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Dulce presente

Hey, hey, hey!! Ahora si se ponen buenos los caramelos. 
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Presente...

Han pasado varios años desde la muerte de mis padres, dieciocho años desde el asesinato de mi madre y diez desde la muerte de mi padre. Hoy sería el aniversario de su matrimonio por lo que me encuentro viendo sus todos en la pared de la sala del departamento, hace cinco años exactos que había conseguido llegar a Madrid con algo de ayuda, la misma que me dieron para abrir una tienda de galletas y pasteles donde trabajo por las tardes.

Utilicé todos los fondos que había conseguido vendiendo galletas y otros que me fueron otorgados luego de trabajar para "Ellos", con eso conseguí dedicarme principalmente a la distribución de galletas y mantener mi mente ocupada por las mañanas con la universidad.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que sonreí de verdad, una sonrisa sincera, ahora sólo son sonrisas llenas de sarcasmo o de arrogancia, sonrisas que demuestran lo que puedo llegar a ocasionar si no consigo lo que quiero o lo que "Ellos" quieren.

Por las mañanas y para toda la universidad mi nombre es Eli o Elisa, una joven de veintidos que cursa su tercer año de comercio exterior, por las noches y para la otra parte del mundo soy Candy, una distribuidora de galletas especiales que opera bajo la protección de "Ellos" y que se ha convertido en una mejor versión desde la muerte de sus padres.

Puede ser que esté un poco loca, "Ellos" me criaron para que no me tiemblara la mano a la hora de matar, para que no me importara nadie y es por eso que siempre trato de ser la mejor. Tengo muchas cosas que perder por las cuales he luchado y perdido personas que me fueron valiosas en su momento.

He peleado por lo que quería lograr y por lo que todavía quiero hacer.

Mientras pienso en todo esto mi atención es devuelta a la realidad donde el profesor de matemática financiera explica el examen que tendremos la próxima semana. Estuve anotando con rapidez todo lo que lograba escuchar aunque en realidad no le estuviera entendiendo, tendría que pedirle los apuntes a alguien que sí lo estuviera escuchando, o meterme a la base de datos de la universidad para conseguir la plantilla de su examen.

Madrid es una ciudad hermosa, pero para mí, Roma siempre será la más majestuosa ciudad de todas.

Consigo llegar a la salida de la universidad en mi Mustang negro, fue un regalo por una de las tantas cosas "buenas" que he hecho. Estaciono en la misma esquina de siempre y bajo el vidrio cuando los dos primeros toques llegan a escucharse.

—¿Dos especiales?— pregunto sonriendo bajo las gafas de sol negras.

El chico delgado queda deslumbrado por mi sonrisa decorada de mis labios pintados de rojo. El flequillo negro de mi cabello cubre mi frente por lo que la sonrisa es lo único en lo que se puede fijar.

—E...Sí, sí— respondió con rapidez.

Extendí mi sonrisa al escucharlo tartamudear. Amaba esa sensación de tener el poder y este chico estaba justo donde me enseñaron a tenerlo a todos. No tuve la necesidad de girar mi cuerpo, estiré mi mano al asiento del copiloto y tome una de las bolsas más pequeñas, leo el número y al serciorarme de que es un tres se la entrego al mismo tiempo que el chico extiende su mano con mi dinero.

—Gracias por comprar.— susurré apoyandome en la ventanilla.

El chico se sonrrojo y me dedicó un pequeña sonrisa antes de irse corriendo. Rodé mis ojos dejando de sonreír, ya me estaba cansando de tener que aguantar la carcajada. La siguiente en aparecer fue una chica de cabello morado, ocultó un poco su rostro con una gorra negra para estar a salvo de las cámaras de seguridad, pero ninguno de ellos tendría de que preocuparse, yo ya me encargaba de la seguridad desde que comencé con esto.

—Adivinaré.— comencé a hablar cuando llegó frente a mi.

La observé de pies a cabeza y le sonreí de lado, estiré mi mano y cuando la bolsa estuvo frente a mi observé el número cinco.

—El cinco de la suerte.— susurró ella.

—Tal y como lo predije. Serán cien euros— comenté cobrandole lo que mi creación valía.

—¿Por qué lo haces?— preguntó la chica luego de darme mi dinero y obtener la bolsita de galletas.

Su pregunta resonó en mi cabeza por un momento, la miré esperando que volviera a preguntar y así lo hizo.

—¿Por qué venderlas aquí donde todos pueden verte?.

Sonreí abiertamente por su pregunta tintada de un poco de preocupación.

—Me gusta el peligro.

—Deberías venderlas en las carreras entonces.
Eso no lo había pensado. Suponía que entre más gente estuviera cerca era peor, pero que mejor forma de vender algo ilegal que en una carrera fuera de la ley.

—No tengo idea de donde son, ni la frecuencia en la que se realizan.— le dije metiendo un chicle de fresa a mi boca.

Le ofrecí uno pero se negó sonriendo. Me extendió un papel con un número de teléfono y una dirección en el centro de la ciudad.

—Escríbeme y te diré cada que una carrera o una pelea aparezca. Nos veremos entonces.— se despidió guardando la bolsa de galletas dentro de su mochila.

Así transcurrió un día más de entregas especiales fuera de la pastelería. Estaba acostumbrada a hacer las cosas con tiempo, bajo un cronograma que me sirviera en todos los trabajos que tengo que hacer cada día y aún así no pude predecir el futuro, era casi como si este se estuviera burlando de mi.

Llegué a mi departamento a tiempo para el almuerzo, luego de comer tomé un baño y me enfundé en el uniforme de la pastelería que consistía en una camisa de botones blanca, una falda negra plisada y un blazer negro con un pequeño cupcakes rosada del lado derecho.

La pastelería 'GoldCandy' fue un pago por pertenecer tanto tiempo bajo las leyes de una familia numerosa que existía netamente por el crimen, tener prohibido hablar sobre ellos me deja con pocas opciones a la hora de inventar excusas sobre como una joven de veintidos años ha logrado tanto sin ayuda. La cosa es que la ayuda no viene de la luz si no de la oscuridad, "ellos" no se dejan ver al menos que sea necesario, no tienen vínculos afectos con nadie, no después de haber perdido a alguien importante para la familia.

Coloqué la peluca rosada sobre mi corta cabellera negra, no importaba cuantas veces tendría que hacerlo si con eso disminuía un poco más la atención sobre mi. Para los de la universidad yo era una chica dulce y agradable que les vendía algunas muestras de la pastelería, dichas muestras no las encontrarían dentro de esas cuatro paredes; para los de la pastelería y para el submundo, la chica de cabellera de colores era la más buscada a la hora de llenarles sus mesas de dulces, claro que existía una diferencia exponencial.

Para el submundo yo era contactada mediante un intermediario que se hace pasar por el jefe de una dulce victoria, y para el otro lado del mundo la misma cara era contactada para festividades o reuniones políticas sin corrupción. De una u otra forma me ganaba su respeto y su respaldo, siendo una tierna e inocente joven ganándose la vida con sus dulces.

Qué equivocados estaban todos ellos...

Salí del edificio más costoso de Madrid, subí al mustang y con rapidez llegué al recinto. Las paredes negras con vigas doradas, puertas dobles de vidrio a prueba de balas y una fuente de chocolate en el medio de la sala, eso es lo que se logra ver a penas pones un pie frente a la isla de dulces. Un paraíso para niños con fachada de chocolates y un delirio para adultos con sabores ácidos y alucinantes, todo lo que quisieras comprar a un gran costo.

Porque la dulce sangre ya estaba en mis manos y no podía hacer otra cosa que tratar de cubrirme las espaldas con una capa de chocolate a prueba de errores.

—Bienvenida jefa.— el guardia en la puerta me dio un repaso mientras daba el saludo correspondiente.

Llevándome al muro sobresaliente a un lado de la puerta, donde era mi turno de atender al submundo. Bajé a la cueva de dulce, el área en que la temática dulce llevaba alguna sustancia ilegal mezclada directamente en mis manos.
De pronto sentí el peso del arma en la cara interior de mi muslo izquierdo, el corazón se me aceleró y las manos comenzaron a sumarme dando aviso a mi cuerpo de algo estaba por pasar, tal vez no sería hoy, pero muy pronto lo sabríamos. Alejé esos pensamientos y me dispuse a sonreír con arrogancia tras la barra con bandejas de oro que llevaban besos de coca, la más pura y fina de todas.

La coca venía directo de Roma, dando un paseo por sus canales hasta llegar al centro de Madrid, el azúcar blanca purificada sin ser cortada con otra cosa, fue por eso que la cueva de dulce comenzó a tener fama entre las personas pertenecientes al submundo. Cada político, policía, agente o mafioso me suministraba a mi una ganancia en secretos que coleccionaba y a la antigua Roma le generaban muchos más ingresos que sus cargamentos de armas.

—Nos honra con su presencia esta tarde, Candy.— la mirada lascivia acompañada de su voz gruesa mandó corrientes de odio a mi sistema.

El viejo Sokolov estaba frente a mi, creyéndose dueño y señor de la mafia rusa cuando la realidad era que estaba a nada de ser traicionado por sus más fieles aliados. Sonreía con dicha al tener la información necesaria para desatar una guerra que no me correspondía y evito decirlo por el bien de ambos.

—A llegado en buen momento, tengo un nuevo dulce que podría gustarle a sus acompañantes, señor Sokolov.— le comento mostrándome atenta a sus facciones.

Sus ojos me mostraron un dejé de admiración que luego sustituyó por una mirada cargada de ansias, deseoso de creer ser el primero en probar mi invento. El grupo de atrás lo miraban esperando a fuera hasta su mesa con los mismos aperitivos de cada tarde, pero le viejo quería probar algo nuevo y quizás aprovechar esa tarde para obtener una reunión de alianza.

—¿Los tienes listos?— preguntó sonriente.

Rodé mis ojos con fastido cuando le di la espalda, lo perdí de vista entrando al almacén y serví en una de las bandejas doradas dos copas amplias con chocolates de cannabis, con la suficiente cantidad como para tenerlos contentos mientras alguien más lideraba la reunión que pedía a gritos. Volví con la bandeja en mis manos, entregandosela a uno de mis guardias que acompaña al mafioso hasta su mesa, volviendo con dos fajos de billetes de cien euros en la bandeja.

Conseguir el prestigio en un lugar como este, el respaldo de hombres dispuestos a dar la vida por un poco de golosinas con droga, todo tenía un precio que ninguno de ellos pudo pensar. Una idea que nunca existiría si no fuera por una niña a la que le tocó criarse en un mundo al que no pertenecía, pero que lograría lo que quisiera con tal de ser la perdición del submundo. 




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¿Qué prefieren? ¿Chocolates o caramelos?

Me gustaría decir que no siento nervios con esta historia, pero la realidad es que me mata saber que mi dulce chico tomará vida entre estas líneas. 

Gracias por leerme queridas almas. 💜

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