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Simone (II)


Le escocían las llagas de las plantas de los pies. Recordó a Ada sin zapatos, hundiendo los dedos entre las motas de arena purpúrea. El asfalto duro de Samhain desprendía un halo de humedad; nada que ver con los inciensos repartidos por Lupercalia. Ambas ciudades le resultaban tan semejantes como dispares.

Lupercalia se caracterizaba por la música constante, las fachadas coloridas, las fragancias recargadas y el polvillo violeta recubriendo la superficie. Mientras que Samhain, a excepción del barrio púrpura, presentaba un aspecto tosco y lineal. Una gama de grises fortificaba la Ciudad de Plata, cuyo aspecto lúgubre se acentuaba con la borrasca. Las aguas siempre arrastraban un cúmulo de cadáveres consigo y, por mucho que éstos se separasen de los corredores, Simone percibía el hedor del agua putrefacta tras la cristalera.

Jamás había imaginado detestar tanto una ciudad como la suya natal, pero en efecto, odiaba con creces a los samhaianos. Paseaban frente a los muertos como observando una pared vacía, restando importancia a la pérdida de la vida. Pese a todo, culparles no era justo. Las clases desfavorecidas se acostumbraban a las atrocidades, adaptándose a la miseria y eludiendo las injusticias. Obviar la gravedad del asunto se convertía en una manera de aceptar la realidad sin plantearse cambios. Ella tampoco había sido diferente en el pasado. De no haber conocido a Ada, se habría podrido en el prostíbulo sin creerse merecedora de un destino favorable.

No; era más que eso. Sin ella, las pesadillas le hubiesen consumido mucho tiempo atrás.

Unos años después de conocerse, la casa del placer que las acogía quebró. Lejos de lo que pudiera pensarse, su caída no fue excepcional. La competencia constante del mercado provocaba un desequilibrio entre los diferentes barrios de Lupercalia. Gran parte de la clientela perdía el interés en cuanto se había saciado con todo el repertorio de un local, buscando con desespero nuevas «presas» que catar. Para renovar los servicios se requería de unos ingresos desorbitados, y al no poder cubrirlos, muchas casas del placer cerraban. Algunas de éstas recurrían a la caza de chiquillos, organizando secuestros para garantizar «novedades» a sus clientes sin necesidad de pagar los costes de adquisición de un ser humano. Para los burdeles, que los trabajadores se sometiesen a la castración para evitar embarazos suponía un problema añadido, así que las criaturas se exportaban de otras ciudades con mayor densidad de población infantil.

Dicha información había sido un misterio para ellas hasta su inclusión en la Asociación. Simone ni siquiera se planteaba de dónde sacaban los niños las casas del placer. Hasta ese nivel lo había normalizado.

En consecuencia, su recelo hacia los habitantes de Samhain carecía de fundamento. La ceguera de los individuos se comparaba a su «yo» del pasado. En ese sentido, no podía evitar divagar sobre la existencia de otro tipo de paralelismo y preguntarse: ¿poseía Samhain un grupo clandestino enfrentado al sistema? Al fin y al cabo, Ada se había introducido en la ciudad gracias a una ayuda interna hasta la fecha desconocida para ellas y por mucho que hubiera insistido en sonsacarles información, la Asociación se había negado a proporcionarle ningún dato sobre su infiltrado. Sin embargo, la chica del Palacio de las Nínfulas les había proporcionado un contacto, Dadá, y un símbolo asociado: una luna negra sobre una pirámide roja. ¿Sería la susodicha el vínculo de la Asociación en Samhain?

De cualquier manera, no encontraban el icono por ningún lugar. Simone y Set habían pateado gran parte de los corredores de la ciudad, oteando con suma atención cada esquina de los edificios, cada grieta en la superficie y cada mancha sospechosa sobre la cristalera del camino... y el resultado había sido un vacío ensordecedor. Teniendo en cuenta que la persona buscada parecía ser un personaje singular, no querían arriesgarse a preguntar abiertamente por ella en las calles.

Cuanto más tiempo transcurría mayor era su agonía. Un minuto podía costarle la vida a Ada.

Intentó desviar los pensamientos pesimistas. Miró de reojo a Set, su silenciosa compañía siempre la reconfortaba. Aunque, en la actualidad prefería una conversación, por innecesaria y estúpida que pudiera ser su temática. Sólo por el simple hecho de abstraerse. Sin embargo, Set no se comunicaba de forma verbal y, de todos modos, era hombre de pocas palabras. No fue consciente de apegarse a él hasta que éste chocó con otro joven, rebotando el golpe en Simone.

El desconocido era un chico que rondaba la veintena, con el pelo cayéndole por debajo de la nuca como una capa oscura. Caminaba acelerado, hablando por un aparato tecnológico. Simone no le prestó atención más allá del breve percance, pocos individuos se habían cruzado en su trayecto y éste en particular no poseía nada que lo diferenciara de los demás.

No obstante, Set la paró en seco. Le sujetó la muñeca con más fuerza de la habitual y percibió la tensión en esos ojos grisáceos que la buscaban con necesidad. «Ha dicho Dadá», explicó en lenguaje de signos, deletreando el nombre propio letra a letra.

Simone abrió mucho los ojos. Esperanzada tiró de su amigo, «sigámosle», le apremió. El grandullón obedeció y ambos continuaron los pasos del desconocido. Simone se maldijo en silencio por no haber practicado con las ilusiones de invisibilidad, que le serían tan útiles en la ciudad. También, se sintió molesta con su cuerpo adolescente, ese que le aportaba unas piernas cortas que dificultaban seguir las largas zancadas de Set.

De todos modos, aceleró. Si Dadá podía aportarles alguna pista sobre el paradero de su amiga, haría cuanto estuviese en su poder. Incluso, si eso significaba perseguir a un pobre desconocido ajeno a su problemática. «Bueno —se reprendió—, quizá de esta manera parecemos unos pirados acosadores.»

En algún momento llegó a separarse de Set, percibió la presencia de éste tratando de frenarla, pero Simone no cedió. No podía. Asociaba el nombre de Dadá con una luz verde, por muy mísera que pudiera ser la posibilidad de obtener una respuesta. Cualquier indicio le valía. Ella sólo quería reencontrarse con Ada, saber que se estaba sana y salva. Abrazarla y volver a ser las amigas inseparables de siempre, protegerla por todas las veces que ésta lo había hecho por ella.

El corazón le bombeaba deprisa, la sangre fluía, ahogando sus venas. Nunca se había sentido tan ligera, como impulsada por una fuerza invisible y colosal. Casi como si flotara, marchó tras los pasos del joven y se cruzó de bruces con él, cuando éste se giró sobresaltado y clavó sus oscuros ojos sobre Simone.

Algo en su porte le resultó familiar, aunque estaba convencida de que no se habían cruzado con anterioridad. Sus ojos rasgados le recordaron a su amiga, aunque dibujaban una línea más grande que los de Ada y su tono mostraba un brillo más opaco que el de ésta. Intuyó que se encontraba ante un adulto apuesto según el canon. Lo supuso, pues Simone no percibía esa atracción hacia el resto de individuos, aunque apreciaba una cara bonita. El pelo castaño le caía como una ligera cascada cubriéndole la frente y contrastaba con el blanco nuclear de sus dientes perfectamente alineados, asomados bajo unos carnosos labios en forma de corazón. Sus rasgos se le antojaron duros y suaves al mismo tiempo, nada que ver con la apariencia tosca y varonil a la que estaba acostumbrada con la figura del imponente Set.

Lo que más le llamó la atención fue el movimiento grácil de sus muñecas, que giraron con celeridad mostrando el revés de los bolsillos de su pantalón.

—No llevo encima nada de interés —se apresuró a decir. Al moverse, el colgante que caía de su cuello tintineó sobre su pecho. Mostraba un sello con forma animal, un lobo, que dejaba al descubierto con la camisa acabada en un escote en pico. El joven desvió la atención tras Simone, anclando sus ojos en Set—. Si por el contrario buscáis divertiros... no negaré que me van los tríos, pero... —rozó con el dedo la mejilla de Simone, ésta se apartó, irritada— nunca con gente tan joven. A ti —volvió a centrarse en Set— puedo hacerte un apaño. Aunque rapidito, tengo cosas que hacer.

Simone chasqueó la lengua con desagrado. No reaccionó así a propósito; le salió natural. Las insinuaciones sexuales le producían repugnancia, aun cuando no lo había practicado jamás. Se apresuró a negar con la cabeza.

—No nos interesa nada de eso...

—Bien, entonces me marcho.

En ese instante, Set ya se encontraba a su lado, colocando su mano sobre el susodicho. El de cabello oscuro le dedicó una mirada iracunda. Pese a todo, mantuvo la sonrisa bajo una falsa docilidad.

—Oye guapo —el joven se dirigió a Set—, en otra ocasión me encantaría conocerte e incluso, si se tercia, intercambiar fluidos. Pero, hoy ando bastante ocupado...

—No es nada de lo que imaginas —intervino Simone—. Sólo queremos preguntarte sobre un tema en particular.

Los ojos del moreno relucieron en diminutas chispas, recalcando una emoción muy distinta a la manifestada por sus labios complacientes.

—Entiendo —murmuró con cierto tono abatido—. Acompañadme pues...

Simone observó a su amigo con indecisión, Set se encogió de hombros algo que en su lenguaje corporal se interpretaba como aceptación. En cuanto la fémina asintió, el individuo salió por piernas. La huida fue tan abrupta que la pareja tardó unos segundos en reaccionar, dispuestos a correr tras él. El varón giró por un callejón; lo imitaron, pero frenaron en seco nada más comprobar lo acontecido.

La calle estaba desierta, aun cuando se trataba de un callejón sin salida.

—Qué demonios... —murmuró.

Ojeó a Set, anonadada. «Es como vosotras», añadió el rubio, claramente refiriéndose a los poderes de las chicas.

—¿Y ahora qué? Es la única pista que hemos encontrado —Simone estaba desolada. La energía ante la emoción de estar más próxima a su objetivo se había evaporado.

Deambuló por la calle buscando un hueco donde hubiese podido escabullirse, palpó las paredes con cuidado, esperando alguna grieta que diera acceso a una puerta secreta. Apretó los puños, sintiéndose estúpida. Perfectamente podría estar visionándoles desde un halo invisible y partirse en carcajadas. Se entornó para dirigirse a Set, descubriendo que ésta yacía de rodillas con algo entre las manos. Su amigo se giró hacia ella con expresión triunfal, sosteniendo algo entre los dedos. Se trataba de una cápsula recubierta por una tarjeta arrugada.

«Es posible que le pertenezca y se le haya caído al volverse los bolsillos del revés y echar a correr —supuso Set. Abrió la cajita, en cuyo interior se encontraban diversas dosis de una droga local. Estiró la tarjeta con la finalidad de alisarla y descifrar su interior. Set era el único de los tres que conocía el lenguaje escrito—. Es la dirección de una de las casas del placer del barrio púrpura —le dio la vuelta—. Edén —leyó en voz alta.»

—¿Y eso qué es? —indagó la muchacha.

«No lo sé. Pero, podemos comenzar por ahí. Si esto le pertenece, lo encontraremos allí. Vamos, debemos regresar al barrio púrpura.»

El nido del Paraíso le recordó a sus primeros años de vida en los hogares de instrucción, pues el edificio no tenía nada que envidiarle a los locales más humildes de Lupercalia. Observando su fachada lustrada en bermellón, le era imposible no compararla con el Palacio de las Nínfulas de la zona más lujosa del barrio púrpura. Nada que ver la magnitud de una estructura reservada para las clases altas de la sociedad, a su lado, el nido del Paraíso parecía un local de mala muerte a reformar. Sin embargo, se trataba de uno de los espacios más solicitados de la parte abierta al público del barrio púrpura de la ciudad y, por tanto, uno de los establecimientos con mayor número de clientela, accesible para todo aquel que pudiera costearlo. En cierta manera, le tranquilizó no necesitar su poder para alterar la imagen física de ambos, pero, por otro lado, no pudo evitar imaginarse el resto del barrio si el nido del Paraíso se encontraba entre las mejores de la zona.

Otra de la diferencia que hallaron con el burdel donde se había infiltrado Ada fue el recibimiento. Nadie se les apareció con un atuendo llamativo, montando un espectáculo ridículo con el que engatusar a los visitantes. Por el contrario, la chica tras el mostrador apenas alzó la cabeza al verles pasar, aclamando la atención de la pareja sin apartar la visión del techo. Simone se preguntó si tenía dificultades visuales o se trataba del consumo de estupefacientes.

—¿A quién buscáis? —su voz sonaba hueca, como si perteneciera a otra persona.

Simone se aproximó al mostrador, aunque la chica no pareció advertirlo.

—Edén —pronunció, esperando que la sola mención le llevase a alguna parte.

—Ah —musitó—. Sí, creo que sí —desvió la vista hacia atrás, aunque Simone no percibió nada a la espalda de la joven—. Últimamente trabaja mucho por aquí —abrió un cajón del cual extrajo unas llaves—. Ha cogido una habitación para descansar, aun así, seguro que os recibe sin problemas.

—Pero... —la chica la echó con un ademán de mano, instándola a partir en cuanto colocó las llaves sobre la palma de Simone. Acto seguido, les dio la espalda e inhaló de un tubito una sustancia transparente.

Set estaba apoyado sobre la pared con los brazos cruzados. Observaba a Simone en silencio, quien se había apartado del mostrador con expresión compungida. Se arrimó hasta él, las llaves tenían un llavero con un número de puerta y desde el pasillo se divisaba un letrero mugriento y borroso que indicaba el paradero de las habitaciones. Set le hizo un gesto con la cabeza, invitándola a proseguir. Simone le siguió los pasos taciturna. Debería alegrarse, si encontraban al desconocido de antes, el supuesto Edén, quizá éste les llevase hasta Dadá. «Y ella podría saber dónde está», se recordó.

No obstante, todo en aquel lugar le causaba náuseas. Desde las goteras en el techo, la fragancia de moho impregnada en el ambiente, hasta la moqueta vieja del suelo manchada con gotas antiguas de peccatum. Hasta los carteles desiguales y torcidos que indicaban el número de habitación le sacudía los nervios. Cada detalle del lugar le traía ligeros recuerdos del pasado, ecos tormentosos de un ayer demasiado ingrato.

Set frenó; ya habían alcanzado la habitación número siete. Pese a contar con las llaves, llamó a la puerta. Dentro se escucharon tumbos, como si alguien chocase contra los muebles y se desplazase a gatas. Simone notó un palpito cuando el mismo chico de antes les abrió la puerta.

«No —pensó por un instante—. No es él.» Y sin embargo, lo era.

Dejó caer la puerta hacia un lado con los ojos entrecerrados. Iba descalzo, con la camisa desabrochada y los vaqueros bajos. Abandonó su peso muerto contra el torso de Set, quien lo sostuvo con el ceño fruncido. El chico llamado Edén le sonrió y sin mediar palabra, le estampó un beso en la boca.

Simone no pudo evitar sonrojarse y actuar como una niña pequeña, cubriéndose la boca con las manos. Set no tuvo un comportamiento tan dócil, apartando de mala gana al extraño. Éste chocó contra la pared de dentro, gracias a la cual mantuvo su equilibrio. Rio, como si le hubiesen contado un chiste divertido.

—Perdona —balbuceó—, te he confundido con otra persona.

Las palabras le escaparon de los labios como arrancadas a la fuerza. Simone percibió la debilidad en su tono, acompañada por ese ritmo bamboleante más propio de un cuerpo inerte a la deriva que de uno vivo. Edén se apartó de la entrada, adentrándose en el interior del habitáculo sin preocuparse de la pareja. «Va muy colocado» corroboró Set. No hacía falta que lo dijera, su estado era evidente, pues ni siquiera los había reconocido.

Set fue el primero en introducirse en la habitación, seguido de los pasos de Simone. Cuando entraron, Edén se encontraba sentado en el suelo con las piernas extendidas y la cabeza hacia atrás, apoyada al filo de la cama. A su lado, había una pila de tubos de cristal, así como sustancias derramándose sobre la alfombrilla. El rubio extrajo de su bolsillo la cápsula que se le había caído en el callejón y la colocó a la vista del extraño. Edén pareció no percatarse, abstraído con una sutil sonrisa en el rostro.

—¿Edén? —murmuró Simone, logrando que el susodicho alzara la vista hacia ella. Ahora se sentía mal por perseguir a una persona que no se hallaba en su mejor momento— M-me gustaría preguntarte algo... sobre Dadá.

Por primera vez, la observó de verdad. Fue entonces cuando advirtió que recobraba parte de su sentido. Su gesto mutó, expresando una mueca de desconfianza.

—Vosotros... —murmuró a desgana— Si buscáis oculae, lo tenéis crudo. Ni a mí me puede ayudar, y eso que he perdido las mías.

Set recogió las cápsulas de nuevo y se las enseñó al joven, a quien se le iluminaron los ojos. Trató de levantarse de la emoción, pero cayó al suelo tras el primer intento.

—¡Dámelas! —exigió como un poseso. Set realizó el amago, pero se contuvo. Oteó a Simone con suma atención, como tratando de comunicarse con ella con la mirada.

—Te las daremos —confirmó la muchacha—. Cuando nos ayudes a encontrar a Dadá.

—¡Son mías! —reprochó Edén. La postura a la defensiva de Set empequeñeció la bravura del joven. Sin duda alguna, su amigo imponía con su mera presencia. Edén suspiró con más lentitud de lo habitual—. ¿Para qué la buscáis?

Simone tragó saliva. Se había ofuscado tanto en localizar a Dadá que no había preparado un argumento a su requerimiento. Ella no acostumbraba a realizar misiones de espionaje e infiltración, ni mucho menos estaba especializada en el arte del embuste. Simone era simplemente Simone, frágil y transparente. Un apoyo moral para su equipo, pero nada más. Set disponía la fuerza bruta, Ada tejía las mentiras. Mientras que ella... a duras penas era capaz de realizar una ilusión por un tiempo limitado. Ni tan sólo había practicado lo suficiente como para dominarla por completo.

Divisó de soslayo a Set, quien no le quitaba el ojo de encima al adormilado Edén. Revisó de nuevo al extraño, quien luchaba por mantenerse despierto al tiempo que se paralizaba su respiración. Mostraba la comisura de los labios seca, con unas pequeñas grietas esbozadas sobre la carne de éstos. Sufría sin su dosis; Simone sentía debilidad por aquellos que padecían. Cogió aire, dispuesta a soltar toda la verdad que pudiera compartir.

—Venimos de otra ciudad —le pareció atisbar una chispa en los ojos de su interlocutor al pronunciar esa oración—. En busca de una compañera que... ha desaparecido —los hombros de Edén se tensaron, algo que no pasó inadvertido para Set, quien se acercó todavía más a él—. Acudimos al Palacio de las Nínfulas, pues es donde se encontraba nuestra amiga y una chica nos hizo saber que Dadá podría sernos de ayuda. Nos mostró un símbolo —añadió, para aportar mayor veracidad a su historia—: una luna negra sobre una pirámide roja.

Por contra de esperado, Edén enmudeció. Se quedó largo rato con la mirada en un punto fijo, mientras su cabeza se inclinaba hacia un lado y las manos le temblaban. Desconocía si se trataba de un efecto de los estupefacientes o fruto del enunciado de la joven.

Tras un instante en silencio, finalmente, se pronunció:

—No parecéis clientes del Palacio de las Nínfulas —espetó. Desde luego, no era la respuesta que Simone esperaba.

—Porque no lo somos —confirmó.

—Sólo a los Celestiales se les permite entrar —continuó—. Es imposible hacerlo de lo contrario.

—Ya, bueno. ¿Y eso qué significa? —cuestionó la chica. Comenzaba a impacientarse de tanta cháchara sin sentido. Ada estaba en cualquier lugar, no quería perder el tiempo con esa clase de interrogatorios.

—Que no conozco a nadie que responda al nombre de Dadá.

Set era un hombre de pocas palabras que rara vez perdía la paciencia. Demostraba un autocontrol envidiable y se caracterizaba por una personalidad prudente y analítica. Por esa misma razón, su reacción sorprendió a Simone.

Se abalanzó contra Edén en un arrebato iracundo y lo alzó como si fuera una pluma. El chico parecía un muñeco sostenido por un titiritero aferrándole el cuello. Simone se arrimó e intentó tranquilizarle.

—Si me matas... —expuso Edén conforme pudo— nunca... sabrás su... paradero.

—¿El paradero de quién? —se apresuró a decir Simone. ¿Acaso se refería a Ada? ¿Sabía él dónde se encontraba? ¿Estaba jugando con ellos?— ¡Contesta!

Set interpretó su sentencia de igual manera, puesto que apretó todavía más los dedos sobre el cuello de Edén. Éste intentó zafarse, pero su rostro se iba enrojeciendo de la presión. De pronto, Simone se vio arrastrada por sus emociones y éstas cobraron vida en la habitación conforme la tensión se agudizaba. Una avalancha de sombras monstruosas los rodeó y comenzó a experimentar el calor arrollándola por dentro. Set aflojó y soltó a Edén, quien se agazapó en el suelo, tosiendo y recuperando el aire. Fue entonces cuando Simone descubrió que había creado una ilusión que los demás podían percibir sin necesidad de concentrarse en ello.

Set la contempló anonadado, al mismo tiempo que midió sus propias manos, incrédulo, tras haber maltratado al joven de esa manera. Edén se recompuso; la increpó desde el suelo.

—Eres... —tosió— como yo. Un...

—Microbio —terminó la chica. En cuanto lo dijo, recordó que estaba en Samhain y los conceptos poseían otra denominación.

—Y de Lupercalia —ambos mostraron asombro ante los conocimientos del moreno—. No sois Celestiales, o mejor dicho Divinidades, ¿verdad?

La pareja de amigos intercambió miradas.

—¿Cómo sabes nuestro origen? —preguntó Simone.

—Ella dijo que vendríais, esperaba vuestra llegada —sonrió.

—¿Quién? —exigió Simone, impaciente.

—Ada. Venís a recuperarla, ¿no? Justo hoy he programado un encuentro con Dadá para presentarlas. Bendito destino, qué maravilla habernos cruzad...

Edén no terminó la frase. Ambos amigos se echaron sobre él, ansiosos por obtener respuestas. Después de solicitarles calma, se dispuso a contarles lo sucedido. Ada había intentado comunicarse con ellos, pero en su lugar había llegado hasta Edén. Lo más desagradable de todo el asunto fue descubrir que su amiga había sido secuestrada por la oligarquía, aunque Simone se sintió aliviada en cuanto supo que continuaba con vida. «Hay esperanzas» le aseguró a Set, quien apagaba su mirada conforme escuchaba a Edén.

—Lo que no entiendo es por qué puede comunicarse contigo y no con nosotros. Aunque —miró a Set—, recuerdo que tampoco te conocía a ti cuando te encontró.

Su amigo dibujó una expresión extraña mientras analizaba con atención a Edén, Simone no supo descifrar sus pensamientos, era como si se le escapase información. Decidió ignorarlo y escuchar la explicación de Edén.

—Ni yo mismo lo sé. Mi maldición se centra en contactar con el mundo de los muertos —ante la cara de horror se apresuró a corregir—. Sin embargo, Ada continúa viva. Esa es la anomalía. Aunque ella misma matizó que no es capaz de emplear sus proyecciones a su antojo, de hecho, piensa que le están suministrando algo.

«¿Es posible que la utilicen como conejillo de indias para algún tipo de fármaco experimental? —cuestionó Set; Simone lo tradujo para Edén—. Quizá busquen alguna forma de controlar o limitar los poderes de los microbios, recuerdo que la chica del prostíbulo comentó la desaparición de otras jóvenes en la ciudad. Que todas ellas albergasen poderes sería una posibilidad.»

—Si fuera el caso, ¿por qué mujeres? —añadió Edén— También los hombres nacemos malditos. Por otro lado, los Celestiales nunca han mostrado interés en nosotros. Tampoco lo descarto, pero me resulta extraño. No somos más que mierda en la suela de sus zapatos.

«No des por sentado los deseos de las Divinidades. Nunca sabes lo que sus retorcidas mentes pueden anhelar», largó con gesto decidido Set, incluso para Edén, que no comprendía el lenguaje de signos, quedó clara su convicción.

—Sea como sea —prosiguió Simone—, dices que hoy habéis acordado un «encuentro», ¿no? Puede que entre todos hallemos la manera de salvarla. Bueno, en realidad es asunto nuestro, pero al menos te agradecería que nos dejaras comunicarnos con ella...

—¿Bromeas? Me apunte por mi cuenta a salvarle el culo sin conocerla. Además —mostró una sonrisa picaresca—, vuestra organización y sus acciones me interesan. Samhain también necesita un equipo que destruya el sistema. Consideradlo una misión de iniciado.

Simone sonrió aliviada. No recordaba la última ocasión en la que había percibido una pizca de esperanza.

—¿Entonces nos llevas hasta Dadá?

—Lo haría de buen grado. Pero, como me habéis robado las oculae me he puesto hasta el culo y mi cuerpo apenas responde. Deberemos esperar un rato hasta que mis piernas se decidan a trabajar. Por eso había cogido esta habitación, para recuperarme.

—¡Pero no podemos perder más tiempo! —reclamó la joven.

Entonces, Simone tuvo una idea descabellada. Lo confesaba, no era la mejor elaborando planes. Pero, pensar en reencontrarse con Ada —aunque fuera a través de Edén— la impulsaba a actuar. Clavó sus almendrados ojos en el porte grandullón de Set para luego desviarlos hacia la figura delgada de Edén. Éste pareció percatarse de sus intenciones, hecho que le congratuló. No solía conectar con desconocidos con tanta facilidad, pero Edén trasmitía familiaridad. El varón sonrió divertido, casi jocoso. Set parecía ajeno a sus cavilaciones; tardó un instante en captar la indirecta.

—Podrías... —inició Simone.

—A mí no me importa. Soy poco pesado —Edén le guiñó un ojo a Set.

El rubio rodó los ojos y extendió los brazos. No uso sus dedos para comunicarse, pero su expresión corporal dictaba un «está bien» entre dientes. Edén alargó las manos temblorosas, dispuesto a aferrarse al cuerpo del rubio.

Y así, cogido en brazos, Edén se dispuso a guiarles hasta Cinesucre, la morada de Dadá.

Hola, añadiré los pocos conceptos nuevos que han aparecido en este capítulo para el anexo más adelante. 

No tenía pensado hacer esto, pero he decidido que el próximo capítulo sea desde la perspectiva de Dadá. En principio, ella no tenía capítulos, pero he decidido que estaba bien mostrar, al menos, uno desde su perspectiva para que se descubran ciertas cositas. La verdad es que toda esta parte que he escrito de la historia ha sido muy introductoria y a partir de ahora las acciones serán mucho más fluidas. Así que espero que vaya gustando, ya que mi idea principal es hacer una historia no muy extensa. 

Dicho esto: este es el último regalito para ti Arantza, la verdad es que quería terminarlo mucho antes, pero como comencé a trabajar fue complicado y hasta la fecha no he podido terminar el capítulo ^^ Espero que sea de tu agrado o que, como mínimo, no te desagrade xD Gracias a esto, ya podré ponerme a leer tus capítulos que lo estoy deseando, así que en mis huecos libres iré avanzando. Gracias por todo, espero que lo disfrutes :D 


Pd: por si a alguien le interesa, comencé hace unas semanas una historia nueva. Es sobre vampiros, aunque se sale un poco de las novelas convencionales relacionadas con el mundo vampírico, ya que se centra en la lucha de poder por liderar una ciudad y una serie de misterios entrelazados. 

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