costado de Edward—. Lo felicito —dijo ahora, luego sonrió y extendió su mano hacia él.

Nunca se debe subestimar el efecto de las palabras sobre las personas, en particular cuando se trata de noticias alentadoras y expresiones de encomio. No había duda del inconmensurable regocijo que inundaba el corazón del joven Everwood, perceptible en el brillo de esa media luna que se dibujó en su rostro, acompañado de las radiantes estrellas azules a las que se asemejaban sus ojos.

Invadido por energía positiva producto de las palabras del profesor Kallagher, el muchacho procedió a retirarse las mantas que le cubrían, levantó su cuerpo de sobre la cama e hizo el gran esfuerzo por incorporarse ante el asombro de los presentes a pesar de la evidente debilidad que invadía sus miembros.

—¿Qué es lo que quiere, señor Edward? —inquirió Tobias, quien de inmediato se acercó a él.

—Ayúdenme —solicitó, no sólo a él, sino a los presentes en general.

Robert, quien se había quedado en la habitación por si se ofrecía algún menester, se acercó también, y en conjunto los dos procedieron a levantarlo de la cama y ponerlo en pie.

—¿Va a algún lado, joven Everwood? —preguntó ahora Robert—. ¿Quiere que le lleve al baño?

—Así es, Robert; y quiero que lleves también un cambio de ropa pues voy a salir —ordenó.

—No creo que sea conveniente que salgas ahora, Edward, no en tu condición. Lo más recomendable es que guardes reposo —opinó la joven Raudebaugh.

—¿No escuchaste lo que dijo el profesor, Rachel? —expresó, y sus palabras sonaban casi como un reclamo—. ¡El experimento funcionó! ¡Es, quizá, la mejor noticia que he escuchado en toda mi vida! Pero no pienso quedarme aquí, inerte, mientras la solución a mi problema me espera allá, afuera. ¡Todavía queda demasiado por hacer y poco tiempo para ello! —espetó ahora con desespero.

Tantas reacciones fuertes –al menos para alguien en su situación– en tan poco tiempo minaron sus escasas fuerzas, lo que hizo que su cuerpo se volviese flácido y sus piernas dejasen de sostener su peso, por lo que estuvo a punto de caer. Fue bueno que Tobias y el mayordomo todavía le sostuvieran de los brazos, pues de no ser así el golpe habría sido duro para el joven.

Con ayuda de las dos personas ya antes mencionadas, Edward fue sentado sobre su cama, luego de lo cual pasó a exhalar un resignado y profundo suspiro. Gesticuló con su rostro, emitió un quejido ahogado y llevó su mano a su cabeza, evidente señal de que el dolor había vuelto.

Robert le dejó para apartarse por un momento, y en breve regresó con una de las jeringas que Arthur le indicó que utilizara para suministrarle su nueva medicación. Después de la inyección, lo colocaron de vuelta en su cama.

—No me hagas decir que te lo advertí, Edward, pero necesitas descansar, reponerte. Entiendo que lo que dijo el profesor fue maravilloso para ti, pero no es el momento de seguir con esos planes, no ahora. —Rachel se acercó hacia él y tomó su mano—. Ya habrá otra oportunidad, cuando hayas mejorado y tus fuerzas hayan vuelto.

Frustración, decepción, impotencia; esas emociones eran notorias en su rostro descompuesto, y fueron confirmadas por la pequeña lágrima que de sus ojos salió. Ladeó su cabeza hacia la derecha sobre la almohada y exhaló con fuerza, como si no quisiera que le observasen como alguien tan vulnerable.

—No creo que haya otra oportunidad —masculló.

—Yo podría hacerme cargo del proyecto mientras tanto —señaló el profesor—. Comparte tus notas, y trataré de hacer lo que pueda.

—Están en la caja; cuadernos negros con aditamentos de metal en las esquinas —respondió hosco.

El profesor se inclinó para buscar y tomar las notas que Edward indicó en la caja.

—Creo que deberíamos dejarlo a solas por un momento —sugirió Tobias—. Ha tenido un día un poco... esto...

—Agitado —añadió Rachel, y Tobias asintió—, permitamos que descanse.

—De acuerdo —accedió el profesor.

—Fue un gusto visitarle, señor Edward —se despidió Tobias y se retiró acompañado del profesor.

Rachel se acercó hacia él por el lado derecho de la cama y se colocó de rodillas sobre el suelo para verse rostro con rostro.

—¿Qué quieres? —preguntó Edward con voz amarga.

—Pedirte que mantengas tu fe en alto y que no pierdas ese optimismo que te caracteriza —habló con voz suave y reconfortante, como una cálida caricia sobre piel fría—. Vamos, permíteme verla —solicitó con una muy delicada línea curva en sus labios.

—¿A qué te refieres?

—Esa sonrisa. Antes de irme, quiero verte sonreír una vez más; así esta alma podrá marcharse tranquila —invitó.

Con los ojos vidriosos y el rostro descompuesto, Edward hizo el esfuerzo por atender a la invitación de Rachel. Sus labios cerrados comenzaron a dibujar poco a poco esa línea curva que él siempre mantenía, esa expresión serena de su confianza en que, a pesar de que el cielo lucía nublado, a pesar de la oscuridad que le rodeaba, a pesar del peso que poco a poco le aplastaba, al final todo estaría bien. ¿Para qué inquietarse, para qué amargar su existencia, para qué sufrir si su problema no tenía solución? Edward comprendió esto desde el momento en que esa noticia le fue dada a saber por los médicos, por lo que se resolvió a no llenar de pesar su corazón. Esa era la razón de su rostro confiado, tranquilo y lleno de esperanza; un gesto que compartía con sus seres queridos y más apreciados y que, desde tiempo atrás, se había vuelto como una seña particular en su persona.

Con su recompensa recibida, Rachel puso su mano sobre la cabeza del muchacho para después dar un beso en su frente, y antes de retirarse, dedicó estas palabras a su cercano amigo, las últimas que escuchó antes de que el medicamento tuviese efecto láudano sobre él y lo mandase a un sueño involuntario:

—Descansa; todo va a mejorar.

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