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Capítulo 24


Dana Chevalier


Faltaba media hora para que el primer viaje en tren partiera, la estación permanecía casi vacía; a pesar de que no era invierno, el frío a esas horas se metía debajo de tu piel, calándote los huesos y congelando tu alma, lo que causaba que nadie en su sano juicio quisiera salir de casa tan temprano.

Yo los entendía, también me gustaba la idea de dormir calientito en lugar de esperar a volverme una estatua humana de hielo. Sin embargo, Kenai compró los boletos y yo no podía desperdiciar el dinero, además de que ese viaje era algo que quería hacer.

Estaba decidido.

Metí la mano en el bolsillo de una gabardina que no me pertenecía, sacando el reloj de oro que Kenai se olvidó sobre el escritorio, y, solo para corroborar que de verdad llegué media hora antes y no después, como solía acostumbrar, revisé por décima vez la hora, acariciando su nombre grabado a un lado de la tapa.

No estaba loco, no lo suficiente, había llegado a tiempo y no era un sueño.

Suspiré, medio aliviado, medio preocupado. Toqué mi frente, buscando algún rastro de temperatura, pero no di con nada. Estaba bien, al menos de salud.

Bostecé, dejando escapar una nubecita de aire caliente al exterior helado.

Media hora, solo media hora más y podría dormir tranquilo el resto del viaje en un compartimiento reservado en primera clase.

—Señor Dana. —La voz de Tamada me despertó de golpe, haciéndome girar para verla entrar corriendo. Frenó en seco al verme, recuperando su respiración normal tras unos segundos de descanso—. Creí que no llegaría a tiempo. Tenga. —Extendió en mi dirección un ramo de camelias, envueltas en un papel dorado, junto a un paquete de cartas, atadas con un cordón blanco que se cerraba en un moño coqueto—. Son para usted. Me dijo que estaría fuera por un mes, así que el ramo tiene treinta camelias rojas, la cantidad de cartas es la misma. En cuanto regrese por favor avíseme, así podré llevarle las camelias de nuevo a su apartamento.

Le sonreí. Tomé ambos paquetes, disfrutando del aroma de las flores frescas y la sensación indefinida que tenía al ver la caligrafía de Kenai en los sobres que protegían infinidad de poemas.

—Gracias, Tamada. —Ella le restó importancia con varios ademanes—. Lamento haberte hecho correr todo el trayecto hasta aquí. Prometo escribirte una vez esté de regreso.

—No fue nada. —Se rascó la cabeza, riendo con facilidad y sencillez—. Todavía no parte su tren, ¿verdad?

—No, creo que llegué muy temprano.

—Le haré compañía un rato, siento que no va a poder abordar cargando todo eso —dijo, señalando el ramo, las cartas y las dos maletas que olvidé en el piso con su llegada.

—Gracias.

—No es problema, me siento feliz ayudándolo. —Tomó las dos maletas y las puso a su lado—. Discúlpeme por ser impertinente, pero, luego de ver la forma en la que el señor Kenai lo protegía, me siento un poco responsable.

—Soy más grande que tú, en todo caso yo soy quien debería sentirse responsable de cuidarte.

—Puedo cuidarme por mí misma. —Me guiñó un ojo—. Mire eso, parece que van a comenzar a subir a los pasajeros. Menos mal, con este frío que hace todos nos habríamos terminado congelando.

Caminamos al vagón de en frente, Tamada le entregó mis maletas a uno de los encargados y este, tras comprobar el boleto, se hizo cargo de llevarlas al compartimiento que correspondía.

—Cuídate mucho. —Intenté abrazarla sin soltar ninguno de los dos tesoros que me harían compañía en ese viaje. Ella me devolvió el abrazo, exprimiéndome con tanta fuerza que perdí la capacidad de respirar durante el tiempo que duró la muestra de afecto—. Nos veremos de nuevo en un mes.

Tamada hizo un saludo estilo militar al separarnos y asintió.

—Tenga un buen viaje, por favor. Y no olvide escribirme cuando esté de regreso, me sentiré fatal si pasa un día sin recibir su camelia.

—No lo olvidaré.

Entré al vagón despidiéndola con una mano, uno de los encargados me llevo a mi lugar, tras presentarse, dijo que cualquier cosa podía pedírsela. Agradecí su amabilidad y esperé a que se fuera para dejar las flores a mi lado y las cartas en la pequeña mesa entre los asientos.

No viajaba solo, Kenai estaba ahí, conmigo, haciéndome compañía de camino a su hogar, escondido en las flores de aroma dulce y los poemas con letras escritas con una tinta de deseo y amor.

—Está hecho —le dije—. En unos minutos el tren partirá y por fin estaremos de camino a tu hogar. Después de tanto tiempo volverás a ver a tu hermano y a tu mamá. ¿No te emociona?

La silueta de luz que veía a través de la ventana, vestida con la misma ropa que usó entonces, limpia, sin sangre ni heridas, giró levemente la cabeza, dejándome ver un rostro translúcido sin cicatrices ni dolor. Bajó la mano en la que recargaba su cabeza y asintió, esparciendo pequeñas partículas de polvo y luz.

Por instinto una de mis manos se estiró, la retuve con dolor, sin perder de vista los movimientos de Kenai.

—Les daré tu mensaje. —Dejé que las lágrimas salieran en silencio, sin hacer nada para detenerlas o secarlas—. Y algún día, quizá, viaje a México. Quiero conocer dónde te criaste y quiero que vengas conmigo. ¿Lo harás? —La silueta comenzó a desvanecerse, pero, antes de irse por completo sonrió; una sonrisa ladina y segura, una sonrisa que le caracterizó tanto. Vi cómo se marchaba y lo acepté. Cerré los ojos un segundo y, al volver a abrirlos lo único que quedaba en el asiento eran los primeros rayos que llegaban a través del cristal en el techo—. Así que seguimos juntos en esto. —Acaricié los pétalos de las camelias—. ¿No es así, Kenai?

El tren arrancó y los primeros escenarios comenzaron a pasar de largo por las ventanillas. Una idea surgió de repente. Era una locura, no había planeado irme por tanto tiempo, pero, quizá, estaba bien.

Su familia.

Su hogar.

El mundo en el que creció.

Yo quería verlos, conectar con él a través de su pasado.

Sin pensarlo mucho, saqué una pluma y papel de la maleta de trabajo que llevé conmigo. Le escribí primero a Tamada, diciéndole que quizá me tomaría otro mes volver, que no se preocupara, podía ir al apartamento y dejar ahí las camelias, aunque se secaran, yo las amaría igual. Al terminar esa carta tomé otro trozo y escribí...:

"Querida señora Watson,..."

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